Prólogo
Frente al espejo, la luz fluorescente no tenía piedad. Me quedé observando mi reflejo, recorriendo las líneas de un cuerpo que sentía ajeno, casi como una armadura que me quedaba grande. «Debería cambiar», me susurré. El cansancio no era físico, era mental; estaba harta de la inseguridad que me dictaba el espejo. No podía imaginarme entregándome a alguien así.
Parecía una contradicción estúpida: era virgen, no tenía a nadie en el horizonte y, sin embargo, mi mente no dejaba de vagar por los rincones más oscuros del BDSM. Pero si algún día iba a permitir que me hicieran todo lo que imagino, quería sentirme poderosa en mi vulnerabilidad. Quería ser una "ofrenda" digna, sentirme sexy mientras me sometían.
Me forcé a sonreír, ajusté mi coleta alta con firmeza y salí hacia el gimnasio. Nunca me había importado mi físico, hasta que el deseo de perder la virginidad se volvió una urgencia. La idea de estar desnuda ante un extraño me aterraba más que cualquier otra cosa.
El aire pesado del gimnasio me golpeó al entrar. El ruido de los discos de metal chocando y el olor a sudor eran intimidantes. Tenía mi rutina anotada en el móvil, fruto de horas de investigación, pero allí, rodeada de gente que parecía saber exactamente qué hacer, me sentí pequeña.
Caminé hacia la cinta, tratando de que mis pasos no vacilaran. "Solo calienta el cuerpo, tú puedes", me repetí. A pesar de mis esfuerzos por concentrarme, sentía —o imaginaba— las risas y las miradas de juicio a mis espaldas. Apreté los puños, ignoré el ruido exterior y, por primera vez, terminé cada repetición.
Esa noche, el agotamiento me venció, pero mi mente no descansó. La realidad se disolvió en una oscuridad densa y cálida. De pronto, sentí el frío de unas cadenas imaginarias y la presencia de alguien cuya sombra lo llenaba todo. No podía ver su rostro, pero su autoridad me cortaba la respiración.
—Oye, mírame a los ojos, esclava.
Antes de que pudiera procesar la orden, una mano grande y firme se cerró alrededor de mi cuello. No apretaba para lastimar, sino para reclamar. Con un movimiento seco, obligó a mi cabeza a inclinarse hacia atrás, exponiendo mi garganta, dejándome vulnerable bajo su mirada invisible.
—Te estoy hablando —su voz era una vibración que sentí en los huesos—. Y cuando yo te diga algo, perra, lo harás sin dudarlo. ¿Entendido?
Abrí los ojos de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas. El silencio de mi habitación se sentía vacío después de aquella voz. Suspiré, sintiendo cómo el calor del sueño se convertía en una humedad persistente y frustrante entre mis piernas.
Era una tortura constante. Mi cuerpo pedía a gritos algo que mi mente ni siquiera sabía cómo proporcionarme; ni siquiera sabía cómo tocarme para calmar ese fuego. Me cubrí la cara con las manos, sintiendo el contraste de la piel fría.
—Soy un maldito desastre —murmuré contra las sábanas, atrapada entre la mujer que era y la que moría por ser.
Hola, espero que les guste y lo disfruten.



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