Capítulo 1 - Mi Gran Tormento
Mi vida no era perfecta, pero estaba bien. Después de que mis padres se separaran, mis hermanos y yo tuvimos que adaptarnos a una nueva ciudad, una nueva escuela y, en esencia, a una nueva vida. No fue fácil, pero lo logramos. Mamá encontró un buen trabajo, mis hermanos se hicieron populares en la escuela y yo... bueno, yo estaba prosperando. Tenía buenas notas, amigos que eran como hermanos y una novia que era el sueño de cualquier adolescente. Pero algo faltaba. Una sombra se cernía sobre mi supuesta felicidad, un sentimiento que no terminaba de entender.
Últimamente, me encontraba distraído, perdido en mis propios pensamientos. Mis amigos se habían dado cuenta. Y, por supuesto, el primero en interrogarme fue Carlo.
—Tierra llamando a Índigo —dijo Carlo, chasqueando los dedos frente a mi cara—. ¿Estás bien, hermano? Te ves como si hubieras visto un fantasma.
Parpadeé, saliendo de mi ensoñación. —¿Eh? Sí, estoy bien. Solo... pensando.
—¿En qué? ¿En Samantha? —preguntó con una sonrisa pícara.
Negué con la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta. No era en Samantha en quien estaba pensando, ojala y lo fuera. Era en Dylan, mi mejor amigo. El chico de los ojos color caramelo que últimamente ocupaba todos mis pensamientos.
—Nah, cosas de la escuela —respondí, esperando que mi voz sonara convincente.
Carlo me miró con escepticismo, pero no insistió. Sabía que algo me pasaba, pero también sabía que no estaba listo para hablar de ello.
La campana sonó, anunciando el inicio de la siguiente clase. Me levanté de mala gana, arrastrando los pies hacia el aula. Al entrar, busqué con la mirada a Dylan, como siempre. Lo encontré sentado en nuestro lugar de siempre, junto a la ventana. Pero hoy, no me sentia lo suficiente valiente para estar junto a él.
—Indigo, ¿qué haces? —preguntó Dylan, frunciendo el ceño al verme pasar de largo.
—Solo... quiero sentarme aquí hoy —respondí, señalando un asiento vacío junto a la ventana.
Dylan me miró fijamente por un momento, sus ojos avellana llenos de preguntas. Luego, sin decir una palabra, se volvió hacia el frente del aula.
Me senté, sintiendo una punzada de culpa en el pecho. ¿Por qué no podía simplemente sentarme junto a Dylan como siempre? ¿Por qué tenía que complicar las cosas?
La clase comenzó, pero no podía concentrarme. Mis ojos seguían buscando a Dylan, observando cómo se pasaba la mano por el pelo, cómo mordía su labio inferior mientras leía, cómo sus dedos tamborileaban sobre el escritorio. Cada pequeño gesto me hacía sentir un cosquilleo en el estómago, una sensación que no podía ignorar.
Cuando la campana sonó para el almuerzo, me levanté rápidamente, esperando escapar antes de que Dylan pudiera alcanzarme. Pero él era más rápido. Me agarró del brazo, su toque enviando una descarga eléctrica a través de mi cuerpo.
—¿Qué te pasa hoy? —preguntó, su voz baja y seria.
Tragué saliva, luchando por encontrar las palabras adecuadas. —Nada, solo... un mal día —mentí, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
Entrecerró los ojos, claramente no convencido. —¿Seguro? —preguntó, su mirada penetrante.
Asentí, incapaz de sostener su mirada. Soltó mi brazo, pero su expresión seguía siendo de preocupación.
—Si necesitas hablar, ya sabes dónde encontrarme —dijo antes de darse la vuelta y alejarse.
Me quedé allí, con el corazón latiendo a mil por hora. Sabía que estaba preocupado por mí, pero no podía decirle la verdad. No podía decirle que la razón de mi extraño comportamiento era él.
El primer día que llegué a esta escuela, me sentí completamente perdido. Todo era nuevo y abrumador. Mientras buscaba mi casillero, choqué con alguien, esparciendo mis libros por el suelo.
—Fíjate por dónde vas —gruñó una voz.
Levanté la vista y vi a un chico alto y musculoso, con el pelo rubio despeinado y una expresión de pocos amigos. Pensé que mi vida en esta escuela iba a ser un infierno.
—Lo siento —murmuré, agachándome para recoger mis cosas.
—Más te vale —respondió el chico, dándome una última mirada de desprecio antes de alejarse.
Me quedé allí, sintiéndome más perdido que nunca. ¿Cómo iba a sobrevivir en un lugar donde incluso los chicos más populares eran unos idiotas?
