Deviant Hearts |GoYuu|

Summary

Hace dos años, el exmodelo Gojo Satoru recibió cadena perpetua y fue recluido en una prisión de máxima seguridad. Nadie sería capaz de amar a un asesino en serie, pero Itadori Yuji parece ser la excepción. Su mente, corazón y alma le pertenecen. Es tan grande su amor que le envía cartas cada semana sin la esperanza de que le responda.   Pero un día Yuji recibe una carta de Satoru y de pronto su fantasía depravada se hace realidad. 

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18+

Capítulo Único

Durante una hora estuvo hablando mientras observaba el techo. Han pasado cuatro meses y todavía no se acostumbra a esta prisión de paredes beige. Yuji no puede culpar a nadie más que a sí mismo. No tuvo cuidado con su laptop y ahora se encuentra aquí.

La situación quizás no hubiera escalado tanto si su gemelo decidia no jugar al justiciero. Choso, su hermano mayor, vio un potencial peligro para él en cuanto reconoció al hombre que decoraba su fondo de pantalla y se horrorizó al indagar ciertas carpetas con fotos y documentos. Él exigió una explicación y se la dio. Un pésimo error, por cierto. Su hermano comenzó a llorar, maldiciendo a los dioses o a cualquier ser omnipresente que lanzó las calamidades a su familia. El accidente automovilístico de sus padres, el cáncer de su abuelo, el homicidio de su hermana menor, los crímenes que cometió su gemelo. Y ahora él, enamorado de un hombre que asesinó a sus progenitores y a varias mujeres.

La familia Itadori estaba maldita.

Choso lo obligó a recibir terapia. Sus sesiones fueron programadas una vez a la semana. Estaba hastiado de recostarse en el maldito sillón y fingir su deseo de recuperación. La doctora Iori Utahime lo denomina hibristofilia —un fenómeno psicológico en el que una persona se siente atraída de manera sexual o romántica por un criminal—, pero él lo sabe mejor. Él no está enfermo. Solamente se enamoró del hombre equivocado.

Antes de que su carrera delictiva saliera a la luz, Gojo Satoru era un reconocido modelo. Su hermoso rostro acaparaba las vallas publicitarias y las pantallas de Shibuya. Yuji lo vio en un comercial de perfume, quedando embelesado con su belleza. Recién descubría su atracción por su mismo género y ese fue el catalizador. Luego de revisar su biografía, lo siguió en todas sus redes sociales y salió a una tienda para comprar las revistas donde él protagonizara las portadas. Sus sentimientos escalaron cuando Satoru empezó a subir videos enmascarado y con audios de fragmentos de novelas del género dark romance en su cuenta de TikTok.

Visitó por primera vez una sex shop y compró un consolador de color blanco. En medio de una transmisión en vivo, Satoru —a petición de una fan— leía una escena erótica de un libro. Se desvistió, aplicó lubricante y se metió el consolador. La voz de Satoru sonaba suave al principio; después bajó una octava y las terminaciones nerviosas de Yuji se sacudieron con fuerza. Las vibraciones arremetían su interior mientras imaginaba a Satoru follándolo sin piedad contra un árbol. Eyaculó gritando el nombre de su amado. La transmisión terminó y se apresuró en ducharse. Choso trabajaba hasta tarde, así que se ahorró el bochorno de que lo descubriera.

Yuji nunca trató de contactarse con él. No tenía la valentía de hacerlo.

Entonces, llegó el día en que los medios de comunicación dieron la noticia de que Gojo Satoru era el principal sospechoso de la muerte de seis mujeres y de sus padres. Más tarde, las personas que asistieron a su juicio admitirían el miedo que Satoru les infundió. Él no rio de forma desquiciada, no atentó contra nadie ni amenazó con asesinarlos. Simplemente se mantuvo cruzado de brazos, relajado y sonriendo. Lo declararon culpable, sentenciado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Mucha gente quedó inconforme, exigiendo la pena de muerte.

Los fanáticos de Satoru se dividieron entre los que están con la ley y los que abogan por misericordia. Esto último se debe a la motivación de sus crímenes. La madre de Satoru abusaba de él desde hacía años y cuando su padre se enteró permaneció callado. Satoru descargó su ira y dolor en las mujeres que le recordaban a su madre. Las seducía, las invitaba a una casa que poseía a las afueras de la ciudad, les colocaba una venda en los ojos y las decapitaba con una katana.

