Chapter 1
El final (el inicio)
-La última ronda ha comenzado. Los jugadores tienen diez minutos- resonó la voz robótica, fría, distante.
Gi-hun caminó despacio. No había prisa cuando la decisión ya estaba tomada. Tomó a la bebé en brazos y el llanto llenó el espacio, agudo, desesperado, como si entendiera lo que estaba a punto de suceder.
-¿Qué esperas, 456? Termina el juego- ordenó el VIP con la máscara de águila.
El lugar quedó en un silencio extraño, denso, que se extendió más de lo permitido. Nadie se movía.
-Lo entiendo- intervino el VIP con la máscara de león-. Algunas despedidas toman tiempo.
Una cámara se acercó hasta encuadrar por completo a Gi-hun.
Desde la sala de control, In-ho observaba. La máscara ocultaba su rostro, pero no el peso que se le hundía en el pecho. Por fuera, seguía siendo el Front Man. Por dentro, algo empezaba a resquebrajarse.
Gi-hun permanecía quieto, sosteniendo a la bebé con cuidado, como si el mundo pudiera romperse si apretaba demasiado. Su rostro mostraba todo el cansancio, todo el dolor acumulado. El llanto cesó. La bebé dormía, ajena a todo.
Con pasos lentos, Gi-hun se agachó. La miró largo rato, como si quisiera memorizarla, como si ese instante fuera lo único limpio que le quedaba. Besó su frente con suavidad y la abrazó una última vez. Luego, con un cuidado casi reverente, la dejó sobre la plataforma.
Los VIPs bajaron lentamente sus lentes. Por primera vez, no había risas. Solo expectativa.
Gi-hun les dio la espalda. Cuando habló, su voz no tembló. Era firme, nacida de algo más profundo que el miedo. Tal vez del dolor. Tal vez de la rabia. Tal vez de la culpa de haber participado, de haber sobrevivido, de haberse manchado las manos de sangre.
-No somos caballos... somos humanos- dijo-. Y los humanos somos...
No terminó la frase.
Se dejó caer.
-Jugador 456 eliminado- anunció la voz mecánica, atravesando el lugar como un disparo final.
El silencio fue absoluto.
En la sala de control, In-ho observó la pantalla hasta que la imagen de Gi-hun desapareció. El marcador confirmó el final del juego. Sus manos se cerraron lentamente.
-Jugadores, el juego ha terminado- repitió la voz robótica por última vez.
Las alarmas comenzaron a sonar por toda la isla, rompiendo el silencio artificial que había quedado tras el final del juego. Luces rojas parpadeaban en los pasillos. La policía estaba en camino. El tiempo se había agotado.
Eso significaba evacuación inmediata.
Pero los VIPs no se movieron.
En lugar de huir, tomaron una decisión todavía más peligrosa. No estaban dispuestos a abandonar la isla sin asegurarse de algo primero. Llamaron a varios soldados de traje rosa y les ordenaron acompañarlos. Su jugador estrella no podía perderse así, no después de todo lo que había dado.
Avanzaron con rapidez entre corredores y plataformas, escoltados por los guardias, hasta que notaron algo extraño.
A lo lejos, una figura se alejaba del lugar con pasos silenciosos y firmes.
-¿Qué hacía el Front Man aquí?- preguntó el VIP con la máscara de águila, deteniéndose un segundo.
Uno de los soldados miró en la misma dirección.
-Creo que iba por la jugadora 222- respondió, aunque la duda era evidente incluso para él.
Siguieron caminando hasta llegar al punto donde el cuerpo yacía.
Allí, todos se detuvieron.
Gi-hun estaba tendido sobre el suelo, rodeado por un charco de sangre que contrastaba violentamente con el color de la plataforma. Su cuerpo permanecía inmóvil, demasiado quieto.
El silencio que se formó fue incómodo, casi reverente.
-No creo que esté vivo- murmuró el VIP con la máscara de venado, observándolo con atención.
-No es posible- respondió el de la máscara de león-. La caída fue demasiado alta. Es muy poco probable.
Entonces lo notaron.
El pecho de Gi-hun se elevó apenas.
Y luego volvió a caer.
No era una respiración normal. Era débil, irregular, espaciada, como si su cuerpo no hubiera decidido aún si debía seguir funcionando. Podía ser un simple reflejo. Un último espasmo. O algo más.
Pero para ellos, eso bastaba.
-Nos lo llevamos- dijo el VIP con la máscara de león, con una calma inquietante.
Los demás no discutieron.
-Sí- respondieron al unísono.