Pero el destino, o quizás simplemente la casualidad, tenía otros planes. Unas horas más tarde, me encontré sentado junto al mismo chico en la clase de matemáticas. Resultó que su nombre era Dylan, y que, a pesar de su apariencia ruda, era sorprendentemente amable y divertido.
Empezamos a hablar, y para mi sorpresa, descubrí que teníamos mucho en común. Ambos amábamos los videojuegos, la música rock y las películas de acción. Pasamos toda la clase riéndonos y compartiendo historias, y para cuando sonó el timbre, ya éramos amigos.
Desde ese día, Dylan y yo nos volvimos inseparables. Pasábamos cada momento libre juntos, ya sea jugando videojuegos en su casa, patinando en el parque o simplemente hablando de nuestras vidas. Él era como un hermano, mi confidente, mi compañero de aventuras.
Pero en algún momento, algo cambió. No puedo precisar cuándo sucedió exactamente, pero poco a poco, mis sentimientos por Dylan se transformaron. Ya no era solo amistad lo que sentía. Había algo más, algo más profundo y confuso.
Empecé a notar cosas que antes pasaban desapercibidas. La forma en que su sonrisa iluminaba su rostro, la forma en que sus ojos brillaban cuando hablaba de algo que le apasionaba, la forma en que su mano rozaba la mía accidentalmente. Cada pequeño detalle se convirtió en una fuente de alegría y tormento al mismo tiempo.
Sabía que lo que sentía por Dylan no era normal, al menos no en el sentido tradicional. Era un chico, y yo tenía novia. Pero no podía evitarlo. Cuanto más intentaba negar mis sentimientos, más fuertes se volvían.
—Si la profesora Jiménez cree que va a ridiculizarme diciendo que soy un bueno para nada delante de toda el aula, que no crea que me iba a quedar de brazos cruzados. Le he empapelado el baño de profesores frente a su salón de clases para que vea lo bien que hago las cosas cuando me lo propongo —sentenció Lucas, su voz resonando con una mezcla de orgullo y desafío. Sus ojos, usualmente risueños, ardían con una intensidad que revelaba la herida profunda que el comentario de la profesora había dejado en él.
Si había algo que Lucas odiaba, era que lo llamaran inútil. Llevaba toda su vida escuchando ese término, un eco cruel de su infancia, cuando su baja estatura y complexión delgada lo convertían en blanco de burlas. A medida que creció, se forjó una reputación de ingenio y audacia, compensando con creces lo que le faltaba en fuerza física. Pero la espina de aquellos días aún permanecía clavada en su interior, y el comentario de la profesora Jiménez la había removido, despertando viejos demonios.
—Bueno, el lado positivo, es que ya no les hará falta papel — bromea Carlo tratando de aligerar el ambiente, una risa forzada escapó de mis labios. Nadie se atrevía a reprender a Lucas, sabiendo que cualquier intento de razonar con él en ese estado sería inútil.
En ese momento, una bandeja aterrizó en la mesa con un golpe seco, y Samantha se deslizó en el asiento junto a mí.
—Hola, chicos —saludó con una sonrisa radiante—. ¿Interrumpo algo importante?
—Lucas acaba de confesar que empapeló el baño de profesores —informó Carlo con una sonrisa burlona.
Samantha rodó los ojos y soltó una carcajada. —¡Lucas, eres un demonio! —exclamó, dándole un suave golpe en el brazo—. Pero tienes que admitir que fue una idea ingeniosa.
—Lo sé —respondió Lucas, inflando el pecho con orgullo—. Jiménez no volverá a meterse conmigo.
—Espero que tengas razón —dije, todavía un poco preocupado por las repercusiones de su acción.
—Tranquilo, Índigo —dijo Samantha, tomando mi mano por debajo de la mesa—. Lucas siempre se sale con la suya.
—Eso espero —murmuré, sintiendo un leve cosquilleo en el estómago al sentir el contacto de su mano.
La conversación se desvió hacia otros temas, pero no pude evitar sentir preocupación por Lucas. Era impulsivo y temerario, pero también era leal y valiente. Y aunque no siempre estaba de acuerdo con sus métodos, no podía negar que tenía un don para meterse en problemas y salir airoso.
Mientras observaba a Samantha reír y bromear con Lucas, una punzada de celos me atravesó el pecho. ¿Por qué no podía sentir esa misma conexión con ella? ¿Por qué mi corazón latía más rápido cuando Dylan me miraba? Sacudí la cabeza, intentando alejar esos pensamientos. No podía permitir que mis sentimientos por Dylan, que no tenia obviamente..., arruinaran mi relación con Samantha. Tenía que encontrar una manera de controlar esta atracción antes de que fuera demasiado tarde.
