Fuerza Bruta Y Sangre Azul Cultivada by Elbuscado1 at Inkitt
Customize readability
Aa

Fuerza Bruta y Sangre Azul Cultivada

All Rights Reserved ©

Summary

Satoru Gojo es un hombre acostumbrado a tener el control, a ser el más fuerte y a que nadie pueda tocarlo. Bakhar es una fuerza de la naturaleza cuya disciplina y físico imponente no dejan espacio para los juegos de un heredero arrogante. En la penumbra de un gimnasio exclusivo tras la hora de cierre, la tensión acumulada durante meses estalla en un choque de cuerpos, sudor y dominación. Lo que empieza como un desafío físico termina en una entrega absoluta donde Gojo no solo busca reclamar el impresionante cuerpo de Bakhar, sino dejar en ella una marca permanente que ni el entrenamiento más duro podrá borrar.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Las luces LED del gimnasio "Limitless" zumbaban en un tono azul gélido, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de caucho negro. Eran las dos de la mañana. El aire estaba viciado, cargado con ese olor metálico a hierro y el rastro persistente del sudor de quienes habían pasado el día intentando superar sus límites. Pero ahora, el silencio solo era interrumpido por el rítmico golpe de una polea.

Satoru Gojo estaba apoyado contra una de las columnas de acero, con los brazos cruzados sobre su pecho cubierto por una camiseta técnica negra que se ajustaba a sus hombros anchos. Sus ojos, de un azul eléctrico que parecía brillar incluso en la penumbra, no se despegaban de la mujer que tenía delante.

Bakhar estaba de espaldas a él, terminando su última serie de sentadillas con un peso que haría crujir los huesos de cualquier hombre común. Llevaba unos shorts de lycra gris tan extremadamente cortos y ajustados que eran poco más que una segunda piel, desapareciendo entre la hendidura de sus nalgas con cada descenso. El tejido estaba al límite, estirado sobre unas nalgas que desafiaban las leyes de la anatomía, duros como el mármol y surcados por venas que delataban la presión de la sangre. Sus piernas, famosas por su volumen brutal, temblaban ligeramente bajo el esfuerzo, y los tatuajes de sus brazos se retorcían con cada movimiento.

—Sabes que el gimnasio cerró hace una hora, ¿verdad? —soltó Satoru con su voz arrastrada, con esa arrogancia juguetona que siempre lograba irritarla.

Bakhar soltó la barra sobre el soporte con un estruendo metálico que resonó en todo el recinto. Se dio la vuelta lentamente, jadeando. Su pecho subían y bajaban con fuerza, el sudor le corría por las tetas, perdiéndose en la tela empapada de su camisa gris.

—Tú también estás aquí, Gojo.— respondió ella, limpiándose la frente con el anteverso de la mano tatuada. —Y no te veo entrenando. Solo mirando. Como un pervertido.—

Satoru soltó una risa seca y se separó de la columna, caminando hacia ella con la elegancia de un depredador que sabe que no tiene competencia. Se detuvo a escasos centímetros, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. La diferencia de altura era evidente, pero la presencia física de Bakhar compensaba cualquier centímetro.

—Miro lo que vale la pena mirar —dijo él, bajando la vista deliberadamente hacia el cuerpo de ella. —Ese culo debería ser ilegal, Bakhar. Es un insulto para cualquiera que crea que se esfuerza en este lugar.—

La tensión entre ambos era casi sólida, una corriente eléctrica que hacía que el vello de los brazos se erizara. No era la primera vez que se medían, pero esta noche el aire se sentía distinto, más pesado. Bakhar no retrocedió. Al contrario, dio un paso al frente, chocando sus tetas sudorosas contra el pecho de Satoru.

—¿Te intimida? —desafió ella con una sonrisa ladeada.