De no ser porque sus padres lo descubrieron y tuvo que deshacerse de ellos, hubiera podido salir impune. En medio de la investigación, la policía encontró pistas que vinculaban a Satoru con las recientes desapariciones de mujeres. Terminó acorralado y confesó su delito.

Yuji no dejó de quererlo. Tomó la decisión de enviarle cartas, pero dudaba que le permitieran enviar respuesta. Aun así, cada semana le escribía para brindarle su incondicional apoyo. Lo mantenía informado del mundo y le confesaba su amor.

Era una relación unilateral.

Hasta que dejó de serlo.

Tras dos años, revisó su buzón y encontró una carta de Satoru dirigida a él. No podía creerlo. Se dio una bofetada en caso de estar alucinando y, al cerciorarse de que era real, saltó de felicidad. Satoru le informó que sobornó a un guardia para que pudiera responderle a su correspondencia. Le dio la maravillosa noticia de que lo incluyó en la lista de visitantes aprobados. También le explicó que debía llenar unos formularios que se requerían para las visitas. Al final escribió que deseaba conocerlo pronto.

Una semana después, entró a las instalaciones de la Prisión de Fuchu. Los vellos se le erizaron; esta prisión no solo tenía la reputación de ser una de las más grandes del país, sino que es reconocida como la más aterradora. Posee un estricto reglamento junto con técnicas de reformación similar al servicio militar para reformar delincuentes.

Esperaba con los nervios a flor de piel en la cabina cuando la puerta que se hallaba al otro lado del cristal se abrió y Satoru entró. La vida penitenciaria no consiguió destruirlo; lucía muy atractivo con su uniforme gris y sus facciones faciales no dejaron de ser perfectas. Notó que sus músculos crecieron y que su cabello estaba corto —una regla de la prisión, seguramente—.

Su pene se sacudió al instante en que Satoru tomó asiento y le guiñó un ojo. El cosquilleo en su vientre le exigió meter su mano y bombear su erección. Respiró hondo, domando sus instintos primitivos.

Tragó saliva y ambos cogieron el teléfono.

—Yuji —su corazón palpitaba con fuerza; escuchar su nombre de los labios de su amado era un sueño hecho realidad—, estoy contento de verte. He soñado tantas veces con este momento.

Jadeó con sorpresa.

—¿De verdad? —Yuji se muerde el labio inferior. De repente, sintió que su piel ardía de emoción.

—Por supuesto. Eres el único al que le importo y tus cartas han sido mi ancla desde que me encarcelaron. —Presiona su palma abierta contra el cristal—. Gracias, Yuji.

—¿Por qué? —susurró, imitando su gesto. Quería romper el cristal y entrelazar su mano con la de él; no obstante, tenía que conformarse con esto—. ¿Qué tienes que agradecerme?

—Te doy las gracias por tu amor. —Sonríe—. Es una lástima que no nos conociéramos antes. Te habría invitado a salir. Eres precioso como un ángel. El ángel que ha velado por mí lejos de esta prisión.

Yuji se sonrojó y luego sintió las lágrimas escociéndole los ojos.

—Desearía que no estuvieras aquí. Quiero besarte, tocarte. Amarte sin restricciones.

Se seca las lágrimas rápido. Este es un día especial; la tristeza no lo arruinará.

Satoru ladea una sonrisa. Por un segundo, Yuji cree que sus ojos azules brillan con malicia.

—¿Y si te digo que existe esa posibilidad?

—¿Qué? —Parpadea, estupefacto—. ¿Qué tratas de decirme?

—Primero necesito que respondas esto: ¿hasta dónde eres capaz de llegar por mí?

Esa era una alerta de emergencia. Debió colgar y abandonar la prisión para jamás volver. Sin embargo, él continúa en el asiento y esboza una dulce sonrisa.

—Por ti soy capaz de todo, mi amado.

La doctora Utahime se levantó de su sillón con forma de huevo. A Yuji le resultaban incómodos esos sillones; los músculos de sus glúteos y su lumbar quedaban tensos. Caminó por las losetas de moqueta gris hasta la puerta. Hizo un ademán de mano, despidiéndose de la doctora, y avanzó por el pasillo.

