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Opacarofilia: Las Ultimas Historias de una Ciudad que no Duerme

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Summary

En Buenos Aires, un martes cualquiera de marzo, el cielo comienza a cambiar. Primero es sutil—un naranja más brillante de lo normal, una luz que no disminuye como debería. Después, imposible de ignorar: colores que no deberían existir juntos, un resplandor que crece en el horizonte como un segundo sol. Las sirenas comienzan a sonar. Las noticias confirman lo que todos temen. Hay treinta minutos. Tal vez cuarenta. Nueve historias que se entrelazan en el último día de una ciudad. Nueve formas de amar cuando ya no queda tiempo. Una carta de amor a Buenos Aires, a los vínculos que nos definen, y a todos los "mañanas" que nunca llegaron. Un libro sobre el amor, el arrepentimiento, y la belleza terrible de los últimos momentos de un atardecer.

Status
Complete
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
16+

El color equivocado

Marina llevaba tres semanas sin hablarle a su hermana.

No por algo grave. Nunca era por algo grave. Una discusión sobre quién cuidaría a mamá el fin de semana, palabras dichas con cansancio que sonaron a reproche, y después el silencio. Ese silencio que se estira como chicle hasta que ya no sabés cómo romperlo sin que suene forzado.

Se había quedado en el estudio después del laburo. La oficina estaba vacía, las luces automáticas ya apagadas en la mitad de los cubículos. Afuera, el atardecer teñía todo de un naranja que parecía más brillante que de costumbre. O quizás solo llevaba demasiado tiempo sin fijarse.

Le vibró el celu. Un mensaje de Lucía:

«¿Seguís enojada?»

Marina miró la pantalla. Tres puntitos aparecieron y desaparecieron. Su hermana estaba escribiendo algo más, borrándolo, escribiendo de vuelta.

No estaba enojada. ¿Lo estaba? Ya ni siquiera lo recordaba bien.

Se levantó y caminó hasta la ventana. El sol estaba bajo, casi tocando los edificios del horizonte. Había algo raro en la luz, algo que no terminaba de identificar. Demasiado dorada, tal vez. Demasiado uniforme. Como si alguien hubiera subido la saturación del mundo entero.

En la calle, la gente caminaba más despacio que de costumbre. Una pareja se había detenido en plena vereda, abrazados, mirando para el oeste. Un tipo de traje fumaba apoyado en un poste, con los ojos entrecerrados hacia el cielo.

Marina pensó en su hermana. En cómo, cuando eran chicas, Lucía siempre encontraba formas de pedirle perdón sin decir “perdón”. Le dejaba dibujitos abajo de la almohada. Le guardaba el último pedazo de postre.

Le vibró el celu de vuelta.

«Vení a cenar mañana. Por favor.»

Afuera, una bandada de pájaros atravesó el cielo en una formación caótica, como si se hubieran olvidado para dónde iban. Marina los siguió con la mirada hasta que se perdieron atrás de un edificio.

El sol seguía bajando, pero la luz no disminuía. Si acaso, parecía intensificarse.

Marina miró el teléfono. Los tres puntitos seguían ahí. Lucía esperando.

A lo lejos, apenas audible, creyó escuchar una sirena. Pero podía ser cualquier cosa. Una ambulancia. Los bomberos. El final de un turno en alguna fábrica.

Escribió:

«Mañana no puedo. ¿El viernes?»

Mandó el mensaje y esperó. Los tres puntitos aparecieron al toque.

«Dale. El viernes.»

Marina guardó el celu. Apoyó la frente contra el vidrio tibio de la ventana y cerró los ojos. El naranja del atardecer se filtró a través de sus párpados, convirtiéndolo todo en un resplandor rojizo.

Cuando los abrió, el sol ya había tocado el horizonte, pero el cielo estaba más luminoso que nunca, como si algo estuviera prendido fuego justo atrás de la línea de edificios.

Hermoso, pensó.

Y por alguna razón que no entendía, sintió ganas de llorar.

Salió de la oficina quince minutos después. En el ascensor, una señora mayor sostenía la mano de un pibito. El pibe señalaba para la ventana del pasillo.

—Mirá, abuela. El cielo está raro.

—Es solo el atardecer, mi amor.

—No. Está raro.

La abuela le acarició la cabeza sin mirar para afuera.

Marina caminó hasta el subte pensando que llamaría a Lucía al llegar a casa. Qué le diría que mejor cenaran mañana, que no había razón para esperar hasta el viernes. Que lo sentía, aunque no supiera exactamente por qué.

El atardecer duraba más de lo normal, o eso le pareció. Como si el sol se hubiera quedado trabado en el horizonte, negándose a terminar el día.

Pensó en todos los atardeceres que había visto sin prestarles atención. En todas las veces que Lucía le había mandado mensajes que ella había contestado con monosílabos. En su vieja preguntándole cuándo vendría a visitarla.

Mañana, siempre mañana.

Bajó las escaleras del subte. La señal del celu se perdió. Pensó en escribirle a Lucía igual, aunque el mensaje no se mandara hasta que subiera. Solo para tenerlo listo.

Pero al final no lo hizo. Ya habría tiempo.

El tren llegó con un chirrido metálico y Marina subió, eligiendo un asiento junto a la ventana. En el reflejo del vidrio oscuro vio su propia cara superpuesta con el túnel que dejaban atrás, y más allá, como un eco, el resplandor naranja que todavía teñía el mundo en la superficie.

Hermoso, pensó de vuelta.

Y cerró los ojos.

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