Satoru no respondió con palabras. Sus ojos se oscurecieron, perdiendo parte de esa luz traviesa para dar paso a un deseo crudo y hambriento. Sin previo aviso, se dejó caer sobre sus rodillas frente a ella, arrodillado sobre el suelo frío, Gojo quedó a la altura perfecta. Sus manos, grandes y de dedos largos, se cerraron de inmediato sobre las nalgas de Bakhar. El movimiento fue tan fluido y repentino que Bakhar soltó un pequeño jadeo de sorpresa, pero no se movió. El contacto fue eléctrico. La lycra gris se sentía caliente y húmeda bajo sus palmas. Satoru apretó con fuerza, hundiendo sus dedos en la carne densa y muscular. No eran nalgas blandas; eran puro músculo entrenado al extremo, con una resistencia que solo lo incitó más.

—Es increíble... —susurró Satoru, su aliento caliente golpeando el abdomen definido de ella. —Son tan duros que parece que vas a romper mis dedos mágicos si aprietas demasiado.—

Bakhar echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido ronco mientras sentía las manos de Satoru amasando su culo con una posesividad brutal. Él sacó su teléfono del bolsillo con una mano, mientras con la otra seguía tironeando de su carne. La luz del flash estalló en la penumbra del gimnasio, capturando la imagen: él, el hombre más deseado de la ciudad, arrodillado ante ella, con sus manos enterradas en su trasero monumental.

—Voy a guardar esto.— dijo Satoru con voz ronca, tomando otra foto desde un ángulo lateral donde se veía cómo el short desaparecía por completo entre sus mejillas musculosas. —Para recordarme por qué no puedo dormir por las noches.—

Guardó el teléfono y volvió a centrarse en ella, pegó la cara a su pelvis, inhalando el olor a sudor, piel y esfuerzo. Satoru no perdió tiempo; abrió la boca y lamió la tela gris justo en la línea donde se unían sus nalgas, sintiendo el sabor salado y el calor que emanaba de ella. Bakhar enterró sus manos en el cabello blanco de Satoru, tirando con fuerza, pero él solo se hundió más.

Comenzó a besar cada centímetro de sus muslos internos y la base de sus nalgas, dejando marcas húmedas sobre la lycra. Sus manos no paraban de jugar, le bajó los shorts con todo y pantaletas, separando las mejillas de su culo para exponer el centro de su calor.

—Ábrete para mí.— ordenó él contra su piel.

Bakhar obedeció, separando sus potentes piernas. Satoru aprovechó el espacio y, con una destreza que delataba su falta de escrúpulos, deslizó dos dedos por debajo de la tela del short, buscando directamente su vagina.

El contacto directo fue un choque térmico. Ella estaba ardiendo, empapada no solo de sudor, sino de un deseo que la había estado consumiendo durante semanas de provocaciones. Satoru encontró su clítoris con el pulgar mientras sus otros dedos se deslizaban dentro de su vagina, apretada y húmeda.

—Dios, Bakhar... estás chorreando.— gruñó Satoru, acelerando el ritmo de sus dedos.

Él levantó la vista mientras la penetraba con los dedos, observando cómo el rostro de la mujer se transformaba por el placer. Sus tetas se sacudían con cada movimiento de su mano, y el contraste de su piel tatuada con la palidez de Gojo era una visión que lo estaba volviendo loco. Él volvió a lamerla, esta vez quitándole sus shorts para meter la lengua por debajo, queriendo saborear su vagina mientras sus dedos seguían trabajando dentro de ella.

Bakhar se aferraba a sus hombros, sintiendo cómo sus potentes piernas flaqueaban por primera vez en toda la noche. Satoru era implacable. Sus dedos se movían con una precisión quirúrgica, estirando su entrada, mientras sus labios y lengua se centraban en la piel de sus nalgas, mordisqueando y lamiendo con una voracidad animal.

—Mírame.— ordenó Satoru, deteniendo el movimiento de sus dedos por un segundo, aunque los mantuvo enterrados profundamente en ella.

Bakhar bajó la mirada, con los ojos nublados por la lujuria. Vio a Satoru Gojo, el hombre que siempre parecía estar por encima de todo, cubierto por su sudor, con la mano desapareciendo entre sus piernas y una expresión de pura devoción carnal en el rostro.

