El Peso Del Aire by Elbuscado1 at Inkitt
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El Peso del Aire

Summary

Satoru x Makima.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo Único

El pasillo de la preparatoria olía a desinfectante barato y a hierro. Satoru Gojo estaba sentado en el suelo, de espaldas a la pared de los casilleros, con una bolsa de hielo presionada contra su mandíbula. Tenía el labio partido y los nudillos de la mano derecha en carne viva. A sus diecisiete años, ya medía casi un metro noventa, y verle así, derrotado físicamente pero con esa sonrisa estúpida y sobrada, era una imagen irritante.

Makima apareció al final del pasillo. No caminaba rápido, pero el sonido de sus zapatos escolares contra el linóleo era constante y rítmico. Se detuvo frente a él. Satoru levantó la vista y sus ojos azules, sin las gafas oscuras que solía llevar para ignorar al mundo, brillaron con una intensidad maníaca.

—Llegas tarde —dijo Satoru. Su voz sonaba pastosa por la hinchazón.

—Podría no haber venido —respondió Makima. Sus ojos ámbar recorrieron el daño en el rostro del chico—. Tres contra uno. Ganaste, pero pareces un desastre.—

—Eran cuatro —corrigió él, escupiendo un poco de sangre a un lado—. El último intentó correr. No llegó lejos. (ese era Gege)

Makima se arrodilló frente a él. No lo hizo con compasión, sino con la precisión de un examinador. Estiró la mano y, con sus dedos delgados, obligó a Satoru a girar la cara para ver mejor la herida de su mejilla. Él no se resistió. Solo ella podía tocarlo sin que él reaccionara con un golpe defensivo.

—El director llamó a tu casa —dijo ella, soltándole la cara. —Tu padre dijo que ya no sabe qué hacer contigo. Esta vez no habrá dinero que limpie el expediente. Te van a expulsar, Satoru.

—Que lo hagan. Este lugar es una basura de todos modos. Todos aquí son unos mediocres.—

—Tú también eres mediocre si lo único que sabes hacer es usar los puños cuando te aburres.— sentenció Makima. Su voz era plana, desprovista de la calidez que se espera de una adolescente. —Estás desperdiciando tu posición. Podrías tener a toda esta escuela en la palma de tu mano sin necesidad de sudar. Pero prefieres esto. El lodo. La sangre.—

Satoru soltó una carcajada seca que terminó en una mueca de dolor.

—¿Y qué quieres? ¿Que sea como tú? ¿Que manipule a todos con sonrisas y palabras suaves mientras les pones la correa? No soy un político, Makima.—

—No. Eres un perro rabioso —ella se levantó, limpiándose el polvo inexistente de la falda. —Y los perros rabiosos terminan durmiendo en la calle.—

Satoru dejó caer la bolsa de hielo. Se puso en pie de un salto, ignorando el mareo por la posible conmoción cerebral. Se acercó a ella hasta que sus pechos casi se tocaban. La diferencia de altura era evidente, pero Makima no retrocedió ni un centímetro, ni parpadeó.

—Me importa un carajo eso.— dijo él, bajando el tono, su aliento oliendo a cobre. —Y ahora mismo, lo único que quiero es que dejes de hablarme como si fueras mi madre.—

—Te hablo como la única persona que no te tiene miedo.— respondió ella. —Y eso es lo que te jode, ¿verdad? Que no puedes intimidarme. Que no puedes deslumbrarme con tus ojos ni con tu apellido.—

Satoru apretó los dientes. La tensión entre ambos era casi física, un cable de acero a punto de romperse. Él estiró la mano y le apretó el hombro. Sus dedos dejaron marcas rojas sobre la tela blanca de la camisa de ella.

—A veces quiero romperte.— susurró Satoru.

—Inténtalo —desafió Makima—. Pero sabes que si lo haces, te quedarás solo de verdad. Y tienes pavor a la soledad.

El silencio que siguió fue denso. Satoru soltó su hombro. El fuego que lo quemaba por dentro parecía extinguirse de golpe, dejando solo una ceniza fría. Se pasó la mano por el pelo blanco, alborotándolo más.

—Vámonos de aquí —dijo él, rindiéndose.

