Capítulo 1. -Perdido

“Ven, dame una noche más; me duele que ya no estás”
Es de noche; a mi alrededor solo hay árboles y oscuridad, una bruma espesa que me hiela los huesos; estoy corriendo lo más rápido que puedo, pero mis pies ya se sienten cansados, las piernas me duelen. No sé cuánto más podré aguantar...
Un enorme lobo de pelaje negro y ojos completamente rojos llenos de ira viene tras de mí, cada vez más cerca; lágrimas resbalan por mis mejillas. Salió de entre los árboles; al principio me quedé parado observándolo, no sabía qué debería hacer. No fue hasta que se me lanzó encima gruñéndome que comencé a correr.
No sé cuánto tiempo ha pasado; incluso llego a pensar que solo estoy corriendo en círculos; el camino se hace más y más largo. Una luz se ilumina frente a mí, es cuando lo veo; paro de golpe y todo parece detenerse en ese instante, no escucho más al animal que venía persiguiéndome, pues lo único en lo que me concentro es en él, en sus ojos y su bella sonrisa; toda oscuridad es iluminada con su presencia. Cuando intento tocarlo, simplemente se desvanece.
En ese momento vuelvo a escuchar un gruñido, pero ahora muy cerca de mi oído; la bestia me ha alcanzado...
Despierto exaltado, respirando erráticamente; gotas de sudor resbalan por mi rostro, mi camisa está empapada. Volteo a todos lados, algo confundido; el reloj en mi mesa de noche marca las 8:35 am, diez minutos habían pasado desde que cerré los ojos intentando dormir.
Recuerdo la fecha13 de abril. Para muchos un día cualquiera, para mí el recordatorio de cuando morí en vida.
Una noche más sin poder dormir; ya nada funcionaba para poder calmar mi mente, ni los medicamentos, ni las drogas o el alcohol; cerrar los ojos significaba ser atormentado por todos los más oscuros recuerdos de mi memoria.
Guillermo: Escuché la voz de mi padre del otro lado de la puerta: “Hijo”.
—Lárgate —contesté.
No quería verlo nunca más; sin embargo, desde hace unos meses venía personalmente para asegurarse de que siguiera respirando. No volvió a llamarme ni escuché más ruido fuera de la habitación; supuse que se había ido como siempre. Me levanté sintiendo dolor en todo el cuerpo; durante días la pasaba tirado en la cama durmiendo o sufriendo los efectos de lo que consumía. Fui a darme un baño; el agua estaba helada; aun así, duré un buen rato sintiendo cómo recorría mi piel.
Hoy iría a verlo aunque no pudiera tocarlo, abrazarlo, sentirlo; no importaba, al menos podría verlo. Le llevaría orquídeas moradas, sus flores favoritas; seguro sonreiría al verlas.
Cuando salí dispuesto a irme, me topé con él ahí sentado observándome.
—Siéntate a comer algo —me ordenó; en el comedor se encontraban algunas charolas con comida.
Lo miré cansado; no tenía ganas de discutir con él, ya ni siquiera valía la pena seguirle guardando rencor.
—No tengo tiempo —dije sin emoción alguna.
Se paró frente a mí, impidiéndome el paso.
—¿Te has visto? —preguntó—. Te ves fatal, memo, no puedes seguir así, hijo, ya pasó un año, ya déjalo en paz, no va a regresar contigo jamás.
—Crees que no lo sé, cada puto día me lo recuerdo. —Las venas en mi cuello se saltaron por el enojo que comenzaba a sentir—. No necesito que nadie me lo venga a decir, mucho menos tú, pues te recuerdo que para mí tú estás muerto, dejaste de ser mi padre hace mucho tiempo. —Escupí con rabia.
No me respondió; simplemente me miró con lástima Era verdad que ya no quería guardarle rencor, pero eso no significaba que le perdonaría lo que había tenido que vivir por su culpa.
—Está bien —levantó las manos en rendición—. Me voy y no vendré más si es lo que deseas; hoy solo quería decirte que ya sé quién fue. —Se dirigió a la puerta—. Sabes dónde encontrarme, hijo.
Y se fue.
Flashback
Guillermo se despertó exaltado; había días en que alguna pesadilla se apoderaba de su sueño; por lo regular, eran sobre las personas que torturaba o la muerte de su madre. Está sudando, la cabeza le da mil vueltas y el corazón le late como si acabara de correr una milla.
Está sentado en la orilla de la cama mirando hacia fuera de la ventana, recordando ese sueño cruel; una cálida mano se coloca en su hombro y brinca asustado, voltea encontrándose con aquellos ojos color avellana, adormilados.
—¿Pesadilla? —pregunta Sebas con su voz tan dulce; a Memo le causa tanta ternura aquella imagen e inmediatamente su expresión cambia.
—Algo así —responde con voz ronca.
Unos brazos se enredan en su torso y un beso es depositado con dulzura sobre su hombro.
-Cuando era pequeño le tenía miedo al monstruo debajo de la cama, siempre tenía pesadillas. Mi mamá, al escucharme llorar, venía para abrazarme —le cuenta—, me acostaba sobre su pecho y cantaba una canción que me ayudaba para volver a dormir; siempre funcionó.
Sebas se separa recargándose en la cabecera de la cama, extiende sus brazos y le dedica una mirada llena de amor, una clara invitación para que memo se acurruque en su pecho.
El más alto sonríe y, sin objeción, se recuesta en aquella calidez, escuchando los latidos de su ángel.
—Duerme, mi niño, descansa en mis brazos; dentro de ellos nada malo sucederá —comenzó Sebastián a cantar—. Yo te cuido y velo tu sueño; quien te quiera dañar a mí se enfrentará.
Cómo duele que tú ya no estés aquí conmigo... cómo olvidar esos labios, me siento perdido.