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El Rey Oculto

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Summary

​En un reino donde las apariencias lo son todo, el Rey Damon es un secreto. Marcado por una cicatriz que le arrebató su rostro y su lugar visible en el trono, vive en las sombras, dejando que su gemelo, el carismático Frank, sea la imagen pública de la monarquía. Damon es la mente, la voz de autoridad, el estratega; Frank, la sonrisa, el encanto, el rey que el pueblo cree tener. ​Pero esta farsa peligrosa se tambalea cuando Damon, oculto bajo la identidad de Frank, rescata a un joven noble, Dan, de las profundidades de un bosque oscuro. Dan está herido, ciego y aterrorizado. Para calmarlo y protegerlo, Damon se ve obligado a mantener la mentira, presentándose como el bondadoso Rey Frank. ​Confinado en el palacio, Dan se aferra a la voz de su salvador, una voz que para él es "como el mar" y le ofrece una seguridad inquebrantable. Sin ver el rostro marcado ni la máscara que lo esconde, Dan se enamora de la bondad y la fortaleza que percibe en "Frank". Damon, a su vez, descubre en los ojos ciegos de Dan un refugio, un lugar donde su verdadero yo, el hombre bajo la máscara, puede ser amado sin juicio. ​Pero el amor que florece en la oscuridad no puede ocultar la verdad por siempre. ​ "El Rey Oculto" es una historia de identidades secretas, amor prohibido y un destino que desafía las máscaras.

Genre
Lgbtq
Author
Cordelia
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El humo siempre olía a ceniza y culpa. Doce años tenían los príncipes gemelos cuando la travesura se convirtió en tragedia.

—No, Frank. Padre nos prohibió ir a la herrería, ya duérmete —advirtió Damon, con un tono más de advertencia que de súplica.

Frank, sin embargo, lo ignoró —Solo quiero ver si la máquina suena tan aterradora como dice la vieja Elara. ¡No seas tan aburrido, Damon! ¡Ya deja ese maldito libro!

Damon suspiró y ambos gemelos entraron en la herrería vieja, usada como depósito de madera y alfalfa.

Una vez los hermanos ya cansados de explorar, finalmente se sentaron en el suelo al costado de un par de pajas secas con las cuales alimentaban a los animales del palacio cuando de repente la vela que Frank tenía a su costado, rodó por el suelo. El fuego, pequeño al inicio, incendió las pajas a sus costados encontrando el barril de aceite que se ubicaba a la izquierda de los gemelos. El crujido de la vía podrida y encendida en llamas que estaba encima de ellos, fue el último sonido que Damon escuchó antes del dolor.

Damon no lo pensó. Su destino de rey era el de proteger. Empujó a Frank, gritando, y el fragmento incandescente, en lugar de impactar a su hermano, lo golpeó a él en el rostro. La ráfaga de fuego que siguió fue pequeña, pero lo suficientemente violenta para arrancarle un ojo y deformar la mitad de su rostro.

Cuando el fuego se extinguió, Frank cayó de rodillas, ileso, llorando con un tipo de horror que nunca olvidaría. El rostro de Damon era un mapa roto de cicatrices.

Aquel día, Damon se convirtió en la sombra. Destinado a ser un rey oculto, su seriedad se hizo reclusión, su nobleza se convirtió en su castigo. Frank, en deuda eterna, asumió el único rol que le quedaba: ser la cara pública de Damon, entonces así el engaño se instituyó por decreto real y dolor.

15 años después.

La oficina de Damon, oculta detrás de un falso muro en el ala oeste, la menos utilizada del palacio, era espartana, oscura pero muy funcional. Una gran mesa de caoba estaba cubierta de mapas, pergaminos y documentos sellados. El único sonido era el crepitar de una chimenea y el rasgueo seco de la pluma de Damon, quien sentado con la máscara plateada cubriendo la mitad de su rostro y vistiendo su traje oscuro, se encontraba trabajando.

Damon no miraba los documentos; los diseccionaba. Su pluma no corregía, sino que sentenciaba. Estaba revisando un tratado comercial con un ducado vecino, una tarea que Frank, habría delegado sin dudar.

Un joven chambelan, pálido y nervioso, se acercó a la mesa y se aclaró la garganta.

