1.El día que olvidé odiarte
[Elián]
El pitido constante fue lo primero que escuché. Un sonido agudo, insistente, que perforaba el silencio como una gota cayendo sobre una piedra. Me dolía la cabeza, la boca me sabía a metal, y mi cuerpo… pesaba como si estuviera hecho de plomo.
Intenté mover los dedos, pero algo tiraba de mi muñeca. Cuando abrí los ojos, la luz blanca del techo me cegó por un segundo. Parpadeé varias veces hasta distinguir las figuras borrosas que me rodeaban.
Tres personas.
Una mujer de cabello recogido, con los ojos hinchados y una expresión que mezclaba ternura y miedo. Un hombre mayor que me observaba con el ceño fruncido, los brazos cruzados, como si esperara una confesión. Y otro… de pie al fondo, con una camisa perfectamente planchada, los brazos tensos, la mirada tan fría que me recorrió un escalofrío.
—Elián… —susurró la mujer, avanzando hacia mí—. Hijo, ¿me escuchas?
Hijo.
Su voz temblaba, dulce, nerviosa. Me acarició la frente con manos cálidas, y por un segundo pensé que debía conocerla. Pero no. No había nada. Ni una imagen, ni un nombre, ni una voz en mi cabeza. Vacío.
—¿Quién… quién es usted? —pregunté, mi voz apenas un hilo ronco.
El silencio cayó como una losa.
La mujer se quedó helada, los ojos abiertos, como si acabara de escuchar una blasfemia. El hombre mayor apretó la mandíbula, y el tercero… el de la mirada cortante, soltó un resoplido incrédulo, casi burlón.
—Vaya, qué conveniente —murmuró el de la camisa planchada, cruzando los brazos—. ¿Ahora también olvidaste todo?
No entendí. Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿De qué está hablando? ¿Dónde… dónde estoy?
La mujer trató de sonreír, pero la voz se le quebró.
—Estás en el hospital, mi amor. Tuviste un accidente. El auto… —su mirada se nubló un momento—. Pero ya estás bien. Gracias a Dios estás vivo.
El hombre del fondo soltó una risa baja, seca.
—Sí, que conveniente.
—¡Andrés! —le gritó ella, sin volverse a verlo—. No hables así.
Andrés.
El nombre resonó en mi cabeza como una nota fuera de lugar. Lo miré, intentando reconocer algo en su rostro. Pero no había nada. Ni familiaridad, ni cariño, ni siquiera rastro de simpatía. Solo esa incomodidad punzante, como cuando alguien te observa sabiendo algo que tú no.
—¿Andrés… soy su amigo? —pregunté, intentando sonar amable.
Su expresión se endureció.
—Enserio, que actúas muy bien.
El hombre mayor bufó, fastidiado.
—Esto es ridículo. No puede ser que no recuerde nada. Ni siquiera su propio esposo.
El mundo se detuvo un segundo.
—¿Mi… qué? —murmuré, tragando en seco.
La mujer suspiró, intentando calmar la tensión.
—Elián… cariño, Andrés es tu esposo. Se casaron hace un año.
Sentí que el aire se me escapaba.
Miré al hombre del fondo, al supuesto esposo, y él simplemente sostuvo mi mirada con una molestia que dolía. Había desprecio en sus ojos…
—Ya veo —dije al fin, sin saber si reír o entrar en pánico—. Entonces supongo que soy un tipo con suerte.
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La mujer no se despegaba de mi lado.
Me hablaba con esa dulzura tibia que solo tienen las madres o las personas que realmente temen perderte. Cada vez que me acomodaba la almohada o me pasaba un vaso de agua, sonreía como si quisiera convencerme de que todo estaría bien.
Empecé a pensar que ella debía ser mi suegra. Lo deduje por cómo miraba al hombre serio que estaba junto a ella, el que aún parecía debatirse entre la paciencia y el juicio final. Él, en cambio, me observaba como si estuviera esperando a que dijera algo incriminante.
Si ella era un sol, él era la sombra que la seguía.
El médico entró poco después. Un hombre de bata blanca con el tipo de voz que uno quiere escuchar cuando el mundo se ha deshecho.
Me explicó con calma lo del accidente, la conmoción, la pérdida de memoria. Hablaba de “amnesia retrógrada” y “proceso de recuperación”, palabras que sonaban grandes, vacías, como si fueran para otra persona.
Cuando terminó, la pareja —mis supuestos suegros— salieron del cuarto con él, diciendo que irían a encargarse de los gastos médicos. La puerta se cerró con un clic suave, dejándome a solas con el hombre que, según ellos, era mi esposo.
El silencio fue inmediato.
