Prólogo
Año 1480
Vlad Tepes, príncipe de Transilvania, era estimado y respetado por sus súbditos. Bajo su mandato, la paz reinaba en aquellas tierras, y muchos lo proclamaban el enviado de Dios: un soberano destinado a proteger todo lo que le pertenecía —sus dominios, su pueblo y sus tesoros más valiosos—. Sin embargo, para Vlad, el oro y la plata jamás fueron su mayor riqueza. Su corazón anhelaba algo más… o mejor dicho, a alguien.
Una noche, el castillo resplandecía con una gran celebración. La prosperidad del reino era motivo de fiesta: música alegre, danzas interminables y un banquete digno de los dioses colmaban los salones. El pueblo celebraba a su príncipe, agradecido por la abundancia que colmaba sus hogares.
Apartada del bullicio, entre sombras y penumbra, se encontraba una joven llamada Rosella. Poseía una belleza serena: tez clara, cabello negro como el ébano y unos ojos profundos, tan azules como el océano bajo la luna. Permanecía en silencio, observándolo todo desde su rincón, perdida en pensamientos que parecían pesarle en el alma.
Sosteniendo una copa de vino, bebía con delicadeza cuando sus dedos rozaron el metal del cáliz, provocándole una leve cortadura. Una pequeña gota carmesí cayó en el líquido, tiñéndolo de rojo. Rosella observó la copa, intrigada, mientras un extraño susurro parecía abrirse paso en su mente. Pero aquella sensación se desvaneció cuando una voz real, firme y cercana interrumpió sus pensamientos.
—¿Hay algo que aflija a las espinas de mi querida Rosa? —preguntó el príncipe Vlad, observándola con una sonrisa cargada de preocupación… y de un interés imposible de ocultar.
Rosella guardó silencio unos segundos, intimidada por la cercanía del hombre más poderoso del reino.
—No es nada, su excelencia… —respondió al fin, con voz suave—. Me es sencillo perderme en mis pensamientos.
Vlad ladeó la cabeza, sin apartar la mirada de ella.
—Una flor tan bella no debería permanecer sola sin ser cortejada —dijo, extendiendo su mano con elegancia—. Y debo admitir que me agrada la idea de ser yo quien lo haga. Concédeme esta pieza.
Aún incrédula, Rosella aceptó su mano.
—Me ha tomado por sorpresa, su excelencia —confesó mientras danzaban—. Jamás imaginé que dirigiría palabras tan amables a una dama como yo.
—No te minimices —susurró él—. Para mí, no eres una simple dama de la corte. No es secreto para nadie que me has cautivado, Rosella. A estas alturas, debes saber que deseo que seas mi reina… no solo para gobernar a mi lado, sino como mi esposa, la madre de mis hijos, mi único amor en esta vida.
La respiración de Rosella se entrecortó.
—No tienes que responder ahora —continuó Vlad con sinceridad absoluta—. Permíteme, al menos esta noche, permanecer en tus brazos y decirte cuánto te amo.
Desde ese instante, Vlad no volvió a apartarse de ella. Día tras día, planeó cada paso para tenerla a su lado, incapaz de ocultar un amor tan profundo como obsesivo. El tiempo pasó como páginas arrancadas de un libro ansioso por llegar a su clímax.
Rosella fue coronada reina de Valaquia, y Vlad ordenó que se le ofreciera la misma lealtad y respeto que a él. Aunque reservada, ella asumió su papel con determinación, gobernando con justicia y bondad. Pero aquel favoritismo despertó la envidia de nobles y damas de la corte, quienes vieron en Rosella un obstáculo para sus ambiciones.
Así nació una alianza silenciosa, tejida con traición y codicia. La conspiración estalló en una masacre despiadada: sangre de inocentes corrió por las calles como protesta y golpe de Estado. Vlad se encontraba lejos cuando el caos estalló. Cuando regresó, ya era demasiado tarde.
El grito de Rosella fue lo último que escuchó.
La encontró sin vida, asesinada a sangre fría. La impotencia lo quebró. Cayó de rodillas, llorando hasta desgarrarse el alma. Pero el dolor pronto fue devorado por una furia incontenible. Vlad abandonó al Dios que una vez lo proclamó su enviado y decidió impartir justicia con sus propias manos.
Uno a uno, empaló a quienes habían destruido su reino… y su corazón.
—¡Escúchenme bien, ingratos! —rugió ante los restos de su corte—. Se atrevieron a traicionarme, a arrebatarme lo que más amaba. Desde hoy, beberé la sangre de todo aquel que se atreva a desafiarme… y en ella encontraré la vida eterna.
Así, el reino que alguna vez fue símbolo de prosperidad y luz dio paso a una era de terror, oscuridad… y leyenda.









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