—Alteza… señor Damon. El primer ministro solicita…

Damon levantó su mano grande y fuerte, deteniendo al joven sin siquiera mirarlo. El silencio se hizo absoluto. Finalmente, Damon dejó caer la pluma con un golpe seco,

—Este tratado es una farsa —declaró Damon, su voz profunda resonó en la pequeña oficina —. la cláusula seis compromete nuestras reservas de grano a un precio fijo, ignorando la sequía que se prevé para el invierno. ¿Cree usted que el pueblo comerá promesas cuando el precio del pan se triplique?

El chambelan tembló visiblemente. —Mis disculpas, Alteza. Fue revisado por el Consejo…

—El Consejo tiene estómagos llenos y mentes vacías —cortó Damon, y esta vez, si levantó la vista. Su ojo visible, intenso y oscuro, era suficiente para desarmar a cualquiera —. Quiero que este documento se reescriba. La cláusula seis se elimina y se reemplaza con un contrato de reserva de emergencia, revisable trimestralmente. Si el Duque se niega, se le informa que el Rey Frank encuentra su codicia… ofensiva.

El joven se apresuró a tomar el pergamino.

—Enseguida, señor.

Cuando el chambelan se retiró, Damon suspiró y seguido a ello yendo a su habitación para cambiar sus prendas y salir.

Dos sirvientes se acercaron a él en la armería —¿A dónde lo acompañamos, señor?.

—A ningún sitio, saldré a cazar solo.

Los sirvientes asintieron rápidamente y se alejaron de él.

Con los años, Damon se había convertido en alguien solitario por elección propia. Se había vuelto atlético y fuerte; la caza era su única escapatoria al aire libre, su forma de ser libre y salvaje sin ser juzgado.

Aquella tarde, Damon se encontraba de incógnito, con su traje de caza oscuro, rastreando un ciervo en la frontera boscosa que colindaba con algunas propiedades privadas del reino.

De pronto, un sonido interrumpió la paz del bosque: no era un animal, sino un gemido ahogado.

Damon se acercó, cauteloso. Detrás de un grueso roble, encontró a un joven. Cabello rubio claro, ojos verdes que parecían no enfocar bien, y un golpe feo en la sien. Estaba a tientas, asustado y desorientado.

El muchacho intentaba levantarse, tropezando con una raíz. Su rostro, joven y demasiado hermoso, estaba marcado por el pánico.

—No veo… no veo nada… —jadeó, llevándose las manos a la cara.

Damon sintió un pánico helado que nada tenía que ver con la realeza y sus años de experiencia en guerras. El joven estaba ciego, vulnerable, y solo. El instinto protector, el mismo que lo llevó al fuego, se activó.

—¡Quieto! —La voz de Damon era grave, fuerte, una orden pero con un matiz de gentileza.

El pequeño se paralizó, escuchando esa voz firme.

—¿Quién es usted? Por favor, ayúdeme…

Damon se arrodilló. Vio los ojos del joven, hermosos, pero vacíos. Por primera vez en quince años, Damon tuvo un pensamiento perverso y desesperado: Este hombre no puede juzgarme.

—Tranquilo, estoy aquí para ayudarte —dijo Damon, su voz bajando a un susurro lleno de una ternura que había reservado para sí mismo —. No temas. Mi nombre es Frank. Soy el rey, estás a salvo.

La mentira fue fácil, dolorosamente fácil. Al escuchar que se trataba del rey, el joven pareció dudar pero aún así el alivio pareció recorrer su cuerpo.

Damon extendió la mano hacia el joven y preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Dan —Tosió suavemente —Dan Schield.

Los grandes dedos del rey rozó los brazos de joven y el contacto fue como una descarga por todo su cuerpo. En ese preciso instante, justo cuando Damon tocó a Dan bajo un nombre falso, sintió una repentina y punzante calidez que nunca había sentido.

Damon no se detuvo a pensar en las repercusiones. Llevaba a Dan en brazos, cubierto con su capa de caza oscura. La fragilidad del joven y el instinto protector eran la única realidad.

Irrumpió por la entrada lateral, su figura alta y enmascarada generando un silencio inmediato. Dos guardias se inclinaron, reconociéndolo por su porte y capa oscura.

—¡Abran paso! —ordenó Damon, su voz resonando.

Damon avanzó hacia el interior. Justo a tiempo para cruzarse con un chambelan, que palideció al ver al silencioso y temido Damon cargando a un desconocido.

—¡Señor Damon! ¿Qué… qué sucede? —preguntó el chambelan, tratando de mantener la compostura.

