Registro 01 — Investigación y contacto
Al interior de una nave del tamaño de una pelota de fútbol, surcando los oscuros cielos del espacio, flota un pequeño extraterrestre. Su aguileña nariz, tan verde como el traje que usa, choca con el vidrio protector de su casco. Navega al interior de su transporte con tal naturalidad que, desde fuera, da la impresión de estar nadando. Lleva algunas semanas ―aunque, para él, son segundos― observando la tierra, desde donde puede ver animales curiosos.
―Los sujetos caminan en cuatro patas. Las manchas blancas y negras son relucientes, hasta que llueve ―murmura mientras toma notas en un cuaderno digital, que sigue al pie de la letra sus pensamientos―. Fascinante. El sujeto trescientos ocho lleva masticando la misma hoja siete segundos. Espléndido.
Desde el interior de su traje emerge una voz aguda, digna de su pequeño tamaño. A través del telescopio se observan extensas zonas verdes por donde las vacas caminan días enteros. Después de haber analizado la tierra el tiempo suficiente, él decide dar marcha hacia el interior y penetrar su atmósfera. Esas luces que ve durante las épocas oscuras de la tierra le llaman la atención, pero no logra penetrar con su vista al interior en las épocas lumínicas. Le parece un hecho fascinante el no tener facilidad para observar las zonas donde más puntos brillantes hay, similares a los millares de estrellas que se ven desde los planetas. Al interior de su nave también se notan estas estrellas, aunque no son tantas.
La nave cruza la atmósfera terrestre y se adentra en lo que es una densa nube oscura que, a sus ojos, es peor de lo que se percibe desde el espacio. Su nave no sufrió daños, pero los sensores detectan altos niveles de toxinas que lo dañan en caso de inhalarlas.
―Fascinante, este planeta emite contaminantes naturales hasta su atmósfera. El nivel de Cinto Oxidamo es muy elevado. Tengo que documentar esto.
Pasan segundos en los que la nave perfora esta nube oscura hasta salir a un nuevo amanecer, donde presencia con sus ovalados ojos el nacimiento de estructuras coloridas elevarse hasta las nubes, con aberturas cuadradas ubicadas en alineaciones tan perfectas que sería difícil presenciar una copia similar en la naturaleza. En lo profundo de lo que él denomina cavernas a cielo abierto, por la cantidad de rocas kilométricas que se elevan desde el suelo hasta el cielo, se aprecian rectas y curvas negras atravesando zonas verdes, por donde microscópicos insectos transitan sin cesar. Más adelante, donde las rectas comienzan a dividirse en ramificaciones angostas, aparecen grandes tapetes anaranjados que se extienden sobre las montañas.
En medio del vasto campo cavernoso se ve un montículo con pequeñas estructuras en su cima, aunque no es de un tamaño suficiente para superar las cordilleras que rodean las cavernas, sí se hace sentir en medio del lugar. En los alrededores de este montículo se elevan las rectas y las curvas, por donde los insectos transitan encima y debajo de las mismas.
Su esfera permanece en el cielo bajo un buen tiempo, hasta que ve cómo algunas vacas diferentes a las ya conocidas están mirando con curiosidad su transporte, y con aparatos cuadrados están emitiendo luces blancas.
―Qué curioso, las vacas usan teléfonos. Y también caminan en dos patas.
El cuaderno digital que flota por donde él va toma nota y saca fotografías de lo que ve. Las vacas que caminan en dos patas están empezando a ver su esfera con más curiosidad, y parece generarse un alboroto en el fondo de las cavernas, por lo que vuela hasta un lugar despejado y estaciona la nave dentro de un agujero que, ayudado por su confiable láser de construcción, abre en segundos dentro de un árbol colosal.
El diminuto ser abandona el transporte, siempre cubierto por su traje, y se sienta sobre la raíz del árbol. Para cuando se adaptó a la gravedad del planeta, su cuerpo ya creció un metro exacto.
―Pulfrum, por favor, investiga la composición química de este lugar. Si no es seguro quitarse el traje, debemos abandonar y volver al espacio.
