El demonio
Las gotas heladas parecían querer escapar de las rugosidades de las piedras de granito sin pulir que cubrían la pared de mi dormitorio. No había duda de que el clima estaba siendo muy cruel aquel invierno. Era la primera vez en mi vida que pasaba tanto frío, o al menos, hasta donde alcanzaba a recordar por aquel entonces. Aunque seguía en la cama, sabía que era más allá del mediodía por la posición de los rayos de luz que se asomaban tímidamente entre las cristaleras de las ventanas. Y, aun así, me dio la impresión de que la temperatura era más baja que durante la oscura noche sin luna que había encontrado su final hacía escasas horas.
―Debería levantarme ―pensé mientras mi cuerpo hacía totalmente lo contrario y se hundía aún más entre las múltiples capas de mantas de seda y algodón finamente bordadas que cubrían mi enorme cama.
La lucha entre mente y cuerpo quedó resuelta cuando mi estómago comenzó a rugir. Retiré la ropa de cama, con cuidado de no hacerla jirones. Mis largas y oscuras garras ya me habían jugado alguna que otra mala pasada, sobre todo durante los primeros meses. Me senté en el borde del desproporcionadamente grande colchón de plumas antes de apoyar los pies en el suelo, como hacía todas las mañanas. Pasé unos minutos respirando y siendo consciente de todo mi cuerpo. Era una manía que había adquirido desde que empecé a vivir en el castillo. Los dos largos cuernos de marfil puntiagudos que se erigían en mi frente y las grandes alas negras de murciélago que nacían de mis escápulas me hacían perder el equilibrio al caminar si no dedicaba esos minutos diarios a estudiar y conocer su posición exacta en mi fisionomía.
Cuando mi piel tocó el helado suelo de mármol, un escalofrío me recorrió desde la planta de los pies hasta el final en punta de flecha de la cola que me surgía desde la baja espalda. Me envolví en mi pesada, pero suave y cálida, bata de cuero, en un intento por protegerme del suave aire gélido que bailaba a mi alrededor. Avancé con dificultad hacia la puerta y volví a coger aire antes de abrirla.
Diez figuras etéreas, translúcidas y sin rostro me esperaban al otro lado, flotando a pocos centímetros del suelo. Por razones obvias, yo los llamaba “fantasmas”. Me siguieron, como hacían todas las mañanas, hasta el gran comedor del castillo: una estancia de descomunales dimensiones con una enorme mesa de madera de nogal rodeada por veinte sillas tapizadas en terciopelo rojo, iluminada por una cantidad innecesaria de lámparas de araña con velas que caían desde el alto techo hasta casi chocar con mis cuernos. Un suculento almuerzo con más platos de los que nunca podría consumir en una sola comida me esperaba en el centro de la mesa.
―Hoy me apetece comer en el invernadero ―dije en voz alta sin dirigirme a nadie en específico.
El invernadero era la zona más cálida del castillo y la que tenía mejores vistas. Los fantasmas no tardaron ni cinco minutos en trasladar el desayuno hasta allí. Las criaturas eran indistinguibles unas de otras, y en el lustro que llevaba como inquilino permanente del castillo nunca me habían dirigido la palabra. Dudaba incluso de que pudieran comunicarse entre ellas. Obedecían ciegamente mis órdenes, y no parecían tener necesidades básicas como comer o dormir. Se ocupaban de satisfacer todas mis necesidades, desde prepararme la comida o limpiar las habitaciones, hasta cuidar las flores del jardín o reparar un cristal que se hubiera roto debido a mi torpeza. A mi lado siempre podía encontrar a diez de ellos, pero sospechaba que había muchísimos más repartidos por el resto de las estancias.
Avancé con pereza y todavía algo adormilado por el comedor hasta llegar a la habitación acristalada donde iba a disfrutar de mi almuerzo. Comparado con el resto del castillo, el invernadero podría considerarse pequeño, pero indudablemente, era la estancia más hermosa de mi hogar. Estaba cubierto de un cristal transparente, grueso y cálido que filtraba los rayos del sol para que no fueran demasiado potentes en verano, ni demasiado tenues en invierno. Además de la agradable temperatura que mantenía durante todo el año, el invernadero era el mejor lugar del castillo para observar la aldea.
Tengo que confesar que no todos los días me sentía con ganas de contemplarla.
Hacía ya cinco años que me había despertado rodeado por fantasmas y lujos, sin saber quién era ni cómo había llegado hasta el castillo. Me asusté y mis instintos me obligaron a salir corriendo para pedir ayuda. Todo mi cuerpo se sentía extraño y el simple hecho de moverme me resultaba un reto, pero aun así pude atravesar el denso bosque que cubría la colina que rodeaba a la aldea.
