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Gran salón de Gotham City, 24 de diciembre, 22:35 horas.
La Gala de Navidad en pro del Orfanato público de Gotham era uno de los tantos eventos de caridad que Bruce Wayne prefería no llevar a cabo.
Y no, no se debía a alguna razón egoísta, no tenía intención de convertirse en Scrooge para ser castigado por tres fantasmas en la Nochebuena; pues, aunque lo pareciera, no tenía nada que ver con los niños desamparados, obligados a vivir en ese lugar por la ineptitud de un sistema roto o por una tragedia inesperada que marcará sus vidas a tan corta edad.
Pues era consciente de que si sus padres no hubieran tenido el apellido ni el dinero que tenían mucho antes de morir y si Alfred hubiera decidido no cuidarlo, Bruce Wayne habría terminado en una situación similar a la de los 60 niños que vivían bajo la tutela del gobierno.
Mejor dicho, su descontento se debía a todos esos tipos quienes se hacían llamar “donantes”. Quienes con solo dar el porcentaje mínimo para salir beneficiados en el régimen de impuestos al final de año se sentían con la superioridad moral de exigir ser tratados como salvadores de sesenta niños a quienes no conocían y poco podían ayudar con sus insignificantes montos donados.
La misma gente que solía también recaudar el dinero ya gastado tres veces al cobrarlo a sus clientes “para hacerlos parte de un proyecto benéfico” y solo hacían crecer sus arcas o todos aquellos quienes usaban la beneficencia para lavar y blanquear el dinero sucio que en sus manos se posaba.
Y por más que Bruce tuviera los medios para hacer a su Fundación la única responsable de sacar los proyectos necesarios del orfanato con sus propios medios y evitar ese tipo de fiestas tan superfluas donde se gastaba más dinero del recaudado y se debía saludar con una sonrisa en los labios, alabando el buen corazón de todos los donadores quienes veían eso solo como una inversión más en pro de sí mismos, ignorando la real razón de ello: los niños.
Su molestia era amplia pero verse obligado a pasar la noche del 24 de diciembre jugando el juego de los negocios, las conexiones y las finanzas al ritmo del capitalismo rampante en vez de estar esa noche con sus hijos le hacía manifestar malos sentimientos por todos los invitados a esa cena.
Le había prometido a sus hijos regresar temprano esa noche, después de escuchar las quejas del par de niños que tenía en casa al saber que mamá debía salir a uno de sus tantos asuntos aburridos del trabajo; había aceptado una gran variedad de cláusulas para la nochebuena de ese año, como preparar chocolate caliente con malvaviscos de colores, leer una o dos historias de navidad antes de dormir y hacer una pijamada en la sala de la casa para esperar a Santa Claus y quizá si los polvos mágicos de Santa no les hacía efecto, poder conocerlo.
Sin embargo, eso no iba a suceder.
Un mensaje por parte de Alfred informando que los niños habían tomado una ducha, la cena y se habían metido a la cama temprano, ligeramente decepcionados por no haber hecho todas las actividades de navidad prometidas solo logró revivir el disgusto jurado hacía los tipos adinerados a quienes debía observar fingiendo más que él y bebiéndose todo su dinero en champagne.
Bruce solo pudo suspirar, no había manera de regresar el tiempo. Respondió con un rápido “Gracias, volveré pronto” y guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón, rectificando la hora que había visto en la parte inferior de su propio mensaje respuesta al informe de daños en los sentimientos e ilusiones de sus hijos en el reloj de su muñeca, caminando entre los grupos de personas que cerca de él habían estado todo este tiempo.
Levantó la mirada después de un rato, justo antes de tomar una de las copas de champagne que varios meseros llevaban de un lado a otro en el salón, buscando a alguien a quien encontró al margen de la situación, mirando a todos los tipos que pasaban cerca de él como si estuviera haciendo notas mentales de todo lo ocurrido.
Alto, de cabello oscuro y tez morena por el sol, vestido con un traje gris sencillo para no llamar la atención y una corbata tan roja que le hacía destacar entre todos, aun si su altura podía hacerlo por sí sola, usando el único gafete de prensa de toda la fiesta y unas gafas inconfundibles sobre el puente de su nariz; lo había atrapado en el instante preciso cuando ese canapé de camarón estaba a punto de desaparecer de un bocado.
Y lo hizo cuando sus miradas se cruzaron.
Bruce sonrió de medio lado en dirección a ese tipo, lanzando una mirada coqueta con destino final al reportero al otro extremo de la multitud y quizá, esos pocos segundos de mirarse en silencio habían servido para tener una conversación discreta, algo que solo ellos dos habrían podido entender.
Un guiño coqueto y el movimiento de la cabeza de Bruce para indicarle que lo siguiera, fue el último acto de coqueteo entre esos dos, pues sin esperar al emisario de la verdad para retirarse juntos, Wayne dio media vuelta, apretando con fuerza el tallo de su copa a la cual no le había tomado ni un solo sorbo, caminando de nuevo para perderse entre los invitados y el movimiento del servicio, esfumándose por completo.
El reportero paró en seco a la mitad de su camino al notar como la figura varonil que estuvo coqueteando con él de formas poco discretas por los dos minutos más largos del mundo de pronto se desvanecía en la nada y, grande fue su sorpresa, cuando esté mismos reapareció de nuevo, de pie sobre la mesa principal de la fiesta, con una botella de champagne que había sido sustraída de la bandeja de alguno de los meseros.
—¡Atención! —llamó con fuerza para robar la atención de todos, mientras soltaba la copa que había paseado por todos lados hasta ese preciso momento, azotando la misma contra el piso para hacer al cristal explotar en cientos de pequeños pedazos. —¿Este es mi funeral acaso?
Preguntó y sus labios se curvaron en una sonrisa que solo podía significar “Peligro”.
Los asistentes más cercanos del lugar voltearon apenas le escucharon hablar, siendo testigos del cambio de actitud de Bruce Wayne; pasando de su máscara del serio hombre de negocios a quien apenas podían sacarle dos palabras de conversación a esa versión libre, irreverente, el “alma” de todas las fiestas donde siempre estaba.
Únicamente sembrando incertidumbre y emoción en todos los asistentes que ahora le prestaban atención y llamaban a sus compañeros más cercanos para hacerlos voltear también, algunos otros buscaban la manera más rápida y eficiente de huir del epicentro del desastre que se avecinaba llamado coloquialmente Brucie Wayne.
Brucie no permitió a nadie reaccionar tan rápido como para huir después de sentir el peligro a su alrededor, pues mientras hablaba y daba sus primeros avisos del cambio de personalidad había agitado con fuerza la botella que en sus manos llevaba y al descorcharla no sólo lanzó el corcho hasta golpear contra el techo en bóveda del recinto, sino también comenzó a mojar a todos a su alrededor aprovechando la fuerza de la bebida.