—No hemos terminado.— dijo él, con su voz vibrando contra su entrepierna. —Esto es solo el calentamiento.—

Satoru retiró los dedos lentamente, disfrutando del sonido de succión que hizo la humedad al abandonar su vagina. Se puso de pie con una lentitud exasperante, sin dejar de apretar su culo con ambas manos, pegando su cuerpo al de ella hasta que Bakhar pudo sentir la dureza de su erección presionando contra su vientre.

Ella le devolvió la mirada, con el pecho agitado y los labios entreabiertos. Sabía que esto no se detendría en unos juegos en el suelo del gimnasio. La noche era joven, el edificio estaba vacío y la tensión que los había mantenido en guerra durante meses acababa de estallar de la forma más cruda posible.

—Entonces, muéstrame de qué eres capaz, Gojo.— susurró ella, desafiante incluso mientras temblaba.

Satoru sonrió, una expresión peligrosa, la tomó de la cintura, levantándola como si sus músculos de acero no pesaran nada, y la sentó sobre el banco de pesas más cercano, abriendo sus piernas de par en par.

Satoru Gojo, con una sonrisa que era mitad burla y mitad promesa de perdición, no perdió el tiempo después de sentarla en aquel banco de pesas. Sus manos, que momentos antes habían estado jugando con la lycra gris, ahora se movían con una urgencia eléctrica para deshacerse de lo que quedaba de ropa.

Satoru se quitó la camiseta técnica de un solo tirón, revelando un torso de una palidez casi irreal, esculpido con la precisión de una estatua renacentista, con músculos largos y funcionales que se tensaban con cada respiración. Bakhar, por su parte, no esperó a que él la desnudara. Con movimientos bruscos, cargados de una impaciencia animal, se deshizo de la camisa y del top que aprisionaba sus tetas y pateó los shorts de lycra lejos, hacia la oscuridad de las máquinas de cardio.

Cuando finalmente quedaron totalmente desnudos bajo la iluminación LED, el contraste era una obra de arte erótica. Gojo era alto, estilizado y de una elegancia letal; Bakhar era una oda a la fuerza física, una mujer cuya piel estaba tatuada y cuyos músculos estaban tan definidos que cada fibra parecía vibrar. Sus tetas eran firmes, coronadas por pezones que apuntaban al techo, y su culo ahora libre de toda tela, era una visión monumental de curvas sólidas y redondeadas que se fundían en sus muslos poderosos.

Empezaron a besarse, sintiendo los labios de ambos moverse con armonía, mientras sus tetas se aplastaban en el abdomen de él, Satoru la levanto, estando él de pie, y sin decir una palabra, la condujo hacia la pared de espejos que cubría todo el lateral del gimnasio. La empujó suavemente, pero con firmeza, obligándola a apoyar las palmas de las manos contra el cristal frío. El contacto del vidrio helado contra la piel ardiente de Bakhar le sacó un jadeo profundo.

—Mírate, Bakhar.— susurró Gojo al oído de ella, pegando su pecho a su espalda. —Mira cómo brillas.—

Él se situó detrás de ella. En el reflejo, Bakhar podía ver la mirada azul de Satoru fija en su culo. Él bajó la vista hacia su propia entrepierna, que ya no ocultaba nada. El pene de Satoru era imponente: largo, grueso y venoso, con un glande rosado y húmedo que brillaba bajo la luz blanca. Era el arma de un hombre que sabía exactamente cómo usarla.

Gojo agarró las nalgas de Bakhar con una fuerza que rozaba el dolor, hundiendo sus dedos en la carne dura y muscular, separándolas para exponer su vagina, estaba roja, palpitante y tan empapada que una gota de deseo resbaló por su entrepierna, dejando un rastro brillante en el espejo justo debajo de ella.

—Estás tan abierta para mí...— gruñó Satoru.

Sin más preámbulos, Gojo se posicionó. Apoyó la punta de su glande rosado contra la entrada y, con un empuje seco y brutal, se hundió en ella hasta la raíz.