Todavía hay noches en las que me despierto sobresaltado al recordar en sueños a los aldeanos gritando de pánico y escupiéndome palabras cargadas de odio y repugnancia.
La mayoría de ellos se escondieron cuando me vieron llegar, pero los pocos valientes que se atrevieron a quedarse fuera de sus hogares, no dudaron en insultarme y arrojar hacia mí objetos puntiagudos y tocones de madera prendidos. Aunque mi piel era dura como el acero, sentí perfectamente todos y cada uno de los golpes, aunque no dolieron tanto como los insultos y las miradas de desprecio.
No era bienvenido en la aldea. Allí nadie me iba a ayudar.
Después de rondar por el bosque durante los siguientes tres días, escondiéndome, y sin apenas comer ni dormir, decidí regresar al castillo. Había descubierto en la aldea, a base de injurias, que yo era el rey Demonio, que aquel era mi hogar, y que mis vecinos humanos tenían más de una razón para odiarme, aunque no pude averiguar ninguna de ellas.
Aun así, había días en los que podía pasar horas sentado detrás de los cristales del invernadero, contemplando desde una distancia segura el ajetreo diario de la vida humana, con un ardor constante en el pecho que casi podría confundir con nostalgia.
Durante aquel helado mediodía que probablemente había sido el más frío del año, una gruesa capa de nieve cubría los tejados de las humildes cabañas que podía vislumbrar desde mi cómoda silla de hierro. Había estado nevando casi a diario durante el último mes, y la temperatura parecía disminuir un par de grados más cada pocos días.
Mientras terminaba mi humeante sopa, preguntándome cómo estarían sobrellevando el invierno mis vecinos de la aldea, una imagen extraña alteró la blancura casi total de mi campo de visión. Apoyé el gran tazón de metal sobre la mesa con un ligero golpe, y fijé la vista en el níveo bosque que rodeaba la aldea y subía hasta el castillo. Había algo moviéndose a través de él, una figura más grande que los típicos conejos y ratones que solían deambular por allí durante aquellas horas del día.
Me incorporé, sobresaltado y asustado por la inesperada novedad. Hasta aquel entonces mis días habían consistido en una sucesión de rutinas monótonas, únicamente interrumpidas por los cambios de estación. Nadie subía nunca al castillo. Nada salía tampoco de él. Pero aquella figura que hacía notables esfuerzos por atravesar la gruesa capa de nieve que cubría la colina, era claramente humana. Y se dirigía hacia la entrada de mi hogar.
―Se acerca alguien ―advertí a los fantasmas que se encontraban perfectamente alineados a mis espaldas, con sus largas túnicas blancas semitransparentes ondeando al son de una brisa inexistente.
No recibí ningún tipo de respuesta por su parte. Sus rostros sin rasgos seguían fijos en mí, esperando mi siguiente orden. No necesitaban saber lo que iba a pasar, sino lo que yo deseaba hacer al respecto.
La figura había conseguido atravesar el último y empinado tramo de la colina. y avanzaba a trompicones a través de la llanura que acababa en el enorme portón principal del castillo.
Apenas tardaría unos pocos minutos en llegar hasta mi hogar. El desconocido estaba cubierto por un abrigo grueso y oscuro con capucha, que no dejaba entrever absolutamente nada de la persona que se encontraba bajo él.
Me quedé inmóvil, con la nariz a escasos milímetros del cristal, esperando a que alcanzara la entrada.
Tres ruidos secos resonaron en todo el castillo, perfectamente sincronizados con los tres golpes que había propinado en la puerta el puño cerrado del extraño.
Mi estómago se revolvió y la angustia se hizo con mi cuerpo. Tenía miedo. Miedo de lo que aquel aldeano había venido a buscar.
Se tardaban al menos dos horas en recorrer la distancia que separaba el castillo de la aldea. Dos horas a través de un terreno escarpado y empinado cubierto de nieve. Uno no hace ese camino en plena ola de frío si no está desesperado por conseguir algo.
Otros tres ruidos secos causaron que los restos de mi almuerzo treparan por mi garganta de regreso a mi boca.
Quizás, si esperaba el tiempo suficiente, el frío de la tarde le haría desistir y regresar a su hogar antes de que anocheciera.
Me senté de nuevo en la silla y esperé. Desde mi posición podía observar todos y cada uno de los movimientos del aldeano, pero él no era capaz de verme a mí.
De nuevo, golpeó la puerta, esta vez con mayor desesperación. Se giraba hacia los lados, como esperando que algo de lo que se tuviera que defender apareciera en cualquier momento. A pesar de ello, no portaba armas o, al menos, ninguna visible.
