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Cactus.

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Summary

La perdida de mi padre me llevó de nuevo a esa ciudad tan fría y distante que solo manejar hasta allá me costó. Sus calles humedas y luces brillantes son una brisa calida que solo me trae lindos recuerdos de mi infancia, aunque algo en mí siente que no recuerda del todo. En busca de terminar con la última voluntad que mi papá dejó para mí, chocó con la de mi hermana y terminé trabajando en su oficina, junto a un grupo de chicos que se me hacen familiar.

Genre
Drama
Author
GS
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Espina Uno, el último deseo.

Recuerdo las luces, cómo confundían mi vista y manchaban todos los alrededores. La sangre en el suelo se distinguía cuando la luz azul se encontraba con ella. Recuerdo los gritos, la bulla, el dolor... su rostro.

—Oye —la voz de mi mamá me aclaró la mente—. Quería comentarte algo importante, pero primero la cena. ¿Está bien?

Asentí y volví la mirada a las gotas que corrían por la ventana. Ella seguía ahí; sentía cómo la brisa se colaba por la puerta. Así que eso me obligó a levantarme del suelo y acompañarla abajo.

—Así se hace, mi princesa —me dijo mientras me acompañaba bajando las escaleras.

Ambas nos sentamos en la fría mesa del comedor y, sin mucho protocolo, comenzamos a comer. Solo se escuchaba el sonido que hacíamos cuando movíamos los cubiertos, al masticar y cuando poníamos el vaso de regreso en la madera.

Ese silencio era un huésped más desde hacía unos meses. Tenían el mismo tiempo que la herida en mi cabeza.

—Tu hermana vendrá —me sorprendió escucharla hablar—. No quería perderse estos días.

—¿Por qué lo dices como si fueran vacaciones? —respondí con arrogancia soltando mi tenedor contra el plato.

—¿No te has cansado de vivir tan triste todo el tiempo? —Negué con la cabeza, insultada por la actitud que ella y mi hermana habían querido tomar.

—Deberíamos hacer una fiesta ya que estamos.

—Estefany —me interrumpió con el tono de voz que usa al regañarme—. No te pido que seas feliz de pronto, pero dejarte nublar con esto puede solo hundirte, alejarte de tu familia y tú, mejor que nadie, lo sabes —me miró fijamente.

No tuve nada que decir; no mentía. Mi papá había pasado por eso después de separarse de mamá; esa es la razón que yo le doy. No es que tenga otra explicación de su actitud distante y repentina. No lo conocía tan bien, pero no me pareció casualidad que hubiera actuado de esa forma poco después de que mi mamá tomara a mi hermana y a mí para irnos de la casa en donde ahora comíamos.

—Hija —suspiró como si se hubiera arrepentido de lo que me dijo—. Sé que no estuve ahí y que tu dolor es diferente —se tomó una pausa—. No es tu culpa; no fue suya y realmente nadie tiene que ver con lo que pasó. No podías cambiarlo, no podías hacer nada...

Me levanté de la mesa furiosa, crucé la sala, tomé las llaves de mi auto y fui a por él. Pequeñas gotas de lluvia fueron empapando mi ropa y mi cabello. Hacía frío; recuerdo lo mucho que me gustaba estar ahí por esa razón. En Alois el clima casi siempre es el mismo. Mi padre amaba eso también.

Me monté en mi auto con ese amargo recuerdo de cómo nos hacía vestirnos a todas para los días lluviosos. Le encantaba vernos correr hacia los charcos; le gustaba hacernos bailar y cantar bajo la lluvia. Y ahora, ni siquiera podía ver las nubes grises sin acordarme de él.

Golpeé una y otra vez el volante mientras se me hacía imposible frenar las lágrimas. Yo sé que podía haber hecho algo mucho antes. Tuve que estar más pendiente; tuve que ser más astuta, notar las tantas señales que me tiraba a la cara. ¿Por qué no pude haber llegado antes? ¿Por qué se lo tuvo que guardar para sí? Frené cuando mis manos y mi cabeza comenzaron a palpitar de dolor. Me tiré contra el asiento y de reojo vi la carta que había puesto en el asiento de al lado semanas antes.

