El Síndrome de Lázaro

All Rights Reserved ©

Summary

El Comandante Conrad fue diseñado para una sola cosa: ganar una guerra eterna. Pero, ¿qué sucede cuando el arma empieza a cuestionar el campo de batalla? En las ruinas de Nueva Babilonia, Conrad es una leyenda. Un supersoldado cyborg que combate oleadas infinitas de enemigos en un conflicto que parece no tener fin. Su realidad es simple: obedecer, luchar, repetir. Hasta que un día, el mundo parpadea. Un error visual. Un pájaro que se congela en el aire. Un enemigo que muere mal. Pequeñas grietas en la perfección de su existencia que el mando central insiste en llamar "estrés de combate". Pero Conrad escucha algo más en la estática de su radio: una voz humana, sucia y desesperada, que le susurra una orden imposible: "Despierta". Atormentado por visiones de un lugar frío y silencioso que no debería existir, y perseguido por la sospecha de que sus propios ojos le mienten, Conrad se embarca en una misión no autorizada hacia los límites de su mundo. Lo que le espera en las sombras no es un enemigo invasor, sino una verdad aterradora sobre su propia naturaleza. Conrad deberá decidir si confía en la realidad perfecta que conoce, o si se atreve a rasgar el velo y enfrentar el horror que aguarda al otro lado. A veces, sobrevivir es la peor maldición.

Genre
Scifi
Author
Jerryx2007
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

PROLOGO "EL ULTIMO BASTION DE BABILONIA"

La lluvia en Nueva Babilonia no limpiaba nada; solo hacía que el neón de los rascacielos ardiera con más intensidad sobre el asfalto roto.

El Comandante Conrad vio el mundo a través del filtro ámbar de su visor táctico. Datos de telemetría caían en cascada por su visión periférica: Munición al 98%. Integridad del Escudo al 100%. Ritmo cardíaco: 65 BPM. Estable. Demasiado estable para el infierno que se desataba a su alrededor.

—¡Están rompiendo el flanco este! —La voz del Sargento Miller estalló en el canal de radio, distorsionada por el estruendo de la artillería—. ¡Repito, rompen el flanco este! ¡Son demasiados, Comandante!

Conrad dio un paso hacia el borde de la cornisa, treinta pisos por encima de la carnicería. Abajo, en las trincheras de plastiacero, los destellos azules de los rifles de plasma iluminaban las sombras de la Horda. Eran miles. Bestias quitinosas que se movían como una marea de aceite negro, trepando unas sobre otras para alcanzar las murallas de la ciudad.

—Nunca son demasiados, Miller —murmuró Conrad. Su voz sonó grave y metálica, amplificada por los sintetizadores de su casco Praetorian—. Solo son más blancos.

El HUD marcó trescientos objetivos hostiles en rojo brillante en menos de un microsegundo. Conrad no sintió miedo. No sentía frío, ni el peso de la armadura de media tonelada, ni la vibración del edificio bajo el bombardeo. Solo sentía poder. Una claridad absoluta y eléctrica.

—Comando Central a unidad Praetorian —intervino una voz suave y autoritaria en su oído—. La última nave de evacuación despega en cuatro minutos. Mantenga la línea, Comandante. Cueste lo que cueste.

—Recibido.

Conrad flexionó las rodillas, los servos hidráulicos de sus piernas zumbando con una energía contenida que pedía ser liberada. Sin dudarlo, se lanzó al vacío.

El viento aulló contra sus sensores de audio mientras caía treinta metros en picada. El suelo se acercó a una velocidad vertiginosa. Cualquier humano normal se habría convertido en pulpa, pero Conrad no era normal. Era el pináculo de la ingeniería bélica. Justo antes del impacto, los propulsores de su espalda escupieron fuego azul, frenando la caída lo justo para convertir un accidente mortal en una entrada triunfal.

Aterrizó en medio de la plaza central con la fuerza de un meteorito.

El impacto agrietó el concreto en un radio de diez metros, enviando una onda de choque que derribó a la primera línea de bestias alienígenas. Conrad se enderezó lentamente entre el humo y el polvo, con el rifle de plasma ya levantado y zumbando, listo para cantar.

—Vamos a bailar —dijo, y apretó el gatillo.

El rifle de plasma rugió.

Un haz de energía azul atravesó la primera línea de la Horda, vaporizando quitina y carne alienígena en una explosión de luz. Los sensores olfativos de Conrad registraron el olor metálico del ozono y la sangre verde hirviendo, pero su mente lo clasificó como irrelevante. Objetivos neutralizados. Avanzar.

Giró sobre sí mismo, el arma integrada en su antebrazo izquierdo desplegándose con un chasquido hidráulico. Misiles de microfragmentación salieron disparados hacia los flancos, detonando en el aire y lloviendo metralla inteligente sobre las criaturas que escalaban los muros. Cada impacto era una ecuación perfecta. Cada muerte, un resultado esperado.