—¡Ahhh! —el grito de Bakhar fue un estallido de placer y dolor que rebotó en las paredes metálicas. Sus manos se resbalaron por el espejo, dejando marcas de sudor y desesperación mientras sentía cómo el enorme miembro de Satoru la estiraba al límite, llenándola de una forma que nadie más podría.

*Plap.*

Ese fue el primer sonido, el impacto seco de la pelvis de Satoru contra el culo de Bakhar. Y luego vino el ritmo constante. Gojo no tuvo piedad. Empezó a cogérsela desde atrás con una fuerza devastadora, usando su altura para clavar cada embestida lo más profundo posible.

*Plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap-plap*

El sonido de la carne chocando contra la carne era rítmico, crudo y obsceno. Cada vez que Satoru la penetraba, el cuerpo de Bakhar se estrellaba contra el espejo. Sus tetas se sacudían violentamente, golpeando el cristal, y sus gemidos se convirtieron en jadeos roncos, casi guturales.

—¡Más... Satoru, más… aahhh! —rogaron los labios de ella, mientras su rostro se hundía contra el espejo, empañando el vidrio con su respiración agitada.

—¿Quieres más? —Gojo soltó una carcajada ronca, agarrándola por el cabello de la nuca para obligarla a mirar su reflejo—. ¡Mira cómo te estoy abriendo, Bakhar! Mira cómo mi verga te destroza.—

Él no se detenía. La velocidad aumentó, y con ella, los ruidos del sexo se volvieron ensordecedores en el silencio del gimnasio. El chasquido húmedo de sus genitales encontrándose, el roce de la piel sudada, los quejidos de madera del banco cercano que vibraba con el impacto de sus cuerpos. Satoru era una máquina, su pene grande y venoso entraba y salía de ella, desapareciendo por completo en el calor de su vagina antes de volver a salir, arrastrando hilos de jugos vaginales y saliva.

Bakhar estaba fuera de sí. El poder físico de Satoru, la forma en que la manejaba como si fuera de juguete a pesar de su propia musculatura, la estaba llevando al borde de un abismo. Sentía el glande rosado de él golpeando su cuello uterino con cada estocada, una sensación tan intensa que veía estrellas detrás de sus párpados cerrados.

—Me vas a romper... Ahhh.— gemía ella, arqueando la espalda, lo que permitía que Gojo se hundiera aún más profundo en su culo. —¡Dios, me la estás metiendo tan adentro!—

Satoru bajó una mano para apretar una de sus tetas, retorciendo el pezón con saña mientras seguía embistiendo con la misma fuerza bruta. La otra mano permanecía anclada en su cadera, dejando moretones que serían trofeos al día siguiente. El sudor volaba entre ellos, mezclándose en una sola capa resbaladiza que hacía que cada movimiento fuera un deslizamiento de puro fuego.

*Slap, slap, slap, slap, slap, slap, slap*

El ritmo era frenético. Satoru ya no jugaba; estaba reclamando cada centímetro de ella. Sus ojos azules estaban fijos en el punto donde su cuerpo se unía al de ella, viendo cómo su carne se estiraba para acomodar su tamaño. La visión de Bakhar, esa mujer poderosa y dominante, reducida a un manojo de nervios y espasmos bajo su mando, le daba un placer superior a cualquier otra cosa.

—No voy a parar hasta que no puedas ni caminar.— le dijo Gojo al oído, dándole un mordisco salvaje en el hombro tatuado.

Bakhar soltó un alarido cuando sintió que un orgasmo violento empezaba a recorrer sus piernas, haciendo que sus músculos se tensaran hasta el punto de la calambre. Sus nalgas se apretaron involuntariamente alrededor del pene de Satoru, atrapándolo en una presión asfixiante que casi lo hizo venirse en ese mismo instante.

—¡Aaaggg. Eso es… apriétame…! —gruñó él, acelerando aún más, sus caderas moviéndose en un desenfoque de potencia pura.

El espejo frente a ellos estaba ahora completamente empañado por el calor de sus cuerpos. Bakhar apenas podía ver su propio reflejo, solo sombras de carne y movimiento, pero el sonido era inconfundible. Un eco de lujuria desatada, de dos fuerzas de la naturaleza chocando en el único lenguaje que entendían esa noche.

