Si no salvo a mi hermano
26/04/2014
Sí o no. Hubiera o hubiese. Drama o comedia. Cine o teatro. Porno o erotismo. Izquierda o derecha. Ilusiones o pragmatismo. Estudiar o trabajar. Ciencias o letras. Emprendedor o empleado. Funcionario o empresa privada. Un sueldo sustancioso en un puesto laboral fastidioso o un curro divertido con salario precario. En mi tierra o en el extranjero. Retirada o doblar la apuesta. Lo mejor para los míos o lo mejor para mí. Picaflor o asentar la cabeza. La mejor para los míos o la mejor para mí. La mejor por su físico o la mejor por su personalidad. La mejor para la convivencia o la mejor en la cama. Me quiere o no me quiere. Lo mejor para ella o lo mejor para mí. Monogamia o poliamor. Fidelidad o cuernos. Perdón o venganza. Disculparse o justificarse. Cortar o casarse. Con hijos o sin hijos. Divorcio o hasta que la muerte nos separe. En tu casa o en la mía. Con luz o a oscuras. Con los dedos o con la lengua. Coito o sexo oral. Ella encima o ella debajo. Ahora o nunca. Volcarme hacia ella al volapié o citarla recibiendo. Rubia o morena.
Algo así andaba divagando yo hace un rato mientras dudaba entre Cinta o Araceli, como cuando hay que encajar a toda prisa una pieza de Tetris. Ojalá existiese un modo de dividirme en dos yos para no tener que elegir. Si eso pudiese ser, un yo habría intentado ligar con la morena y el otro yo con la rubia, pero no ha habido más remedio que decidirme entre la angelical cara de la rubia o el imponente cuerpazo de la morena. No conocía a ninguna, aunque las dos me sonaban de vista. De la chiquitina rubia canija con ojazos de dibujos animados y boca de porcelana pidiendo semen, mi compadre Osio me ha chivado que se llama Cinta y es hija de Roque, el acaudalado jefe del padre de mi amigo. En una primera impresión, la rubia me inspira ternura con un toque vicioso. Me encantaría lamerle un traje de saliva por toda su piel, susurrarle pareados ripiosos al tiempo que ella me follara botando ahorcajada en torno a mí, y contemplar cómo se le enrojecería el semblante cuando la condujera hacia el orgasmo. En cuanto a Araceli, la morena de las curvísimas, acabamos de charlar unos minutos. Antes de eso solo sabía de ella lo que le observé ayer en la biblioteca donde suelo prepararme los temas teóricos para las próximas oposiciones a bombero. Captó mi atención que ella hojease una antología de poesía helenística. Entretanto, la fui desnudando en mi mente con miradas de reojo, imaginándome el color de su ropa interior, cómo llevaría depilado el vello púbico, en qué posiciones la colocaría para un revolcón, y sobre todo las frases que le diría durante un cuatro patas, si por mi fuera un soneto al estilo del amor cortés modernizado con alguna grosería. Mientras me afanaba por aparcar mis ensoñaciones con ella, reparé en el estampado de su camiseta, el logotipo de una asociación animalista. Ese detalle me empuja a pensar en Jere, mi hermano, fanático de la tauromaquia, y que está parapléjico por un accidente que sufrió toreando. Su discapacidad lo ha sumido en una vorágine autodestructiva en la que nos engulle a sus familiares, problema con el que no acierto a lidiar por más que me atormente. Por ejemplo, desde que Jere perdió la movilidad, me incomoda una barbaridad flirtear en compañía de él, pues el pobre se espanta de las chicas en ese tipo de situaciones hasta el punto de que no se atreve a articular palabra.
No obstante, esta noche la presencia de mi hermano no ha reprimido mis instintos cazadores. Tras pulular un par de horas por la Cata del Vino con el radar activado en busca de objetivos femeninos, Osio me ha urgido a que nos presentásemos a alguna pava. He señalado a las dos que más me agradaban: Araceli, una jaca morenaza para domarla a pollazos o, mejor, para que ella me cabalgara a mí como a un potrillo; y Cinta, una ricachona con unos iris verdes de diablesa bajo las sábanas que se estaba exhibiendo con una danzarina putivuelta a lo mujer fatal. Apostaría a que la pija de Cinta está bastante lisa tanto por delante como por detrás, aunque trata de disimularlo con la falda de vuelo que viste; y no me sorprendería que también use sujetador con relleno. Aparte, sin tacones medirá casi un palmo menos que yo. No obstante, sus rasgos faciales guardan una proporción y una simetría ideales. A diferencia de Cinta, Araceli no es un bellezón, sobre todo por su narizota y por la pinta ligeramente machorra de su mandíbula. Sin embargo, esos defectillos no estropean el grandioso porte de su metro setenta y tantos, ni la excelsa combinación entre la estrechez de su cintura y la redondez de sus caderas, acentuada por sus tetas altas, juntas, firmes, y de un tamaño al borde de lo excesivo pero sin rebasarlo. Mientras me debatía entre la rubia y la morena, Osio me ha metido prisa:
—Rafa, a elegir.
