⊰∙∘☽ Capítulo 1: Atracción marcada ☾∘∙⊱
EMMA
Lo primero que veo es la tinta. Una curva oscura, que se enrosca por el costado de su garganta como humo, desapareciendo justo bajo su línea de la mandíbula. La reconocería en cualquier parte.
Durante años, ese tatuaje ha vivido en un rincón de mi mente, una fascinación inquieta que nunca me permití examinar de cerca.
¿Cómo iba a hacerlo? Mi hermana era quien recorría esas líneas con sus dedos, no yo.
Esa curiosidad secreta se me alojó como una astilla. La escondí, la enterré, me convencí de que se desvanecería cuando ellos terminaran.
Y por un tiempo, así fue. Ojos que no ven, corazón que no siente. O al menos eso me dije cada noche cuando mi mente me llevaba a fantasear a ese hombre conmigo, no con Amanda.
Pero ahora… él está aquí. Sentado al otro lado del bar, envuelto en una nube de humo y música suave. Sostiene un whisky, y esa maldita tinta asoma por el cuello de su camisa, como si me estuviera retando.
El estómago se me retuerce. La piel se me eriza. Mi cabeza grita: Esto está mal, mal, mal, pero mi pulso no escucha.
—Eres una estúpida —murmuro para mí misma.
Un empujón brusco me saca de mis pensamientos. Marcie arrastra su silla más cerca a la mía, sus ojos brillando con picardía.
—¿A quién estás mirando?
—¡A nadie! —balbuceo—. Es que... el lugar está lindo.
Ella no se lo traga. Nunca lo hace. Su sonrisa se vuelve más afilada mientras sigue mi mirada a través del bar. Sus ojos se abren exageradamente.
—Dios, Emma. ¿Ese es August?
—¿August? ¿August quién? No, ni idea.
Marcie me clava una mirada incrédula. No sé cómo lo hace, pero cada expresión suya, hasta la más escéptica, la hace parecer una modelo de revista.
—No me vengas con esas. Conozco esa cara de idiota enamorada. —Baja la voz, casi acusadora—. Por favor, no me digas que sigues colgada por él. Han pasado, qué, ¿cuatro años?
Sus palabras duelen... porque son verdad. Cuatro años deberían haber sido suficientes para borrar este estúpido enamoramiento.
Pero una sola mirada a ese tatuaje, y es como si el fuego nunca se hubiera apagado.
Llevo la cuenta exacta: cuatro años, tres meses, y un montón de días que he intentado convencerme de que esto estaba muerto.
Pero verlo ahora, lo trae todo de vuelta, como si el tiempo no hubiera pasado.
Contrólate, Emma.
Marcie, por supuesto, lo nota. Creo que ha sido bendecida con un don de leer mentes. Suelta un silbido bajo y divertido.
—Tu cara es un libro abierto, amiga.
Intento poner mi mejor cara seria, pero sé que es inútil. Mi máscara es tan frágil como papel de seda.
La sonrisa de Marcie se suaviza, casi como si sintiera lástima.
—Mira, él ya no es de Amanda. Ella lo superó hace años. Si quieres… —levanta las cejas con un guiño—, ya sabes... intentarlo, no hay nada que te lo impida.
Antes de que pueda responder, un chirrido áspero corta el aire.
—¿Intentar qué? —Amanda aparece de la nada, dejándose caer en la silla a mi lado con un suspiro. Sonríe, despreocupada.
Marcie abre la boca, pero le lanzo una mirada que dice “ni se te ocurra”. Ella aprieta los labios y, por suerte, se queda callada.
Suelto un suspiro de alivio y cambio de tema rápido.
—Nada, no importa. Oye, ¿dónde estabas? Llevamos una hora aquí. Marcie ya está medio borracha.
Amanda se quita la chaqueta de cuero y la tira sobre el respaldo de la silla. Su coleta pelirroja está deshecha, pero ni se molesta en arreglarla.
—Perdón, perdón —dice, levantando las manos—. El trabajo fue una mierda. Thomas y yo tuvimos que rendirle cuentas al jefe, y digamos que no estaba de buen humor.
Marcie se inclina, apoyando los codos en la mesa, con los ojos brillando de curiosidad.
—Ay, cuenta todo. ¿Qué pasó? Queremos el chisme policial.
Amanda suelta un bufido, torciendo la boca.
—Lo de siempre. Otra vigilancia que salió mal. Los malditos siempre se nos escapan. Ya van tres este mes. Y Thomas… Dios, está insoportable. Dice que es pura casualidad, pero yo no me lo creo.
—¿Y tú qué piensas? —pregunto, aprovechando para apartar mi mente de August—. ¿Por qué se escapan siempre?
Ella sacude la cabeza, y por un segundo, mi hermana parece… frágil. O derrotada.
—Alguien les está pasando el dato. Tiene que ser eso. Pero Thomas no quiere ni hablarlo. Hoy discutimos frente al jefe Cooper y...
Se le tensa la mandíbula, y sé que esa pelea la va a perseguir días. Amanda nunca pelea con Thomas. Y decepcionar a su nuevo jefe… la tendrá sonámbula mínimo dos semanas.