Satoru dio tres estocadas finales, tan profundas y cargadas de fuerza que Bakhar sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Él se detuvo justo antes del final, manteniéndose enterrado profundamente dentro de ella, sintiendo cómo las paredes de su vagina sufrían espasmos alrededor de su miembro latente.

Ambos se quedaron así por un momento, jadeando, con el pecho de Satoru subiendo y bajando contra la espalda sudada de Bakhar. El silencio volvió al gimnasio, pero era un silencio cargado, pesado, como la calma antes de una nueva tormenta.

Gojo le dio un beso lento en la nuca, su mano aún apretando su culo con posesividad.

—Aún nos queda mucha noche para seguir cogiendo, Bakhar.— susurró, y ella supo, por la forma en que él todavía se sentía dentro de ella, que aquello era solo el principio de algo que no terminaría pronto.

La miró a través del espejo empañado, y en esa mirada azul.

Satoru Gojo, con su habitual aire de superioridad ahora transformado en una lujuria depredadora, se alejo de Bakhar para quedar sentado en el extremo del banco de pesas, con sus largas piernas extendidas y su espalda apoyada ligeramente. Su pene, esa columna de carne venosa y pulsante con el glande rosado y húmedo, apuntaba directamente al techo. Bakhar lo estaba viendo desde donde estaba, y sin esperar invitación, se colocó a horcajadas sobre él, mirándolo de frente. Sus manos tatuadas se apoyaron en los hombros anchos de Satoru, y sus potentes piernas rodearon su cintura.

Lentamente, Bakhar se dejó caer sobre su pene. El glande de Satoru encontró la entrada de su vagina y, con un suspiro que fue mitad placer y mitad alivio, ella lo devoró por completo. Satoru soltó un gruñido profundo cuando sintió el calor asfixiante de Bakhar rodeándolo. Ella comenzó a subir y bajar, usando la fuerza hercúlea de sus cuádriceps para marcar un ritmo implacable. Sus tetas firmes y pesadas se sacudían frente a los ojos de Gojo, con los pezones rozando su pecho.

—Mírate... —jadeó Satoru, agarrando sus nalgas con una fuerza que dejaría marcas. —Eres una maldita fuerza de la naturaleza.—

Bakhar echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello sudado. Sus nalgas chocaban rítmicamente contra los muslos de Satoru, produciendo un sonido húmedo y carnoso: *plap, plap, plap, plap, plap, plap, plap, plap, plap,*. Ella no solo se movía; ella lo cabalgaba como si quisiera domarlo, apretando su vagina alrededor de él con cada descenso, sintiendo cómo el miembro de Satoru golpeaba su fondo con una precisión que la hacía ver estrellas.

Sin salir de él, Bakhar giró sobre sus rodillas hasta quedar de espaldas a Satoru. Esta posición le dio a Gojo una vista privilegiada de su culo monumental. En el reflejo del espejo empañado, Satoru veía cómo su pene desaparecía y reaparecía entre las mejillas musculosas de ella.

Bakhar se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos en el suelo de caucho, elevando sus nalgas hacia el techo. En esta posición, Satoru podía penetrarla mucho más profundo. Él agarró su cintura, guiando sus caderas con una violencia creciente. El sonido del sexo se volvió más obsceno; el chasquido de la lubricación mezclada con el sudor resonaba en el vacío del gimnasio.

*plap, plap, plap, plap, plap, plap, plap, plap, plap,*.

—Tu vagina… es tan estrecha... parece que me vas… a arrancar la piel.— gruñó Satoru, hundiendo su cara entre los omóplatos de ella, lamiendo el sudor de su espalda mientras sus caderas no dejaban de martillear contra su culo.

Satoru la puso en pie con un movimiento brusco y la llevó hacia el rack de sentadillas. La obligó a sujetarse de la barra de acero cargada de discos, que estaba a la altura de sus hombros. Bakhar se inclinó, ofreciéndole su culo de nuevo. Gojo se colocó detrás, su pecho contra su espalda, y la penetró desde atrás con un empuje seco que hizo que la barra vibrara.