Fui paseando por las calles poniendo atención a todo como era costumbre. Gracias a ser tan observadora, más de una vez di con la vista con buenos lugares de comida, algún que otro centro comercial y con el lugar de café que más amaba en el mundo. A mamá y a mi hermana no les gusta, pero gracias a la abuela supe tomarle cariño desde temprana edad.

Frené al ver el semáforo en rojo y mi mirada quedó cautivada por un lindo perro que acompañaba a su dueña a cruzar la calle. Sonreí al recordar al príncipe que me esperaba en casa, mi Oso; era un perro pequeño, pero lo suficientemente grande como para que se me hiciera difícil cargarlo de vez en cuando. Lo encontré en una caja junto a sus hermanos, que fui regalando a miembros de mi familia a lo largo de los días. Pero me quedé con el más lindo, sin exagerar, un lindo y peludo perro sin raza de pelo negro tan oscuro como sus ojos.

Después de recordarlo perdí la noción del tiempo, desde la casa de papá a su oficina había una distancia considerable y el traficó citadino no lo hacía nada agradable, pero después de tanto estaba frente a un edifico enorme, con puertas que se abrieron solas al acércame y muchos ejecutivos pasando de un lado a otro muy ocupados como para notar mi presencia.

—Hola —intentaba leer el nombre que relucía en su pecho cuando habló de pronto.

—¡Tanto tiempo! —Dijo, demasiado feliz—. ¿Recuerdas quién soy?

—Claro —no tenía idea de quién era.

Ella sonrió; era una chica muy guapa y, con sus ojos de un color avellana, era fácil de distinguir de cualquier otra. Pero no hubo nada que me ayudara a saber quién era.

—Soy Alejandra —me sonrió. Se dio cuenta rápido de que no sabía nada de ella—. La hija de la antigua recepcionista, mi mamá, dejó el puesto cuando supo la noticia de tu padre —mi cara no reflejó mucha simpatía—. Lo siento. Mi madre también dice que soy muy imprudente —ya si mi expresión de incomodidad no le era suficiente para que guardara silencio, era más tonta que imprudente—. ¿En qué puedo ayudarte? —dijo con un tono de voz suave.

Mi cara sí funcionó.

—Vengo a buscar algo de mi padre —levanté la carta de mi auto para que pudiera verla—. Me preguntaba si podía ir a su oficina.

—No deberías poder, pero porque las Navidades se acercan, nadie está tan pendiente de quién entra o no —era una chica muy risueña, regalaba sonrisas sin problemas—. Te haré ese favor —miró algo en la pantalla de su computadora— y me tomaré la responsabilidad. No te preocupes —señaló hacia un lado, dejando abrir la puerta en la misma dirección—. Sabes dónde queda.

—Gracias —no duré mucho en sumergirme en el palacio oficinista que era el edificio.

Alejandra tenía razón; sabía perfectamente dónde estaba la oficina de mi padre y de sus amigos. Sé que ella también; todos los hijos de los trabajadores del lugar de ese entonces deberían saberse ese lugar como la palma de su mano. Es raro, sí, no es un sitio donde quieras llevar a tus niños para que se diviertan, pero cada miércoles (día de llevar a tu hijo al trabajo) se nos hizo a todos el mejor momento para hacer amigos y explorar lo que para nosotros parecía una oficina infinita.

El ascensor me dejó frente a un pasillo que significó mucho para mí de niña. Me encantaba correr contra quien fuera ahí mismo; era divertido ganar siempre. Caminé perdida en esos recuerdos hasta la puerta de la antigua oficina de papá. Estaba tan sola que incluso la puerta rechinó cuando la abrí.

No quise frenarme por nada para no quedar tirada llorando en la alfombra. Tomé lo que estaba buscando y, en contra de mi voluntad, salí tan rápido como pude. Cerré y sentí su olor saludarme.

—Lo siento —pegué la frente a la puerta. Sentí las lágrimas cayendo una detrás de otra.