—Silencio. Necesito al médico real inmediatamente y una suite en el ala oeste. ¡Ahora! —La autoridad implacable de Damon era un arma desesperada para salvar a Dan, quien se encontraba desmayado en sus brazos.

En ese momento, Frank salió del pasillo principal, seguido del jardinero real, que llevaba una maceta. Frank palideció hasta volverse del color de su camisa al ver el caos y la persona en brazos de su gemelo.

—¡Damon! ¿Qué demonios…?

Damon no se detuvo. Pasó por al lado de su hermano sin siquiera mirarlo, únicamente siguiendo a una sirviente que lo llevaba a una suite.

Frank vio el rostro de Dan, inocente y vulnerable. Vio la máscara de Damon, pero entendió de inmediato el pánico que había detrás. ¿Su hermano había casi matado a este pequeño?

—¡Qué el médico se apresure! —gritó Frank, recuperándose su aplomo real para cubrir la flagrante ruptura del protocolo.


Sky, el jardinero, que se había quedado al fondo, sintió la presión. Vio el rostro herido del joven y el porte desesperado de Damon, la figura más temida del palacio.

Damon depositó a Dan en un diván cercano. Frank se acercó, tratando de mantener las apariencias.

—Damon, debes calmarte. No podemos tener un huésped o así sin que el Consejo…

—Que el Consejo se pudra —cortó Damon, quitándose la máscara solo un momento para mirar a Frank —. Yo soy el Rey, Frank. Y este hombre es mi problema. No lo mires, no cuestiones y cierra la boca.

El chambelan, al ver la autoridad de Damon desafiando a Frank, se dio cuenta de la magnitud del desastre. Corrió a buscar al médico.

Frank suspiró y contó hasta diez, salió de la suite de un portazo dejando así la habitación casi vacía.

Damon entonces, se arrodilló junto a Dan. Se tomó por los cabellos, y colocándose nuevamente la máscara, acercó su rostro al oído de Dan.

—Estás a salvo, Dan —susurró Damon —. Y nadie, te lo prometo, nadie te hará daño aquí.

Ante la llegada del doctor, Damon se alejó de Dan y permitió que el médico hiciera su debido trabajo, quien al cabo de unos minutos cerró su maletín con un chasquido que sonó estruendoso y miró a Damon.

—Alteza, el joven ha sufrido una contusión severa por el golpe en la parte posterior de la cabeza. No hay daño estructural en sus ojos, ni inflamación cerebral significativa. Es una suerte, considerando la fuera del impacto.

Damon no se movió, su voz fue grave y autoritaria. —Dígame la verdad, doctor. ¿Cuando volverá a ver?

El médico dudo, y antes de responder aprovecho de mirar a Frank, que reingresaba a la habitación, en busca de apoyo. Frank se encogió de hombros, indicando que Damon estaba a cargo.

—La ceguera… es nerviosa, Alteza. Temporal, estoy seguro. Pero tomará tiempo. Dada la magnitud del trauma emocional y físico, diría… varios meses. Quizás cuatro, quizás seis. Durante ese tiempo, su dependencia será total.

La palabra “meses” golpeó a Damon.

El doctor se retiró. Y ambos gemelos se retiraron para llegar a la oficina de Damon.

—Que preparen una medicación para el dolor, y solo miel en el té —ordenó Damon, su tono regresando a la frialdad de su oficina —. Nadie debe perturbar a este joven. Nadie, Frank, ¿me has escuchado?

Frank no estaba enojado, estaba furioso. ¿Qué mierda le estaba pasando a su gemelo? Él no se comportaba así.

—Dile al Consejo que es un amigo de la infancia que sufrió un accidente —Damon dudo, luego miro a Frank con una ferocidad oculta —Necesita nuestra protección.

—¿Vas a mantenerlo aquí hasta que recupere su vista? ¿Lo conoces de algún lado al menos?

Damon negó —. Estaba solo e indefenso, Frank. No podía dejarlo a la deriva ¿qué clase de Rey piensas que soy?

—Un rey que piensa lo suficiente como para saber que traer a un desconocido a nuestro palacio es peligroso. Sabes que nadie sabe de nuestra situación interna ¿qué diablos se te cruzo por la cabeza, Damon? ¿Le dijiste quién eras?

Damon se retiró nuevamente la máscara y la colocó en e ml escritorio, suspirando miró a su hermano y con voz baja aclaró:

—Le dije que era el rey, que era Frank.