Los gritos de sorpresa, las risas y algunas maldiciones no tardaron en escucharse, la variedad de trajes elegantes fueron arruinados por el ánimo de fiesta de Wayne, quien se tomó el último trago de la champagne dentro de la botella tal si fuera agua pura, dándole el mismo destino a la botella como la copa.
—¡Meseros! —llamó animado, bailando al ritmo de la música de ambiente que aún se mantenía en tono bajo en el lugar —¡Que todo el mundo tenga una botella de champagne en manos! ¡Bebida ilimitada para todos hasta el final de la noche!¡Que nadie se quede sin algo que beber!¡Feliz Navidad Gotham City!
Explotó en gritos de felicidad, mirando a lo lejos a los pobres trabajadores quienes parecían estar tan hartos y solo deseaban volver temprano a casa a descansar caminando hacía la bodega de la cantina para sacar la bebida solicitada y entregar a cada uno de los malditos ricos del lugar algo para hacer más difícil su trabajo al final de la noche.
Bruce volvió a raptar una de las tantas botellas, haciendo lo mismo que la anterior ahora con esa, agitarla con fuerza, descorcharla de una forma poco segura y bañar a quienes estuvieran cerca de él para terminar con el contenido siendo consumido como agua, bailando al ritmo de la nueva música electrónica que reemplazaba la música de ambiente anterior.
Caminaba de un lado al otro sobre la mesa, comiendo de los canapés aun en las charolas a su alrededor, bebía y platicaba con quien fuera que encontraba en su camino de un lado al otro del endeble tablón de madera, hasta hallar a la escultura en hielo bien conservada del David.
Sonrió de medio lado mientras se acercaba a bailar, justo después de haber raptado su tercera botella de la noche, la cual ya no caía en ataque a quien estuviera a su lado, sino que iba directamente en su organismo. Comenzó a bailar encima de la estatua de no más de 1.50 metros como si fuera otra persona, juntándose tanto a la misma hasta el punto de olvidar que estaba compuesta de hielo, moviendo su cuerpo encima de la estructura helada, usando sus movimientos más sensuales para el disfrute de los presentes, empinando cada cierto tiempo la botella.
No tardó demasiado para que varias piezas de su traje comenzarán a abrirse y separarse de su cuerpo, primero la corbata que fue lanzada a alguna parte del público, después su saco, dándole vueltas en el aire mientras continuaba restregando su trasero contra la estatua, golpeándola también hasta decapitar, pero eso no lo haría detenerse.
El frágil hielo no tardó mucho en comenzar a derretirse debido a la insistencia del hombre por estar tan cerca de él, por lo que, mientras Brucie restregaba su trasero en la pierna del decapitado David, esta comenzó a gotear más y más rápido, mojándolo casi completamente.
—Uff, ¿tan rápido, cariño? —el tono pícaro, juguetón de sus palabras fueron soltadas para hacer que todas las personas cerca de él, quienes seguían prestándole atención al espectáculo regalado lo escucharan, notando el doble sentido de las mismas, acompañando su comentario por un sutil movimiento de limpiarse con dos dedos y llevarlos hasta su boca para “lamer”.
Terminó por lanzar lo que quedaba de la escultura a un lado de la alfombra para quitarla de su camino, continuando con su show encima de la mesa, bebiendo, gritando y saltando, haciendo que la endeble superficie comenzara a temblar debajo de los arrebatos de energía del hombre de treinta y tantos años.
Sin embargo, el fin de su exitosa carrera como animador de fiestas fue debido a que, en uno de sus festejos no calculó correctamente las distancias, pisando el borde trasero de la mesa, resbalando con el mantel. El tablón no soportó la forma en la cual fue manipulado y junto a Bruce, ambos se fueron hacia atrás, en un aparatoso accidente donde la cabeza del hombre cayendo fue directamente a una de las columnas del lugar.
O así parecía, pues tal vez como arte de la suerte, el reportero de casi dos metros de alto quien había estado a la mitad de la fiesta esquivando a mas borrachos de los que había visto juntos en toda su vida apareció cerca de él, salvándolo de morir desnucado al chocar contra el concreto de la estructura.
Los gritos de los testigos no se detuvieron tan rápido como la acción del reportero para salvar la vida del sujeto millonario en aprietos, así que nadie había visto el verdadero desenlace de la situación y el ambiente solo era de completa preocupación.
—Clark Kent, del Daily Planet y creo que ya fue mucho alcohol el día de hoy, señor Wayne. —el reportero suspiró tranquilo cuando notó la mirada del hombre de Gotham pegándose a la propia, ayudándolo a ponerse de pie solo para llevarlo a sentar en una de las sillas más cercanas al lugar del accidente, poniendo el saco de su traje sobre los hombros del millonario para hacerlo entrar en calor después de semejante accidente.
La fiesta terminó después de ese terrible y traumático acontecimiento. Los asistentes estaban realmente perturbados por lo vivido, algunas ambulancias tuvieron que usarse para ayudar a las personas con ataques de pánico a regresar en sí y emprender su regreso a casa.
—¿Está seguro que puede llevar a Bruce Wayne a su casa? —una menuda mujer de vestido dorado arruinado por una de las tantas lluvias de champagne que suscitaron en el sitio y espectadora de primera fila del casi mortal accidente de Wayne se acercó al enorme hombre de traje discreto y corbata roja, quien parecía estar custodiando el carro del hombre. Intentando dar un vistazo al asiento de copiloto de aquel elegante carro.
Misión no lograda gracias a que Clark parecía moverse de un lado a otro conforme la mujer intentaba dar ese vistazo.
—No se preocupe, el señor Wayne y yo tenemos una relación laboral muy estrecha —se apuró a decir mientras se interponía en su necesidad de información y el hombre dentro del auto, sonriendo cálidamente —conozco muy bien su dirección y el señor Pennyworth está enterado de que yo lo llevaré.
La mujer soltó un suspiro poco convencida y algo frustrada por no poder ver a Bruce cayéndose de borracho como lo recordaba durante el accidente, simplemente levantó su abrigo de piel sobre sus hombros y asintió con la cabeza, dispuesta a regresar donde su marido para emprender el viaje de regreso a casa.
Clark mantuvo la sonrisa hasta el instante en que ella se metió a su auto y el mismo se perdió lejos en la calle. Soltó un suspiro antes de meterse al lujoso auto, aun manteniéndose estacionado hasta que la mayoría de los otros automóviles salieran del lugar y pudieran irse de forma segura.
—¿Era necesario provocarles un infarto a todos? —preguntó, quitándose el gafete de prensa y dejarlo en la guantera abierta del lado del copiloto, mientras soltaba una diminuta risa, posiblemente nerviosa.
