CAPÍTULO 1: EL DISEÑO DE LA SOLEDAD
Milán, 4 de octubre de 1970
La lluvia de otoño golpeaba los ventanales del estudio con una insistencia metódica, casi tan precisa como los trazos de Pietro sobre el papel manteca. Él no necesitó mirar el calendario para recordar que hoy cumplía veintidós años. Para otros, era una edad de promesas y desorden; para él, nacido en aquel lejano 1948 cuando Italia aún recogía sus escombros, la vida era una estructura que debía ser calculada hasta el último milímetro. Pietro Castelli no era solo un hombre de números; como arquitecto, entendía que el mundo se sostenía gracias a fuerzas invisibles que él debía dominar en sus planos.
Pietro se puso en pie, estirando su espalda con un movimiento lento. Era un hombre imponente; su figura obligaba a las puertas antiguas de la ciudad a parecer pequeñas. Medía un metro ochenta y cinco, y cuando se erguía, su sombra parecía dominar la habitación. Tenía los hombros anchos y una musculatura tonificada, ganada en las canteras de mármol y en las largas jornadas supervisando obras. Su cabello castaño claro estaba peinado hacia atrás -aunque algunos rulos rebeldes ganaban la batalla en la parte superior-, y sus ojos, de un color miel intenso, escaneaban el plano de la cúpula que tenía delante con una frialdad absoluta.
Se quedó un momento contemplando el estudio, un espacio de techos altos donde sus proyectos de edificios y catedrales descansaban sobre mesas de nogal. A pesar de su juventud, Pietro se movía con la seguridad de quien ya ha conquistado el mundo exterior. Muchas mujeres habían probado el sabor de sus labios; conocía el arte de un beso que dejaba sin aliento. Sin embargo, para él, la seducción era un ejercicio vacío. Estaba harto de ser tratado como una de sus maquetas: algo hermoso de observar, pero carente de alma a los ojos del espectador. Las mujeres siempre se detenían en su superficie, sin interesarse en el arquitecto que diseñaba cada movimiento. Por eso, su castidad era su rebelión; besar era una transacción, pero su intimidad era un santuario que nadie había merecido profanar todavía.
-La simetría es perfecta, pero le falta alma, Pietro -dijo una voz que no pertenecía al silencio de su estudio.
Pietro se tensó. Se giró lentamente, ajustándose los puños de su camisa blanca con una parsimonia que ocultaba su irritación. En el rincón más oscuro de la habitación, sentado en una silla de terciopelo que antes estaba vacía, se encontraba un hombre.
-Usted ha violado una propiedad privada -dijo Pietro. Su voz era grave y cortante-. No sé cómo ha burlado la seguridad, pero salga ahora mismo.
El hombre no se inmutó. Vestía un traje de una elegancia anacrónica.
-Llamar a la policía sería inútil, Pietro. No pueden esposar a una idea -Messer se puso en pie-. Te crees inexpugnable porque te escondes detrás de tus muros de carga y tus cálculos estructurales. Pero incluso el edificio más sólido tiene una debilidad.
-No sé qué clase de charlatán es usted, pero se acabó -Pietro avanzó hacia él, decidido a sacarlo por la fuerza con su imponente físico.
Pero, antes de que pudiera tocarlo, el tiempo pareció detenerse. La lluvia contra el cristal quedó suspendida, como diamantes quietos en el aire. El humo del cigarrillo del extraño se congeló. Pietro intentó gritar, pero el aire en sus pulmones era denso. Entonces, el extraño tocó el plano de la cúpula sobre el escritorio y las líneas de tinta comenzaron a vibrar, como si el papel fuera piel viva.
Pietro retrocedió, con el corazón maquillando por primera vez contra sus costillas. La lógica acababa de ser demolida.
-¿Qué... qué es usted? -logró articular, con la garganta seca.
El extraño hombre lo miró con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
-Soy la grieta que no viste venir en tus planos, Pietro. Soy la fuerza que el mármol no puede contener, pero puedes llamarme Messer por ahora. Mañana, en la Ópera de La Scala, descubrirás si tu estructura es tan sólida como presumes. No faltes.
Las luces parpadearon violentamente y, cuando Pietro volvió a enfocar la vista, la habitación estaba en silencio. El extraño había desaparecido, dejando sobre el plano intacto una única entrada de terciopelo negro.
📝 Bienvenidos/as al Milán de 1970, donde la soberbia está a punto de encontrarse con su propio límite.
Escribir sobre Pietro es un desafío: es un hombre que cree tener el control de cada línea de su vida, hasta que lo sobrenatural decide entrar sin permiso. Muchas gracias por acompañarme en este primer trazo de la historia. Si el misterio de Messer te intrigó, tu ❤️ y tu seguimiento son el mejor impulso para seguir construyendo este relato.
La función en La Scala está por comenzar.
— Soledad









Me gusta, ¡estoy deseando saber cómo continúa la historia!