Un robot del tamaño de un gato salta al exterior. Su forma es alargada, con patas cortas y un hocico aplanado, que le permiten arrastrarse por el suelo y analizar sus propiedades, así como los residuos químicos que posee. Tras arrastrarse por el claro donde aterrizó, y confirmar que, como sospechó, el ambiente es tóxico para él, Pulfrum vuelve a la nave y deja que el extraterrestre camine el campo y tome sus propias muestras. Cámara en mano, cuaderno digital a su lado y un tubo colgado en la cintura, él toma muestras, fotografías y crea las notas en las que registra su primer contacto con las vacas.
Una señal roja se desprende de su nave, que solo puede ver a través del casco, lo que le permite volver cuando sea necesario. De este modo él se da el lujo de extraviarse, recorrer kilómetros enteros, fotografiar su entorno y admirar impresionado cómo las vacas tienen la capacidad de crear estructuras de piedra que se acercan al cielo.
―Estoy caminando sobre un camino irregular, que sube y baja cuando menos te lo esperas. Es increíble la capacidad que desarrollaron estas criaturas para sobrevivir en un terreno tan hostil. Las vistas de aquí son espléndidas.
Después de cruzar lo que parece ser la zona de desperdicios químicos, entra en la primera etapa del tapete que cubre la zona montañosa, donde se encuentra con pequeñas edificaciones de dos, tres o hasta cuatro pisos de altura. Camina escondido, no quiere ser detectado, pues no sabe qué tan hostiles sean los habitantes, pero el traje le impide hacerlo con precaución, por lo que toma el riesgo de quitar su traje y envolverlo en un cinto amarillo donde se hace tan diminuto como un chicle, pero, de su bolsillo saca otro cinto amarillo que desenvuelve y se transforma en un filtro para su nariz.
Tras usarlo se da cuenta de que el aire no es tóxico para su piel, pero sí para sus fosas nasales. Ahora puede caminar con sigilo protegiendo sus frágiles pulmones, y así investigar más de cerca esta especie.
Va hasta lo que parece ser un centro de reuniones terrestres, donde una mezcla de sonidos estruendosos, vidrios cilíndricos chocando y voces estrepitosas le sacan de sus casillas. Siente que se vuelve loco al recibir tales estímulos desbordantes, por lo que se cubre los oídos con sus pequeñas manos y dirige la vista al interior de este lugar. Lo que ve allí, lo perseguirá por el resto de su vida: una reunión de vacas en dos patas con cilindros cristalinos en la mano, vociferando mientras el estruendo de los estímulos auditivos crece más al interior del establecimiento.
Algunas criaturas de menor tamaño, con rostros angelicales y cuerpo frágil caminan por allí, llevando consigo objetos de extraña procedencia para él. Se aleja del centro de reuniones y camina hasta un árbol desde donde ve con curiosidad a las crías que juegan al borde de las rectas por donde transitan lo que, vistos de cerca, son insectos metálicos que giran sobre cuatro esferas de goma, llevando en su interior seres habitantes de la tierra.
Una de las crías lo ve escondido, por lo que corre hasta donde él se encuentra para mirarlo. Sus ojos curiosos no pueden procesar lo que ve, y vocifera con estruendo algo que el extraterrestre no puede entender.
―Onkara, mukini motokuni, vak al makma ―dice él, levantando la pierna izquierda. En respuesta recibe una combinación de letras que no puede entender, pero detecta como amenaza debido a la expresión de terror que se plasma sobre el semblante de la cría.
En un abrir y cerrar de ojos ya no está, por lo que, para cuando el padre llega hasta donde su hijo, el extraterrestre ya está lejos de ahí.
―No puedo entenderlos, ni ellos me entienden a mí. Esto es interesante. No sabía que tendrían capacidad de expresarse.
Anota esto en el cuaderno digital, trepado sobre un árbol frondoso que le permite esconderse el resto del día. Desde ahí los observa con atención, usando un par de binoculares para familiarizarse con la vida de sus criaturas. Sus vidas son, como pensó, muy peculiares.