—¿Cuál te gustaría más? —me ha preguntado Jere.
—Lo que más me gustaría es un trío con las dos, pero como eso estaría complicado, haré caso al refranero: ante la duda, la más tetuda.
Entonces, he enfilado hacia la morena impostando seguridad en mí mismo, como un niño estrenando zapatillas último modelo. Según las pautas que Fuensanta, la madre de Osio, me imparte en sus clases de interpretación, he visualizado cómo debería desenvolverme ante la morena: alguna ocurrencia graciosa aunque sin intimidarla, mantener mis ojos en los suyos evitando fijarme en su escote, intentar adivinar qué temas le interesarían, arrancarle alguna sonrisa para que se riera conmigo pero no de mí, gesticular con un donaire exento de histrionismos a la manera de los galanes clásicos de cine. En cuanto he llegado al lado de la morena, le he soltado de sopetón:
—Hola. Hoy es tu día de suerte.
—¿Buena suerte o mala suerte? —me ha entrado al trapo ella con una voz un pelín ronca si bien morbosa, pronunciando con un deje indefinido como de ninguna parte que ni es el típico de nuestra ciudad ni el de ningún lugar que yo conozca.
Luego hemos charlado durante unos minutos de las banalidades de rigor en esos lances. Me ha motivado su carácter seco y cortante aunque cálido, su temple para marcarme las distancias sin incitarme a avanzar, pero disuadiéndome de retirarme.
»—¿Un chico como tú, que acabas de cumplir los veintitrés, sin facebook ni ínstagram?
Araceli se había extrañado porque le había comentado que estas Navidades había ejecutado un suicido digital, o más precisamente una eutanasia digital, tomándome un periodo sabático tras desactivar mis perfiles en redes sociales, dado que a mi juicio nos vuelven asociales y además de poco me sirven desde que he desistido de ganarme el pan sobre los escenarios o ante las cámaras, a lo que se suma que me quitarían disponibilidad y concentración para mis oposiciones.
»—Eres un viejoven —ha añadido Araceli.
—Es que soy muy tradicional. Paso de que se me pase la vida posando como un pasmarote sin que pase nada. Prefiero ir de frente, mirar a la cara y escuchar mientras observo los labios de quien me habla.
—Yo también soy un poco chapada a la antigua, así que te aconsejo que me hagas la corte en plan caballero formal y galante.
—No me cortaré para ser tu paciente pretendiente.
—Dudo que estuvieses a mi altura.
No sé si me ha lanzado una indirecta sobre mi estatura; pues, pese a que ella lleva calzado plano, mi cabeza apenas sobresale unos milímetros de la suya.
—De todos modos, sería un placer hasta que pasaras de mí; porque, con el estilazo que se te nota, no dudo de que, si me mandaras de paseo, lo harías con exquisita elegancia.
—¿De qué película de arte y ensayo te has escapado?
—Por el acento se te nota que no eres de aquí —he conjeturado para enderezar nuestro diálogo.
—Sí que soy de aquí. Soy más de Córdoba que un flamenquín, y el salmorejo me corre por las venas. ¿Te suena que mi acento no es de aquí? Lo que pasa es que viví en Mallorca desde los diez años hasta los dieciséis. El Bachillerato sí lo hice aquí, y uno es de donde hace el Bachillerato. Después estudié Periodismo en Barcelona. Ahora trabajo en el diario Córdoba.
A continuación, hemos ido conversando de nuestros proyectos profesionales y de nuestras aficiones.
»—Bombero y actor, ¡guau! —ha exclamado Araceli en referencia al empleo para el que me estoy preparando y a mi pasión por la interpretación—. ¿Prefieres echarle teatro o eres más de jugar con fuego?
—Me gustan sobre todo los papeles que te hacen sentir que la situación está que arde.
—Me chirría tu jersey amarillo. ¿Los actores no sois supersticiosos con ese color?
—No creo en gafes. Por cierto, a ti no te sienta nada mal el verde.
—Pues no me tomes por un semáforo en verde. Y te voy a dar un consejo: para mejorar como actor, te recomiendo que hables más delante del espejo.
—¿Para qué?
—¿No te das cuenta de que sobreactúas?
—Por ser para usted, intentaré mejorar mi espontaneidad.
—Disculpa. Me están esperando mis amigas para ir a otro sitio.
—¿A dónde?
—A la Comuna, aunque no me apetece mucho jaleo, Rafita.
Me ha puesto los vellos de punta que se pronunciara mi nombre en diminutivo, ya que mi hermano me llamó de esa manera segundos antes de quedarse paralítico. He tratado de fijar una cita con Araceli:
—Luego me paso por allí.
Araceli me ha amagado con rajarse:
—No hace falta que te pases.
Yo he cargado la suerte mientras nos alejábamos uno del otro:
—Claro que hace falta. Yo podría ser el hombre de tu vida.