En la recepción, detuvo su andar al reconocer a un hombre alto de cabello rojo. Aunque ya sabía que él recibe terapia en esta clínica, no intentó acercarse, manteniéndose oculto para que no lo viera. No debería relacionarse con él, pero es el único que puede darle noticias acerca de su fugitivo gemelo.

Los ojos ámbar de Hisoka Morow se abrieron; no está seguro de si lo ha reconocido o lo está confundiendo con su hermano. Despertó del trance, apresurándose para ir al ascensor. Yuji logró interceptarlo.

—Perdóname, soy consciente de que no quieres hablarme, pero estoy desesperado y solo tú puedes ayudarme.

Él lo miró con desconfianza y aversión. Vale, lo entiende. Tener una conversación con el gemelo del hombre que te mantuvo en cautiverio por medio año no es exactamente lo que necesitas para sanar las heridas.

—¿Qué quieres? —dijo, lacónico.

—¿Mi hermano se ha comunicado contigo?

Hisoka entreabrió sus labios y, acto seguido, se rio con amargura.

—¿En serio? —frunció el ceño—. ¿Por qué carajos mi captor se contactaría conmigo?

—Porque te ama. —El semblante gélido de Hisoka se reemplaza con incredulidad—. Y tú lo amas.

Hisoka guardó silencio, mirando hacia abajo. El no refutarle de inmediato significaba que estaba en lo cierto. La última vez que Sukuna le llamó fue para explicarle lo que hizo y despedirse. También le confesó que terminó enamorado de Hisoka, pero que lo dejaría en libertad porque «su amor era imposible».

Gracias a las conexiones de Sukuna con unos miembros de la Yakuza, descubrió que el tío y primo de Hisoka fueron los que violaron y asesinaron a su hermana Chitoge. Sukuna ideó un plan para matarlos durante su estancia en su casa de Semboku. La situación se complicó cuando se encontró con Hisoka. No se suponía que estuviera ahí. Padre e hijo hacían ese viaje juntos; nunca llevaban invitados. Ni siquiera la madre era partícipe. A partir de ahí, todo salió mal. Tanto que su hermano no solo perdió su libertad, sino que también su corazón.

Yuji suspiró, optando por llenar el silencio.

—Por favor, yo solo quiero saber si mi hermano está bien.

Él lucía indeciso. Observó en derredor con un deje de pánico, como si temiera que en cualquier segundo alguien los atacaría. Pasó su mano por su cabello y soltó una bocanada de aire.

—Yo… lo vi. —Tragó saliva.

—¿Cuándo? —El corazón de Yuji se aceleró con miedo.

¿Sukuna se encontraba en Tokio? Demonios. Su hermano era un idiota o enloqueció. No puede ser que haya regresado. La policía está tras su rastro y el bastardo vuelve al avispero.

—La semana pasada en mi casa. —Se cruza de brazos, apretando los labios—. Él se está escondiendo ahí.

Mierda. ¿Acaba de escuchar que Sukuna se oculta en la casa de su cautivo?

—Me dijo que no podía seguir alejado de mí, así que decidió regresar conmigo —prosiguió—. Sé que estos sentimientos son una respuesta psicológica para sobrellevar el secuestro. Mi psique decidió que el síndrome de Estocolmo sería un buen mecanismo de defensa. Sin embargo —hizo una pausa—, no me importa. Para mí esto es real y yo ya elegí a Sukuna por sobre todo.

—¿Qué hay de tu familia? Él los mató.

Hisoka bufó y rodó los ojos.

—Ellos no son mi familia. La única razón por la que ellos me cuidaban era para poder meter sus asquerosas manos en el fidecomiso que me dejaron mis padres al morir. Esos buitres merecían morir y mi tía no quiere saber nada de mí.

—¿Eres consciente de que ustedes no podrán vivir una relación normal? ¿Que la policía estará al acecho por siempre?

—Lo sé. —Asintió—. Es por eso que nos iremos.

—¿A dondé?

—Todavía no lo decidimos. Cumplí veinte años el mes pasado y ya puedo manejar el fideicomiso. El dinero no será un inconveniente.

Guau. Sukuna y él tienen veinticinco. La diferencia de edad es de cinco años. Bueno, él no es quién para juzgar. Su amado Satoru tiene veintinueve años.

—Me gustaría despedirme de él antes de que se vayan.

Hisoka sonríe condescendiente.

—Claro. Yo se lo diré.