Los soldados obedecieron de inmediato. Con cuidado, levantaron el cuerpo de Gi-hun y comenzaron a retirarse por rutas secundarias, evitando las zonas de evacuación. Las alarmas seguían sonando cuando desaparecieron con él entre los pasillos, justo antes de que la isla comenzara a colapsar.
El juego había terminado.
Pero los VIPs ya estaban pensando en el siguiente.
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L
uces blancas iluminaban lo que parecía una habitación de hospital.
Pero no lo era.
No había ventanas.
No había relojes.
No había nombres en las paredes.
Los VIPs habían pagado a los mejores doctores para evitar que Gi-hun muriera. Especialistas traídos de distintos lugares, equipos completos trabajando en turnos interminables, tecnología que no figuraba en ningún registro oficial.
Aun así, habían pasado al menos seis meses sin cambios reales.
Algunas heridas habían sanado.
Varios huesos rotos se habían soldado.
Pero Gi-hun no despertaba.
La máquina que marcaba su ritmo cardíaco emitía un sonido lento y espaciado.
Bip... bip...
Cada pitido era una confirmación incómoda de que seguía allí. No vivo del todo. No muerto tampoco.
Los médicos lo sabían.
No quedaba mucho tiempo.
Incluso si sobrevivía, no podría moverse. La mitad de su cerebro había quedado severamente dañada por el impacto. El cráneo se había fracturado de forma brutal. Desde un punto de vista médico, el hecho de que aún respirara era, sencillamente, un milagro innecesario.
Uno de los VIPs, el que solía llevar la máscara de león, rompió el silencio.
-¿Por qué no muestra mejoría? -preguntó, con la voz cargada de frustración.
-Señor, estamos haciendo todo lo posible... -alcanzó a decir uno de los médicos.
-No le estamos pidiendo excusas -interrumpió una mujer coreana de cabello negro, conocida por usar la máscara de pantera-. Quiero una respuesta clara. ¿Va a despertar o no?
El médico tragó saliva.
Otro doctor, mayor, con el rostro marcado por años de trabajo y cansancio real, dio un paso al frente.
-Señores... -dijo-. No creemos que el señor Seong vaya a despertar.
El silencio cayó pesado sobre la habitación.
-Y si continúa con vida -prosiguió- será únicamente gracias a las máquinas. El daño cerebral es severo. Las fracturas en el cráneo fueron devastadoras. Lo más probable es que quede en estado vegetativo.
El monitor siguió sonando.
Bip... bip...
-Y la verdad... -añadió el médico, claramente nervioso- la única forma de que el señor Seong viva de otra manera...
Se detuvo un segundo, como si midiera si debía decirlo.
-Sería reconstruir lo que se dañó.
-¿Reconstruir? -preguntó el VIP que solía llevar la máscara de venado-. ¿A qué se refiere con reconstruir?
El médico respiró hondo.
-A la biogenética.
-¿Biogenética? -se burló el de la máscara de águila-. ¿Como en Jurassic World?
-¿Eso no es peligroso? -murmuró el médico más joven, claramente incómodo.
El doctor mayor negó lentamente con la cabeza.
-La biogenética no es una sola cosa -explicó-. Es un conjunto de procedimientos aún experimentales. No hablamos de curar... hablamos de reemplazar.
Los VIPs guardaron silencio, atentos.
-Terapia con células madre -enumeró-. Inyectarlas directamente en zonas específicas del cerebro para que se diferencien en nuevas neuronas y reparen el tejido dañado.
-Edición genética mediante CRISPR -continuó-. Corregir errores a nivel molecular que impiden la regeneración celular.
-Neuroprótesis -añadió-. Implantes diseñados para suplir funciones cerebrales que ya no existen.
-Reingeniería de tejidos -su voz se volvió más grave-. Crear tejido cerebral artificial para reemplazar áreas destruidas.
-Y simulación neuronal -concluyó-. Modelar su cerebro, copiar patrones, reprogramarlos... e intentar restaurar funciones perdidas.
El médico bajó la mirada.
-Para que el señor Seong vuelva a ser funcional... habría que combinar varias de estas técnicas.
-¿Eso significa que volvería a ser el mismo? -preguntó uno de los VIPs.
El doctor tardó en responder.
-Significa que podría volver a funcionar -dijo finalmente-. No puedo garantizar que siga siendo la misma persona.
Nadie habló.
El sonido del monitor siguió marcando el tiempo.