—¡Ahhh, Satoru! —el grito de Bakhar fue un eco de pura agonía placentera.

Satoru la sujetó por las caderas, usando el rack como apoyo para embestir con una fuerza que parecía querer atravesarla. Cada golpe era sordo y potente. El pene de Gojo, largo y con ese glande rosado brillando por la humedad, entraba y salía de su vagina con una cadencia animal. Las nalgas de Bakhar se sacudían como gelatina sólida bajo el impacto, y el sonido de la carne chocando contra la carne —*clack, slap, slap…*— se mezclaba con el tintineo de los discos de hierro.

Colocándola de vuelta al suelo, Satoru la tumbó sobre una de las colchonetas de estiramiento. Sin darle respiro, levantó las potentes piernas de Bakhar y las apoyó sobre sus hombros. En esta posición, la pelvis de ella quedó totalmente expuesta y elevada. Satoru se arrodilló entre sus muslos, mirando con fascinación cómo su vagina estaba roja y abierta, suplicando por más.

Él entró de un solo golpe, buscando el cuello uterino de Bakhar. Ella soltó un gemido que terminó en un jadeo ronco. Con sus piernas sobre los hombros de Satoru, él tenía el control total. Podía ver cómo sus tetas caían hacia los lados y cómo su vientre se hundía con cada estocada.

—Dime de quién es este culote, Bakhar.— exigió Satoru, aumentando la velocidad hasta que sus cuerpos eran un borrón de movimiento.

—Es tuyo... ¡es todo tuyo, maldito!— respondió ella, con las uñas enterradas en el suelo mientras su cuerpo se arqueaba bajo el peso y la potencia de Gojo.

Satoru la obligó a ponerse a cuatro patas sobre la colchoneta. Él se mantuvo de pie detrás de ella, aprovechando su altura para dominarla por completo. Agarró sus manos y las llevó hacia atrás, inmovilizándola mientras se la cogía con una furia renovada.

En esta posición, la penetración era total. El pene de Satoru golpeaba las paredes de su vagina con una fricción que generaba un calor abrasador. Bakhar no dejaba de gemir, su voz estaba quebrándose mientras sus nalgas recibían el castigo de la pelvis de Satoru.

*Plap, plap, slap, plap, slap, plap, slap…*

—¡MÁS! ¡MÁS FUERTE! —gritaba ella, golpeando su frente contra la colchoneta, desesperada por la intensidad que Satoru le estaba entregando. Él no la defraudó; sus embestidas se volvieron tan rápidas que el sonido de los jugos vaginales salpicando el suelo era lo único que se oía además de sus respiraciones entrecortadas.

Finalmente, Satoru la giró una última vez, quedando él encima, atrapándola con su peso. Sus cuerpos estaban empapados, una sola masa de piel tatuada y pálida, músculo y deseo. Bakhar rodeó la cintura de Gojo con sus piernas, cruzando sus tobillos detrás de su espalda para no dejarlo escapar.

Satoru la miró fijamente a los ojos, su mirada azul encendida con un poder que iba más allá de lo humano. Comenzó a cogerla con una lentitud tortuosa, hundiéndose hasta el fondo, restregando su glande rosado contra el clítoris de ella en cada movimiento. La vagina de Bakhar estaba tan dilatada y sensible que cada roce era como una descarga eléctrica.

—Te voy a llenar, Bakhar —susurró él con una voz que era puro instinto. —Te voy a dejar marcada para siempre.—

Él aceleró de repente, un sprint final de pura potencia. Los cuerpos chocaban con una violencia tal que el eco parecía sacudir el edificio. Bakhar sintió que su orgasmo llegaba, un tsunami que nacía en su vientre y se extendía a cada fibra muscular. Satoru también estaba al límite. Sus venas se marcaron en su cuello y sus brazos mientras daba las últimas estocadas, brutales y profundas.

—¡Ahora! —rugió Satoru.