—No quiero interrumpir —su voz me asustó tanto que casi se me cayó lo que sostenía—. Pero creo que llegaste antes de lo pautado.

—¿Perdón? —el chico frunció el entrecejo y se le formó una sonrisa leve en sus labios—. Me confundes; solo vine por algo de mi padre.

—No, no lo creo —extendió su mano hacia mí—. Mi nombre es Atlas y estoy seguro de que esos ojos los conozco bien.

Miré su mano y lo vi a los ojos.

—A mí me pareces bastante olvidable —que no crea que su simpático físico y falso nombre podrá conmigo—. No soy quien crees.

Él se carcajeó e, indignado, hizo de su mano un puño.

—Auch —detalló lo que había sacado de la oficina—. ¿Eres así de espinosa todo el tiempo? —Sonrió como idiota.

No iba a seguir con su juego. Así que quise esquivarlo para irme por el pasillo, pero su mano fría me sujetó del brazo.

—Suéltame —comencé a sentir miedo.

—No fue un buen comienzo, pero créeme. Eres a quien espero —me mostró en su celular una foto mía junto a mi hermana—. Estefany, ¿cierto? La hija del director —ambos miramos el nombre que posaba encima de la puerta de mi padre.

No entendía nada, ni cómo había aparecido de la nada, cómo tenía esa foto y cómo decía esperarme. Eso fue suficiente para amargarme.

—No sé quién eres o por qué tienes esa foto, pero no puedes frenarme si quiero irme —quise lucirme jalando de mi brazo con fuerza; no conté con que él me soltaría tan rápido.

De forma brusca moví todo el cuerpo y, por no poner suficiente agarre en la maceta en mis manos, esta fue a parar al piso. En segundos se rompió y, entrando en pánico, fui a recoger la planta.

—Cuidado — lo escuché decir, pero no quise darle importancia y como una tonta tomé con ambas manos el cactus.

Tan rápido como las espinas dieron con mi piel, lo solté de nuevo en el suelo. De un segundo a otro, mis dedos comenzaron a dolerme como si me hubieran picado cien hormigas en cada uno. Él tomó mis manos y, usando una cantimplora que no había visto que tenía, lavó mis manos.

—¿Qué no te enseñaron algo tan básico como eso? —preguntó sonriente—. Puede que también pinches, pero no te puedes comparar —enojada, lo vi a los ojos, pero en los suyos no encontré al idiota que pensé que era segundos antes, sino algo que se me hizo familiar.

De la nada acercó su boca a uno de mis dedos y con suavidad me quitó una espina con sus dientes. Sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo y mis piernas se sintieron débiles.

—¿Estás bien? —Me dijo después de escupir la espina.

No le respondí; esa sensación que me llenó entera me dejó sin palabras. ¿Por qué había sucedido eso? ¿Tanto tiempo llevo sin estar así de cerca de un chico un poco atractivo?

—No me vuelvas a tocar nunca —le arranqué mis manos—. No soy una damisela en apuros.

Blanqueé los ojos y me quité la chaqueta para recoger el cactus y toda la tierra que pude en ella. No quería sentir eso de nuevo, o al menos no cerca de él. Sé que lo he visto antes, pero eso sigue sin darme respuesta sobre todo lo que pasó.

—No debes ser grosera —lo escuché decir—. En especial, conmigo.

—¿Por qué? —me volteé lista para discutirle.

En ese preciso momento, el elevador llegó a nuestro piso y de adentro, salió alguien que no esperaba ver nunca en esa situación.

—Veo que ya se conocen —dijo feliz la chica de cintura perfecta yendo hacia nosotros—. Y sí que son un desastre —volteamos a ver lo mal que habíamos dejado la alfombra.

—¿Estela? ¿Qué haces aquí? —Le dije a mi hermana ya cuando estuvo frente a mí.

—Dándote la bienvenida a esta linda empresa, y —señaló al chico— debía presentarte a Atlas —lo miré—. Tu tutor.

Debe ser una maldita broma.

“Si nacimos solos y moriremos solos, estamos aquí para aprender a vivir en compañía”, concluyó alguien sin voz.

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