Salieron del edificio por la puerta trasera, evitando las cámaras. Caminaron por las calles laterales hasta llegar a un edificio de apartamentos a medio construir, un lugar donde solían esconderse cuando el mundo real se volvía demasiado ruidoso. Subieron hasta el último piso, donde las paredes aún eran de concreto desnudo y las ventanas eran solo huecos abiertos al cielo gris de la tarde.

Satoru se sentó en el borde, con las piernas colgando hacia el vacío. Makima se quedó de pie a unos metros, observando el horizonte urbano.

—¿Por qué sigues viniendo cuando te llamo? —preguntó Satoru sin mirarla.

—Porque eres necesario —dijo ella—. Un mundo sin alguien como tú es aburrido. Pero necesitas dirección. Necesitas un propósito que no sea pelearte con idiotas en un callejón.—

—Tú quieres ser ese propósito.—

—Yo voy a ser quien te mantenga cuerdo cuando te des cuenta de que el mundo no te pertenece solo porque eres tú.—

Satoru se levantó y caminó hacia ella. Su rostro todavía estaba manchado de sangre seca. Se detuvo justo frente a ella. Había algo diferente en su mirada; la arrogancia se había transformado en una necesidad cruda, algo primitivo y directo.

—No quiero dirección ahora —dijo él. —Solo quiero silencio.—

Él la rodeó con los brazos, tal como en la imagen. No fue un abrazo tierno. Fue un agarre firme, casi desesperado. Hundió la cara en el hueco entre el cuello y el hombro de Makima, respirando el aroma a jabón neutro y algo metálico que siempre parecía rodearla. Ella se quedó rígida un segundo antes de subir sus manos y rodearle la espalda.

Makima apoyó la cabeza contra la de él. Satoru sentía el latido del corazón de ella contra su pecho, un ritmo constante, imperturbable, como una máquina perfecta.

—Estás temblando —notó ella en voz baja.

—Cállate —gruñó él, apretándola más.

Se quedaron así durante varios minutos. El viento frío entraba por los huecos del edificio, pero entre ellos había un calor sofocante. Era el único momento en que Satoru bajaba la guardia, el único momento en que la máscara de "el más fuerte" se agrietaba. Y para Makima, era el único momento en que poseía algo que el resto del mundo ni siquiera podía ver.

Satoru se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para verle los ojos. Makima lo miraba con esa calma que siempre lo desarmaba. No había juicio en sus ojos, solo una aceptación fría de lo que eran.

—Dime que no te vas a ir —pidió Satoru. Su voz ya no era la de un matón de instituto, sino la de alguien que se asoma a un abismo.

—No me voy a ir, Satoru. Tenemos mucho que hacer todavía.

Él no esperó más. Acortó la distancia y la besó.

Fue un beso violento al principio, con el sabor amargo de la sangre de su labio roto mezclándose con el sabor neutro de ella. No hubo suavidad. Satoru la besaba con una urgencia que rayaba en la agresión, como si intentara arrebatarle esa calma que ella poseía. Sus manos subieron a la cara de Makima, sujetándola con fuerza, sus pulgares presionando sus pómulos.

Makima respondió abriendo la boca, dejando que él invadiera su espacio. No se dejó amedrentar por la fuerza de Satoru; en lugar de eso, enredó sus dedos en el cabello blanco de la nuca de él y tiró hacia abajo, obligándolo a profundizar el contacto. El beso se volvió más lento, más pesado. Era una lucha de voluntades expresada a través de los labios y las lenguas.

Cuando finalmente se separaron, ambos estaban respirando con dificultad. Un hilo de saliva y sangre los unía por un segundo antes de romperse.

Satoru la miró, con los ojos nublados por el deseo y algo que se parecía sospechosamente a la devoción. Makima pasó el pulgar por sus propios labios, limpiando la sangre de Satoru que ahora la manchaba a ella también.

—Ahora —dijo Makima, con una sonrisa pequeña y gélida que no llegaba a sus ojos—, límpiate la cara. Tenemos clase mañana.

Satoru soltó un suspiro largo, su cuerpo finalmente relajado.

—Sí, jefa.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida, pero esta vez, caminaba un poco más derecho. Makima se quedó un momento atrás, mirando sus propias manos. Todavía sentía el calor de la piel de Satoru. No era amor en el sentido tradicional, era algo más oscuro, un pacto de sangre en una ciudad de cemento.

Caminó tras él, sabiendo que, desde ese momento, lo tenía exactamente donde quería.

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