Génesis
El mundo cambió sin aviso.
No fue rápido, ni brutal, ni anunciado.
Fue lento. Tan lento que solo quienes observaban con atención pudieron notarlo.
Si alguien intentara fijar una fecha, no podría. No hubo un día exacto ni una ley definitiva. Pero el cambio ocurrió, y cuando se volvió imposible negarlo, ya era demasiado tarde para señalar un origen.
Primero llegaron las críticas.
Comentarios sueltos, casi inocentes, dirigidos a las mujeres que querían maternar. Preguntas disfrazadas de preocupación. Opiniones no solicitadas. Después, el juicio. La idea de criar empezó a verse como una elección cuestionable, poco práctica, casi irresponsable.
Las madres comenzaron a desaparecer de los espacios comunes.
Del transporte público, donde el llanto resultaba molesto.
De los lugares de ocio, donde los niños “incomodaban”.
De los viajes, de los paseos, de cualquier sitio que no estuviera pensado para el silencio.
No había aviones preparados para ellos.
No había espacios que los recibieran.
No había paciencia.
Ser niño empezó a ser una falta.
La empatía se agotó rápido en una sociedad cansada.
Las mujeres, lentamente, dejaron atrás la idea de criar. No por desamor, sino por supervivencia. Todo se detenía cuando se era madre: la carrera profesional, el reconocimiento, la estabilidad económica. No había producción en el cuidado de un bebé. No había acompañamiento. No había red.
La maternidad se volvió una desventaja.
Y más que eso: un castigo.
Muchas mujeres comenzaron a criar en silencio. Solas. Aisladas. Criticadas.
Perdían sus trabajos. Veían estancarse sus carreras. Terminaban siendo madres solteras, juzgadas abiertamente por “no haber elegido bien al padre”, como si la maternidad fuera una apuesta mal calculada y no una realidad compleja.
El castigo siempre caía en el lugar equivocado.
Ese desgaste constante terminó por cansarlas.
Y así, aunque el proceso fue lento, un día ocurrió algo que nadie esperaba: la población empezó a disminuir.
Al principio, nadie lo notó.
Después, las cifras comenzaron a alarmar.
No porque hubiera una preocupación real por las madres o por los niños.
Eso nunca había sido el centro del problema.
La alarma surgió por algo más grave:
sin niños, la sociedad se volvía insostenible.
No se sabe con exactitud quién tuvo la idea.
No quedó registrado un nombre ni una autoría clara.
Pero el mundo, acostumbrado ya a aceptar cambios sin hacer demasiadas preguntas, recibió la solución con alivio. Era lógica. Era eficiente. Era cómoda.
Y, sobre todo, no exigía revisar nada de lo que se había hecho antes.
Así nació un sistema que resolvía la maternidad sin madres visibles,
la infancia sin niños presentes,
y el cuidado sin vínculos.
Y funcionó.
Demasiado bien.
Los niños comenzaron a desaparecer de las calles.
De los parques.
De los espacios que alguna vez les pertenecieron.
Y, por fin, se cumplía lo que muchos deseaban: una sociedad compuesta solo por adultos funcionales y productivos, sin interrupciones. Parejas más tranquilas, sin la carga de la crianza. Menos ruidos. Menos molestias. Menos miradas incómodas.
La palabra madre dejó de pronunciarse en voz alta.
Se la reemplazó por otros nombres: atraso, estancamiento, pérdida de oportunidades. Nadie la prohibió. Simplemente se volvió inconveniente.
Se aceptaba, sin demasiadas explicaciones, que solo un grupo reducido de mujeres era madre. No porque desearan algo distinto, sino porque podían permitírselo. Cuando hay dinero de por medio, la maternidad deja de ser un problema. Se organiza. Se posterga. Se oculta.
Todo ocurría a puertas cerradas.
La posibilidad de cruzarse con un niño en cualquier espacio público se volvió casi inexistente. No había lugares pensados para ellos, ni necesidad de crearlos. Y, para la mayoría, eso estaba bien.
La solución existía.
Y funcionaba.
La solución tuvo un nombre simple: Centro Génesis.
Génesis como inicio.
Como origen.
Como punto cero de algo que ya no necesitaba ser pensado.
Allí eran enviadas mujeres destinadas desde su nacimiento a cumplir una sola función. Se las instruía. Se las cuidaba. Se las protegía con un celo casi clínico. Todo en ellas debía mantenerse intacto, disponible.
Engendrar.
Solo eso.
Maternar jamás.
Porque la maternidad implicaba tiempo, vínculo, desgaste.
Y la sociedad no necesitaba eso. Necesitaba eficiencia. Necesitaba continuidad. Necesitaba sustento.
Eso, decían, era lo que Génesis ofrecía.
No se hablaba de sacrificio.
