PRÓLOGO - CENIZAS DE LUZ
La memoria del primer grito es un privilegio de los dioses, pero Erynn conserva el suyo como una cicatriz sonora que pulsa en los estratos más profundos de su alma. No fue el alarido inaugural que anuncia la vida al mundo, sino algo más ancestral: un lamento desgarrado desde las fisuras mismas de la realidad, donde las dimensiones se abrazan con la desesperación de amantes condenados y sangran secretos que la cordura no debería conocer.
Su cuna no fue de madera bendita ni brazos maternos perfumados con ternura. Fue un círculo de fuego negro que ardía hacia adentro, consumiendo no la carne tierna del recién nacido, sino la esperanza misma—esa sustancia etérea que mantiene cohesionado el tejido de lo posible. El dolor era profético: cada punzada anunciaba las heridas que el tiempo tallaría en su alma con la precisión de un cirujano cósmico que conoce la anatomía del sufrimiento.
Antes de que sus párpados se desplegaran como alas de mariposa destrozada por granizo, ya percibía el coro.
No las plegarias desesperadas de su madre—que susurraba a santos sordos mientras su sangre goteaba en tablones podridos de una aldea, cuyo nombre había sido borrado de los mapas con la meticulosidad de quien intenta erradicar un cáncer de la memoria colectiva. Tampoco los gritos metálicos de los cazadores del régimen, con sus máscaras de gas que los transformaban en pesadillas industriales y guantes que olían a óxido y miedo cristalizado.
Eran otras voces. Voces que brotaban desde las venas del mundo como savia venenosa, como si la Tierra guardara secretos demasiado obscenos para el silencio, demasiado vastos para la comprensión humana. Susurros que hablaban en idiomas anteriores al lenguaje, dialectos que existían cuando los dioses aún aprendían a mentir y el universo conservaba la inocencia perdida.
Una de ellas la marcó como suya.
No fue elección consciente ni accidente cruel. Fue inevitabilidad pura, como el cáncer que elige la célula más vulnerable, como los dioses antiguos que seleccionan sus víctimas propiciatorias para rituales que preceden a la invención del tiempo. La marca se instaló en su médula como un código genético alternativo, reescribiendo su biología fundamental para convertirla en puente entre lo que es y lo que nunca debería ser.
La primera vez que soñó, el sueño la violó.
Una puerta tallada en hueso de ballena ancestral, suspendida en un firmamento sin constelaciones—solo la textura oleosa de la nada absoluta que se extiende más allá de toda posibilidad de luz. Alrededor de ella flotaban ojos desencarnados: pupilas sin rostro, córneas sin párpados, iris que pulsaban con el ritmo hipnótico de un corazón cósmico que bombeaba sangre inexistente a través de venas hechas de vacío puro.
Cada ojo derramaba lágrimas de mercurio líquido que caían hacia arriba, desafiando no solo la gravedad sino toda lógica conocida, perdiéndose en el vacío hambriento que las absorbía como si fueran gotas de conocimiento prohibido.
La puerta se abrió.
No con bisagras oxidadas ni mecanismos comprensibles, sino como una herida que se desgarra en la epidermis de la realidad, revelando la carne cósmica que pulsa debajo de toda apariencia sólida. Lo que cruzó desde el otro lado no poseía forma que el cerebro humano pudiera procesar sin fragmentarse en astillas de cordura. Solo necesidad—necesidad concentrada hasta volverse sustancia, hasta adquirir peso y presencia.
Era el eco materializado de promesas hechas antes del primer amanecer, cuando los dioses aún no habían aprendido que algunas verdades deben permanecer ocultas para preservar la sanidad de sus creaciones.
Erynn despertó ahogándose en su propio grito.
A su alrededor, la cabaña se desintegraba—no en llamas comprensibles, sino en ausencia pura. Su madre se desvanecía entre las manos de figuras cuyas sonrisas habían sido cosidas con alambre de púas, hombres que habían renunciado a sus almas a cambio de la capacidad de existir en múltiples dimensiones simultáneamente. El mundo se inclinaba apenas un grado, lo suficiente para que la gravedad comenzara a fallar y todo lo conocido resbalara hacia el abismo que esperaba con paciencia geológica.
Y ella, con seis años grabados en hueso aún tierno, comprendió la verdad que quebraría su cordura como cristal sometido a frecuencias imposibles:
La puerta no había sido un sueño.
Había sido una invitación.
Y ella ya había aceptado cruzar el umbral.
En las ruinas humeantes de lo que una vez fue su hogar, mientras los ecos de la destrucción se disipaban como suspiros de dioses moribundos, algo nuevo comenzó a crecer en el espacio que había ocupado su inocencia. No era malevolencia pura ni bondad corrompida.
Era hambre.
Hambre de comprender. Hambre de transformar. Hambre de convertirse en el instrumento a través del cual lo imposible se volvería inevitable.
Porque algunas melodías, una vez escuchadas, establecen residencia permanente en el alma. Y algunas versiones de nosotros mismos, una vez reconocidas en el espejo de pesadillas cósmicas, no regresan al reino seguro de los sueños.
Permanecen esperando... Creciendo.
Preparándose para el momento en que el original ya no sea necesario, y la sombra pueda reclamar su lugar en el mundo de carne y hueso, sangre y lágrimas, amor y terror.
La historia que seguiría sería escrita en cenizas de luz—fragmentos de esperanza incinerada que aún conservan suficiente calor para quemar a quienes se atreven a tocarlas.


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