Lo Que No Puedo Decir Sin Llorar by Jorge Luis Torres at Inkitt
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Lo que no puedo decir sin llorar

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Summary

El cuento narra la historia de un niño que encuentra en su abuela una segunda madre y su refugio emocional. Mientras crece enfrentando el rechazo y el bullying escolar, ella es quien lo protege, lo escucha y le enseña a aceptarse tal como es. A través de pequeños momentos cotidianos, se construye un vínculo profundo basado en el amor, la confianza y la complicidad. Con el paso del tiempo, el narrador crece y empieza a notar el desgaste físico de su abuela hasta que llega el golpe más duro: la enfermedad. A pesar del miedo y la impotencia, permanece a su lado mientras ella pierde poco a poco su salud y su memoria. La despedida es silenciosa, dolorosa y definitiva. Años después, ya adulto, el narrador comprende que nunca llegó a aceptar del todo su muerte hasta reencontrarse con su recuerdo frente a su tumba. Allí logra llorar lo que no pudo antes y entiende que hay dolores que solo pueden expresarse con lágrimas. El cuento es un homenaje al amor incondicional, a la infancia marcada por una figura protectora y a las pérdidas que nos acompañan toda la vida.

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1
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n/a
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13+

Cuento corto

Quisiera poder decir que solo fue una etapa, pero me estaría engañando a mí mismo. Supongo que lo digo por la misma razón por la que todos los seres humanos se lastiman: intentar explicar esa sensación, ese vacío que no termina nunca, esa angustia constante. Y de ahí surge la típica pregunta: ¿para qué vivimos?, ¿Cuál es nuestro propósito en la Tierra?

¿A ustedes les gusta llorar cuando leen un libro? Entonces prepárense… porque los haré llorar.

Todo comenzó cuando tomé conciencia del mundo. Ella siempre estuvo ahí. Cuando mamá y papá trabajaban, ella me cuidaba. Hacíamos todo juntos. ¿De quién hablo? De mi abuela, la mamá de mi mamá.

Recuerdo que en la escuela siempre me molestaban por ser diferente, el “rarito” para ellos. Volvía a casa golpeado, con algún útil faltante o incluso sin cartuchera.

—Hola, ¿hay alguien? Ya regresé —dije.

—Hola, cielo —respondió asombrada—. ¿Quién te hizo eso, Jonathan? Ya mismo voy a hablar con tu maestra.

—No, no, espera, abuela Ramona. No digas nada, es mi culpa… yo tropecé.

—¿No me digas? ¿Y el suelo te inflamó el ojo?

—Está bien… sí, me pegaron, pero no pude hacer nada. Tenía miedo.

—Este muchachito me vas a terminar infartando —rió—. ¿Sabes, hijo? Algún día no estaremos aquí. Solo quedará nuestro conocimiento para las siguientes generaciones. Este es mi mensaje para ti: sé tú mismo siempre. Si ellos te buscan para lastimarte es porque eres diferente, y eso es bueno. No seas como el montón, eres especial. Un día harás cosas geniales y te tocará verlos desde arriba. Querrán ser tus amigos, muchos… pero tú sabrás quiénes estuvieron en las buenas. Te lo aseguro, pequeño.

—Vos siempre estuviste en las buenas, abu.

—Yo no voy a estar siempre, Joni.

—Sí lo estarás. Vivirás millones de años. Yo moriré de viejito antes que vos.

Tenía solo siete años en ese entonces. Era un niño lleno de esperanza y creatividad. A los diez ya había terminado la primaria y toda mi familia fue a festejarlo. Nos reunimos en casa, hubo una gran cena, charlas entre mis padres y los chistes del tío Manuel. Éramos una gran familia.

—Felicidades a Joni por terminar la primaria —dijo mi papá mientras todos me aplaudían.

—Sabía que podías hacerlo, mi pequeño —agregó mi abuela.

—Gracias, abu, y por firmar mis notas —le susurré.

—Es nuestro secreto —susurró ella también.

Hablamos y reímos durante horas, hasta que tosió.

—Mamá, ¿estás bien? —preguntó mi tío.

—Abu, abu, ¿Qué tenés? —le pregunté asustado.

—Estoy bien, no pasa nada. Tengo que ir al baño, nada más.

Fue la primera vez que me asusté de verdad por ella. No era una tos común: era seca y tenía sangre.

El tiempo pasó. Pegué un estirón y mis actitudes también cambiaron, no demasiado, pero sí lo suficiente. Una mañana ocurrió algo que aún me pesa. Ella vino a hablarme a mi habitación.

—Joni… Joni, perdón que te moleste.

—¿Qué sucede, abuela?

—Me picó un alacrán y quería saber si podías acompañarme al hospital para que me revisen.