Se hablaba de aporte.
No se hablaba de pérdida.
Se hablaba de orden.
Y así, bajo la apariencia de cuidado y propósito, el Centro Génesis se convirtió en la respuesta perfecta a una pregunta que nadie quiso formular en voz alta.
Nombradas desde su llegada con el nombre de la institución.
Eso era lo primero que se perdía.
¿Qué las diferenciaba?
¿Qué las hacía únicas?
Un número.
Uno entre casi doscientos. Algo parecido a un nombre, pero no lo suficiente como para serlo. No había apellidos, no había historia previa. Al ingresar, la identidad se diluía con facilidad. Todas somos Génesis, les repetían cada día desde su llegada, hasta que la frase dejaba de sentirse ajena.
La llegada ocurría antes de los cinco años. Algunas provenían del Centro de Reclutamiento Social; otras eran abandonadas en las puertas del lugar, envueltas en mantas demasiado finas; otras, según los registros, habían sido “salvadas” de sus contextos de origen. Distintas procedencias, un mismo destino: sostener a la humanidad, impedir su desaparición.
Nunca les faltó nada.
Eso también formaba parte del discurso.
Desde pequeñas tenían alimento, una cama limpia y educación básica. Aprendían a leer y escribir, recibían recreación controlada, la suficiente para mantenerlas ocupadas. Bordaban, tejían, pintaban. Algunas practicaban deportes por elección, aunque todas debían hacerlo por mandato médico: el cuerpo debía conservarse funcional, preparado, útil.
Había acompañamiento constante. Supervisión psicológica, controles físicos, evaluaciones periódicas. A medida que crecían, comprendían —o aprendían a aceptar— que su labor estaba ligada al futuro de la humanidad. Desde niñas se les inculcaba la responsabilidad de procrear.
Sin contacto.
Sin amor.
Sin sentimentalismos.
Porque eso atrasaba.
Porque era ineficiente.
Porque desgastaba.
Engendrar, entregar, continuar.
Cada dos años repetir el proceso, hasta que el cuerpo lo permitiera. Algunas llegaban a los cuarenta; otras no superaban los treinta. No había motivo para preocuparse: cuando el cuerpo comenzaba a fallar, existía un equipo médico especializado encargado de prolongar su funcionalidad el mayor tiempo posible.
Todo estaba previsto.
Todo estaba cuidado.
Todo, excepto aquello que nunca se consideró necesario: que fueran personas.
Terminada su labor de procrear, comenzaban a enseñar a las nuevas integrantes. Era parte del ciclo. De ese modo, el lugar se volvía sostenible en el tiempo y se evitaba cualquier fisura en el pensamiento colectivo: todas eran Génesis, nada más, nada menos.
El centro médico estaba cuidadosamente constituido. El personal era elegido de forma meticulosa, no solo por sus credenciales, sino por su capacidad de no cuestionar demasiado. Debían creer en la solución, confiar en el método, no buscar un problema donde el sistema aseguraba que no lo había.
Elías era parte de ese cuerpo médico.
Creía fielmente que el programa era la respuesta a una crisis global. No lo veía como explotación, sino como equilibrio. Todo estaba normado, regulado, supervisado. A nadie se le obligaba a quedarse —decían los protocolos—, pero tampoco a nadie se le permitía salir. La permanencia no se imponía con violencia, sino con ausencia de alternativas.
Existía una única excepción: durante el periodo de gestación, las Génesis podían salir una vez. Una sola. El objetivo era claro y pedagógico: comprender que el bebé no les pertenecía. Que su destino estaba fuera, en el exterior, en la sociedad. Que ellas eran solo el origen, nunca el destino final.
Ese contacto breve con el mundo cumplía una función precisa: reforzar la idea de que no había lugar para el apego. Que la maternidad, tal como se entendía antes, no formaba parte de su rol.
Y Elías, en ese punto de la historia, aún creía que todo eso era necesario.
G-17 llegó después de ser “salvada” de su lugar de origen.
Eso figuraba así en su expediente.
Se le dio todo lo necesario para vivir, y más. Quizá fuera de ese lugar nunca habría aprendido todo lo que sabía. La sociedad, tal como estaba organizada entonces, habría sido implacable con alguien como ella. Como con tantos niños provenientes de contextos de escasos recursos, el castigo habría sido silencioso pero constante.
Dentro del Centro no hubo críticas.
No hubo aislamiento.
No hubo abandono.
A cambio, se le entregó un propósito.
Tras años de evaluaciones físicas y psicológicas, G-17 fue declarada apta. Los informes señalaban estabilidad emocional, buena adaptación a la norma y una comprensión clara de su función dentro del sistema. Tenía alrededor de veinte años cuando se le informó que estaba lista para comenzar sus labores para la sociedad.