El dolor punzante de su cabeza disminuyó al tomarse un analgésico que le ofreció Yuko. Ha tenido una semana bastante estresante. Cumplió al pie de la letra las peticiones de Satoru. Y ahora se dirigía al lugar donde se completaría su plan.

Observó a través de la ventana cómo la lluvia caía a cántaros y escuchó un trueno a lo lejos. Transitaron por la autopista Chuo hacia el oeste, luego tomaron la salida hacia la Ken-O. Debió quedarse dormido porque al abrir los ojos ya se encontraban en la zona de Okutama. Viajar por carretera es su actividad menos favorita. Hubiera abordado el tren de no ser por su equipaje.

Su misión requiere discreción y pedirle a Choso que lo trajera levantaría sospechas. Sus mejores amigos fueron descartados y la opción adecuada fue Ozawa Yuko. Ella lo ha amado por años y ha decidido usar eso a su favor. Le dio una excusa vaga de hacer senderismo con Choso, pero él tenía que resolver unos asuntos en el trabajo y le pidió que se adelantara. Yuko no puso en duda su explicación y aceptó sin chistar llevarlo.

El Chevrolet aparcó frente a un ryokan. Cogió un paraguas de los asientos traseros y se dispuso a salir. La lluvia impactó contra el paraguas, causando un efecto cascada a su alrededor. Cerró la puerta y se dirigió a Yuko para que le diera las llaves.

—¿Seguro que no quieres que te ayude? —preguntó Yuko.

—¡No es necesario! Quédate dentro.

Abrió la cajuela para colocarse una mochila y sostener una maleta rígida. Expulsó una bocanada de aire; es bueno que Yuko también se haya creído que portaba cometas dentro. O está muy enamorada o es así de ingenua.

Le entregó las llaves y se despidió. Perdió el auto de vista y se encaminó rápido por el norte. La distancia entre el ryokan y el monte Mushiro es de pocos metros. La noche iba a caer y aceleró el paso al checar la hora en su reloj. Marchó por una ruta hasta una carretera solitaria de un carril. Caminó hacia las barandillas de protección, echando un vistazo al desfiladero. Un escalofrío le corrió por la espalda al divisar las rocas en el río. Sacudió el pensamiento de caerse al desfiladero y se alejó.

Eligió su posición entre unos árboles. Cerró el paraguas, se quitó la mochila y abrió la maleta. Revisó que la Glock y el rifle de asalto estuvieran cargados y les quitó el seguro. Metió la pistola en su cintura, sacó el chaleco antibalas de la mochila y se lo puso. Con rifle en manos, avanzó hasta un árbol; sus ramas y hojas sirvieron de protección contra el aguacero. Fijó su mirada en el tramo sur de la carretera en espera de la camioneta de transporte de la Prisión de Fuchu.

Todavía no termina de asimilar que Satoru consiguiera que lo trasladaran al Centro Penitenciario de Jujutsu. Es una prisión diferente de las demás cárceles porque brinda tratamiento a los convictos con trastornos mentales. A Satoru no le concedieron la inimputabilidad porque no existían pruebas que verificaran los abusos de su madre y el psicólogo lo declaró apto para el juicio. Gracias a la cooperación de la anterior ama de llaves, descubrieron que la señora Gojo guardaba videos de los abusos en un rincón secreto dentro de su vestidor. Estará agradecido de por vida con el abogado que lo representa y la psiquiatra que le realizó la evaluación psicológica. Por ello, pronto se encontrará con su amado.

A lo lejos vislumbró los faros de una camioneta.

La rodilla posterior se pone sobre la tierra, mientras que la otra soporta el peso del codo del brazo que sujeta el rifle. Sitúa su ojo dominante por la retícula del visor. En tiro al plato, Sukuna lo regañaba porque no controlaba su respiración. Esta noche lo hará porque liberará al hombre que ama. Aunque le cueste la vida.

La oscuridad lo cubrió, transformándolo en una sombra silenciosa.

Enfocó uno de los neumáticos delanteros de la furgoneta negra y disparó. Las ruedas derraparon contra el asfalto mojado y frenó de golpe. Soltó el rifle ipso facto, levantándose y echándose a correr. Apuntó el cañón de la Glock y la ráfaga de balas batió al guardia que salía de la furgoneta. Una bala se incrustó en su cabeza y se desplomó. Rápidamente se deslizó debajo del vehículo cuando oyó la otra puerta abrirse. Visualizó los pies acercarse a su compañero caído y jaló del gatillo.

