Capítulo 1
(PoV: de Eris Eagle)
La noticia me encontró en el peor momento posible.
El monitor cardíaco pitaba con un ritmo irregular mientras mis manos se movían casi por instinto sobre el pecho abierto del paciente. Sangre, luz blanca, órdenes breves. El mundo reducido a latidos prestados. A eso me aferraba cuando el teléfono vibró en el bolsillo de mi bata.
No lo miré.
No podía.
Horas después, cuando todo terminó y el corazón volvió a obedecer, me apoyé unos segundos contra la pared fría del pasillo del hospital. Shinra seguía siendo la misma ciudad que nunca dormía: luces artificiales, pasos apresurados, vidas cruzándose sin mirarse.
Entonces vi las llamadas perdidas.
Tía Margaret.
Tres veces.
Suspiré, cansada, y devolví la llamada mientras caminaba hacia el vestidor.
—Eris —dijo apenas contesté—. Tenemos que hablar.
Su tono era el que usaba cuando algo no admitía excusas.
—Ahora no puedo —respondí, quitándome los guantes—. Tengo otra guardia en una hora.
Hubo un silencio breve, cargado.
—Es sobre la casa —añadió—. La de Nocra.
Me detuve.
El nombre cayó como algo viejo que no debía pronunciarse.
—¿Nocra? —repetí—. Esa casa lleva abandonada años.
—Precisamente —dijo—. Ya no podemos seguir haciéndonos cargo. Está a tu nombre, Eris. Hay que venderla.
Cerré los ojos.
—No tengo tiempo para eso —respondí con firmeza—. Háganlo ustedes. Yo estoy trabajando.
—No podemos —insistió—. Legalmente tienes que estar presente. Y… —dudó—. Ha estado sola demasiado tiempo.
No pregunté qué significaba eso. No quería.
Colgué sin prometer nada.
Minutos después, sentada frente a mi casillero, sentí esa incomodidad que no se va. Como si algo hubiera sido nombrado después de años de silencio… y ahora esperara respuesta.
Nocra.
Tenía cinco años cuando me fui. Cinco años cuando dejé de pertenecer a ese lugar.
—Te fuiste por completo —dijo Ava, sentándose a mi lado con dos cafés—. ¿Todo bien?
Ava Miller era lo opuesto a mí. Sonriente, luminosa, incapaz de ignorar lo que sentía.
—Tengo que viajar —admití—. A un pueblo.
—¿Un pueblo? —alzó una ceja—. ¿Tú? ¿La futura cirujana estrella de Shinra?
—Uno viejo —añadí—. Se llama Nocra.
No sé por qué lo dije. El nombre me quemó la lengua.
Ava sonrió.
—Entonces voy contigo.
Intenté negarme. No funcionó.
Pedí permiso en el hospital. No sin miradas largas ni advertencias. Ocho horas de carretera no eran una escapada rápida, pero la casa no iba a venderse sola… y algo en mí sabía que no hacerlo sería peor.
Salimos esa misma tarde.
La ciudad quedó atrás entre luces y concreto, y el cielo comenzó a cerrarse como una herida mal suturada. La lluvia cayó con una fuerza inesperada, espesa, insistente.
—Esto no es seguro —dijo Ava, sujetando el volante—. No veo nada.
El agua golpeaba el parabrisas como si quisiera entrar.
—Detente —respondí—. Esperamos a que pase.
Nos refugiamos en un área de descanso abandonada. El mundo reducido al sonido de la lluvia y al silencio entre nosotras. Dormimos mal. Soñé peor.
A la mañana siguiente, el cielo estaba limpio… demasiado.
Seguimos el camino.
Las señales desaparecieron una a una. La carretera se volvió más angosta. El aire cambió. Más frío. Más pesado.
Y entonces apareció.
Nocra.
Casas de piedra oscura. Ventanas cerradas. Un pueblo que parecía contener la respiración. Sentí algo en el pecho, una presión sorda que no era miedo… pero se le parecía demasiado.
—Este lugar… —murmuró Ava—. No sé por qué, pero siento que nos está mirando.
No respondí.
La casa estaba al final de una calle silenciosa. Vieja. Intacta. Como si hubiera estado esperando.
—Deberíamos quedarnos un par de días —dijo Ava bajando del coche—. Antes de venderla.
La miré. Iba a decir que no.
Pero la puerta crujió cuando la empujé, y el aire interior olía a polvo, a madera antigua… y a algo más.
Algo que me reconocía.
—Dos días —acepté.
No sabía entonces que Nocra no negocia. Solo espera.
Y el silencio… ya había empezado a arder.