Sin embargo, como si hablara del mismo diablo, mis ojos se desviaron hacia el otro lado de la mesa, donde estaba él, absorto en su celular, con una mano apoyada en su mentón. Su cabello, aún más dorado por los rayos del sol, caía sobre su frente; y sus labios formaban una leve sonrisa mientras veía algo en la pantalla. Siento una punzada en el pecho al verlo tan concentrado, tan... perfecto.
Mierda.
La voz de Samantha a mi lado derrepente rompe el hechizo, devolviéndome al presente.
—Y así es como terminé apuntándonos en el comité del baile de graduación —informa Samantha con una sonrisa pícara.
—¿Apuntándonos? —Inquiero, levantando una ceja con curiosidad.
—Sí, te dije que quería entrar, ¿recuerdas? —responde con un brillo juguetón en sus ojos.
—Sí...—mencionó, resignado, con una leve sonrisa. La idea de estar en el comité de planificación del baile de graduación no estaba en mis planes, pero al menos era una forma diferente de pasar el tiempo con ella.
Samantha asiente satisfecha y luego agrega con entusiasmo: —Vas a ver que nos divertiremos, cariño —mientras me da pequeñas palmaditas en la pierna.
Intento concentrarme en sus palabras, pero mi mirada traicionera vuelve a posarse en Dylan. Él levanta la vista de su celular al percatarse y nuestros ojos se encuentran. Siento cómo mi corazón se acelera, como si estuviera siendo evaluado en un momento de revelación. Debería apartar la mirada, pero me encuentro atrapado en ese profundo par de ojos miel que parecen tener el poder de hipnotizarme.
Me hubiera encantado que la idea de “diversión” de Samantha concordara con la mía. Habían pasado cuatro horas desde que el timbre de salida había sonado, y el comité del baile de graduación seguía debatiendo acaloradamente sobre la decoración. ¿De verdad importaba si los manteles eran azul noche estrellada o azul media noche? Para mí, ambos eran simplemente... azul.
Asentía cada vez que Samantha me miraba, fingiendo interés en la discusión. Pero la verdad es que me sentía fuera de lugar, como si estuviera viendo una obra de teatro en la que no entendía los diálogos.
—Lo lamento, creí que podría ser algo divertido para ambos, para poder pasar más tiempo juntos —dijo Samantha, su voz temblorosa mientras caminábamos de la mano hacia su casa. Sus ojos, usualmente brillantes y llenos de vida, ahora reflejaban una tristeza que me dolía en el alma. Dios, esfuerzate un poco Indigo.
—Está bien, no estuvo tan mal —mentí, tratando de ocultar mi desánimo. No quería que se sintiera culpable, pero tampoco podía fingir entusiasmo por algo que me resultaba tan tedioso.
Samantha se detuvo abruptamente, soltando mi mano y cruzándose de brazos. —Lo odiaste —afirmó, su voz cargada de decepción—. Y no solo hoy, en la mayoria de nuestros planes. Últimamente has estado distante, Índigo. No me escribes, no me buscas... ¿Qué está pasando?
Su pregunta me golpeó como un puñetazo en el estómago. La culpa me inundó, un sentimiento agudo y punzante que me dejó sin aliento.
—Perdóname, Sam —dije, tomando sus manos entre las mías. Su piel se sentía fría y distante, como si una barrera invisible se hubiera levantado entre nosotros—. Tienes razón, he estado distante. Lo siento, no quiero preocuparte.
Ella me miró fijamente, sus ojos buscando respuestas en los míos. —¿Qué ocurre contigo, Índigo? —preguntó con un tono suave, pero lleno de angustia.
Desvié la mirada, incapaz de sostener su escrutinio. La verdad era que ni yo mismo me entendia, toda la situación era demasiado complicada. —Nada, solo... —dudé, buscando una excusa que no sonara a mentira—. Solo estoy estresado con la escuela, sabes que intento esforzarme este año, eso es todo.
Samantha bajó la mirada, sus hombros se hundieron en un gesto de derrota. —Está bien —susurró, su voz apenas audible.
Al llegar a su casa, se detuvo en la puerta. Me miró a los ojos, y por un instante, creí ver un atisbo de esperanza en su mirada.
—Índigo, quiero que seas sincero conmigo. ¿Hay algo más que no me estás diciendo?
Tragué saliva, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Quería decirle la verdad, pero las palabras se negaban a salir.
—No, Sam, no es nada —mentí una vez más, sintiendo cómo la culpa se acumulaba en mi interior.
Samantha asintió lentamente, pero su expresión mostraba que no estaba convencida. Me dio un beso rápido en la mejilla y entró en su casa sin decir una palabra más. Me quedé allí parado por un momento, observando cómo la puerta se cerraba detrás de ella.
Lo siento, Sam. No se que hacer.








