Capítulo 1
El complejo de apartamentos "Roppongi Skyline" no era solo un edificio; era una declaración de estatus. Paredes de mármol pulido, seguridad biométrica y una fragancia a sándalo y dinero que flotaba en el aire de forma permanente. Para Satoru Gojo, era simplemente el lugar donde dormía cuatro horas al día cuando su agenda como arquitecto estrella y consultor de diseño le permitía un respiro. Esa mañana, Satoru se sentía particularmente impecable. Llevaba un traje de tres piezas en gris marengo, una camisa blanca de seda tan blanca que dolía mirarla y sus inseparables gafas oscuras de montura fina. Se miró en el espejo del ascensor mientras descendía desde el piso 45.
—Hoy es un buen día para ser yo.— murmuró con una sonrisa arrogante, ajustándose el reloj.
El ascensor se detuvo en el piso 22 con un suave bip. Las puertas se abrieron y el aire del cubículo, antes cargado de su perfume caro, fue invadido por una ráfaga de energía y el aroma a frutos rojos de un batido de proteínas. Allí estaba ella. Satoru la había visto antes, siempre de pasada, siempre una mancha de color en el vestíbulo. Llevaba el cabello oscuro cortado en un bob perfecto con un flequillo recto que enmarcaba unos ojos decididos. Ese día vestía un conjunto deportivo de color azul eléctrico, exactamente el mismo tono que el cielo de verano, que se ajustaba a su figura como una segunda piel. Llevaba un bolso de gimnasio al hombro, unos auriculares inalámbricos de diadema alrededor del cuello y, en su mano derecha, un vaso de plástico gigante lleno de un café helado con una cantidad alarmante de nata y caramelo.
Ella entró al ascensor sin mirarlo, tecleando furiosamente en su teléfono. Satoru, incapaz de quedarse callado ante cualquier presencia que no lo reconociera de inmediato, carraspeó.
—Buenos días, vecina. ¿Entrenamiento de pierna hoy? —preguntó, bajando ligeramente sus gafas para que sus ojos azul infinito se asomaran.
Ella levantó la vista, sorprendida. Lo escaneó de arriba abajo con una rapidez profesional. No parecía intimidada por su altura que le obligaba a inclinar la cabeza, ni por su traje de cinco mil dólares.
—¿Se nota tanto? —respondió ella con una media sonrisa, la misma que Satoru recordaba haber visto en sus videos de redes sociales (sí, tal vez la había buscado en Instagram una noche de insomnio). —Y buenos días, vecino del penthouse. Veo que hoy vas a... ¿comprar un país o algo así?—
Satoru soltó una carcajada genuina.
—Algo parecido. Una reunión con la junta directiva. Un aburrimiento total comparado con lo que sea que hagas tú en ese gimnasio. He visto tus rutinas. Son... intensas.—
Ella arqueó una ceja, divertida.
—¿Me espías, Gojo?—
—Soy arquitecto. Observar la belleza y la estructura es parte de mi trabajo.— replicó él con ese tono que oscilaba entre el coqueteo y la insolencia.
Justo en ese momento, el destino decidió intervenir. El ascensor, una maravilla de la ingeniería japonesa, sufrió un tirón violento. Una fluctuación de energía en el edificio activó los frenos de emergencia por un segundo. La cabina se detuvo con una sacudida seca que hizo que la gravedad jugara en contra de los ocupantes. Satoru, con sus reflejos sobrehumanos, logró sostenerse de la barra lateral. Ella, sin embargo, perdió el equilibrio. El vaso de café helado voló de su mano como un proyectil teledirigido.El tiempo pareció ralentizarse. Satoru vio la tapa de plástico saltar. Vio el líquido marrón oscuro, mezclado con motas de caramelo y hielo picado, describir un arco perfecto en el aire. Y finalmente, escuchó el sonido: un splash húmedo y catastrófico.
El café se estampó directamente contra el pecho de Satoru. La seda blanca de su camisa absorbió el líquido instantáneamente, tiñéndose de un color café con leche sucio. El caramelo pegajoso se deslizó por la solapa de su chaqueta gris. Un silencio sepulcral llenó el ascensor. Ella se quedó congelada, con la mano aún extendida hacia donde antes estaba su bebida. Miró la mancha. Miró a Satoru. Miró la mancha otra vez.
—Oh... por... —empezó ella, con los ojos como platos. —Dios mío. Tu camisa. Tu traje. Tu... todo.—
Satoru miró hacia abajo. El frío del hielo empezaba a filtrarse por su piel. El olor a café barato y azúcar ahora era su nueva fragancia personal. Se quitó las gafas lentamente, revelando una expresión que no era de ira, sino de absoluto shock cómico.
—Bueno —dijo Satoru, con la voz extrañamente tranquila. —Creo que la reunión con la junta directiva acaba de cancelarse. A menos que la nueva moda sea el "estilo barman accidentado".—
—¡Lo siento muchísimo! —ella sacó desesperadamente unas toallitas húmedas de su bolso de gimnasio y comenzó a frotar el pecho de Satoru sin pensar.
—¡Fue el ascensor! Yo... yo puedo pagarlo. O sea, sé que es caro, pero... ¡espera, estoy empeorando la mancha!—
Ella se detuvo en seco al darse cuenta de que estaba frotando vigorosamente el pecho de un hombre prácticamente desconocido, sintiendo la firmeza de los músculos debajo de la tela empapada. El calor subió a sus mejillas. Satoru la miró, notando por primera vez lo cerca que estaban. Podía ver las pequeñas gotas de sudor en su frente por el calor matutino y el brillo en sus labios. A pesar del desastre, ella se veía radiante en ese conjunto azul.
—Oye —dijo él, atrapando su mano suavemente para que dejara de frotar. — A menos que tengas una lavandería industrial en ese bolso, no vamos a arreglar esto aquí.—
—Déjame ayudarte.— insistió ella, realmente mortificada. —Vivo en el 22. Tengo productos de limpieza profesionales para mi ropa de deporte. Si subimos ahora, puedo intentar salvar la chaqueta al menos. Por favor. Es lo mínimo que puedo hacer después de... bueno, de bautizarte con cafeína.—
Satoru miró las puertas del ascensor, que finalmente se abrieron en el lobby. Vio a su chófer esperándolo fuera. Luego miró a la chica del flequillo, que lo miraba con una mezcla de culpa y una determinación que le resultaba fascinante.
—Está bien, vecina —sonrió Satoru, presionando el botón del piso 22 otra vez—. Pero te advierto: soy un cliente muy exigente. Y después de esto, me debes un café. Uno que realmente llegue a mi boca y no a mi ropa.—
—Hecho —prometió ella con un suspiro de alivio. —Soy Charana por cierto. Aunque supongo que ya lo sabías, "acosador de Instagram".—
—Satoru Gojo. Pero puedes llamarme "el hombre que arruinaste" —respondió él mientras el ascensor comenzaba a subir de nuevo.Lo que comenzó como un desastre matutino estaba a punto de convertirse en la mañana más interesante de sus vidas.