El silencio se instaló en la habitación, espeso, incómodo, casi opresivo. Nadie hablaba. Nadie se movía. Solo el sonido del monitor marcando un pulso débil recordaba que Gi-hun seguía allí... o algo parecido.
-¿Y usted sabe hacer eso? -preguntó finalmente uno de los VIPs, rompiendo la quietud.
El doctor respiró hondo antes de responder. Negó con la cabeza.
-No -dijo con honestidad-. Yo no. Pero tengo contactos. Personas que sí trabajan con ese tipo de biogenética... aunque lo que proponen va mucho más allá de cualquier protocolo médico.
Los VIPs intercambiaron miradas. Detrás de las máscaras no había duda, solo expectativa.
-Entonces lo haremos -declaró el que solía llevar la máscara de águila, con un tono casi satisfecho-. No aceptamos perderlo así.
El médico más joven dio un paso al frente, visiblemente alterado.
-Esto es peligroso -dijo-. No estamos hablando solo de salvarlo. Estamos hablando de modificarlo. De tocar su mente, su conciencia... Si algo sale mal, lo que despierte puede no ser el señor Seong.
El doctor mayor lo miró.
No hubo gritos ni reproches. Solo una mirada firme, cargada de advertencia. No sigas. No aquí.
El joven tragó saliva y bajó la vista. Guardó silencio.
-Entiendan algo -añadió entonces el doctor mayor, con voz grave-. Si seguimos este camino, no habrá marcha atrás. Puede que el cuerpo viva... pero no podemos garantizar que el hombre vuelva a ser el mismo.
-No nos importa -respondió otro VIP-. Lo que queremos es verlo de pie otra vez. En los juegos.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, frías y definitivas.
El doctor asintió lentamente.
-Muy bien -dijo-. Entonces prepararemos el traslado y contactaremos a los especialistas.
El monitor volvió a sonar.
Bip... bip...
Y con ese pulso artificial, los VIPs sellaron su decisión: desafiar la muerte, la ética y lo humano... solo para no dejar ir a su jugador favorito.
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El traslado había sido un éxito.
Gi-hun seguía respirando. No de forma natural, no con fuerza, pero lo suficiente como para decir que seguía con vida. O, al menos, estable.
El lugar ya no era el mismo.
No había camillas comunes ni pasillos reconocibles. Todo era más amplio, más silencioso. Las luces blancas no parpadeaban; eran constantes, frías. Máquinas que no había visto antes rodeaban su cuerpo, conectadas a cables que entraban en su piel, en su cabeza, en su pecho. Monitores mostraban gráficos incomprensibles, líneas que subían y bajaban como si intentaran imitar algo que alguna vez fue humano.
Los médicos se movían con cautela. Nadie hablaba de salvarlo. Ya no.
Ahora hablaban de mantenerlo.
—La actividad cerebral es mínima —dijo uno de ellos—, pero no inexistente.
Eso era suficiente.
Los VIPs observaban desde el otro lado del cristal. No había preocupación en ellos. Había expectativa. Como si esperaran el inicio de un espectáculo que llevaba meses preparándose.
Las semanas se convirtieron en meses, y el “tratamiento” de Gi-hun avanzaba mejor de lo que todos habían previsto. No había despertado, no realmente, pero su cuerpo comenzaba a responder. A veces abría los ojos sin enfocar nada. Otras, movía los dedos, los pies, como si intentara recordar cómo hacerlo.
Eran reflejos. Eso decían los médicos.
Pero los VIPs no estaban tan seguros.
En silencio, sin decirlo en voz alta, todos esperaban lo mismo: que ese cuerpo aún guardara algo de él. Del jugador que se había sacrificado por alguien más. Del hombre que, incluso al borde de la muerte, había decidido no jugar como ellos querían.
Y mientras las máquinas seguían marcando su pulso, los VIPs observaban con paciencia enfermiza, convencidos de que Gi-hun no se había ido del todo…
solo estaba esperando el momento de volver.
Con el paso de los días, los reflejos dejaron de ser esporádicos.
Gi-hun comenzó a reaccionar con mayor frecuencia a los estímulos. El sonido de las máquinas ya no pasaba desapercibido; su respiración se alteraba cuando los monitores cambiaban de ritmo. Ante luces demasiado intensas, fruncía el ceño. Cuando alguien pronunciaba su nombre, aunque fuera en voz baja, su pulso se aceleraba de forma evidente.
Los médicos tomaban nota de cada detalle.
—No es conciencia —insistían—. Es memoria muscular. Respuestas primitivas.
Pero había algo que no lograban explicar.
