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Summary

Elena Cross fue entrenada para obedecer. Para disparar sin dudar. Para borrar cuerpos, nombres y recuerdos. Nunca para amar. Rusia no es una misión: es una prueba. Un lugar donde la verdad se compra, la lealtad se rompe y el error no se perdona. Allí, cada orden deja cicatrices… y cada silencio cobra un precio. Su nueva identidad es Anastasia Smirnov. Su objetivo: Alexei Morozov, el arma perfecta del sistema ruso. Frío. Letal. Imposible de quebrar. Pero hay algo peor que enamorarse de un enemigo: descubrir que la guerra ya te había robado antes de empezar. Porque en esta operación no se trata de ganar. Se trata de sobrevivir… sin perder el alma. Y a veces, la única forma de escapar… es traicionar a todos. © 2025 jdbacmx — Historia original. No copies. No plagies.

Genre
Romance
Author
yosa
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

La ciudad despierta antes que yo.

La escucho incluso con los ojos cerrados: el arrastre lejano de un camión de basura, una sirena que no pide auxilio sino paso, el murmullo constante de gente que vive sin saber que hoy no es un día cualquiera.

Abro los ojos cuando la luz todavía es indecisa, grisácea, filtrándose por la cortina como si no quisiera comprometerse del todo con el amanecer. Me quedo quieta unos segundos, no por pereza, sino por costumbre.

Inhala cuatro.

Sostén dos.

Exhala seis.

El pecho se acomoda. El pulso baja apenas. El cuerpo entiende.

Mi padre decía que el pánico no avisa cuando llega, pero sí deja pistas antes. Y que si aprendes a respirar bien, puedes robarle segundos. A veces minutos. A veces la vida entera.

Me levanto sin prisa. El suelo está frío bajo los pies descalzos. La cafetera hace un ruido áspero, mecánico, que ya forma parte de mi rutina. Me visto con ropa cómoda, neutra, nada que llame la atención. Nunca me gustaron los colores fuertes. Nunca supe si era gusto propio o algo que aprendí de él.

Mi vida es simple. Universidad. Trabajo. Un departamento pequeño que siempre está limpio, no por obsesión sino por control. Las cosas en su lugar hacen menos ruido dentro de la cabeza.

Mientras preparo café, reviso el celular. Ningún mensaje nuevo. Ninguna notificación que altere el orden del día.

Llamo a mi padre como lo hago casi todas las mañanas. No porque lo necesite. Porque él espera esa llamada, aunque jamás lo admita.

—¿Ya estás despierto? —pregunto cuando contesta.

—Hace rato —responde, con esa voz grave y baja que siempre suena como si estuviera hablando desde una habitación distinta a la mía, incluso cuando estamos en el mismo país.

Puedo imaginarlo con demasiada claridad: sentado, espalda recta, una taza que probablemente ya se enfrió entre sus manos, la mirada fija en algún punto que no soy yo.

—No tienes que llamarme todos los días —dice.

—Y tú no tienes que contestar —le respondo.

Una pausa mínima. Sonríe. Lo sé aunque no lo vea.

—¿Dormiste? —pregunta.

—Lo suficiente.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Camino hacia la ventana mientras hablamos. Abajo, la gente se mueve rápido, con mochilas, audífonos, cafés en la mano. Nadie mira a nadie.

—¿Dónde estás hoy? —pregunto.

—En tránsito.

Siempre dice lo mismo. Nunca un lugar exacto.

—¿Otra vez? —insisto.

—Siempre —responde—. El movimiento evita preguntas innecesarias.

—Eso no lo dicen en ningún libro de autoayuda.

—Por eso funciona.

Sonrío. Mi padre nunca fue gracioso de forma evidente. Su humor siempre fue natural.

—¿Comiste? —le pregunto.

—Sí.

No le creo.

—Mientes fatal —le digo.

—Miento lo justo.

Silencio breve. No incómodo. Familiar.

—Elena —dice de pronto, con ese tono que reconoce solo quien creció escuchándolo—. Si hoy algo no encaja… no intentes forzarlo.

Me detengo. El café humea olvidado sobre la mesa.

—¿Qué no va a encajar? —pregunto.

—No lo sé aún. —Pausa.— Solo recuerda lo básico.

Ya sé a lo qué se refiere.

—Inhala cuatro —dice.

—Sostén dos —respondo.

