Placer culpable

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Summary

Tercera parte de la saga El precio de la inmortalidad Tras su viaje por Asia, Contessa ha regresado con los suyos. Una nueva vida bajo la protección de Anne-Lise Ivanov se presenta como la alternativa más segura para sobrevivir. Sin embargo, el carácter rebelde de Contessa parece no ser del agrado de la líder Ivanov. Sin embargo, la familia Sauvage, una rama del clan Lüdtke, parece encontrar cierto encanto en la líder de los Blaire. Una nueva aventura, nuevas emociones y todo un mundo nuevo por descubrir.

Status
Ongoing
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

¡Vaya! ¡Menuda sorpresa! No pensaba que volverías. Supongo que tendré que recompensarte con una buena historia a la altura de tu curiosidad. Continuemos pues, no quiero hacerte esperar más:

Tras un largo viaje en el que volví a recorrer el planeta, me vi forzada a abandonar los restos de lo que una vez fue mi hogar para partir en busca de los míos. Con la carreta cargada con todos los recuerdos que pude llevarme del castillo, me encaminé junto a la mula, hacia mi nuevo destino: Lyon. Por muy mal que pudieran haber ido las cosas durante mi ausencia, estaba segura de que la casa Ivanov seguiría en pie y que su líder, Anne-Lise Ivanov, me recibiría con los brazos abiertos.

Con esa idea en mente, comencé de nuevo mi ruta viajando por Europa sola. Extremé las precauciones en mis travesías nocturnas, los ladrones no eran algo raro de encontrar por los caminos y una señorita que viajaba sola era un objetivo bastante jugosa. Por suerte, no tardé mucho en encontrar a alguien que me quisiera vender un coche cerrado con el que poder viajar de día gracias a un cochero y con la protección de una gran caravana de viajeros que decidimos emprender el camino unidos por nuestra seguridad. Desde ese momento, el viaje se me hizo mucho más ameno.

Pasaron los días hasta que, finalmente, pisamos suelo francés y tras unas pocas jornadas más, llegué al castillo Ivanov. Seguía igual de elegante que lo recordaba, orgullosamente erguido sobre las montañas, con las piedras blancas de las paredes. Los torreones de piedra azulada parecían camuflarse con el cielo y los detalles en madera daban al lugar un aire cercano que uno no esperaría de tan majestuosa edificación. El objetivo estaba cada vez más cerca.

Con un último esfuerzo, la agotada mula cruzó las murallas que flanqueaban el lugar y se detuvo en la entrada al castillo. Allí, me despedí de mis acompañantes, les di algunas de mis pertenencias como agradecimiento y les cedí al cansado animal. Cuando se hubieron marchado, llamé con todas mis fuerzas a la gran puerta del castillo. Esperé con cierta ansiedad a que alguien me atendiera. Durante esos pocos segundos, mi cabeza voló muy lejos: ¿Y si no me reconocían? ¿Pensarían que era una farsante? ¿Me dejarían en la calle? Esperando frente a aquella puerta, me sentí tan fuera de lugar como al fin en casa y esa combinación me llegó a marear.

Las grandes puertas se abrieron mientras mi mente seguía divagando y me encontré con una joven criada con unas pocas manchitas de hollín en la cara.

—¿Sí? ¿desea algo?

La mirada de la chica me juzgaba sin ninguna discreción. Después de todo lo que había pasado no estaba en mi mejor momento. Perfectamente podía parecer una pordiosera que pedía asilo en invierno, un aspecto con el que no sería raro que no pudieran reconocerme. A pesar de mi apariencia, me repuse todo lo posible para aparentar la dignidad que me representaba.

—Dile a la señorita Anne —Hice una pequeña pausa dramática—, que Contessa Blaire quiere hablar con ella.

Los ojos de la chica se abrieron como platos, dejó caer la bayeta que tenía en las manos y echó a correr al interior de la casa al grito de “En seguida vuelvo”. No tardé mucho en escuchar, unos pasos acelerados que intentaban contenerse cuando se daban cuenta de que la velocidad que alcanzaba no era la propia de una dama hasta que, finalmente, vi aparecer en la entrada a Anne-Lise Ivanov. Con su cabellera rubia recogida con total perfección y su porte regio que no había cambiado para nada desde la última vez que la vi, el día de mi 50 cumpleaños. La única diferencia con aquella Anne, era su expresión: donde yo recordaba unos ojos impasibles y severos, me encontré con un par de ojos abiertos a más no poder por la incredulidad. Yo le hice una marcada reverencia, saludando a mi futura anfitriona.