Su gemelo abrió los ojos y lo miró bruscamente

—¿Qué le dijiste que? ¡Definitivamente perdiste la cabeza! —exclamó, Frank, deteniéndose frente al escritorio —. ¿Le dijiste que eras el rey, que eras yo? ¿Es que no pensaste ni un minuto en las repercusiones, Damon? Se supone que eres el más sensato de los dos aquí.

Damon lo miró con su único ojo visible, frío como una hoja.

—Pensé lo suficiente como para saber que no podía llevarme a un joven ciego, asustado y vulnerable a la enfermería como Damon ¿Qué querías? ¿Que lo asustara hasta desmayarlo otra vez ?

—¡Está malditamente ciego! ¡Le diste mi nombre, idiota! ¡Me involucraste en la farsa más peligrosa que hemos urdido! —Frank se pasó las manos por el cabello, destrozando su peinado implacable —. El pueblo cree que estás muerto. ¡Damon, estás jugando con fuego!

—No es solo Dan, Frank. Ese muchacho forma parte de nuestro pueblo y casi muere allí en el bosque.

Frank quedó en silencio unos segundos.

Luego suspiró, resignado.

—Está bien. Es por el reino. Siempre lo es, ¿verdad? —Frank suspiró, su voz bajando a un tono amargo —. ¿Y qué hay de ti? ¿Qué hay de tu estúpida locura de recién? No mientas, Damon. No es el pueblo, es ese joven desconocido.

Damon recogió su máscara y se la colocó.

—Piensa lo que quieras, Frank, esta discusión terminó. Vete.

Damon cerró la puerta de su despacho apenas Frank salió, y el silencio cayó como un peso insoportable.

Se llevó una mano al rostro, sintiendo la presión de la máscara contra la piel. Le ardían los músculos, no por esfuerzo físico, sino por la tensión que había sostenido desde que encontró a Dan en el bosque.

Dan.

El nombre le atravesó el pecho como un golpe suave, pero persistente.

Por un instante, apoyó ambas manos sobre el escritorio y bajó la cabeza. Respiró hondo. Él no perdía el control. Nunca.

Era la sombra del rey muerto, el fantasma que gobernaba desde las sombras.

Su vida estaba hecha de disciplina, cálculo y silencio.

Y sin embargo…

Las imágenes regresaron sin permiso: la expresión perdida de Dan al despertar, sus manos temblorosas buscando un punto de apoyo, la voz quebrada preguntando si alguien estaba allí, el modo en que se aferró a su capa sin siquiera saber quién era.

Ese instante lo destruyó.

Damon no recordaba la última vez que algo lo había conmocionado así.

No fue compasión. No fue deber. Fue algo más profundo, más antiguo, más incontrolable. Algo que llevaba su nombre.

Se quitó lentamente la máscara y la dejó sobre el escritorio. Miró su reflejo distorsionado en el metal pulido: un hombre marcado, endurecido, entrenado para matar y gobernar desde las sombras.

Un hombre que no tenía derecho a sentir lo que estaba sintiendo. Pero lo sentía igual.

Dan… era hermoso. Su mente no podía apartarse de ello: la suavidad de sus rasgos, el modo en que su cabello caía sobre la frente, el leve fruncimiento de sus labios cuando respiraba, la sensación inexplicable de que todo en él transmitía vulnerabilidad y luz.

Damon respiró hondo. Y el deseo de protegerlo se volvió casi doloroso. Lo había sentido desde el primer momento. Desde antes de saber su nombre. Desde que lo levantó del suelo del bosque, inconsciente, respirando apenas.

Su corazón —ese órgano supuestamente muerto— había reaccionado antes que su razón. Había conocido el miedo real. No por él. Por Dan.

Y ahora… la realidad caía sobre él como una espada. Dan estaba ciego. Dependería completamente de alguien. De él.

Damon cerró los ojos al pensarlo. Era una condena… y una bendición al mismo tiempo. Una culpa y un privilegio. Sabía que no debía involucrarse. No debía sentir. No debía temblar con solo recordar cómo Dan había apoyado la cabeza en su pecho mientras lo cargaba. Pero lo hacía.

Y lo peor, lo imperdonable, lo que Frank había intuido: lo haría de nuevo. Lo haría mil veces. Porque Dan no era solo un joven herido. Para él se había convertido en —y la palabra lo asustaba— belleza.

Una belleza que Damon nunca había visto de cerca, nunca había sentido, nunca había tenido permitido siquiera imaginar.