—¡Flanco este asegurado! —gritó Miller por la radio, ahora con un tono de incredulidad casi reverente—. ¡Maldita sea, Comandante, es usted un ejército!

Conrad no respondió. Ya estaba en movimiento.

Corrió directo hacia la marea negra, atravesándola como una cuña de acero. Sus servos reaccionaban antes de que el pensamiento se formara; giraba, disparaba, golpeaba, todo en una coreografía impecable. Una bestia saltó hacia su garganta con las fauces abiertas. Conrad la atrapó en el aire, la estrelló contra el suelo y la pisó hasta que dejó de moverse. El HUD añadió otro marcador gris. Eliminado.

El tiempo parecía ralentizarse. En medio del caos, Conrad percibía detalles absurdamente precisos: una gota de lluvia ácida deslizándose por el borde de su visor, la vibración exacta de su núcleo energético, el parpadeo rítmico de una señal de advertencia menor que desapareció antes de que pudiera leerla por completo.

—Comando Central a Praetorian —dijo la voz suave—. Los civiles han evacuado. Repito: evacuación completa. Proceda al protocolo de limpieza.

Protocolo de limpieza.

Conrad alzó la vista. Al fondo de la plaza, emergiendo entre el humo y los edificios en llamas, el suelo tembló con un estruendo profundo, casi orgánico. Algo enorme avanzaba hacia él.

—Contacto visual —informó con calma—. Clase Juggernaut.

La criatura se irguió por encima de los rascacielos bajos, una masa de músculo blindado y placas óseas brillantes. Sus pasos hacían vibrar la ciudad. Cada respiración expulsaba nubes de vapor tóxico. La Horda se apartó instintivamente para dejarle paso, como si incluso ellos entendieran que aquello era un dios de la guerra.

Conrad sonrió.

Bloqueó el rifle en su espalda y activó el campo cinético de corto alcance. Luego empezó a correr.

Cada zancada pulverizaba el asfalto. El Juggernaut rugió y descargó un golpe que habría convertido un tanque en chatarra, pero Conrad se deslizó bajo la garra con una precisión imposible, sintiendo apenas una sacudida en los amortiguadores. Rodó, se impulsó y saltó.

Durante una fracción de segundo estuvo suspendido en el aire, a la altura del vientre del monstruo. Sus sensores calcularon trayectorias, resistencia del tejido, punto óptimo de detonación.

Granada de plasma armada.

La incrustó entre las placas del Juggernaut y se dejó caer.

—Objetivo marcado —susurró.

La explosión fue gloriosa.

Una lluvia de vísceras verdes y fragmentos incandescentes cayó sobre la plaza como fuegos artificiales de guerra. El cuerpo colosal del Juggernaut se desplomó con un estruendo final que sacudió Nueva Babilonia hasta los cimientos.

Silencio.

No el silencio absoluto —no todavía—, sino ese breve vacío que sigue a una victoria total. Conrad se irguió sobre los restos humeantes, la lluvia golpeando su armadura pulida, el visor empañado por partículas suspendidas en el aire.

El HUD confirmó lo evidente:

MISIÓN COMPLETADA. AMENAZA NEUTRALIZADA. ÍNDICE DE SUPERVIVENCIA CIVIL: 100%.

Conrad bajó la mirada hacia su mano metálica, cubierta de sangre alienígena brillante.

Por un instante, todo se detuvo.

La gota que estaba a punto de caer desde sus dedos quedó suspendida en el aire.

El sonido desapareció.

Y por una fracción de segundo —demasiado breve para ser procesada, demasiado real para ser ignorada—, algo no encajó.

La gota no cayó.

Quedó flotando frente a sus dedos, deformada, convertida en una figura imposible compuesta de aristas planas y color verde sólido. No reflejaba la luz. No se movía. No obedecía ninguna ley que Conrad conociera.

El silencio se volvió absoluto. Cero decibelios.

Conrad frunció el ceño. Sus sensores no registraban fallo alguno, pero algo en su núcleo —no mecánico, sino más profundo— se contrajo con una punzada de incomodidad. Intentó cerrar la mano.

Nada ocurrió.

El cielo tormentoso parpadeó.

Durante medio segundo.

No más.

Los rascacielos de neón desaparecieron.

La lluvia se evaporó.

La ciudad murió.

Conrad vio un techo blanco, liso, sin imperfecciones. Vio luces frías incrustadas en una superficie que no estaba hecha para la guerra. Sintió un frío antinatural ascendiendo desde donde deberían estar sus piernas… un frío hueco, vacío, como si esa parte de él no existiera.