Una noche, sin aviso previo, Gi-hun abrió los ojos.
No fue un despertar. No miró a nadie. No entendió dónde estaba. Sus pupilas se movieron con rapidez, como si buscaran una salida inexistente. Su cuerpo se tensó de inmediato, los músculos rígidos, preparados para huir.
Las alarmas se activaron.
—Tranquilo… —murmuró uno de los doctores, aunque sabía que no podía oírlo del todo.
Gi-hun emitió un sonido bajo, apenas un gemido ahogado. Su mano se cerró con fuerza, como si aferrara algo invisible. Su respiración se volvió errática, desordenada.
Durante unos segundos, pareció querer incorporarse.
No pudo.
Su cuerpo no respondía como su mente creía que debía hacerlo. La frustración se reflejó en su rostro antes de que sus ojos volvieran a cerrarse.
Cuando todo terminó, el silencio regresó a la habitación.
—Eso no fue un reflejo —dijo finalmente el doctor joven, con la voz temblorosa—. Fue miedo.
El doctor mayor no lo contradijo.
Al otro lado del cristal, los VIPs observaban sin decir palabra.
Ya no hablaban de si despertaría.
Ahora se preguntaban cuánto de Gi-hun seguiría allí cuando lo hiciera.
A partir de ese momento, nada volvió a ser igual.
Gi-hun ya no permanecía completamente inmóvil. Su cuerpo reaccionaba con una regularidad inquietante, como si algo dentro de él estuviera aprendiendo de nuevo. Los médicos comenzaron a reducir poco a poco la asistencia de algunas máquinas. Querían ver hasta dónde llegaba por sí solo.
Respondía.
No hablaba. No entendía órdenes. Pero obedecía estímulos simples. Cuando le pedían que cerrara la mano, lo hacía. Con lentitud, con torpeza, pero lo hacía. Si una voz se alzaba de forma brusca, su cuerpo se tensaba de inmediato, como si esperara un castigo.
—Tiene instinto de supervivencia —anotó uno de los especialistas—. Muy desarrollado.
Los VIPs observaban cada sesión tras el cristal. Ya no se limitaban a mirar: preguntaban, exigían avances, pedían pruebas. Querían estar seguros de una sola cosa.
—¿Reconoce el juego? —preguntó uno de ellos.
El doctor mayor dudó antes de responder.
—No como concepto —dijo—. Pero su cuerpo sí.
Para demostrarlo, ordenaron reproducir un sonido específico. Bajo, metálico. Una grabación antigua, casi imperceptible.
La voz robótica.
Gi-hun reaccionó al instante.
Su pulso se disparó. Sus ojos se abrieron con violencia. Un jadeo brusco escapó de su garganta. Intentó incorporarse, esta vez con más fuerza que antes, como si el recuerdo lo empujara desde dentro.
—Deténganlo —ordenó el médico joven—. Está entrando en pánico.
Pero los VIPs no dijeron nada.
Querían verlo.
Gi-hun temblaba. Sus manos buscaban apoyo en el aire vacío. Sus labios se movieron, formando palabras que no llegaban a salir. No recordaba nombres. No recordaba rostros. Pero recordaba el miedo. El sonido. La urgencia de sobrevivir.
—Es él —murmuró uno de los VIPs—. Lo sabíamos.
El doctor mayor cerró los ojos por un segundo.
—No —corrigió—. Es lo que quedó de él.
Gi-hun volvió a perder fuerzas y cayó contra la camilla, exhausto. Sus ojos se cerraron otra vez, pero su respiración tardó en estabilizarse.
Desde ese día, los registros cambiaron de tono.
Ya no decían paciente.
Decían sujeto.
Y en algún lugar en otra isla, muy lejos de esa habitación blanca, comenzaron a reactivarse sistemas que llevaban meses apagados.
Los juegos estaban volviendo.
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La habitación estaba a oscuras, sumergida en un silencio absoluto. In-ho descansaba en su sillón de cuero negro mientras vigilaba la cuna de la bebé. La mecía con movimientos lentos y precisos, con un cuidado extremo para no hacer el menor ruido que pudiera despertarla.
Habían pasado más de nueve meses desde la "muerte" de Gi-hun. Sin embargo, el vacío seguía ahí, silencioso pero constante. In-ho pensó que con el tiempo se acostumbraría, que incluso ver sufrir a Gi-hun le resultaría satisfactorio... pero se equivocó. Cada vez que su nombre cruzaba sus pensamientos, sentía un nudo en el pecho que lo dejaba sin aliento.