—Si me veo obligado a perderme un día especial con mis hijos por pasarlo con ellos, tengo todo el derecho de divertirme a sus costados —comentó, mientras terminaba de firmar cheques para resolver todos los desperfectos que había causado en el lugar, dejándose ver completamente sobrio y en sus cabales.
Volteó a ver al reportero con media sonrisa en sus labios decorándolo, ya no como el borracho divertido de algunos minutos atrás, más bien como un ente malévolo y calculador como era en verdad ese tal Bruce Wayne.
El mismo Bruce Wayne que tanto amaba un simple reportero del periodico local de Metropolis.
—Además, toda la gente estaba tan preocupada por mi muerte que no notaron a un lindo reportero “teletransportarse” de un extremo a otro del salón para salvarme ¿verdad, Superman?
Clark bufó una risita, acomodando sus lentes sobre el puente de la nariz y parecer desinteresado ante las alegaciones de ser el superhéroe protector de Metrópolis, no iba a afirmar o negar ninguna información en ese momento.
Bruce cerró la chequera y la guardó en la guantera para terminar con el último pendiente de la noche con la fiesta, acomodándose correctamente en el asiento no sin antes quitarse el saco de quien ahora le hacía compañía hasta su casa, rebuscando en los bolsillos internos del mismo para sacar dos pequeñas argollas doradas bastante similares, tomando una de ellas y colocándola rápidamente en su propio dedo corazón izquierdo, entregando la otra al más alto quien copió la acción sin pensarlo ni un solo segundo.
Únicamente volteando a verlo para regalarle una sonrisa, seguido de un pequeño beso sobre sus labios, aprovechando el anonimato que el pequeño desastre creado por Bruce les proporcionaba dentro del carro.
Poder salir de un estacionamiento abarrotado de personas quienes aún no encontraban del todo la calma después de presenciar la muerte del host del evento en plena víspera de navidad los había retazado por un largo rato, donde Clark Kent movía el lentamente el vehículo apenas unos centimetros casi insignificantes y volvía a quedar estacionado por más tiempo del necesario.
Pensando seriamente en salir volando con el carro a cuestas y su esposo dentro del mismo para avanzar con mayor rapidez, pero cuando las llantas traseras tocaron una calle propiedad del Estado de Nueva Jersey y no el pabellón hidráulico de un particular supo que estaban a salvo.
—¿Crees que los niños ya estén dormidos? —preguntó el hombre de las gafas, sin apartar la mirada del rumbo a casa.
—Lamentablemente si. —sentenció Wayne con un gruñido de disgusto, no por sentir la calefacción golpeando contra su pecho a medio secar de toda la champagne que se había tirado encima en su acto de borracho divertido, sino por recordar a sus hijos decepcionados al escucharle decir que debía salir a trabajar ese día, por recordar la ley del hielo de diez minutos exactos por parte de Jason como castigo por romper su promesa.
Una vez más.
Y no por última vez en toda la vida.
Kent miró de reojo a su esposo, quien hacía una mueca de disgusto al momento de quedarse completamente en silencio, notando lo mucho que parecía revivir en sus pensamientos las conversaciones de la mañana con los niños y no lograba simplemente dejarlo pasar.
Aprovechó el semáforo más largo del camino para frenar el vehículo y poner su mano sobre la rodilla del contrario, apretando un poco sobre ella con la intención de reconfortarlo aunque fuera por dos segundos, aun si no sabía cómo ayudarle a tranquilizarse y dejar de castigarse a sí mismo por algo que simplemente no podía cambiar.
—¿Sabes? Me siento con energía para mañana hacer algo divertido con los niños —informó, mientras movía su mano de la pierna de su esposo hacia el freno de mano y lo desactivaba, volviendo a manejar el carro por los siguientes 3 kilómetros a las afueras del centro de Gotham.
Bruce volteó a verlo, levantando una ceja mientras esperaba escuchar la otra parte de ese plan, silencio que Clark por supuesto sabía interpretar y prosiguió, aun sin apartar la mirada de las calles pésimamente iluminadas y los malos conductores frente a él.
—Puedo llevar a los chicos a pasear en las bicicletas nuevas al parque —propuso, volteando rápido para sonreír en dirección al hombre de mirada más fría —después de un desayuno navideño con chocolate caliente, waffles y algo de tocino con huevos para no perder ninguna tradición.
Wayne continuó juzgando silenciosamente el plan de su marido, como este intentaba recuperar el tiempo perdido con los niños, sanar las promesas rotas y conectar con ellos de una u otra forma, creando buenos recuerdos a pesar de los malos momentos.
Y solo logró sonreír de la forma más sincera y emocional que podía, bufando un poco de aceptación y asintiendo con la cabeza rápidamente.
—Bien, pero regresen antes de las 2:00 pm o Alfred se molestará con todos por no estar listos para la cena. —Aceptó y esperó hasta el siguiente semáforo para dejar un beso en la mejilla de su conductor designado en señal de agradecimiento silencioso por intentar apoyarlo de esa forma.
Regresar a casa había sido el deseo más grande en el corazón de Bruce durante esa noche.
O quizá el segundo deseo más grande de su corazón, pues el primero era encontrar a sus hijos aun despiertos incluso si eran altas horas de la madrugada, tal vez simulando estar dormidos desde hacía muchas horas atrás, con las pantallas de los videojuegos aún encendidas pero volteadas sobre la cama para minimizar el brillo de las mismas.
En algún plan malévolo de capturar infraganti a Santa Claus dejando los regalos debajo del árbol.
Pero cuando subió el último escalón hasta la habitación de ambos niños se dio cuenta que su deseo de navidad no fue cumplido.
Tanto Richard como Jason estaban profundamente dormidos, cada uno en su respectiva cama de una sola plaza, mostrando sus personalidades al dormir. Dick, el mayor de los dos, abrazaba con fuerza a su pequeño oso de felpa con un corbatín, durmiendo del lado derecho de su cuerpo con solo la sabana más delgada de todas mientras que Jason, el menor por dos años, dormía boca abajo, extendiendo sus brazos y piernas en toda la cama, con todas las cobijas, sabanas y cobertores que podía aceptar tapándole hasta la cabeza.
Ambos haciendo ese pequeño ruido de respiración profunda al dormir que solo era perceptible al acercarse demasiado y cuando el silencio y la paz reinaban en el lugar.
Bruce intentó no hacer ningún ruido que pudiera romper la paz del instante, acercándose únicamente a tapar a Dick correctamente y dejar un beso en su frente y con Jason a bajar un poco el montículo de ropa de cama para dejar que algo de oxígeno entrará y poder besar su cabeza, antes de salir y entrecerrar la puerta de la habitación de sus hijos.