No mostró resistencia.
No formuló preguntas.
Entendía su lugar.
Aceptaba su responsabilidad.
El Centro consideraba ese resultado un éxito.
Ese día caminó por los mismos pasillos de siempre, aunque esta vez el destino era distinto. El estómago se le apretaba y la necesidad de mover las manos aumentaba a cada paso. Intentaba fijar la mirada al frente, en la línea interminable del pasillo, pero de forma instintiva buscaba a quien la guiaba: la Génesis encargada de enseñarle y mostrarle el lugar.
Génesis 99.
—¿Dolerá? —preguntó.
—Ni un poquito —respondió Génesis 99 sin girarse. En su interior se escondía un afecto leve por G-17, insuficiente como para sostenerle la mirada.
—Entonces… ¿qué se siente?
El nudo en el estómago se cerró aún más. Se frotó el vientre con torpeza, tratando de calmarse, entendiendo que en unos días albergaría una cría. No era un bebé. No era un hijo. Era algo que pertenecería a alguien más. Para ella, eso no representaba un problema.
Génesis 99, quizá en un gesto cercano a la rebeldía, tomó la mano de G-17 para tranquilizarla.
—No importa lo que se sienta. Lo importante es que nuestra labor tiene un propósito. Tu vientre llevará el fruto de una historia que nadie contará, pero que algún día alguien recordará. Estuvimos aquí salvando a la humanidad. No temas. El temor no es Genesis.
Para Génesis 99 era más fácil ofrecer consuelo que ocupar ese lugar. Recordó su primera vez como gestadora y, por un instante, sintió compasión por su compañera más joven. No fue suficiente para contenerla más tiempo. Al final, era responsabilidad de ambas.
En la mente de G-17 la frase se repitió como un eco: el fruto de una historia que nadie contará. No comprendía del todo una expresión tan compleja.
—¿Qué historia? —preguntó con inocencia.
—Ninguna que sea necesario describir.
Génesis 99 soltó su mano y abrió la puerta de la sala donde esperaría al médico.
—¿Me dejarás sola aquí?
No entendía por qué su cuerpo se alarmaba.
—Estaré afuera esperando por ti. No prestes atención a sentimientos que puedan hacerte dudar.
La puerta comenzó a cerrarse lentamente. G-17 permaneció inmóvil, observando cómo el espacio se reducía hasta quedar sola.
—Es mi responsabilidad —se repitió en un susurro.
Miró a su alrededor con curiosidad. La sala, completamente blanca, era lo bastante acogedora como para no resultar hostil, pero no lo suficiente como para ser cómoda. Había una camilla, un ecógrafo, un computador. Una puerta que conducía al baño y, frente a ella, la salida.
Nada más.
Sentada en la camilla, se quedó esperando. No pasaron más de cinco minutos cuando entró el médico que estaría a cargo de ella ese día. G-17 no se sentía incómoda con los médicos ni con la rotación constante del personal; había vivido tantos años rodeada de ellos que, en cierto modo, se habían vuelto parte del lugar.
—Soy el doctor número 24, buenos días —dijo mientras se acercaba—. Seré tu médico hoy y te ayudaré con la gestación… tú eres…
Buscó el informe en la tableta sin dirigirle la mirada.
—G-17… Génesis diecisiete —respondió ella.
Esperó. Pensó que ahora levantaría la vista. No ocurrió.
Miró el suelo. Luego sus manos. Después apoyó una sobre el vientre, un gesto aprendido, casi automático. En ese momento, El medico alzó la mirada. Se detuvo observando sus manos más tiempo del necesario.
—Muy bien —dijo con un tono enérgico—. Empecemos el procedimiento.
Volvió a la tableta.
—Condiciones óptimas. Todo está en orden-se detuvo-su primera vez-susurro.
Asintió. Elías-el médico- no continuó de inmediato. Revisó la tableta otra vez, aunque no había nada nuevo que leer. Ajustó la posición del equipo, acomodó el material con cuidado excesivo.
G-17 lo observó en silencio. No sabía qué debía notar en un médico, pero registró la repetición de movimientos, la forma en que evitaba mirarla directamente.
—¿Es su primera vez también? —preguntó.
Elías no respondió de inmediato. Cerró la tableta, la apoyó sobre la superficie metálica y se lavó las manos con precisión innecesaria. Cuando volvió a hablar, su voz era neutra.
—Vamos a comenzar.
G-17 no insistió. Asintió levemente y apoyó las manos sobre sus piernas. La respuesta, o la falta de ella, le pareció suficiente. Supuso que sí.
Elías respiró hondo, apenas perceptible, y siguió el protocolo tal como había sido entrenado. Cada paso estaba claro.
Aun así, tardó un momento más de lo habitual en iniciar.