Tras perder de vista el glorioso trasero para cascar nueces de Araceli, me he ido abriendo camino entre la multitud para regresar junto a Jere y Osio. En medio de la bulla, me he topado con la espalda de la rubia, que estaba agachada para atarse los cordones de sus refinados botines de tacón. Gracias a que la brisa le había levantado su vaporosa camisa, he distinguido en su rabadilla un pizpireto tatuaje en el que aparece retratada con cuerpo de sirena alada despidiendo llamaradas por la boca. Durante un instante, he estado al borde de rodearla con la pretensión de encararla para presentármela, pero enseguida se me ha escabullido entre el gentío.
Como en los relatos contrafactuales, que tanto me fascinan, me he preguntado si no me habría convenido más haber atacado a la pija en lugar de a la morena. Si me hubiese acercado a la pequeñita, lo mismo me la habría ligado. Y, por qué no, quizás Osio se habría lanzado a por la periodista y se la habría trajinado. Este mediodía Jere y yo hemos soñado despiertos que nos tocaba un millón de euros a la lotería. Mi hermano ha fantaseado con que se gastaría el premio en montar con Osio novilladas sin sangre para turistas. En cuanto a mí, me entusiasmaría desarrollar guiones para trasladar a la pantalla Hubiera, una idea que se le ha ocurrido a Fuensanta inspirándose en la colección Elige tu propia aventura, esas novelitas de moda en los ochenta que recorren diversos futuros alternativos a base de que se escoja entre varias opciones ante disyuntivas que se le plantean a un alter ego del lector. Aplicando la estructura narrativa de esas obras a mí mismo, imaginemos que yo estuviese emparejado con la rubia y Osio con la morena. El padre de la rubia se ofrece a invertir conmigo en algún proyecto, y me pide que decida entre financiar las corridas incruentas de Jere, o mis ilusiones cinematográficas. Si me inclino por los planes taurinos de Jere, como sus expectativas no se cumplan, a mi hermano se le hunde la moral; y, dada la fobia antitaurina de Podemos, se complicaría la carrera política de mi amigo, si es que se decanta por meterse en ese nuevo partido que va de revolucionario. En añadidura, a la morena la soliviantaría que Osio impulsase eventos con reses bravas, y en consecuencia Araceli presumiblemente cortaría con él. En cuanto a mí, me sentiría fatal por el fracaso de mi hermano y de mi compadre, aunque me restaría el consuelo de que me respaldara una novia inflada de billetes. Por el contrario, si optara por rodar la historia a lo librojuego, conmigo como cabeza de reparto, de salirme un bodrio me comerían los remordimientos por haber desperdiciado el tiempo a costa de desconcentrarme de mis oposiciones. Para colmo, Cinta me mandaba seguro a la mierda porque me consideraría un perdedor.
Sin embargo, no debería enredarme con las cuentas de la lechera a toro pasado, vicio del que soy un especialista, al estilo de las ficciones en cuyo último acto se engatusa al lector con que fuesen reales las ensoñaciones del protagonista sobre un final feliz, pero al cabo de unas páginas o de una escena la trama se despeña a un desenlace desgraciado. Además, ya están a punto de cerrar la Cata del Vino, así que habrá que buscarse algún garito para seguir la noche.
—Vamos a La Comuna —propongo.
—¿No nos lo íbamos a pasar mejor en el Long Rock? —me replica Osio—. Allí nos vamos a juntar con mis compañeras de Córdoba Acoge, que están para violarlas en serie.
—Siempre igual de veleta —me reprocha Jere—. Habíamos quedado en ir los tres al Long Rock.
—Sí, pero es que ha surgido un imprevisto: la morena va a estar en La Comuna.
—Contigo es imposible: cuando te comprometes a ir a un sitio, lo mismo vas que no vas.
Jere me ha recriminado mi despiste por culpa del cual él no dispuso de unas zapatillas con las que casi con total certeza no se habría resbalado delante del novillo que lo dejó minusválido, algo que probablemente también habría evitado el actual cáncer de mi maestra de arte dramático, la cual recayó en su adicción al tabaco por los nervios que la atacaron en aquel trance. La enfermedad de Fuensanta me condiciona el porvenir, porque la decepcionaría si abandono su grupo de interpretación con tal de centrarme en mis pruebas para convertirme en bombero. En contraposición, si permaneciera como lugarteniente de Fuensanta en sus montajes teatrales, contrariaría a mis padres, ya que se dificultaría que los rescate de su precariedad económica sacándome una plaza como trabajador público.
Osio me despierta de mis elucubraciones, insistiendo:
—¿Qué hacemos entonces?
Dudo:
—Pues…
Mi hermano me azuza:
—Para decidirte eres más lento que una caravana de caracoles.
—Mejor tiro para la Comuna.
Percibo desdén hacia mí en la mirada de Jere, que me refunfuña:
—Lo que tú quieras.