Chapter 1
Mi hermano siempre traía problemas a casa.
Pero esa noche trajo algo distinto.
Estaba sentada en el sofá, con las luces apagadas, fingiendo leer un libro que llevaba horas abierto en la misma página. Afuera, la ciudad respiraba despacio, y yo hacía lo mismo, contando los segundos entre un ruido y otro. Leo siempre decía que exageraba. Que era demasiado cuidadosa.
Tal vez lo era.
Pero alguien tenía que serlo.
Me recogí el cabello con una gomita gastada antes de que él entrara. Era un gesto automático. Mi cabello, del mismo tono miel que mis ojos, caía lacio sobre los hombros cuando lo dejaba suelto, y esa noche no quería que me estorbara. Nunca me gustaron los espejos, pero sabía cómo me veía: rasgos suaves, apariencia tranquila, casi delicada. La gente solía confundirse por eso. Pensaban que la calma era fragilidad.
No lo era.
Leo entró pasadas las dos de la madrugada. El sonido de la puerta me hizo levantar la vista de inmediato. Traía el ceño fruncido y un golpe reciente marcándole el pómulo. Olía a humo, a sudor, a algo metálico que no quise identificar.
—No me mires así —dijo, dejando las llaves sobre la mesa—. Estoy bien.
Mentía.
Y los dos lo sabíamos.
Me levanté despacio. Siempre fui así: hablaba poco, observaba mucho. No necesitaba gritar para hacerme escuchar.
—Eso no parece estar bien —respondí.
Leo suspiró, cansado, como si cargar con sus errores le pesara más esa noche.
—Después hablamos, ¿sí?
Asentí. No porque estuviera de acuerdo, sino porque sabía elegir mis batallas.
Fue entonces cuando lo vi.
El desconocido se quedó cerca de la puerta, inmóvil, como si el departamento no le perteneciera pero ya supiera cómo moverse en él. Era alto, de hombros anchos, vestido de oscuro. No hizo ningún gesto innecesario. Simplemente estaba ahí, ocupando espacio de una forma que me puso alerta de inmediato.
Nuestros ojos se cruzaron.
Los suyos eran oscuros, atentos. No curiosos. No invasivos. Evaluadores.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Aria —dijo Leo, incómodo—. Él es Dante. Un amigo del trabajo.
Trabajo.
Leo no tenía trabajos que llegaran a casa acompañados de hombres así.
Dante no sonrió. No extendió la mano. Solo asintió, como si ya supiera quién era yo.
—Es tarde —dijo con voz baja—. No deberías estar despierta.
No era una orden. Tampoco una sugerencia amable.
—Esta es mi casa, puedo hacer lo que quiera pero gracias igual por preocuparte —respondí, sosteniéndole la mirada.
Algo pasó en su expresión. Apenas un cambio. Interés, tal vez. O sorpresa.
—Lo sé —dijo—. Por eso.
Leo carraspeó.
—Dante se queda esta noche.
No pregunté por qué. No todavía. A veces, la inteligencia también es saber cuándo callar.
—Voy a mi cuarto —dije.
Antes de irme, volví a mirar al desconocido. Dante seguía observándome, como si tratara de entender algo que no estaba a simple vista.
No bajé la mirada.
Esa noche, mientras me acostaba, entendí algo con una claridad incómoda: mi vida acababa de cambiar, aunque nadie lo dijera en voz alta.
Y Dante…
Dante no era solo un problema más de mi hermano.
Era una advertencia.









guaooooooo
ya me gusto
No Dan te. la lectura