Se quejó sonoramente camino a la biblioteca de su casa, donde ya no podía incomodar a nadie o despertarlo.
Después de todo pensar que podría haber leido las historias de navidad con sus hijos como única actividad navideña para no romper del todo su ilusión había sido demasiado infantil, demasiado soñador para alguien a quien solo la razón y la lógica parecía importarle en la vida
Y aunque intentaba no reprimirse por cosas que no estaban del todo bajo su control, como el hecho de que una gala al medio día estaba un poco fuera del entendimiento humano o si entendía perfectamente que sus hijos eran más inteligentes y maduros de lo que él quisiera aceptar, así como saber que Alfred le ayudaba bastante con la crianza y no dejar pasar pequeños detalles para hacerlos sentir vistos y escuchados.
No podía no sentirse culpable por tener responsabilidades de un adulto.
Después de todo esta era la octava Noche buena donde mamá debía retirarse, ocupado con el trabajo y Richard debía conformarse con las películas de navidad que ya se sabía de pe a pa, o la sexta de Jason quien en verdad no podía recordar ni una sola junto a su mamá, sin hacer nada simplemente estar juntos.
Aunque nadie podía extrañar algo que jamás había tenido, así que extrañar a Bruce durante la nochebuena no era algo siquiera posible.
Absorto en sus pensamientos, los cuales gruñía y rumiaba, Bruce Wayne terminó de recorrer el largo camino desde la entrada de la casa hasta la mítica guarida del Vigilante nocturno de Gotham: Batman, para encontrarse no solo todos los artefactos tecnológicos que llevaba Batman consigo, la computadora o los vehículos o sus pequeños trofeos personales, sino que a la mitad del sitio se encontraba un Clark quien intentaba meter todos los regalos prolijamente envueltos y escondidos ahí dentro de un enorme saco blanco, luego de sacar algo más de ahí también.
—¿De qué me perdí? —preguntó mientras caminaba hasta el lugar donde Clark seguía metiendo las cajas de regalos e ideaba la manera de meter dos bicicletas de tamaño infantil en ese mismo saco sin llegar a arruinar el papel de envoltura que Alfred había colocado sobre ellas.
—¡Oh! ¡Bruce! —exclamó feliz al ver a su esposo acercarse a su extraño ritual, mientras dejaba la bicicleta más pequeña de nuevo en la seguridad del piso, sonriendo —mi padre me dio su traje de Santa Claus.
Soltó con orgullo, acercándose a las piezas de ese traje rojo chirriante para levantar una de ellas y mostrarlas al hombre dueño de la guarida, para compartir su emoción completa por las festividades. Bruce tomó una de las partes para ver el enorme traje, antes de regresarlo al más alto y asentir, con una sonrisa nerviosa por ver tanta emoción salir de una sola persona quien no parecía ver las mismas cosas malas que él durante toda la noche.
—Richard y Jason están completamente dormidos —informó pero aquellas palabras no hacían ningún efecto en el contrario, quien comenzó a despojarse de la ropa de reportero para quedar en ese uniforme de batalla, quitando con cuidado la capa de encima de sus hombros, capa que aun no entendía cómo se mantenía correctamente entre la ropa de civil del hombre, quien la dejaba reposando sobre la mesa de control del sitio. —No quiero desanimarte, pero se supone que ellos son quienes creen en Santa...
—¡Lo sé! —exclamó mientras se balanceaba en un pie para lograr entrar en el enorme traje del hombre de la barba blanca, con una sonrisa en sus labios que parecía no borrarse con absolutamente nada —pero la magia de Santa Claus es despertar al siguiente día y darte cuenta que hay pisadas de nieve en medio de la sala, o que el agua del bebedero que pusiste para los renos se terminó completamente.
Los ojos de Clark resplandecían mientras contaba de forma anecdótica el significado de un padre vistiéndose de Santa Claus en navidad aun si sus hijos pequeños no lo vieran jamás.
Pues Clark siempre había querido ser padre y no únicamente para compartir ese efímero momento.
Parecía que siempre había ese deseo dentro de él. Tal vez creado al ser consciente de su crianza, por como sus propios padres le enseñaron la vida, como su madre lo había educado para ser un hombre de bien, con valores y con responsabilidad mientras que su padre siempre inculcó el trabajo duro, el respeto y amor que podía verter en los seres a quienes amaba y protegía.
Deseaba tanto tener uno o varios hijos a quienes enseñarles todo lo que él creía era ser una persona de bien, amarlos, cuidarlos y protegerlos y quizá, cuando fueran un poco más grandes y pudieran discernir entre los buenos y los malos secretos, llevarlos en un viaje por las nubes en brazos de Superman.
Clark no eligió a Bruce por tener dos niños pequeños, de tres y un año al momento de conocerlos, más bien había sido una hermosa sorpresa saber que su novio traía consigo a esos pequeños, a quienes siempre trató como si fueran suyos.
Incluso en los momentos más oscuros de la relación de los mayores, Clark siempre estuvo ahí, viendo por los menores y no abandonándolos aun si no fueran de su sangre.
Y aunque el romance de Bruce y Clark hubiese sido ligeramente turbulento, entre las idas y vueltas, el conocer a Wayne como algo más que el soltero más codiciado de Gotham al ser el vigilante y benefactor de su ciudad, el trabajo duro de abrirse paso en el corazón del más bajo, ganar su total confianza y la de su pequeña familia, ambos habían logrado casarse.
Hacía apenas unos seis meses.
Por lo cual, que esa fuera la primera navidad de la nueva familia hacía más emocionante y significativo usar el traje de Santa Claus de Jonathan Kent hecho por la mismísima Martha Kent un día soleado de otoño en la zona rural de Smallville.
Y Bruce lo sabía.
O al menos podía imaginar lo importante que parecía ser para él crear esos recuerdos para mejorar un poco las navidades de esos niños a quienes parecía querer tanto.
Pues Clark amaba a los hijos de Bruce como si fueran propios, como si hubiera estado con ellos desde el primer día de su vida y sabía bien que los niños lo apreciaban, aún si no lo llamaban “papá” por cuenta propia, ellos sabían que si necesitaban algo podían confiar en él, sin importar el rumbo de sus vidas después de los ocho y seis años.
¡ѕαηтα ¢ℓαυѕ вєѕó α мι вαтιмαмá!
—¿Estás seguro de poder entrar por la chimenea? —Bruce podía comprender perfectamente el traje de Santa Claus, las pisadas de nieve falsa en los pisos recién encerados de la mansión, la réplica exacta del trineo de Santa en el techo o que el trineo tuviese un sistema de sonido para imitar las campanillas de la navidad y los bufidos y golpes de los renos mientras el trineo estuviera arriba.
Pero ahora si le parecía descabellada la idea de su esposo entrando por el tubo de la chimenea de la sala principal pues, por más que fuera Superman sonaba a una pésima idea en general.
