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No la conocí por primera vez cuando tuve la oportunidad de tenerla cerca. Se había cambiado a nuestro instituto y ya tenía a todos cautivados con su descomunal belleza, sin siquiera haberlo intentado. No sé si fue su vestimenta estrictamente negra, su cabello desordenado pero oculto por un beanie rojo, los comentarios elocuentes que aportó a la clase, o su verde mirada penetrante encontrándose con la mía en incontables ocasiones. Pero es que yo ya la había visto en algún parque, fiestas, también en la oficina de mi madre. Y es que era imposible no haberla reconocido.
Porque un rostro como aquel no se olvidaba.