El sol se comenzó a ocultar bajo unas gruesas nubes, y la oscuridad cubrió la cima de la colina. El viento, que hasta hacía unos segundos había estado ausente, comenzó a soplar con fuerza, acompañado de unos enormes copos de nieve que empezaron a descender desde el cielo.
La figura comenzó a temblar, y sus golpes se enlentecieron y perdieron fuerza. Estaba gritando, pero me era imposible escuchar sus palabras, atenuadas por el rugido de la ventisca y los gruesos muros y cristales del castillo.
El aldeano no tardó en caer de rodillas al suelo, encogiéndose sobre sí mismo en un inútil intento por entrar en calor.
Una angustia distinta a la que había sentido hasta entonces comenzó a invadir mi mente. Aquel desconocido iba a morir en pocos minutos si la ventisca no amainaba, y lo más probable era que ni siquiera tuviera esos minutos.
―¡Abrid la puerta y dejad entrar al humano! ―ordené a los fantasmas.
Obedecieron mi orden al instante. Se dispersaron en dirección a la entrada. Yo los seguí a una distancia prudencial.
―Ojalá no sea demasiado tarde ―pensaba una y otra vez mientras me acercaba al enorme portón. No quería que una vida acabara a causa de mi miedo y cobardía.
La entrada al castillo daba a un amplio salón de piedra tallada sin ventanas que conectaba con las distintas estancias de la planta baja. Aunque había varias lámparas de araña similares a las que se encontraban en el comedor, su luz era insuficiente para iluminar por completo la estancia, por lo que las zonas más apartadas se encontraran inmersas en la penumbra. Aproveché una de esas sombras para esconderme y evitar ser visto mientras mis etéreos criados abrían la puerta y arrastraban a la temblorosa figura hacia el interior.
Cuando me atreví a alzar la mirada para observar lo que ocurría, el aldeano convulsionaba en el suelo de mármol, con el abrigo completamente empapado.
―Traed mantas y ropa seca y encended la chimenea ―gruñí en voz baja desde mi escondite, sabiendo que me oirían perfectamente a pesar de la distancia.
Un par de fantasmas desaparecieron tras una de las puertas de la planta baja para reaparecer a los pocos segundos con unas colchas gruesas de plumas, además de varias camisetas y pantalones de lana. Otro par llenó la chimenea con madera seca y la prendió. Solo uno de ellos se acercó al extraño para retirarle la ropa mojada. Cuando le apartó la capucha, una larga melena rubia cayó sobre los esqueléticos hombros que habían aparecido bajo el abrigo. Un rostro femenino y pálido mostraba un rígido gesto de sufrimiento. Aparté la mirada hacia el suelo mientras la desnudaban, avergonzado, y no la volví a levantar hasta que los fantasmas reaparecieron a mi lado tras haber cumplido mis órdenes.
Habían cambiado de ropa a la aldeana y la habían envuelto en varias capas de mantas. Estaba tumbada frente a la chimenea, inerte, pero su rostro estaba adquiriendo poco a poco un color rosado que parecía indicar mejoría.
Me senté en el suelo y esperé. La ausencia de ventanas me impedía calcular el paso del tiempo con exactitud, pero fue mucho, demasiado. Estaba empezando a ser arrastrado por el sueño cuando un sutil gemido me trajo de vuelta al mundo de los vivos.
La mujer se había despertado y estaba luchando por liberarse de las mantas que la envolvían. Sus pómulos resaltaban sobre el resto de su consumido rostro, y sus finas manos parecían no tener la fuerza suficiente para lograr apartar las pesadas telas que cubrían su cuerpo. Me sentí tentado a escapar de mi escondite y ayudarla, pero la vergüenza y el miedo hacia los desprecios que pudiera recibir por su parte me aconsejaron mantenerme oculto,
Lo máximo que consiguió fue liberar la parte superior de su cuerpo, y girar sobre sí misma hasta quedar apoyada sobre su costado.
―Rey… rey Demonio… ―logró articular con la voz ronca.
El corazón se me encogió al escuchar mi nombre de sus desnutridos labios. No me hablaba directamente a mí, si no al castillo.
Carraspeó un poco y volvió a intentarlo.
―Rey Demonio ―repitió con un tono más seguro y alto―. Me envían desde la aldea de Terrebis. Por favor, anula la maldición que has impuesto sobre ella. A cambio, puedes hacer lo que quieras conmigo. Soy tu ofrenda.
Las últimas palabras fueron casi un susurro.
El corazón me empezó a latir con fuerza. Entendía el idioma, pero me estaba costando comprender el sentido de sus palabras. ¿Maldición?¿Ofrenda?