Clark asintió, ya arriba de la casa muy cerca de las zona de dormitorios, con su trineo que iba a arrastrar por todo el camino hacía la chimenea para hacer todo más realista.
Incluso si las nevadas estaban pronosticadas para el año nuevo.
—Confía en mí, Bruce —mencionó con una tranquilidad poco humana, la cual solo lograba hacer dudar más al hombre de pijama oscura, quien agradeció haber convencido al otro de dejar los regalos dentro de la casa y no exponerlos a quedarse atorados en su aventura decembrina.
Clark acomodó su barba y bigote de kanekalon blanco sobre su rostro, con una sonrisa que lograba a sus mejillas parecer más redondas y daba una mayor apariencia de Santa Claus. Decidido a continuar con su plan, poniéndole play a su música y dejar que la magia continuará.
Bruce soltó un suspiro, intentando confiar con fervor en la idea descabellada de su esposo y no necesitar a los bomberos a la mitad de la madrugada para sacar a su muy imaginativo y arriesgado marido o a Santa Claus, en caso de que los bomberos, la policía y una ambulancia despertaran a los niños y bajaran a ser testigos de lo sucedido.
Solo le quedó sobar sobre sus cejas, tomar el último respiro de tranquilidad y entrar a casa, pues tenía una cita con la leche y galletas para Santa que desaparecería rápidamente antes de que Clark descendiera y decidiera también tomar como suyas por el derecho de traje rojo.
Jason dio un sobresalto en su cama cuando escuchó algo rascar el tejado encima suyo, abrió rápidamente sus ojitos azules debido a la sorpresa, ayudándose con sus manos para levantarse de la cama con rapidez, aún medio dormido pero pretendiendo estar alerta.
Logró sentarse sobre la cama, llevando sus manos hacia sus ojos y estrujarlos un poco, deseoso de despabilar correctamente, mientras era consciente de escuchar más cosas, había campanillas de navidad, había sonidos de reno y... ¿Y eso a la distancia era un Ho Ho Ho?.
Se levantó de la cama y corrió hacia su hermano mayor, lanzándose sobre él para despertarlo, confiando en que la velocidad que podía obtener de una cama a la otra fuera la suficiente para hacer que el choque fuera certero.
—¡Es Santa! ¡Es Santa! —exclamó, usando sus manos pequeñas de niño de seis años para golpear sobre el cuerpo de Richard en un intento de hacerlo levantar —¡Dichar! ¡Despierta es Santa!
El otro chico solo se quejó, estirando sus piernas como reflejo y gruñendo suavemente al ser despertado de esa forma.
—No... duérmete —espetó bajito, luchando contra las fuerzas del mal de su hermano menor para sacarlo de su asombroso sueño donde ayudaba a Batman y a Superman a salvar una tienda de mascotas y luego iban a comer helado como premio por ser el mejor ayudante del mundo.
—Si, si es —Jason volvió a soltar, subiéndose a la cama de su hermano para brincar a su alrededor y poder despertarlo. —¡Santa está aquí!
Richard volvió a quejarse, abriendo los ojos para mirar el techo e intentar conectar con el mundo real y salir por completo de sus sueños, escuchando lo mismo que su hermano menor estaba intentando convencerlo, poniendo una mano alrededor del tobillo de Jason para hacerlo detenerse y poder escuchar con mayor atención.
—... es santa... —murmuró, totalmente convencido del raspar y las pisadas en el tejado eran producto del hombre de la navidad. Volteó a ver a su hermano, quien se había sentado frente de él, sonriendo de oreja a oreja como tratando de decirle “te lo dije”.
Y sin mediar ni una sola palabra más, únicamente miradas confidentes, ambos se levantaron de la cama, poniéndose sus pantuflas para ir escaleras abajo y poder sorprender a Santa apenas bajara por la chimenea.
¡ѕαηтα ¢ℓαυѕ вєѕó α мι вαтιмαмá!
Bruce abandonó la misión de terminar con las galletas justo en el momento en el cual escuchó a su esposo quejarse desde el interior de la chimenea seguido de un golpe seco contra la base y un sonido metálico cayendo de alguna de las partes esenciales para el fogaril.
Se acercó a la versión llena de hollín del visitante festivo, quien parecía haber tenido una gran batalla ahí dentro pero no perdió su sonrisa tonta, ayudándolo a salir.
Clark se levantó rápido, tomando el gorro del piso para sacudirlo un poco y volver a colocarlo sobre la cabeza, mientras intentaba convencer a su gótico esposo de que eso había sido la mejor de las ideas jamás antes pensadas.
—¿Lo vio, señor Wayne? —comentó totalmente tranquilo, arrastrando consigo el costal de regalos hacia el árbol de navidad, dejándolo ahí, antes de ir donde su esposo dio tres pasos hacia atrás para no estorbar del todo. Juzgándolo en silencio, con los brazos cruzados. —Mi método jamás me defraudará.
Brazos que bajó en el momento cuando Clark pasó por su cintura los propios y obligó a su cuerpo pegarse contra él, sonriendo de forma galante entre los pelitos desacomodados y grises de la barba, haciendo reír bajo a Bruce, quien por simple reflejo ponía ambas manos sobre su pecho, negando con la cabeza.
—Si usted lo dice, señor Claus —rodó los ojos por un segundo, antes de comenzar a sacudir el hollín sobre el pecho del contrario, suspirando —aunque debería ser más atento con las madres del mundo que nos despertamos en la madrugada para abrirle la puerta y no tenga porque exponerse a una chimenea encendida.
Clark sonrió de cuenta nueva, más emocionado al ver como su esposo le seguía el juego y arrimaba un poco más el cuerpo del otro contra de sí, deseando tener más cerca al amor de su vida
—Tiene razón, quizá debería agradecerle a usted en nombre de todas las madres del mundo ¿no lo cree? —Kent sonrió de medio lado, inclinándose sobre el cuerpo de su marido para alcanzar su rostro, ladeando un poco el propio a la izquierda en señal de estar buscando un beso.
Señal la cual no pasó desapercibida y, aunque en un inicio había sido “rechazada” con Bruce haciendo la cabeza hacía atrás, saboreando los pequeños mohines de tristeza instantánea de su esposo, rápidamente lo abrazó con firmeza, pasando sus brazos por encima de los hombros del otro, atrayendolo firmemente para cerrar los centímetros que los mantenía alejados.
Clark se sorprendió cuando vió al hombre de mirada fría reaccionar así y lo único que encontró medianamente coherente por hacer fue rodearlo con ambas manos por la cintura con más firmeza y continuar el ritmo del beso, que se volvía cada vez más intenso.
Mucho más deseoso.