—Exhala seis.

—Lo sé, papá.

—Dímelo igual.

Cierro los ojos un segundo y lo hago.

—Inhalo cuatro. Sostengo dos. Exhalo seis.

—Bien —dice—. Eso te compra tiempo. Y el tiempo compra decisiones.

Siempre decía eso cuando yo era niña y tenía miedo. Cuando me perdía en un supermercado. Cuando despertaba de una pesadilla. Cuando el mundo parecía demasiado grande.

—Te llamo luego —dice.

—Cuídate —respondo.

—Siempre.

Cuelga primero, como siempre. Mi padre no se despide. Se retira. Como si quedarse demasiado fuera una forma de exponerse.


El día avanza sin enfrentamientos visibles. Clases largas, palabras que se repiten, explicaciones que no cambian nada. Tomo apuntes con precisión, no porque me importe todo, sino porque el orden me calma. En el trabajo cumplo horarios, respondo correos, sonrío cuando corresponde.

A veces pienso en él. No con tristeza. Solo como cuando recuerdas algo que siempre está ahí, aunque no lo estés viendo.

Al caer la tarde, cuando el cuerpo empieza a pedir pausa, el teléfono vibra en mi bolsillo.

Número desconocido.

No contesto.

Vuelve a vibrar.

Me detengo en la acera. El tráfico pasa rápido, el viento levanta papeles, alguien ríe a carcajadas a pocos metros. Todo sigue.

Respiro.

Inhala cuatro.

Sostén dos.

Exhala seis.

—¿Sí? —digo.

—¿Elena Cross? —pregunta una voz neutra, demasiado correcta.

—Sí.

—Llamamos para informarle sobre un incidente ocurrido en el extranjero.

La palabra incidente no pesa lo suficiente para lo que viene.

—¿Con quién hablo? —pregunto.

—Agencia de coordinación internacional.

No dice nombre propio. No lo necesita.

—Se trata de su padre, Daniel Cross.

El ruido de la ciudad se aplana, como si alguien hubiera bajado el volumen general.

—¿Qué pasó? —pregunto.

—Ha habido… una situación. —Pausa medida.— Lamentamos informarle que su padre falleció.

Falleció.

No murió.

No lo mataron.

Falleció.

—¿Cómo? —pregunto.

—Estamos recopilando información —responde—. Fue rápido.

Rápido no es una respuesta. Es una evasión.

—¿Dónde estaba? —insisto.

—Recibirá los detalles por los canales correspondientes.

—¿Qué canales? —pregunto.

—Habrá un funeral con honores —dice, y entonces algo se rompe—. Nos pondremos en contacto para coordinar.

—¿Honores? —repito.

—Militares.

El silencio que sigue no es emocional. Es lógico.

—Mi padre no era militar —digo despacio.

—Eso es parte del protocolo —responde la voz—. Lo lamentamos profundamente.

La llamada termina sin despedida.

Me quedo quieta, con el teléfono aún en la mano. El asfalto frente a mí tiene una grieta nueva o quizá siempre estuvo ahí y yo nunca la vi.

Respirar se vuelve trabajo.

Inhala cuatro.

Sostén dos.

Exhala seis.

El aire entra. Sale.

No lloro.

No grito.

No me caigo.

Mi padre decía que el pánico es un lujo que se paga caro. Y aunque ya no está, la instrucción sigue activa dentro de mí, como un reflejo que no necesita conciencia.

Camino. No sé a dónde. Camino porque detenerme sería admitir que el mundo cambió sin pedir permiso.

Militar.

Honores.

Protocolo.

Nada de eso encaja con el hombre que me enseñó a no dejar rastros, a no repetir rutas, a no confiar en silencios demasiado ordenados.

Siento algo instalarse debajo del shock, algo frío, preciso, incómodo:

Mi padre no murió como dicen.

Y quien me llamó no lo hizo para explicarme.

Lo hizo para cerrar algo.

Cuando por fin me detengo, el cielo ya está oscuro. No recuerdo el trayecto. Solo recuerdo haber respirado.

Inhala cuatro.

Sostén dos.

Exhala seis.

Funciona.

Todavía.

Pero por primera vez, siento que no va a ser suficiente.

Porque si mi padre murió con honores que no le pertenecen, entonces alguien está contando una historia en su nombre.

Y yo aún no sé cuál es.

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