―Algunas vacas adultas caminan con sus crías de la mano, pero no en cuatro patas como las vacas campestres. Otras ingieren estas sustancias cristalinas dentro de los recintos de reunión, y abandonan el lugar dando tumbos y hablando incoherencias. Veo un par de vacas de mal aspecto preparando un hogar improvisado en medio de un claro verde. En una esquina alta veo algunas vacas reunidas en una esquina, pero, no logro entender qué son esos cilindros diminutos entre sus dedos, que emiten humo particular. Parece ser que su cuerpo responde de forma positiva a estas sustancias. Es tan interesante.
Toma nota mientras pasa un día entero analizando a los locales. Cuando ve que no están más, baja del árbol y se mueve hasta otro. Así va recorriendo todo el lugar, sacando registros de sus expediciones.
Al segundo día de su incursión en la Tierra, él se encuentra con algo que también hay en su tierra: una zona de reclusión para criaturas en desarrollo.
―Jardín infantil Buen Comienzo… ―lee usando los binoculares sobre una estructura que le llamó la atención debido a su particular forma―. ¿Qué querrá decir esto? Lo enviaré a la base de datos, quizá lo puedan traducir…
No entiende las letras terrestres, pero intuye que es una zona de reclusión para criaturas en desarrollo porque, en la mañana, los seres van hasta allá, dejan a las crías al interior, y se retiran a otro lugar. Luego pasan ahí todo el día las criaturas, siendo observadas por él, quien ve de primera mano cómo funciona el desarrollo de los recién nacidos en la Tierra.
―Pegar lentejas… acto más que curioso, sí.
Desciende de su árbol y se acerca esta vez a una criatura que le dobla en tamaño, quien, con una cálida sonrisa, recibe a los niños. Una vez que todos fueron dejados la interior, ella se gira y camina a la puerta, pero recibe el llamado de algo desde un lado del recinto. Ahí, oculto bajo un arbusto, ve una criatura de color verde, con nariz aguileña y ojos ovalados que la mira sin expresión. Usa un traje de cuerpo completo de tonos grises, y unos zapatos más grandes de lo que las proporciones normales de un cuerpo de un metro deberían tener.
―Onkara, mukini motokuni, vak al makma ―dice él, y levanta su pierna izquierda.
Ella, entre nerviosa y asustada, no sabe si correr o pedir ayuda. La criatura la mira y se queda en su misma posición, esperando respuesta.
―Hola… ―saluda, nerviosa, mirando al invasor.
―Kumi kumi, mujalla. Imki ma, ihta lla ―intenta comunicarse, pero sus lenguas son diferentes.
Ella huye corriendo, pidiendo auxilio a gritos. Él, antes de ser descubierto, utiliza el tubo en su cintura para desintegrarse. Cuando la mujer vuelve con ayuda, él ya no está.
Desde el interior de su nave revisa cada muestra que ha recopilado y trata de entender cómo se comunican estas criaturas, pero le es imposible. No entiende ni una letra, y menos sus expresiones erráticas.
Recibe un saludo desde la base de datos.
―Onkara, mukini motokuni, vak al makma. Wam, uma, wam. Onkita, mu ―lee, y salta de felicidad al entender, por fin, lo que tiene que hacer.
Corre hasta Pulfrum y abre su panza, donde busca un par de pinzas y uno de sus audífonos traductores. Este lenguaje ya está registrado de expediciones anteriores, por lo que solo debe cruzar un par de cables, y ya estará entendiendo a las criaturas.
Sin embargo, decide moverse, pues, tras los dos primeros encuentros, le preocupa que reaccionen mal a su llegada. Entonces busca otra zona cerca, y, elevando la nave, viaja hasta allí. Sobrevuela una zona cavernosa, donde las estructuras rocosas ascienden hasta el cielo, las rectas ya no son pequeñas y las criaturas van y vienen con artefactos cuadrados, que después reconoce como maletines.
―Estación Poblado ―lee en una estructura metálica, por donde pasan los rieles de un tren. Es la primera estructura que coincide entre su planeta y este, cosa que le hace emocionar, y, tras tomar nota, filma cada momento de su encuentro con el tren.