DAWSON

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Summary

¿Qué harías si tu cuerpo dijera "sí" mientras tu mente grita "no"? Daniel era el heredero de una dinastía, un líder brillante con el mundo a sus pies. Y un revolucionario. Ahora, cinco años después de la tragedia que lo cambió todo, es el ciudadano perfecto. En la misteriosa Isla Dawson, Daniel ha aprendido a obedecer, a sonreír y a aceptar... pero algo no está bien. Mía, una periodista que lo recuerda del colegio como el chico al que juró superar y al que secretamente nunca dejó de admirar, llega a la isla buscando la verdad detrás del "milagro de rehabilitación". Lo que encuentra es un horror que la ciencia no puede explicar: la voluntad siendo hackeada en los milisegundos que separan el deseo de la acción. En un mundo donde la obediencia es oxígeno y la resistencia es la muerte, Mía deberá decidir si salvará a Daniel aunque signifique perderlo para siempre. Porque, cuando el amor nace de una mente programada... ¿cómo saber si el deseo es real o es solo una orden más? NOTA DE LA AUTORA: He aquí la adaptación de mi Fanfiction: THE AFTER, a un thriller psicológico oscuro, que transforma las imperdonables es algo mucho más horrible, porque es real. Espero leerlos en los comentarios. Alex. ⚠️ ADVERTENCIA: ESTA ES UNA OBRA DE FICCIÓN OSCURA, que aborda: manipulación psicológica, violencia y trauma. Abuso de poder. Contenido sexual explícito. Se recomienda discreción.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

PROLOGO

Valparaíso, cinco años antes.




No se consideraban criminales.

En sus reuniones de techos altos, rodeados de vidrio, madera pulida y tragos caros, se hacían llamar la cura. Jóvenes idealistas que temían heredar un país enfermo. Que veían la política vieja, la de sus padres y sus amigos de apellidos largos, como una lepra que había que extirpar de raíz.

Creían en hacerlo mejor, en el mérito, en la oportunidad, en la igualdad… en el cambio. Y todo cambio necesitaba una sacudida. Algo que despertara a la nación, que la obligara a mirar lo que estaba podrido y desear, por fin, algo distinto.

Daniel creía eso con una fe casi religiosa. Destruir para construir. Quemar el decorado para que apareciera el mundo nuevo.

El viento de la madrugada subía desde el puerto, desordenándole el cabello. Traía olor a sal y combustible.

Miró el cronómetro en la pantalla de su teléfono. Faltaban tres minutos.

A su lado, Benjamín ajustaba los binoculares con manos intactas, ajenas a cualquier trabajo que dejara marca. Eran los hijos de la élite corrigiendo el error de sus padres. Los descendientes del sistema que venían a salvar al sistema de sí mismo.

La detonación sería controlada. Los ingenieros del grupo la habían calculado tres veces. Dos años de estudio bastaban para decidir cómo debía caer el ala administrativa del Congreso. Sin víctimas ni mártires. Solo un mensaje elegante y devastador: el viejo orden debía arder.

—Es hora —susurró Benjamín.

Daniel apoyó el pulgar sobre el detonador. El anillo de su madre resplandeció sobre su dedo recordándole un instante sus palabras, el modo en que le susurraba que el mundo debía cambiar, que él debía cambiarlo. En ese instante se sintió elegido. No un terrorista, ni menos un criminal, sino un instrumento histórico. Un dios a punto de lanzar un rayo. Arrogante. Brillante. Invencible.

Hasta que notó el desfase.

Aún no amanecía. La ciudad seguía funcionando con luces prestadas cuando un autobús aparecía por la calle lateral, la que debía estar desierta, estacionando justo frente a la entrada. Las puertas se abrieron y descendió una marea de rostros adormilados: personal de limpieza, empleados con carpetas bajo el brazo. Una mujer se inclinó para acomodarle el abrigo a una niña pequeña. Un hombre reía de un mal chiste, mientras cargaba unas cajas.

—Daniel, espera —dijo Benjamín, y por primera vez su voz no sonó segura—. El bus se adelantó. ¡Detenlo!

Daniel congeló el pulgar. Pero el mecanismo ya estaba en marcha. La señal ya había viajado.

El mundo no explotó con un estruendo, sino con un vacío que devoró el aire. Luego, el rugido.

El ala del edificio se infló como un pulmón en llamas antes de colapsar en una lluvia de concreto y polvo. Daniel no apartó la vista. Vio el autobús sacudido por la onda de choque. Vio el abrigo de la niña desaparecer bajo una montaña gris.

El silencio que siguió fue peor que la explosión. No hubo mensaje. No hubo despertar nacional. No hubo futuro nuevo.

Solo olor a ozono, a gas y a carne quemada.

Desde el puerto, una sirena respondió a las otras, despertando.

Daniel descendió del edificio con las piernas obedeciendo por inercia. Atravesó la calle y avanzó hacia los escombros, ignorando los gritos de Benjamín que le exigían huir. O los pasos de los otros, que salían de sus escondites, dispersándose.

Se detuvo frente a un fragmento de pared donde una mano emergía entre el polvo. Cerca, un zapato escolar, intacto y absurdamente pequeño.

Entonces, la voz de su padre, de la prensa, de la ley, se condensó en su cabeza escribiendo una sola palabra:

Escoria.

Una etiqueta sencilla, fácil de repetir. Monstruosa.

Ya no era Daniel Schultz, el dios del cambio. Ya no era el líder del Movimiento. Ya no era la cura.

Era el hombre que había apretado el botón.

Cuando las sirenas se multiplicaron y las luces rojas tiñeron el polvo, Daniel no corrió. Se arrodilló sobre los cristales rotos, entrelazó las manos detrás de la nuca y esperó, sin saber que sería la última decisión que tomaría en mucho tiempo.

Todo lo demás… lo escribiría el miedo.