Y entonces el mundo gritó.

El sonido regresó de golpe, brutal, como una explosión dentro de su cráneo. La sangre volvió a gotear. La lluvia volvió a caer. El cielo se recompuso con un trueno artificial. El HUD se inundó de alertas que se cancelaron entre sí con rapidez violenta.

—LAG DETECTADO. —CORRECCIÓN DE ENTORNO… —SINCRONIZACIÓN RESTAURADA.

Conrad dio un paso atrás, desorientado.

—¿Comandante? —La voz de Miller irrumpió en su canal—. ¿Se encuentra bien, señor?

Conrad miró a su alrededor. La plaza seguía en ruinas. El cadáver del Juggernaut humeaba a sus pies. La Horda había desaparecido. Todo estaba exactamente donde debía estar.

Demasiado exactamente.

—Estoy… —empezó a decir.

Una oleada de náusea lo golpeó sin aviso. No tenía sentido. Su sistema digestivo estaba sellado, optimizado, protegido contra cualquier toxina conocida. Y sin embargo, la sensación era real, profunda, casi humana.

—Estoy bien —terminó, con un retraso imperceptible—. Solo un parpadeo.

El HUD proyectó un diagnóstico automático:

ERROR DE SISTEMA: ESTRÉS DE COMBATE. RECOMENDACIÓN: DESCANSO OBLIGATORIO.

Conrad apretó los puños. El metal crujió suavemente.

—Recibido, Comando Central —dijo, forzando estabilidad en su voz—. Zona asegurada. A la espera de nuevas órdenes.

Hubo una breve pausa en la radio. Apenas un latido de más.

—Buen trabajo, Comandante —respondió finalmente la voz suave—. Regrese a base. Se lo ha ganado.

Conrad dio la espalda al cadáver y comenzó a caminar hacia el punto de extracción. Cada paso era firme, preciso… pero la sensación no se iba.

Había visto algo.

No sabía qué. No sabía cómo. Pero sabía una cosa con certeza inquietante:

El mundo había parpadeado primero.

Y él después.

La interfaz se desvaneció lentamente mientras la nave de transporte descendía entre la lluvia.

Pantalla en negro.

Una sola línea de texto apareció, blanca y limpia:

DÍA DE COMBATE: 15,402

Luego, el sistema se reinició.

El interior de la nave de transporte vibraba con un zumbido constante y tranquilizador. No había ventanas, solo paneles de luz blanca que imitaban un amanecer suave. Conrad permanecía de pie, anclado al suelo magnético, mientras la ciudad devastada quedaba atrás.

Revisó sus registros internos.

Registro de Combate: Completo. Anomalías Sensoriales: Ninguna. Errores de Sistema: Cero.

Deslizó los datos una vez más, ampliando los últimos treinta segundos del enfrentamiento con el Juggernaut. Todo estaba limpio. Fluido. Perfecto. Ningún fotograma congelado. Ninguna alteración en el audio. Ninguna sangre suspendida en el aire.

Nada.

Conrad cerró el panel con un gesto seco. La náusea había desaparecido. El frío también. Solo quedaba el cansancio familiar, programado, casi reconfortante.

—Nunca había visto algo así —dijo Miller desde el otro extremo del compartimiento, quitándose el casco—. Juro que cuando saltó contra ese Juggernaut pensé que esta vez sí lo perdíamos.

Conrad giró apenas la cabeza.

—Las probabilidades estaban a nuestro favor.

Miller soltó una risa breve, nerviosa.

—Si usted lo dice, señor. Para mí fue… —buscó la palabra— milagroso.

Milagroso.

La palabra se quedó flotando un instante más de lo necesario.

Conrad abrió la boca para decir algo. Para mencionar el parpadeo. El silencio. El frío imposible. Pero no lo hizo. No había motivo. No había pruebas. Y, sobre todo, no había tiempo.

La guerra no se detenía por sensaciones.

—Descanse cuando lleguemos a base, Sargento —dijo finalmente—. Mañana volveremos a necesitarlo entero.

—Siempre, Comandante.

La nave se inclinó suavemente durante el descenso. Una vibración distinta recorrió el casco y luego cesó. Aegis Prime los esperaba bajo tierra, intacta, luminosa, segura.

Conrad bajó la mirada hacia su mano metálica.

Estaba limpia.

Ni rastro de sangre.

Durante una fracción de segundo —tan breve que pudo haber sido imaginaria—, le pareció que la luz del compartimiento parpadeaba.

Pero esta vez, nada ocurrió.

El sistema no mostró advertencias. No hubo errores. No hubo grietas.

Solo una orden final apareció en su visor, clara y tranquilizadora:

PROTOCOLO DE DESCANSO ACTIVADO.

Conrad inspiró hondo.

Y aceptó la mentira.