Los juegos estaban por comenzar de nuevo en una isla completamente nueva, con seguridad reforzada y tecnología avanzada. La planificación y el cuidado de la niña lo mantenían ocupado, aunque su mente nunca lograba desconectarse del todo.
Varias veces pensó en dejar a la bebé al cuidado de su hermano Jun-ho, pero siempre se arrepentía. Sentía que, si lo hacía, perdería el último hilo que lo mantenía unido a Gi-hun. Todavía no estaba listo para soltar ese fragmento de su pasado.
In-ho cerró los ojos y recordó la última vez que vio a Gi-hun en las pantallas, justo antes del final. Susurró las palabras que quedaron grabadas en su memoria:
—"No somos caballos... somos humanos".
Esa había sido la respuesta de Gi-hun antes de lanzarse desde la plataforma en las alturas. Era un mensaje directo para In-ho, una respuesta a lo que él le había dicho en la limosina cuando Gi-hun ganó los juegos: que ellos no eran más que caballos en un hipódromo.
Recordarlo ahora lo estremecía. En el rostro de Gi-hun había visto cansancio, odio y una tristeza tan grande que ahora pesaba sobre el propio pecho de In-ho como una carga pesada. Su "muerte" había dejado un hueco que nada podía llenar.
In-ho había diseñado la nueva organización de la isla como una maquinaria perfecta donde la tradición y la tecnología se mezclaban de forma implacable. A pesar de los avances, decidió mantener la esencia visual que tanto orden le daba al caos: el dormitorio seguía siendo aquel salón inmenso donde las literas se apilaban unas sobre otras formando montañas de acero, y los pasillos continuaban siendo ese laberinto de escaleras de colores vibrantes que subían y bajaban de forma confusa.
Para él, ese diseño era fundamental, pues obligaba a los jugadores a sentirse pequeños y desorientados antes de cada prueba. Sin embargo, bajo esa apariencia familiar, la seguridad se había vuelto invisible y total. Ahora, cada escalón contaba con sensores de peso y las cámaras de alta resolución podían captar hasta el susurro más bajo entre la multitud.
En la zona de los guardias, la disciplina era absoluta y sus máscaras contaban con sistemas de comunicación encriptados que nadie podía interceptar. Mientras tanto, en la parte más alta y aislada de la isla, In-ho gestionaba todo desde su despacho privado. Allí, lejos del bullicio de las literas y del eco de las escaleras, el silencio era sagrado para proteger el sueño de la bebé, que descansaba en su cuna bajo una vigilancia que no permitía ni el más mínimo error.
La nueva isla estaba casi terminada. El silencio del lugar solo era interrumpido por el sonido regular de las botas de los soldados avanzando por los pasillos metálicos, un eco seco y disciplinado que marcaba el pulso del complejo.
En la sala de control, rodeado de pantallas encendidas y luces bajas, In-ho sostenía a la bebé entre sus brazos. Su llanto rompía la quietud con pequeños jadeos irregulares, pero él no se inmutó. La arrulló con movimientos lentos, medidos, casi mecánicos, como si cada gesto hubiera sido calculado con antelación. Su mano recorría la espalda diminuta con una presión justa, suficiente para transmitir calma sin torpeza.
Poco a poco, el llanto fue apagándose. Primero se volvió un murmullo, luego un suspiro tembloroso, hasta que finalmente la bebé quedó dormida, acurrucada contra su pecho.
Había crecido mucho en esos meses.
Ya no era tan frágil como al principio.
Su cabello negro caía suave sobre la frente y sus ojos marrones—identicos a los de su madre— se cerraban con una tranquilidad absoluta, ajena a las pantallas que mostraban mapas, cámaras y protocolos
En el reflejo de una de las pantallas, una de las comisuras de su boca se alzó apenas. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible. Un quiebre fugaz en la rigidez que lo caracterizaba.
—Vaya, jefecito… ¿eso fue una sonrisa? —comentó uno de sus guardias de confianza, con un tono burlón que no ocultaba la sorpresa.
In-ho levantó la mirada de inmediato.
El guardia se quedó rígido al instante, como si el aire se hubiera congelado a su alrededor.
—Solo decía… —murmuró, dejando con cuidado un biberón sobre la mesa antes de retirarse de la habitación del Front Man sin añadir una sola palabra más.
In-ho no respondió. Depositó a la bebé en la cuna con el mismo cuidado con el que había sostenido todo lo demás desde el final de los juegos. Luego volvió a su puesto frente a las pantallas.
En ellas, la isla seguía en silencio.
Esperando.