Algo puro.

Algo bueno.

Algo que no existía en su mundo.

Y que ahora dormía a unos metros de distancia, respirando con dificultad, completamente ajeno al caos que había desatado en un rey invisible. Damon abrió los ojos. La decisión estaba tomada desde antes de que la pensara.

“Te protegeré…” —susurró, apenas un hilo de voz— “aunque me destruya.”

Se puso la máscara, se enderezó y salió hacia la suite.

Tenía que verlo.

Tenía que asegurarse de que Dan seguía respirando.

Tenía que calmar la ansiedad feroz que le estaba carcomiendo el pecho.

No sabía qué sentimiento había nacido en ese bosque. Solo sabía que no iba a retroceder. Aunque el reino ardiera. Aunque Frank lo matara. Aunque Dan nunca viera su rostro real. Porque no había vuelta atrás. No para un corazón que acababa de despertar después de años de silencio.


Dan respiraba con suavidad. La luz tenue de la lámpara bañaba la habitación en un brillo ámbar, cálido, casi íntimo. Damon permanecía en silencio junto al diván, firme como una estatua, pero por dentro ardiendo en una inquietud que no reconocía como suya.

Había visto cuerpos heridos en batalla, soldados moribundos, enemigos suplicantes. Nunca nada le había provocado lo que provocaba ese joven dormido frente a él.

Dan…

Dan Schield.

El nombre ya tenía un peso peligroso.

Damon se obligó a mantener las manos a los costados, los dedos enguantados crispados sobre sus propios muslos. No debía acercarse. No debía tocarlo. Ni siquiera debía estar allí.

Pero Dan se movió.

Un gesto pequeño, apenas un sobresalto. La respiración del joven titubeó, y luego un murmullo escapó de sus labios.

—Frank… Alteza ¿está ahí?

Damon sintió cómo su corazón se detenía por un segundo. Todavía creía que él era Frank. Todavía confiaba en él. Y eso era lo más devastador.

Damon se inclinó lentamente, cuidando que su máscara no rozara la almohada ni el rostro del joven. Su voz salió más suave de lo que jamás había permitido.

—Estoy aquí.

Se arrodilló junto al diván. Desde esa distancia, Dan era… hermoso físicamente —el cabello rubio claro, casi blanco bajo la luz; la piel suave con apenas un rubor febril; las pestañas largas que proyectaban sombras curvas sobre sus mejillas—. Podía notar además una vulnerabilidad que quebraba todo lo que Damon había construido para sí mismo. El niño que había sido, que saltó al fuego por su hermano, despertaba ante este muchacho ciego que murmuraba su nombre falso. Dan alzó una mano, temblorosa, buscando a tientas.

Damon se congeló. El aire desapareció. La lógica se evaporó. Cada advertencia interna gritó.

No debes tocarlo.

No debes sentir.

No debes enamorarte.

Pero la mano de Dan insistió, temblando en la nada, y el sonido que hizo —un pequeño suspiro herido— destruyó cualquier posibilidad de que Damon resistiera.

Extendió su mano enguantada y tomó la de Dan con una delicadeza imposible en su cuerpo enorme y endurecido por la guerra.


El tacto fue… devastador. Cálido. Frágil. Humano.

Dan exhaló, alivio puro.

—Lo sabía… —susurró Dan, con una fe que era un arma letal—. No me dejó solo.

Damon cerró los ojos. Nadie le hablaba así. Nadie creía en él así.

—Nunca te dejaría —respondió, y la verdad de esas palabras lo destruyeron.

Porque no las decía como rey. Ni como hombre enmascarado. Ni como gemelo oculto. Las decía como Damon.

Dan apretó ligeramente su mano, buscando más.

—Tengo miedo —admitió el joven.

Damon sintió el toque como si fuera fuego directo a su pecho.

—No necesitas tenerlo. Estás bajo mi protección.

Dan sonrió apenas, una sombra dulce en su rostro.

—Gracias, majestad.

Majestad.

Frank.

La mentira volvía a caer sobre él… pero Dan seguía sonriendo. Confiando. Aferrándose a su mano como si Damon fuera la única cosa firme en su mundo sin luz.

Y Damon supo que ya no había retorno. Que ese joven lo marcaría más profundamente que cualquier cicatriz. Y que, por primera vez en quince años, su corazón pertenecía a algo.

A alguien. A Dan.

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