Entre el miedo y la luz
Esta noche he dormido mal otra vez. Duermo poco, duermo inquieta, y supongo que ya forma parte de mí. Cuando tengo conversaciones importantes pendientes mi cabeza empieza a trabajar sola, como si quisiera adelantarlo todo, prepararlo todo, ensayar cada frase. Es curioso, porque luego nunca sale igual, nunca digo lo que había ordenado en mi mente… pero aun así lo hacemos, ¿no? Nos contamos la vida en voz baja antes de vivirla.
A las 4:30 me he tomado un café. He escrito un rato. No para hacer literatura, sino para poder respirar. Es mi forma de desangustiarme, de ordenar el ruido que llevo dentro. Y entre una palabra y otra me he dado cuenta de algo que me ha sorprendido. Algo que, siendo sincera, llevaba años sin sentir. He notado autoestima. He notado dignidad. Lo digo despacio, porque todavía me asusta escucharlo en mi propia voz.
El miedo sigue. La tristeza sigue. La depresión sigue, agazapada, como una sombra que no termina de marcharse. Pero hay algo nuevo. Una especie de fuerza interior que antes no conocía. Una necesidad de defenderme. De alzar la voz. De gritar lo que siento sin pedir perdón por existir. De cuidar mi dignidad, no solo como persona, también como profesional, como amante, como amiga. Como mujer.
Y soy consciente —muy consciente— de que este paso tendrá consecuencias. La gente se acostumbra rápido a la versión dócil de una persona. A la que agacha la cabeza. A la que calla por miedo a perder, por desigualdad de condiciones, por esa obligación silenciosa de demostrar siempre el doble para recibir la mitad. Supongo que a muchos les resultaba cómoda esa versión de mí… esa que se tragaba las lágrimas, que pedía disculpas por llorar, por fallar, por deprimirse, por existir con demasiada intensidad.
Sé que probablemente pierda cosas. Quizá vuelva a perder. Siempre tuve miedo de eso. Pero si esta vez me gano a mí misma, si recupero la voz que enterré durante tantos años, entonces ninguna pérdida será realmente una derrota.
He pasado años castigándome por todo. Por no encajar. Por los errores del pasado. Por haberme roto y necesitar una baja larga. Por llorar demasiado. Por estar triste. Me he hecho daño, del dolor más hondo que una misma puede infligirse, y he estado a punto de no estar. Y aun así siempre cargaba con la culpa, esa culpa absurda que te hace creer que exageras, que eres demasiado sensible, que te estás victimizando. Esa culpa que aparece incluso cuando recibes odio, insultos y desprecio solo por ser quien eres, y aun así te callas porque temes que te acusen de quejarte demasiado.
Cuando vives tantas cosas duras, cuando has estado medicada, ingresada, rota… crees que la depresión será siempre tu compañera inevitable. Que caminarás con ella de la mano para siempre, aunque te pese. Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, he visto algo parecido a una salida. No sé si es una cura. No sé si es el principio de ella. No sé cómo se llama.
Solo sé que esta mañana, con el café caliente entre las manos y el cansancio pegado a los párpados, me he sentido contenta. Feliz. En paz. Y extrañamente preparada para luchar.
Y sí, mentiría si dijera que no tengo miedo. El miedo sigue ahí, fiel, pegado a la piel. Pero hoy, por primera vez en muchos años, la esperanza hace un poco más de ruido que él.