—Estoy encantado de representarnos a todas las madres del mundo —luego de separarse Bruce sonrió, lamiendo la mitad de sus labios mientras miraba intensamente a quién debajo de ese disfraz enorme de Santa Claus estaba, suspirando. —Creo que podría demostrar nuestro agradecimiento cuando termine de poner todos los regalos.
Un guiño fue agregado a la ecuación seguido de esa mirada seductora y completamente sincera por parte de Bruce Wayne, lo que hizo a Clark tambalear ligeramente sin saber cómo debía funcionar después de todo.
Tampoco quería analizarlo demasiado, solo deseaba terminar con su trabajo ahí y subir a su habitación junto a ese Wayne emocionado.
Sin embargo nada de eso llegó a oídos de los dos niños quienes, escondidos detrás de una pared, eran testigos de cómo el mismísimo Santa Claus dentro de su casa, con el saco lleno de juguetes a un lado de él besaba a Bruce Wayne de la misma manera en la que Clark, el esposo de este mismo, lo hacía.
No, no había diversión ni alegría en esos momentos, sus pasos se habían visto frenados al escuchar como Santa y Bruce platicaban, como los brazos de Santa abrazaron con firmeza a su mamá y de un momento a otro todo se volvió penumbra.
Algo que no deseaban recordar.
Jason abrió los ojos de par en par, dejando un pequeño puchero crearse en su rostro mientras miraba la escena, viendo la forma en la cual Bruce se alejaba del hombre mágico, acomodando algo detrás de la oreja de este y parecía sonreírle.
De la misma forma en la que le sonreía a Clark.
Dick, aunque había visto exactamente lo mismo no tenía tiempo de solo quedarse a ver y no hacer nada, tenía la necesidad de decirle a Clark lo ocurrido. Pero ¿Cómo hacerlo? ¿Acaso era posible eso? ¿Y si Santa se enojaba con él por no guardar ese horrible secreto y lo dejaba para siempre en la lista de los niños malos?
Richard suspiró, la lista de los chicos malos era en verdad mala, pues eso lo condenaría a recibir carbón quemado para toda la vida, entonces no habría más regalos, ese papel parecido a la tela cuadriculada de los cojines de la casa desaparecería para siempre y...
Y no podía permitir que eso le pasara a su hermano.
Dick volteó para buscar la mano de su hermano menor, quien parecía haber comenzado a llorar silenciosamente, solo para llamar su atención y jurar, con lo más profundo de su corazón el sacrificio más grande que un hermano mayor podía hacerle al menor.
—No te preocupes Jason, yo se lo diré a Clark todo y aceptaré que Santa me deje en la lista de los chicos malos por no permitir nada de esto con mamá.
Soltó solemne, mirando al rostro del más pequeño quien se limpiaba las lágrimas de sus mejillas con la manga del mameluco rojo que usaba como pijama.
Volviendo ambos a su habitación, derrotados por saber la verdad, que su mamá se veía con Santa todos los años a espaldas de Clark y eso simplemente no era justo.
En silencio, con un nudo en el estómago tan fuerte e incómodo como si hubieran comido demasiados panes de ajo antes de la pasta.
La mañana de navidad no tardó mucho en llegar, los tenues rayos de sol se reflejaban en el concreto frío y en rocío sobre el pasto, el frío comenzaba a ceder un poco en el ambiente y la primera nevada del invierno se pronosticaba ahora para esa noche.
Clark se levantó temprano como ya era costumbre aunque ese día un poco más emocionado y feliz, no podía esperar para ver el rostro de emoción de los niños al encontrar las pequeñas pistas de haber sido visitados por Papá Noel la noche pasada.
Había preparado el desayuno navideño que su mamá había hecho para él cuando era pequeño, waffles con miel, huevos revueltos con tocino, chocolate caliente y las mejores donas de Metrópolis, quizá ese último ingrediente de su propia cosecha pues cuando él tenía la edad de Dick las mejores donas de Metrópolis no existían y de existir sus padres no viajarían 3 horas de ciudad en ciudad para conseguirlas.
Había colocado una cafetera para los mayores por si todo ese desayuno lleno de carbohidratos era demasiado para ellos.
Bruce fue el primero en bajar, cerrando perfectamente la bata sobre su pijama de rayas en tonos blanco y negro, mirando a la unica persona dentro de la cocina, volteando a ver el reloj en la pared del fondo como dudando si era demasiado temprano para no ver a dos criaturas al rededor del desayunador comiendo como si la vida se les fuera en ello para poder ir a abrir los obsequios.
—¿No se han despertado? —preguntó, caminando hasta donde su esposo, para darle un beso en la mejilla que fue bien recibido y cambiado por uno en los labios y la taza de café recién hecho como primera orden del día.
—Nope —esa simple respuesta hizo que todas las alarmas de Bruce se activarán, pues era la mañana de Navidad, ningún niño solía dormir hasta las 8:00 am ese día y el reloj ya marcaba las nueve con diez.
Clark observó a Bruce dubitativo, mordiendo su labio superior por dentro mirando a un punto en el infinito que se cortaba gracias al refrigerador frente de él, sirviendo un plato con huevos revueltos y waffles a un lado, llevándolo con tranquilidad hasta la mesa para que almorzara tranquilamente.
—Tal vez están muy cansados, seguramente intentaron mantenerse despiertos hasta la hora que llegamos y ahora solo no pueden abrir los ojos —Kent intentó calmar al hombre quien sí había seguido sus instrucciones pero seguía pensando, imaginando demasiados escenarios catastróficos por los cuales un par de niños pequeños no bajaban a abrir regalos y jugar hasta agotarse.
—Es la mañana de navidad, Clark. No existe cansancio alguno en los niños este día —comentó, dejando la taza a un lado de su plato mientras suspiraba —algo terrible debió suceder, un catarro muy fuerte, varicela o tal vez los raptaron mientras dormíamos...
El más alto lo miró con extrañeza ¿Cómo Bruce Wayne podía pasar de cero a la muerte de un momento a otro así, de la nada? Solo se acercó a él, poniendo sus manos sobre los hombros tensos del hombre de negocios, negando con la cabeza.
—Hey, no todo tiene que ser lo más terrible —suspiró después de decir sus palabras, masajeando los músculos del cuello contrario, antes de agacharse para dejar un par de besos sobre la tela de su bata de descanso en los hombros, subiendo hacia su cuello —estoy cien por ciento seguro que siguen en casa, puedo escucharlos respirar, no te alarmes.
Wayne se quejó pero lentamente fue relajándose, aceptando el trato cariñoso que el más alto deseaba regalarle, pero al verse cerrando los ojos y aceptando ciegamente el informe decidió detenerse, levantándose del asiento tan rápido como deshacerse del hombre detrás de él podía hacerlo al correr la silla hacia atrás.