Él se levantó de la silla con un movimiento tan medido que ni el aire se atrevió a estorbarle. Se acercó al borde de la cama. Su presencia era demasiado: limpia, controlada, incómodamente elegante.
—Así que —dijo al fin, con voz baja y firme—, ¿Has olvidado todo? Qué manera tan conveniente de empezar desde cero, ¿no?
Lo observé en silencio unos segundos. No por miedo. Por curiosidad.
Su rostro era… impecable. Rasgos marcados, mirada directa, una especie de orden natural que hacía que el resto del mundo se viera torpe a su lado. Y sin embargo, había algo detrás de esa compostura: cansancio.
—No estoy actuando —respondí despacio—. Si pudiera recordar, lo haría. Créame. No soy tan buen actor como para fingir esto.
Él alzó una ceja.
—¿En serio? Porque fingir se te da bastante bien.
Sus palabras me golpearon más por el tono que por el contenido. Frío, cortante, sin ni una pizca de emoción. Lo miré directo, sin pestañear.
—Entonces supongo que no era un marido muy querido.
Por primera vez, pareció perder un poco el equilibrio. No mucho, solo un segundo, como si no esperara que le respondiera con tanta calma.
—No recuerdas nada —repitió, cruzando los brazos—. Ni tu nombre completo, ni tu casa, ni tu familia, ni… a mí.
—Solo mi nombre —dije—. Y eso porque lo escuché hace un rato.
Lo vi tragar saliva, con esa rigidez de quien se esfuerza por no perder el control.
—Ya veo.
—Puede llamarlo como quiera —contesté sin alterar el tono—. Pero parece que la vida me dio la oportunidad de volver a empezar, y honestamente… no me parece un mal trato.
Sus ojos se clavaron en los míos. Ya no eran solo fríos; había algo más. Duda, tal vez. O miedo de que dijera la verdad.
—¿Volver a empezar? —preguntó con una sonrisa.
—Sí. —Acomodé la sábana, sin apartar la vista de él—. Si realmente soy quien dicen que era… prefiero no recordarlo.
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Después de un largo rato estuvimos en la misma habitación en silencio por un momento me había quedado observándolo, Joder… pero qué hombre tan frío.
Ni una sonrisa, ni una expresión, nada. Si me dijeran que lo tallaron en mármol, lo creería sin pensarlo. Me mira como si yo le debiera algo, como si en otra vida le hubiera robado el alma, el perro y la herencia.
¿Qué demonios habré hecho para que me odie tanto?
Intenté recordar, pero solo conseguí un vacío doloroso y una punzada en la cabeza. Suspiré, exagerando un poco el gesto mientras ponía mi mejor cara de sufrimiento. Tal vez si parecía débil, se ablandaría un poco… aunque lo dudaba.
Pero, por Dios, ese hombre.
Ese rostro no puede ser real.
Esa mandíbula, marcada con una precisión casi artística. Esos labios, carnosos, perfectamente dibujados, que daban ganas de… bueno, de morderlos solo para comprobar si eran tan suaves como parecían.
Y esos ojos, santo cielo. Uno color miel, cálido, peligroso; el otro, un azul tan profundo que parecía tragarse el mundo. Como si un ángel y un demonio hubieran decidido compartir el mismo rostro.
Y el cabello… Negro como el carbón. Caía de forma desordenada sobre su frente, dándole ese aire inalcanzable que tienen las cosas demasiado perfectas.
Y debajo de esa ropa… bueno, no hace falta mucha imaginación. Se notaba que entrenaba, que cada movimiento suyo escondía fuerza. Incluso cuando cruzaba los brazos, el tejido de la camisa se tensaba apenas en los antebrazos.
Diosito, ¿esto es una prueba o una bendición disfrazada de castigo?
Estaba tan perdido admirándolo que ni me di cuenta de que lo seguía mirando fijamente.
Con una sonrisa tonta en los labios.
Mordiéndome el labio inferior.
Y claro, él me notó.
Andrés frunció el ceño con ese aire de superioridad que, aparentemente, le salía natural.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, con voz baja, helada.
Yo parpadeé, despacio, como si me acabara de sacar de un sueño muy bonito.
—Observando el panorama —respondí sin pensarlo.
Su mirada se endureció aún más, si eso era posible.
—Deja de hacerlo.
Sonreí un poco, ladeando la cabeza.
—¿Por qué? ¿Te incomoda?
Silencio.
Por un segundo, creí que iba a responder. Pero no lo hizo. Solo me miró con esos ojos que parecían capaces de desarmarte sin tocarte, y giró sobre sus talones para salir del cuarto.
La puerta se cerró detrás de él, y me quedé solo con el eco de mis pensamientos.
Joder… si ese es mi esposo, no sé si sobreviviré a este matrimonio. Pero si voy a morir otra vez, que sea mirándolo.