—¡Hijo de puta! —gruñó el guardia, cayendo de rodillas y en el acto tirando el arma. Emergió de su escondite, apuntándole la frente.

—Dame las llaves.

—No lo haré.

Otra descarga y la sangre comenzó a escurrir del agujero de su frente. Encontró las llaves en el cinturón de su primera víctima. Ignoró con frialdad los cadáveres y fue a la parte trasera. Desbloqueó la cerradura, tiró de la manija y empujó la puerta hacia afuera. Accionó una pequeña palanca y abrió la otra puerta.

—Hola, guapo —dijo en tono juguetón—. Vaya, te ves muy mojado. Deberíamos ir a tomar chocolate caliente frente a una chimenea. —Alza sus manos y pies—. ¿Podrías quitarme las esposas? Los refuerzos vendrán rápido.


Satoru sabía que su belleza era una maldición. Lo comprobó a los once años cuando su madre le hizo una felación después de nadar en la piscina. En su adolescencia, la gente lo apreciaba por su rostro. Un sector de ellos tenía prejuicios en su contra, tildándolo de presumido y arrogante. Las chicas besaban el piso que él caminaba; no obstante, se hipnotizaban con el envoltorio y no les interesaba conocerlo de verdad. Al ingresar a la universidad, fue hallado por un fotógrafo profesional y lo convenció de modelar. Finalmente, su belleza le beneficiaba.

Sin embargo, la fama y los fans no pudieron calmar el monstruo que clamaba sangre. No planeó matar a esas mujeres, solo ocurrió. Ellas eran unas adultas en busca de una presa joven. Lo que desencadenó esa sed de sangre fueron las palabras que usaban. Eran las mismas que su madre decía mientras lo violaba. Nunca entendió por qué no la mató desde el principio; quizás estaba tan arruinado que no tuvo el coraje. Tal vez en el fondo aún recordaba esa madre cariñosa que lo mimaba y no lo contemplaba lujuriosa.

Ya no importaba. Murieron y esa maldita sentencia no las devolvería a la vida. Ahora ellas y sus padres ardían en el puto infierno.

Exhaló bruscamente cuando sus pies tocaron el asfalto. Levantó la cabeza y extendió los brazos, dándole la bienvenida a la libertad. Por un breve momento, la lluvia limpió los vestigios de suciedad que su madre dejó en él.

El tirón en su antebrazo lo trajo a la realidad.

—Debemos irnos ahora.

Contempló la figura de su compañero de crimen. Itadori Yuji es una bendición. El retorcido amor que desarrolló por él le permitió zafarse de la justicia. Fue honesto al decir que soñó innumerables veces con él. Cualquier persona normal que leyera las cartas de Yuji estaría perturbada por su obsesión. Suerte de que él no lo sea.

Se sintió halagado y especial. Por primera vez era reconocido por quien era y no por su apariencia. La veneración, el amor y el deseo se filtraron en sus palabras escritas con tinta morada, su color favorito.

Tiempo después, comprendió que se había enamorado de Yuji. No soportaba la idea de permanecer separados. Tenía que actuar de inmediato; es así como elaboro un meticuloso plan.

Citó a su abogado y le dio pistas de donde podía hallar a la señora Kobayashi, el ama de llaves. El remordimiento de Kobayashi por no denunciar el abuso sirvió para revelar la ubicación de los videos. Luego de chantajear a unas personas, se le concedió la evaluación psicológica. La doctora fue fácil de sobornar, facilitándole la solicitud de transferencia a un reclusorio especializado en la rehabilitación de criminales dementes. Todos, incluyendo a su abogado, piensan que está desesperado por ir a una prisión más humana y menos estricta.

Ninguno sospechaba de su comodín.

Le dio a Yuji varias instrucciones para la fuga. Contactó a un viejo conocido de la preparatoria, Hakari Kinji, para otorgarle armas. Le indicó la ruta que transitaría la camioneta y le ordenó que buscara un punto estratégico donde atacaría. También le pidió que llamara a su padrino para que los ayude a huir del país sin inconvenientes.

Satoru arrojó el uniforme a la tierra y se vistió con unos pantalones de chándal y un jersey que sacó de la mochila. Yuji guardó el rifle y se quitó el chaleco. Escondió las cosas detrás de un árbol y corrieron. Yuji se adentró en el bosque por unos minutos, regresó con una motocicleta y le tendió un casco.