—No estoy satisfecho con eso, iré por ellos... —sentenció, acomodando su ropa antes de dar media vuelta dispuesto a salir del lugar, siendo detenido por el par de niños quienes bajaban con las caras más largas nunca antes vistas, ninguno de los dos levantó la mirada del piso al momento de saludar y solo se sentaron completamente tristes en sus respectivos lugares y apenas agradecieron por los platos al ser servidos.
Haciendo que la duda solo se incrementaran para los dos hombres adultos frente a ellos.
El desayuno fue extrañamente silencioso, Dick apenas picó sus waffles antes de dejarlos casi completos en el plato y Jason solo se comió la mitad sin tocino de sus huevos; no hubo ningún tipo de platica despreocupada, incluso si Clark intentara empezar alguna conversación sobre lo que pensaban que Santa les había traído.
Y ahora no importaba, Papá Noel los había defraudado, no solo a ellos al verlo aprovecharse de la confianza de su mamá sino también de la confianza del inocente hombre a quien tal vez pudieron llamar papá en algún momento.
—¿Por qué no van a revisar los juguetes? —en un intento desesperado de ver algún tipo de emoción en el rostro apático de los niños, Bruce por fin habló, intercambiando miradas rápidas con el más alto y volteó donde ambos niños seguían sentados.
Solo que ahora esos rostros que no habían levantado su mirada por nada del mundo se habían pegado a la cara del Wayne mayor, mostrando los ojos más redondos, brillantes por las lágrimas que amenazaban por salir y esos pucheros enormes curvando ambas bocas infantiles.
—¿Se encuentran bien, niños? —Clark se acercó a ambos, sentándose en la silla a un lado de Jason para poder estar a la altura de ellos, quienes dejaron de mirar a su mamá y voltearon donde el otro hombre.
—¿Te digo algo y no te enojas? —Jason habló con su vocecita temblorosa, mientras usaba la manga de su mameluco pijama para limpiar las lágrimas de sus ojos antes de salir, notando como el hombre de las gafas asentía con la cabeza, prestando completamente su atención a lo que fuera que el niño dijera.
—¡No Jason! —Dick interrumpió, levantando la voz para salvar a su hermano del destino de la lista de los chicos malos, subiéndose al asiento para hacerse más grande e imponente —No lo digas, no lo digas.
—¿Richard? ¿Qué es eso que tu hermano no nos tiene que decir? —Bruce, quien ya estaba a un lado del niño mayor buscó la mano de este para sostenerlo y ayudarle a calmarse pero lo único que recibió fue el desprecio, la mano del niño de ocho años fue retirada con rapidez, negando con la cabeza.
—No mamá, no puedo verte al rostro ahora —con tono serio soltó, mientras cerraba su puño con fuerza como un verdadero actor mostrando decepción e ira contenida y eso en vez de molestar o hacer sentir mal a Bruce, lo hizo sonreír y sentir ternura.
—Chicos... me están asustando —habló de nuevo Clark, quien pasaba de mirar a Jason suspirar entrecortado como si estuviera llorando internamente a Dick teniendo un monólogo digno de Hamlet hablando con el cráneo de Yorick. —¿Qué sucedió?
Dick tomó suficiente aire mientras acomodaba sus ideas infantiles y se bajaba de la silla para sentarse como era debido.
—Vimos a Santa Claus besar a mamá —ambos niños lo dijeron a coro, dejando a Richard “traicionado” por su hermanito al no dejarlo morir solo como el héroe de la navidad que deseaba ser y Jason simplemente soltó todos sus malos sentimientos.
Ambos hombres se miraron entre ellos, comunicándose únicamente por mini expresiones faciales, pues los dos sabían el momento exacto cuando las inocentes almas de esos dos se habían roto y preocupado. Clark se acomodó los lentes con demasiada lentitud como para ser un movimiento natural y no una manera de perder tiempo mientras intentaba buscar una solución ingeniosa.
—Quizá lo soñaron. —soltó como primera herramienta para hacerlos olvidar lo que vieron pero los dos fruncieron el entrecejo al mismo tiempo, solo haciéndolos parecer mucho más a la persona con quien estaba casada.
—Las mentiras son malas, Clark —murmuró Richard, quien tomaba un pedacito de waffle y lo comía mientras continuaba con la confrontación.
—¡Nosotros lo vimos! —Jason volvió a afirmar, mientras tomaba un poco de su comida y también la engullía, negando con la cabeza —estaban en la sala, mamá se acercó a él y ¡Muak! ¡Le dió un beso!
Clark se quedó sin palabras para explicar lo que había sucedido, porque si revelaba el secreto del disfraz entonces rompería muy rápido la ilusión en la vida de esos dos pero tampoco podía decir que no era cierto pues los niños parecían muy centrados en descifrar la verdad de ese momento.
—Fue un accidente —Bruce habló, parándose de la silla para ir a servir más chocolate en los vasos de los niños y entregarlos, aprovechando su disposición para terminar los desayunos después de soltar todo eso que llevaban sufriendo desde la madrugada. —Me tropecé con la alfombra mientras caminaba, Santa solo me ayudó a no caer y quizá choqué con su cara, le hice un poco de daño porque mi cabeza golpeó contra su nariz.
Explicó, mirando a ambos niños mientras usaban sus tenedores de la manera correcta y pasaban su atención de la explicación de Bruce a la reacción de Clark para verificar la certeza de la historia contada.
—Oh si, yo estaba con ellos pero al ver a santa sangrar por la nariz tuve que ir al baño por una compresa de agua fría para ayudarlo —Clark agregó, después de sentir la mirada del Wayne mayor indicando que continuará con la mentira a su lado.
—Pero no escuchamos el agua correr... —Dick soltó, dudando un poco de la versión aumentada.
—Seguramente bajaron en el segundo exacto cuando cerré el paso de agua y tomé algunas vendas adhesivas por si se necesitaban —el aire en sus pulmones se mantuvo más tiempo del deseado mientras se sentía interrogado por el niño mayor quien compró la historia y volteó con su hermanito para ver si estaba siguiendo el hilo de los hechos junto a él.
Y gracias a lo maleables que eran los pensamientos de Jason, el dudar seriamente si todo eso había pasado en verdad y no su versión, rápidamente el nuevo escenario fue implantado en sus recuerdos más cercanos.
De pronto aquello no había sido un beso como los que sus padres solían darse a escondidas de ellos sino un terrible accidente que implicaba la alfombra de la sala, Santa Claus siendo el héroe de la noche y Clark en el baño al otro lado del pasillo buscando suministros.
—Entonces... —Jason bajó su tenedor, volviendo a mirar a ambos adultos de uno en uno —¿Santa si estuvo en casa?