—¿De verdad eres tú, querida? —preguntó con un hilo de voz, como si estuviera viendo un fantasma.

—Así es. Soy Contessa, señora.

De repente, empecé a notar que sus pasos la llevaban hasta mí, cada vez con más velocidad mientras sus ojos se empezaban a humedecer ligeramente. Solo en ese momento, que no se ha vuelto a repetir a lo largo de mi vida, Anne-Lise Ivanov me abrazó. Sollozando ligeramente aliviada, me rodeó con sus brazos para reconfortarme.

—Cuánto me alegro de que estés bien. Estábamos tan preocupados. Después de tantos años, pensábamos...

—No la culpo, han pasado muchas cosas desde que... bueno, desde aquella noche. Supongo que tengo muchas cosas que explicarle.

—No tengas prisa, querida —terció Anne—. Por ahora date un baño, descansa y cambiate la ropa. Te estaré esperando en mi despacho.

Asentí y Anne hizo llamar a una criada para que me preparara y se hiciera cargo de mí. Me sentía a gusto de volver a estar al fin en un ambiente conocido.

Después de un merecido descanso que hubiera deseado que se alargara más, finalmente con ropa limpia después de tanto tiempo y tras un más que merecido baño caliente, la criada me condujo hasta el despacho de Anne. Era una estancia deliciosamente decorada con mobiliario de madera clara perfectamente barnizados y con pesadas cortinas azuladas que protegían a la señora Ivanov de la crudeza de los rayos del sol.

—Siéntate, querida. Tenemos mucho que hablar. —Señaló una butaca al otro lado de su escritorio—. Siento no poder darte una ropa más apropiada. Mañana haré llamar a una costurera para que te prepare un fondo de armario adecuado.

—No se preocupe, estoy muy cómoda. Muchas gracias por todo, Anne.

Cuando salí del baño, la criada me había dejado en la cama un delicado camisón y un salto de cama de lana blanca. Después de tantos años, me sentía extraña de volver a llevar la ropa con la que me vestía en Europa y estaba claro que, a parte de la estética, me tenía que volver a acostumbrar al picor de algunos de los tejidos europeos. Mi piel debía olvidar el tacto constante de la buena seda si no quería volverme loca.

—Bueno. —Anne estaba dispuesta a ir directa al grano—, creo que ha llegado el momento de que me cuentes dónde has estado todos estos años. ¿Qué te pasó, Contessa? Todos estábamos muy preocupados por ti. Nos habíamos convencido de lo peor... —A pesar de la serenidad de su voz, se notaba que había estado muy preocupada.

Suspiré con pesadez y empecé a organizar los hechos en mi cabeza antes de empezar la narración:

—Aquel día, atacaron el castillo. Los aldeanos subieron la montaña, guiados por un sacerdote local, y masacraron a todos los que había allí. Lo que ocurrió en aquel castillo fue el mismísimo infierno. No tuvieron piedad alguna y estaban dispuestos a acabar con todos. Por suerte, el señor Mihael consiguió ponerme a salvo de los atacantes y se sacrificó por mí. Fue todo un héroe.

»Cuando todo parecía haberse calmado al fin, huí con lo puesto del castillo y, tras un tiempo vagando completamente desorientada y aterrada, acabé en un barco de mercaderes. Tenía tanta urgencia por huir que mi mente no pensó con claridad y opté por la opción que más me alejaría de aquellos que habían acabado con mi familia. Tenía miedo y quería huir muy lejos. Tras un largo viaje en el que los marineros me trataron como a una hija, acabé en un país de la lejana Asia donde me acogió una familia muy amable que miró por mi durante muchos años. —Sonreí al recordar el calor que me habían brindado los Kirishima.

—¡¿Llegaste tan lejos?!

El estruendo de aquel grito interrumpió nuestra reunión. Anne-Lise y yo nos giramos. La puerta del despacho se había abierto de sopetón dejando ver a mi queridísima Alexia. Mucho más arreglada de lo que la recordaba, aunque normal, ya que estaba en casa de Anne.

—Alex, ya sabes que no debes interrumpir mis reuniones —la recriminó Anne en un tono severo.

—Lo sé, pero tenía que saber si era Contessa de verdad —respondió mientras atravesaba la habitación para abrazarme sin mi consentimiento.

—¿Podríamos continuar mañana? —le pregunté a Anne intentando mantener la compostura.

—Claro, por ahora descansa —me respondió con una sonrisa—. Con saber que estuviste bien, es suficiente. Ahora siéntete como en casa.