Estaba orgulloso. Su precioso ángel se puso contra la ley por él. Mató por él. Y está seguro de que moriría por él.

Juntó sus labios con los de él en un beso abrasador. Yuji gimió, soltando el casco y aferrando sus manos a su espalda. El tacto de sus manos en las caderas causa que el cuerpo de Yuji se derrita y lo sostiene para impedir que caiga. El beso empezó a intensificarse, su pene se endurecía y la mano de Yuji sujetó la cintura de los pantalones. A regañadientes, terminó el beso y se agachó para coger el casco y ponérselo.

—Calma, ángel. Ya habrá tiempo para jugar.

Él se repone y asiente.

Satoru arranca la moto y se alejan de la escena del crimen a gran velocidad. Los brazos de Yuji sujetan su cintura con vehemencia, recostando su cabeza —oculta por el casco— en su omóplato.

Respiró más tranquilo cuando salieron de la ciudad. En Kamakura debían dirigirse al puerto y abordar un barco que los llevaría a Taiwán.

Un par de patrullas pasaron a su lado, chasqueó la lengua y pisó a fondo el acelerador. Los jodidos refuerzos iban en camino y ellos están a una hora de Kamakura.

Una furia feroz se enroscó en su pecho. No permitiría que esos bastardos los atraparan. Los destruirá. Quemará todo a su paso con tal de que Yuji y él estén juntos.


—¡De prisa! —exclamó un hombre musculoso y bajo.

Lo lograron. Esquivaron a la policía por los pelos y ahora se encuentran subiendo en la embarcación que los dirigirá a su nuevo hogar. El capitán los guía a un pequeño camarote con dos literas.

El capitán los deja a solas y Satoru se sienta en una litera.

En estos momentos, Choso debe estar leyendo su carta de despedida. Se siente terrible por abandonarlo, pero su lugar es estar con su amado. Afortunadamente, pudo despedirse de Sukuna y confesarle con quién se fugaría. Él se mostró furioso e intentó hacer que recapacitara.

—¡Es un asesino, Yuji! ¡No puedes irte con él!

—Grandes palabras del sujeto que tiene una relación con el chico que fue su prisionero por seis meses y mató a su familia. ¡Eres el menos indicado para sermonearme!

Si Hisoka no intervenía, la discusión hubiera seguido. Sukuna finalmente se resignó y le hizo prometer que se mantendrían en contacto a través de Hisoka. Se dieron un fuerte abrazo y se marchó.

Adora a Choso, pero Sukuna es su gemelo, su otra mitad. Vivir sin él…

—¿Te arrepientes? —la voz de Satoru se escuchó tensa—. El barco no ha zarpado, todavía estás…

Se apresura a colocarse en su regazo. Pone sus manos sobre sus hombros y lo besa de manera suave, transmitiendo sus sentimientos.

—Mi corazón te eligió. Mi lugar es a tu lado. —Besó su frente—. Te amo, mi amado.

Satoru esboza una sonrisa pícara.

—¿Es así? Entonces, demuéstrame qué tanto me amas.

Él los atrapa en otro beso. Sus labios se mueven urgentes, necesitados. Sus caderas se balancean, buscando fricción entre sus entrepiernas.

Satoru libera sus labios y con voz baja y profunda dice:

—De rodillas.

Obedece y enseguida Satoru saca su polla. Un pulgar acaricia su labio inferior.

—Mantén la boca abierta y resiste, ¿sí?

El glande delinea sus labios antes de meterse en su boca. Satoru agarra su cabeza y lo embiste con rapidez. Utiliza el borde del colchón como punto de apoyo, sujetándolo fuerte. La mente se le distorsiona en una niebla de placer, esforzándose en relajar la garganta y respirar. Su pene está tan duro que podría estallar. El acto de ser usado por su amado lo ha excitado como nunca. La mandíbula le duele, pero es un dolor satisfactorio. Producido por un placer salvaje.

Satoru eyacula dentro y él lo traga como buen chico.

—Mírate. —Sonríe, perverso—. Tan arruinado y necesitado. Pudiste huir cuando te di la oportunidad, pero ya es tarde. Anhelaste mi atención y amor, pues ya lo tienes. Eres mío, ángel.

Lo observa fijamente, sonriendo.

—Tuyo.