La emoción en la voz del niño de pijama roja se escuchó por primera vez en esa mañana, con una sonrisa de oreja a oreja levantándose sobre la silla para golpear contra la mesa con ambas manos —¡Santa estuvo en casa ayer!
Clark suspiró tranquilo al ver como la mentira de su esposo funcionaba a la perfección y ambos niños celebraban haber visto al bonachón hombre de rojo repartiendo los juguetes en su casa.
—¡¿Quién quiere ir a buscar todas las pistas que dejó Santa ayer?! —el reportero se levantó, volviendo a usar un poco de la emoción que se estaba saliendo de su cuerpo luego de creerse acorralado por las preguntas de un dúo de niños detectives, notando lo similares que eran a su madre.
Ambos niños gritaron con emoción, levantándose de la mesa y salieron corriendo hacia la sala de estar, dispuestos a buscar pistas, abrir regalos y quizá adelantar sus cartas para el próximo año.
—¿Está bien implantar recuerdos falsos en la mente de los niños? —Kent se levantó también pero en vez de ir detrás de los niños de pijamas coloridas se acercó a su pareja, quien sonreía de medio lado con una estela de su sonrisa más malévola, antes de dar un sorbo a la taza de café.
—Merecen creer en Santa unos cuantos años más y tú mereces ser ese Santa para ellos —comentó tranquilamente, dejando la taza en la seguridad de la mesa, volteando un poco para tomar de la camisa a su marido y hacerlo agacharse y robarle un beso.
—¡Papá!¡Apresúrate! ¡Queremos jugar con las bicicletas! —ambos niños regresaron corriendo a la cocina para tomar cada uno de una mano al más alto de todos en esa casa, arrastrándolo con ellos hasta la sala.
Y esa simple palabra al principio de todo había hecho que el corazón de Clark diera un vuelco calientito, dándose cuenta que todo había valido la pena.
—Entonces... ¿No te diste cuenta que Clark era Santa y por eso besaba a Bruce? —la sonrisa burlona marcada sobre los labios del pelirrojo a quien tenía enfrente no pasó desapercibida.
—Tenía seis años ¿ok? —Jason bufó con un poco de molestia al ser blanco de las burlas de su propio esposo, quien a pesar de jurar que no se estaba burlando era demasiado notorio que lo hacía y lo juzgaba de vuelta.
—No te juzgo en verdad —Roy Harper, antiguo compañero de equipo de Dick después de enterarse en la adolescencia sobre los tantos secretos de sus padres, ahora el esposo de Jason y la madre de su hija, mismo quien le ayudaba a sacar los juguetes del enorme saco que venía con el disfraz de Santa Claus heredado por el abuelo Jonathan para mantener la ilusión de la navidad siempre presente —mi Papá Noel siempre fue rubio, hasta los ocho cuando mi mamá decidió que su mejor amigo castaño podía ser el nuevo Papá Noel para Connor y para mi y me di cuenta de todas las mentiras... ¡¿Cómo cambias un Santa rubio de traje verde por uno castaño de traje rojo de un año al otro?!
Jason soltó una risa mientras veía el descenso a la locura de Roy quien parecía haber tenido guardado todo ese rencor por años y no había encontrado a absolutamente nadie con quien desquitarse antes.
Pero cuando sus improperios y sinsentidos comenzaron a ser soltados con un volumen más alto en comparación a la pequeña charla entre ambos fue cuando decidió acercarse a él, abrazarlo por la cintura desde atrás para hacerlo regresar al presente y no se escapara al pasado.
—Baja la voz o ¿Quieres que Lian se despierte? —comentó, mientras dejaba un beso en la mejilla del de ojos verdes, apretando entre sus brazos para calmarlo e intentar relajarlo un poco.
Escuchó como suspiraba una última vez y seguido de eso una risa escapó de los labios del hombre de los tatuajes, negando con la cabeza.
—Lo siento, pero llevaba 22 años guardando ese rencor —murmuró, mientras giraba completamente aun entre los brazos del otro para poder observarlo con detenimiento, ladeando el rostro por un segundo —¿A caso Santa Claus siempre fue tan guapo y por eso todas las mamás del mundo nos vemos obligadas a caer en los encantos de este hombre?
Jason rió, negando con la cabeza pero no haciendo nada para alejarse de la belleza de hombre de cabello largo hasta los hombros de color naranja intenso que tenía entre brazos.
—No lo sé, quizá es algo en el ambiente o que siempre hay un muérdago cerca mío —contestó, acercando el rostro al del contrario, quien rápidamente subió ambas manos hacia las mejillas de este, abriendo paso entre las hebras de la barba y bigote blanco para poder alcanzar su labios y cerrar la distancia entre los dos.
O al menos eso habría intentado, lo siguiente que vió fue a “Santa” haciéndose hacía atrás soltando un sonido muy reconocible de sentir un dolor parecido al de un calambre, uno punzante y que subía por toda su pierna. Para después sentir los brazos pequeños y delgados muy reconocibles de su pequeña de 6 años alrededor de su cintura.
—¡A mi mami no, Santa! —Lian había aparecido después de levantarse al escuchar ruido en el piso de abajo de su casa, tomó sus sandalias más cómodas y se asomó por las escaleras, notando la escena donde Santa Claus abrazó a su mamá y casi lo besó.
Corrió escaleras abajo y con todo su rencor pateó al hombre de la barba blanca que se atrevía a hacer lo impensable con su mami a espaldas de su papi.
Jason se sentó en el sofá más cercano para intentar asimilar el dolor, mirando al pequeño gremlin que tenía por hija tan enfurecida que había hecho su rostro sonrojar de una manera no muy linda y se disponía a volver a patearlo.
De no ser por el pelirrojo mayor, quien la tomó de los hombros para detenerla y después poder cargarla, alejándola de su objetivo.
—Lo siento mucho señor Claus —Roy soltó, intentando parecer el más serio ante tal escena, mientras acomodaba a la pequeña entre sus brazos para mantenerla alejada del otro —pero creo que cenar muchos malvaviscos con cereal la hizo alucinar entre sueños y creyó ver algo que no está pasando.
—¡Yo sé que es real! —la pequeña gritó, mientras era llevada escaleras arriba en contra de su voluntad para volver a dormir también en contra de su voluntad, no sin antes amenazar a “Santa Claus” con estar vigilando sus movimientos.
Roy solo negó con la cabeza cuando el girar de la escalera hizo que Lian ahora viera hacia la pared y él pudiera ver a su marido sufriendo por aquel terrible dolor causado por una niñita de no más de 40 kilos, posiblemente estaba juzgando y burlándose un poco de la mala suerte que tenía.
Y Jason, a pesar del ardor incomodo que no parecía ceder, no pudo creer que esa sería la anécdota de navidad que lo seguiría por toda la vida hasta el final.
Y muy dentro de él, una de sus favoritas.