—¿Puede dormir conmigo? —suplicó Alex apretándome más contra ella, como si así evitara que me fuera a ir de nuevo.

Anne me miró esperando mi respuesta y yo asentí, por lo que Anne accedió a que compartiéramos habitación el tiempo que yo estuviera en el castillo.

Alex me llevó prácticamente a rastras hasta su habitación. Allí había dos grandes camas y una ventanita cerrada con maderas. Los suelos y las paredes de piedra estaban forrados con alfombras y tapices con motivos florales. No había mucho más pero era una habitación muy acogedora y extrañamente ordenada para ser de Alex. Mi enérgica amiga saltó sobre una de ellas y me hizo gestos para que la acompañara. Escalé a la cama y me senté a su lado.

—Entonces —Se sentó con las piernas cruzadas, batiéndolas como las alas de una mariposa—, ¿qué es lo que ha pasado? ¿Qué has estado haciendo?

Pensaba que con contárselo a Anne-Lise tendría suficiente, pero parecía que no. Los ojos bicolor de Alex me inquerían, esperando una historia interesante sobre mi enigmática desaparición.

—Pensaba que habías estado cotilleando mi reunión con Anne —suspiré.

—Para nada, solo me enteré del final. ¿Cómo llegaste a Asia?

Decidí contarle la misma historia que a Anne, omitiendo los mismos detalles y narrando hasta el momento en el que llegué a la entrada del castillo Ivanov.

—Pero, ¿a quién le importa? —tercié al acabar mi relato— ¿Tú cómo has estado? ¿Qué has estado haciendo?

—Nada del otro mundo, tampoco ha sido tanto tiempo. —Encogió los hombros.

—Te recuerdo que no soy como tu. Aún tengo la percepción del tiempo de un humano. Para mí sí ha sido muchísimo tiempo.

—De verdad que no ha pasado nada. La señorita Anne me mandó a vigilar una de sus explotaciones en América. Dice que tengo mucha capacidad de mando aunque creo que me quiere mandar fuera un tiempo para que me de un poco de aire y no moleste. —Se podían ver sus colmillos cuando sonreía.

Nos pasamos las horas hablando, como si nada hubiera cambiado. y, mientras hablábamos, Alex comentó:

—Seguro que Adonis tiene muchas ganas de verte. Tendremos que avisarlo.

—¿Estás segura? No sé si querrá verme. Después de lo que pasó la última vez...

Empecé a recordar la pelea que tuve con Mihael por culpa de lo cercano que era Adonis conmigo. No sabía si volver a verlo era adecuado.

—¡Claro que quiere verte! Ha sido el que más tiempo se ha pasado buscándote. Se va a llevar una alegría cuando se entere de que estás bien. Si quieres puedo pedirle permiso a la señorita Anne para que me deje escribirle. Me ha dicho que quiere tener mucho cuidado de a quien se le dice que has vuelto.

—De acuerdo, pero pideselo mañana, que hoy ya es muy tarde.

Las dos nos fuimos a dormir, compartiendo cama. Al menos aquel primer día, al abrigo de los míos, no quería dormir sola.

A la noche siguiente, volví al despacho de Anne para acabar de relatar mis aventuras.

—Después de estar un tiempo viviendo con esa familia y cuando me sentí con seguridad suficiente como para volver a Europa, emprendí mi viaje de regreso. Hice una parada en las ruinas del castillo Blaire para recuperar todos los tesoros que me fueron posibles. El resto permanecen protegidos bajo las ruinas, dudo que alguien los encuentre. Y luego vine hasta aquí, en busca de los míos.

—Ha debido ser una viaje agotador, Contessa. Ahora descansa, estás en tu casa. Puedes quedarte aquí el tiempo que sea necesario, no te preocupes.

—Anne, me gustaría saber por qué nadie más sabe que estoy aquí. —El comentario de Anne me dejó pensando todo el día.

—Te lo ha dicho Alexia, ¿verdad? —Asentí.

—He visto conveniente esperar a que estuvieras más repuesta. No he avisado a nadie porque quiero que te calmes y te formes correctamente antes de volver a la vida que tenias antes.

—¿Formarme?

—Por supuesto. Como líder y única miembro de la familia Blaire.

—¿Única?

—Sí —Su mirada se ensombreció antes de darme la mala noticia—, lamentablemente, el señor Mosi falleció hace unos años. Pensábamos que la línea de sangre Blaire se había perdido, pero por suerte volviste.