PRÓLOGO: ERROR CRÍTICO
—Han emitido la orden de aprehensión contra Alistair Jung. Cualquiera que tenga información, por favor, contacte a los siguientes números.
Alistair apretó el volante; sus nudillos palidecieron. En la pantalla del tablero, el noticiero mantenía fija la línea de denuncia. Una sentencia repetida sin descanso. ¿Cómo? Él mismo cubrió cada rastro. Las cuentas, dispersas en paraísos fiscales. Excepto un testigo: la única persona a quien le concedió acceso a los documentos internos. Conocía las rutas, los horarios cifrados en las carpetas condenadas a la sombra. El nombre estalló en su mente. No cualquiera…
Un punzón inimaginable lo atravesó. Todo su cuerpo se encorvó. Este dolor quemaba más que una herida de bala. Por dentro, desde un punto inalcanzable, la corrosión alcanzó las entrañas hasta entonces ignoradas en su propio ser. Observó la caja abierta en el asiento del copiloto. Un diamante solitario capturaba y devolvía cada partícula de luz.
Lo único, en todo el auto, que seguía siendo lo que debía ser. Se encontró riendo; el sonido de su propia voz, resonó en las paredes acolchadas. Bajó el vidrio de la ventanilla. Un aire helado atravesó el interior, dando paso también al eco de las sirenas de las patrullas.
Confianza. Esa decadente fantasía. Jamás contó de verdad con nadie. Al menos no de la manera dictada por las ilusiones de los demás. Ni esa única persona que su corazón, aún humano, eligió en un instante de debilidad. Sostuvo el anillo entre sus dedos. Lo giró una vez como si pudiera devolverle un poco de calor. Abrió la mano. El viento reclamó el recuerdo de lo imposible; perdido en la negrura del asfalto.
Quería gritar, llorar, lo que sea que aliviara el dolor en su corazón… Un bache profundo interrumpió la trayectoria. La sangre descendió en un trazo carmesí sobre su frente. Debía estar agradecido de vivir, pero él nunca pidió nacer. Cada vivencia reciente confirmaba una sola certeza: su ausencia habría sido un destino mil veces mejor.
El brillo de sus ojos se esfumó junto a los últimos rayos del atardecer. Dentro de la oscuridad visualizó la edificación de un orfanato. Levantado en medio de la nada. Las enredaderas trepaban por los muros agrietados. Frenó a unos cuantos metros de la entrada.
Al bajar, la suela inmaculada se manchó de fango y nieve. Ajustó los puños de su saco; un movimiento ensayado miles de veces. Algo metálico pesaba en el bolsillo interior de su chaqueta: la única decisión que ni la policía ni la prensa firmarían jamás por él. A los ojos del mundo, seguiría siendo la fotografía perfecta en cada portada.
La pintura se desprendía en la entrada. Nadie, en dos décadas, la reparó. En cualquier otro edificio bajo su control, le habría costado el puesto a alguien el error. Cruzó el umbral. Aquí, solo le devolvía la certeza de cuánto tiempo llevaba ausente. Conservó la sonrisa.
Un pasillo lateral se abría hacia habitaciones sumidas en la penumbra. Todas menos una, al fondo. Del pomo de esa puerta colgaba un letrero. Un nombre que prefería no pronunciar, ni siquiera en su cabeza. Se quedó parado, inmóvil. La sangre pegaba algunos de los mechones de su cabello a su rostro. Aquí comenzó todo y aquí debía terminar.
Reconocía el banco de madera bajo la ventana rota, donde se sentaba de pequeño con la espalda recta, y las manos cruzadas sobre las rodillas. Nadie escogía a los niños suplicantes; elegían a los que parecían no necesitar nada.
Treinta años después, volvió al mismo punto: de pie frente al banco. El único lugar donde podía dejar de ser el autoritario Alistair. Risas imposibles de fechar con precisión, lograron colarse a través de su resistencia. Después irrumpieron rostros: miradas fijas. Gritos vistos como daños colaterales, sonaban con su verdadera naturaleza. Una lágrima descendió.
Las sirenas de las patrullas resonaban cada vez más cerca. Cubrió sus propios ojos con una mano. Con la otra, sostuvo el arma contra su sien. Quitó el seguro; un clic resonó. La bala abandonó el cañón. Avanzó unos centímetros en una trayectoria irreversible. Sin embargo, dejó de responder a las leyes que regían su mundo. Como si la fatalidad estuviera dispuesta a repetirse.
Un calor imposible le atravesó los párpados cerrados, y sus propios ojos, en un acto de rebeldía, se abrieron. Los copos de nieve cesaron antes de tocar el suelo. En la estructura, los garabatos, dibujos de niños, estallaron en fragmentos azulados y luminosos. Una a una las líneas abandonaron la superficie. Algunas atravesaron su cuerpo. Otras reptaban sobre la nieve.
[ERROR CRÍTICO DETECTADO]
Desde la grieta más profunda del mundo, una voz mecánica atravesó la realidad, inscrita en la misma distorsión devoradora del entorno. La bala, inmóvil en el aire, le devolvió su propio rostro. Las líneas de luz azulada le susurraban una idea inadmisible: el error, esta vez, no le correspondía en solitario.