—Estoy muy cansado… ¿puede ser más tarde?

—No te hagas problema. Me voy sola, descansa.

Esa mañana me odié como nunca. ¿Cómo pude decirle eso? Preferí quedarme acostado en vez de estar a su lado cuando me necesitaba. Actué de forma egoísta. Por suerte, el alacrán no era venenoso.

Apenas regresó, corrí a abrazarla y a pedirle perdón. Ella no estaba enojada; me miró con una sonrisa. Le prometí que nunca volvería a tratarla así.

No quería llegar a esta parte.

Cumplí catorce años y entendí que el tiempo no se puede controlar. De pequeño creía que podía hacerlo a mi voluntad. Qué ingenuo fui. El tiempo nos pasa por encima a todos, y lo noté en su rostro más decaído, en sus manos más arrugadas, en su cuerpo más cansado.

Una noche hablamos durante horas. Me preguntó cuáles eran mis planes para el futuro y yo le dije que quería envejecer a su lado. Reímos, miramos series.

Estaba en la escuela cuando me llamaron. Mamá fue a buscarnos a mí y a mis hermanos. Mi abuela tenía cáncer de mama. Mi mundo se destrozó.

Aún estaba conmigo, pero no podía imaginar la vida sin ella. Yo le había prometido que viviría un millón de años.

No me aparté de su lado. Estudios tras estudios, y todo empeoraba. Todas las noches lloré, y sé que ella también. Una noche fui a dormir con ella.

—Abuela, ¿puedo… dormir con vos?

—¿Qué pregunta es esa? Claro que sí, mi pequeño.

—Abuela, perdón —estallé en llanto.

Ambos lloramos. No pudimos hablar, solo mirarnos hasta quedarnos dormidos.

A la mañana siguiente no quería irme, pero mamá insistió: yo debía ir a la escuela y la abuela al médico. La internaron. Estaba empeorando.

Cuando volví, su cama estaba vacía. Me acosté allí, pero no era lo mismo sin ella. Le insistí a mis padres varios días para verla, pero algo me ocultaban.

—Mamá, quiero ver a la abuela.

—Vamos a esperar a que mejore y vamos juntos.

—Pero ya está mejor, está en el hospital. ¿No se supone que ahí te curan?

—Sí, amor, pero la abuela está delicada —dijo, quebrándose.

—¿Por qué llorás, mamá? ¿Qué pasó con la abuela?

—Ella… no recuerda a nadie, hijo —me abrazó.

—Quiero verla.

Al día siguiente me llevó al hospital. Dije que sería fuerte por ella, pero cuando la vi no pude aguantar. Me dijo que le recordaba a uno de sus hijos, que se habían ido lejos. Ya no era ella.

Me quedé en silencio, roto por dentro. Caí de rodillas y lloré. Por un segundo sentí que me reconoció. De pronto algo comenzó a sonar y los doctores nos sacaron.

—No, por favor… quiero quedarme con ella. Quiero estar a su lado.

Al día siguiente volví. Estaba entubada. Ya no abriría los ojos. Ya no me vería, no me escucharía, no volvería a decirme “mi pequeño”.

Recordé sus palabras y fui fuerte. Miré el cielo desde una ventana y hablé con Dios, enojado y destrozado.

—Vos me la quitaste. Ella era todo para mí. Pero ella no hubiera querido que me enoje con vos. Gracias, abu, por darme la mejor infancia. Ya luchaste mucho, podés descansar en paz. Dios, cuidala por mí… no pude cumplir mi promesa.

Tomé su mano y le di un beso en la frente. Una lágrima cayó sobre ella y se deslizó hasta su ojo. Parecía que compartíamos la misma lágrima.

Ese mismo día nos llamaron del hospital: su corazón se había detenido.

El día del funeral todos estaban tristes. Yo no. No entendía por qué no podía llorar.

Pasaron dos años sin volver al cementerio. Conocí a una chica que había perdido a su papá. Estaba enterrado en el mismo lugar. La acompañé y me insistió en visitar también a mi abuela.

Cuando vi su tumba, caí de rodillas. Las lágrimas llegaron sin pedir permiso. Entendí que no había aceptado su muerte.

—Te dejaré un rato a solas —dijo ella.

—Abuela, gracias por ser una segunda madre, una amiga, por educarme y estar siempre. Las palabras no bastan. Daría todo por un abrazo más. Nos vamos a ver algún día, lo sé. Espérame, por favor. Te amo.

Hoy tengo treinta años y en este escenario frente a todos ustedes, esto se lo dedico a mi familia por creer en mí, pero en especial a una persona muy especial que me mira desde allá arriba —comienzo a llorar—. Ella creyó en mí antes de que yo empezara a hacerlo.

Muchas gracias, y que tengan buenas noches.

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