Con un último empuje que la clavó contra el suelo, Satoru se vino con una fuerza volcánica. Bakhar sintió el primer chorro de semen caliente impactando directamente contra su cuello uterino, seguido de otro, y otro más. Gojo se corrió con una abundancia irreal, llenando su vagina hasta que el líquido blanco comenzó a desbordarse por sus nalgas. Fue una descarga masiva, una semilla cargada con todo su poder.

En ese instante de conexión absoluta, algo cambió en el aire. No fue solo sexo. El poder de Satoru, su linaje y la fortaleza física de Bakhar se fusionaron en una explosión biológica silenciosa. Dentro del útero de Bakhar, la vida prendió de inmediato: no una, sino tres chispas de existencia comenzaron a formarse, tres niños que heredarían la fuerza de su madre y la mirada infinita de su padre.

Satoru se desplomó sobre ella, todavía enterrado profundamente, sintiendo los espasmos de la vagina de Bakhar abrazando su miembro mientras el semen seguía fluyendo. Ambos quedaron en silencio, el único sonido era el de sus corazones latiendo al unísono en la penumbra del gimnasio, mientras el destino de ambos quedaba sellado por esa semilla que ya empezaba a crecer.

El silencio que siguió a la tormenta en el gimnasio "Limitless" solo estaba roto por el siseo del aire acondicionado y el sonido de dos respiraciones pesadas tratando de recuperar el ritmo. Satoru seguía sobre ella, con la frente apoyada en el hombro sudado de Bakhar, sintiendo cómo el calor de su propio semen aún palpitaba dentro de la vagina de la mujer.

De repente, Gojo soltó una risita ahogada que vibró contra la piel de ella. Se separó lentamente, con un sonido húmedo que hizo que Bakhar soltara un bufido de agotamiento. El líquido blanco y espeso comenzó a deslizarse por los muslos de acero de la atleta, manchando la colchoneta negra.

—¿De qué te ríes, idiota? —logró decir Bakhar, aunque su voz sonaba como si hubiera tragado lija. Estaba desparramada, con las piernas aún abiertas y los músculos de sus nalgas temblando por el esfuerzo de haber sostenido las embestidas de Satoru.

Satoru se sentó sobre sus talones, totalmente desnudo, pasándose una mano por el cabello blanco revuelto. Sus ojos azules brillaban con una claridad que daba miedo.

—Nada, es solo que... tengo un presentimiento.— dijo él, ensanchando su sonrisa. —Y mis presentimientos suelen ser estadísticamente infalibles. Acabo de lanzarte una carga que podría repoblar una ciudad pequeña, Bakhar.—

Ella rodó los ojos y trató de incorporarse, pero sus abdominales, usualmente duros como rocas, se sintieron como gelatina. Terminó dándose la vuelta para quedar a cuatro patas, una posición que Satoru aprovechó de inmediato. Sin previo aviso, él se acercó y volvió a atrapar sus nalgas con ambas manos, apretándolas con un entusiasmo renovado.

—¡Oye! ¡Ya tuvimos suficiente! —protestó ella, aunque no hizo nada por quitarlo.

—Nunca es suficiente con este presioso culo que tienes.—murmuró Gojo, inclinándose para plantar un beso sonoro y húmedo justo en la mejilla izquierda de su culo. —Es más, estoy seguro de que lo que acaba de pasar ahí dentro ha sido... eficiente. Muy eficiente. Apuesto lo que quieras a que ahora mismo hay tres pequeños "Gojos" peleándose por ver quién hereda mis ojos y tus piernas.

Bakhar se congeló, girando el cuello para mirarlo con incredulidad.

—¿Tres? ¿Estás loco? Ni siquiera hemos hablado de usar protección y tú ya estás contando cuántos pañales vamos a comprar. Además, ¿tres? Mi útero es un gimnasio de alto rendimiento, no un jardín de infancia de tiempo completo.

Satoru soltó una carcajada mientras miraba el rastro de su semen que se escapaba de la vagina de ella, y bajaba por el pliegue de sus nalgas. Lo hizo con una parsimonia irritante, como si estuviera disfrutando de una película.

