El Encuentro en la Esquina
La luz del sol de la tarde rebotaba contra el pavimento caliente de la ciudad, mezclándose con el ruido incesante del tráfico y los gritos de los vendedores ambulantes. Joselyn salió de la facultad con el cansancio acumulado de cuatro horas de clases teóricas. Caminaba ajustándose la mochila, sintiendo cómo el aire fresco de la calle golpeaba sus piernas descubiertas por la falda oscura y tableada que apenas rozaba sus muslos. Se acomodó las gafas, sintiendo la tela de su camisa blanca ligeramente pegada a la piel por la humedad del ambiente; los botones superiores estaban abiertos lo suficiente como para dejarla respirar, dándole un aspecto de colegiala descuidada pero llamativa.
Llegó a la esquina de la avenida principal. Sacó su teléfono, bufando al ver que la aplicación de Uber se cerraba una y otra vez por falta de señal o un error del sistema.
—Maldita sea.— masculló.
No le quedó de otra que pararse justo en el borde de la acera, esperando que algún taxi libre pasara por esa zona tan congestionada.
Pasaron cinco minutos. Ella estaba de brazos cruzados, una postura que acentuaba su figura y hacía que los tatuajes en sus brazos resaltaran bajo la luz del día. Su melena larga y oscura caía por su espalda, moviéndose cada vez que giraba la cabeza para buscar un coche amarillo entre la marea de vehículos.
De repente, un rugido de motor fino y potente cortó el ruido ambiental. Un deportivo negro, de esos que cuestan más que un edificio entero, frenó con una precisión quirúrgica justo frente a ella. El cristal tintado bajó lentamente, revelando un interior de cuero y tecnología de punta.
Al volante estaba un tipo que parecía sacado de una revista de moda, pero con una energía mucho más peligrosa. Tenía el cabello blanco, casi plateado, peinado hacia atrás de forma casual, y unos ojos azules tan intensos que Joselyn sintió un escalofrío. Satoru Gojo la miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en la curva de su cadera y en el contraste de su camisa blanca con su piel.
—Es una tarde demasiado calurosa para estar esperando bajo el sol, ¿no te parece? —dijo Satoru con una sonrisa de lado, una expresión cargada de una confianza que rozaba la arrogancia.
Joselyn se sorprendió. No era común que alguien en un coche de varios millones de dólares se detuviera a hablarle a una estudiante en una esquina.
—El transporte público no está colaborando hoy.— respondió ella, tratando de mantener una actitud neutral, aunque el magnetismo del hombre la ponía nerviosa.
—Olvídate de los taxis. Esos asientos huelen a sudor y desesperación.— Satoru se inclinó un poco hacia el asiento del copiloto, sin dejar de mirarla. —Yo voy en una dirección interesante y tengo aire acondicionado de sobra. Súbete. Te prometo que el viaje será mucho más entretenido.—
Joselyn dudó. Miró hacia atrás, viendo la fila de gente amontonada en la parada del bus, y luego volvió a mirar a Satoru. Él no parecía un loco, sino un hombre acostumbrado a obtener lo que quería solo con pedirlo.
—Ni siquiera te conozco.— dijo ella, aunque ya estaba dando un paso hacia el coche.
—Soy Satoru. Y tú pareces alguien que sabe reconocer una buena oportunidad cuando la tiene enfrente.— Él bajó sus gafas de sol un poco, guiñándole un ojo. —Vamos, no muerdo... a menos que me lo pidas.—
Joselyn soltó una risa espontánea. Le gustaba el descaro del tipo. Sin pensarlo mucho más, abrió la puerta y se hundió en el asiento de cuero del deportivo. El olor a perfume caro y a coche nuevo la envolvió al instante.
Satoru arrancó antes de que ella terminara de abrocharse el cinturón. Mientras conducía con una sola mano, lanzaba miradas rápidas a las piernas de Joselyn. En su mente, la conclusión era simple: una chica con esa ropa, parada sola en esa esquina específica a esta hora y aceptando subir al coche de un extraño sin preguntar mucho, tenía un precio. Y él tenía la billetera llena y ganas de gastar.
—Tengo un lugar en mente que te va a encantar —comentó él, acelerando el motor. —Y después, si te portas bien, podemos ir a mi departamento para discutir... los detalles de tu tarifa.—
Joselyn sonrió, pensando que se refería a una broma sobre el "pago" del favor del viaje. No tenía idea de lo que Satoru estaba asumiendo realmente.
—Sorpréndeme entonces, Satoru.—
El coche se perdió entre el tráfico, alejándose de la universidad y acercándose al lujoso sector donde el millonario tenía su penthouse. La tensión en la cabina era tan espesa que casi se podía cortar, y ambos sabían que esa tarde no terminaría con un simple "gracias por el viaje".