―¡Rey Demonio! ―gritó la mujer casi sin voz―. Por favor, acéptame como ofrenda. Soy suficiente, lo prometo. No me quejaré sin importar lo que hagas conmigo. Si deseas matarme, no me resistiré. Si prefieres torturarme, no me quejaré ni gritaré. Incluso si quieres…
―¡Para! ―le supliqué con un rugido. No quería escuchar más.
Salí de mi escondite y avancé hacia ella, arrastrando los pies. A medida que la escasa luz de las velas iba iluminando mi rostro y mi cuerpo, la sorpresa se comenzó a convertir en horror en su cara. Me detuve a pocos metros de ella, sin atreverme a mirarla directamente.
―¿Cuál es la aldea de Terrebis? ―le pregunté, aunque tenía pocas dudas sobre cuál iba a ser su respuesta.
La desconocida tardó unos segundos en entregármela, como si estuviera meditando si mi pregunta era genuina, o si se trataba de algún tipo de estratagema por mi parte.
―Es la aldea que se encuentra debajo de la colina ―me respondió con un susurro atemorizado.
Yo asentí y le formulé otra pregunta, una de la que también tenía mis sospechas sobre cuál iba a ser la respuesta.
―¿A qué maldición te refieres?
Escuché perfectamente como apretaba con cada vez más fuerza los dientes y los puños a medida que su frustración aumentaba.
―¡A la maldición de frío y nieve que has desencadenado sobre nuestra aldea! Toda la comida almacenada se ha congelado. Las ventiscas continuas hacen que encender un fuego para cocinar o entrar en calor sea imposible. La nieve acumulada está destrozando los techos y entradas de nuestros hogares. La mayoría de aldeanos duermen a la intemperie en el interior de sus casas. No se puede escapar del frío en ningún momento. No ha habido un solo día desde hace más de un mes en que no hayamos perdido a un niño o a un anciano. Incluso en los últimos días, los jóvenes están empezando a…
Comenzó a sollozar antes de poder terminar todo lo que quería decir. Sentí una gran presión en mi pecho y mi respiración se empezó a acelerar.
―No hay ninguna maldición ―conseguí decir en voz baja―. Yo también estoy sufriendo este horrible invierno. Siento lo que le está pasando a tu aldea, pero yo no soy el origen de vuestra agonía. Puedes quedarte en el castillo hasta que entres en calor y termine la ventisca. Luego, te ruego que regreses a tu hogar.
Giré sobre mismo con la intención de volver al invernadero y terminar cuanto antes aquella visita inesperada e incómoda. La mujer, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, se arrastró en mi dirección a través del suelo de mármol, arrastrando consigo algunas de las mantas que todavía rodeaban la parte inferior de su cuerpo.
―Retira la maldición, te lo ruego. Haré lo que sea, de verdad, lo que sea ―me rogaba mientras el chillido agudo que hacían sus frágiles brazos al arrastrarse hacia mí resonaba a través del salón.
―¡Ya te he dicho que no hay ninguna maldición! ―grité, todavía de espaldas hacia ella―. ¡Vete! ¡Aléjate de aquí! ¡Déjame solo!
Junto a mis palabras, mi voz emitió un rugido terrorífico e inesperado que provocó que yo mismo me encogiera.
―No ―gimió casi sin voz―. No me iré hasta que levantes la maldición sobre mi aldea.
Me volví hacia ella cuando sentí el tirón de sus huesudos dedos al agarrar el borde de mi bata. Esta vez sí miré directamente a su rostro.
―Ya te he dicho que… ―empecé a decir, pero no pude terminar la frase.
Un recuerdo apareció en mi mente. El primero en cinco años. El mismo rostro, pero más joven y sano. Sonriéndome. Un recuerdo de la persona que en aquel momento se encontraba arrastrándose a mis pies y rogándome que salvara a su pueblo de una maldición que no existía. Su rostro, que en mi mente era agradable y acogedor, estaba arrugado con frustración, odio y lágrimas mientras seguía agarrando mi bata de cuero con fuerza.
―Puedes quedarte ―dije dándole un tirón a la bata para liberarla de sus dedos―. Haré lo que pueda para ayudarte, a ti y a tu aldea ―le prometí antes de marcharme de la estancia.
Mientras me alejaba, intentando escapar de la breve chispa de alivio que había surgido en sus ojos, el corazón me latía con fuerza. Lo único que deseaba era que, a pesar de mis palabras, fuera ella la que pudiera ayudarme a mí. Ayudarme a recuperar al rey Demonio que una vez había sido, y que alguien había robado por completo de mi mente cinco años atrás.