—Piénsalo, Bakhar. Tres. Un equipo completo. Podríamos entrenarlos para que dominen el mundo antes de que aprendan a caminar.— Satoru volvió a besar sus nalgas, esta vez mordisqueando la carne firme con cuidado. —Imagínatelo: tres bebés con tu fuerza bruta y mi carisma infinito. Sería el fin de la paz mundial tal como la conocemos. El mundo no está preparado para tanto músculo y tanta belleza en miniatura.—

Bakhar soltó un suspiro largo, dejando que su cabeza colgara mientras Satoru seguía jugando con su culo como si fuera su juguete favorito.

—Si realmente hay tres ahí dentro por culpa de tu... "eficiencia", te juro que tú vas a ser el que se despierte a las tres de la mañana a darles el biberón.— amenazó ella, aunque una pequeña sonrisa empezaba a asomar en las comisuras de sus labios.

—Hecho.— respondió Satoru, dándole una palmadita juguetona en el culo que resonó en todo el gimnasio. —Pero solo si me dejas seguir besando, lamiendo y jugando con estas nalgas de acero todos los días del embarazo. Dicen que el ejercicio es bueno para la gestación, y creo que acabamos de inventar una nueva modalidad de cardio extremo.—

—Eres un imbécil, Satoru Gojo —dijo ella, dándose la vuelta para quedar sentada frente a él, mostrando sus tetas orgullosas y su piel cubierta de una mezcla de sudor y fluidos.

—Sí, pero soy el imbécil que acaba de ganar la apuesta más importante de su vida.— él le guiñó un ojo, bajando la vista hacia el vientre de Bakhar, que aún estaba plano y definido, pero que él ya imaginaba creciendo con su descendencia. —Prepárate, entrenadora. El entrenamiento de los próximos nueve meses va a ser muy diferente.—

Bakhar miró su propio vientre y luego a Satoru. La idea de tres niños con esa actitud arrogante y esos ojos azules la aterraba y la excitaba a partes iguales.

—Bueno.— dijo ella, agarrándolo del cuello y acercándolo para un beso cargado de saliva. —más vale que empieces a ahorrar para la comida, porque si salen a mí, van a comerse hasta el mobiliario de este gimnasio.—

Satoru rió, sellando el trato con un beso profundo mientras su mano volvía a bajar, deslizándose entre las piernas de ella para acariciar su vagina por última vez esa noche, celebrando la vida que, sin que ellos lo supieran del todo aún, ya había comenzado a brotar con una fuerza imparable.

Let Elbuscado1 know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

1

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Grimveil Gamma - Im Schleier der Schatten

Amy: Ich mochte Kirrok schon im letzten Teil, seinen Zynismus, der ihn oft in die Klemme bringt, aber auch so herrlich sympathisch macht 🥰😅😍 es ist sooo mitreißend und spannend geschrieben, dass sie Zeilen verfliegen und man am Ende angekommen ist. Hervorragende Unterhaltung, ich freue mich schon auf ...

Read Now
La leçon du maître

Iguane: C'est vraiment un excellent livre

Read Now
Claimed by Chaos

Shezk: 🌻That was a great story...this was my second time reading it and I actually enjoyed it more than the first time...keep up the excellent work!💜💋💜💋💜💋💜💋💜🦋

Read Now
Alpha Zach

Stephany Elworth: I LOVED THIS! Great story. Keep them coming!

Read Now
Fashion victime du PDG

frodon: Histoire intéressante. Rythmée. Personnages attachants. Intrigue bien menée

Read Now
Full Volume

S. A. Williams: I really enjoyed, Full Volume. It was very well written and engaging. I liked the development of the main characters. I loved that the story was clean. I didn't have to worry about language or descriptive sex, but yet the tension and pull between the characters was clear. Very well written kudos to ...

Read Now
The Lycan King's Second Chance

meghartley86: I’m really enjoying reading this book!

Read Now
Unhinged

Violet: I love ghis book and will most likely reread it again and again when i get bored or when i forget to get a new book i dont know anyone else who likes spicy books so idont know fkr the referal but i really love this book

Read Now