Me muerdo el labio, mirándola en silencio. Sé cuánto la consume su trabajo. Desde que terminó con August, se volcó en la placa y cerró todo lo demás: citas, salidas, vida social. Verla así me aprieta el pecho.
Hago una nota mental para hablar con ella cuando estemos sobrias, cuando no esté escondida tras su armadura.
—Seguro pasa todo el tiempo —le acaricio el hombro—. Tú y Thomas son cercanos, pero todos los amigos discuten. Y Cooper no puede ser peor que tu antiguo jefe, ¿no? ¿Cómo se llamaba? ¿Walsh? Ese idiota los hubiera despedido sin pestañear.
—Ni menciones a ese bastardo —Marcie hace una mueca mientras niega con la cabeza—. Aún no puedo creer que lo invité a él y a su estúpido hijo a nuestras misas.
Amanda se queda rígida, jugueteando con el borde de su posavasos. Sé que para ella es peor. Ella trabajó bajo su mando por años, sin saber que era un completo monstruo.
—La cárcel fue poco para ellos —dice, dura—. Lo que hicieron no tiene nombre.
El aire se vuelve más pesado. Trago saliva, incómoda. La mención de Walsh me provoca un escalofrío que nada tiene que ver con el whisky o con August al otro lado del bar.
—A veces pienso que la corrupción en el departamento empezó con él y nunca se fue del todo —murmura Amanda—. Por eso Thomas está tan paranoico.
Intento procesar lo que dice, pero mi traicionero subconsciente me obliga a desviar la vista. Busco la silueta de August.
Ha pedido otro whisky. La luz ambarina del local rebota en el cristal de su vaso.
Amanda se gira hacia la barra para pedir otra ronda, y veo el momento exacto en que lo reconoce. Su cuerpo se tensa, los hombros se le encogen, como si quisiera desaparecer.
—¿Ese es August? —susurra, con la voz apretada—. Mierda, este día no puede ser peor.
Marcie suelta una risita, jugueteando con uno de sus rizos oscuros.
—Todavía no nos ha visto, por si quieres salir corriendo.
No puedo evitar reírme ante lo absurdo de la situación.
Amanda me lanza una mirada de puro pánico.
—No, en serio. No puedo con él esta noche. No quiero lidiar con esa cara de cachorro abandonado que seguro tiene ensayada.
Parpadeo, tratando de procesar su drama.
—Han pasado cuatro años, Amanda. Y solo salieron unos meses. Seguro que está bien.
Ella niega con la cabeza.
—Tú no estabas ahí cuando terminé con él. Fue... horrible. Nunca lo había visto tan enojado.
La camarera vuelve con las bebidas, y Amanda se baja el whisky en dos tragos rápidos. Me inclino un poco para ver mejor la barra.
August sigue solo, con la cabeza baja. Tal vez está triste, pero no necesariamente por una relación de hace cuatro años. Quizás lo plantaron. O quizás solo ama los nachos de este lugar.
¿De verdad piensa que August sigue suspirando por ella después de cuatro años?
La idea me irrita, como una uña raspando una herida que nunca termina de cerrar.
Por supuesto que sigue enganchado a ella, susurra una voz en mi cabeza, con el tono exacto de mi padre. Alguien como Amanda no se olvida.
Amanda tira un puñado de billetes arrugados sobre la mesa y se levanta.
—¿Vienes? —me pregunta, con una ceja arqueada.
Mi cóctel es ridículamente grande, como si me hubieran servido un acuario en lugar de un vaso. Apenas le he dado un par de tragos, pero no es el alcohol lo que me tiene atrapada.
Es él. Estar en el mismo espacio que August, aunque sea al otro lado del bar, es como estar bajo un foco cálido. No quiero apagar esa luz todavía.
—No, me quedo un rato más. No estoy lista para volver a casa.
Ella agarra su bolso, frunciendo el ceño.
—Tú sabrás. Yo tengo que volver a la oficina. Hay unos papeles que no me dejan en paz, y si no los termino, me van a volver loca. No me esperes, llegaré tarde.
Asiento, fingiendo que no me afecta quedarme sola de repente, y doy otro sorbo a mi bebida.
Marcie me observa desde el otro lado de la mesa, como si intentara descifrar un acertijo en mi cara. De pronto, se levanta y se gira hacia Amanda.
—Oye, ¿me das un aventón?
Mi mandíbula casi se cae al suelo.
—¿Qué? ¿Tú también me vas a abandonar?
Marcie no se inmuta. Lanza una mirada rápida hacia August, y su sonrisa lo dice todo.
—Tengo un bebé en casa, ¿recuerdas? Y un marido que probablemente ya está perdiendo la cabeza porque llevo toda la noche fuera.
—Llevamos aquí una hora —protesto, aunque sé que no suena convincente—. ¿Qué pasó con la noche de chicas?
—Estarás bien. Eres una mujer fuerte e independiente, ¿no?
Quiero estrangularla, pero antes de que pueda decir algo, Amanda interviene.
—Mira, August está ahí. Si pasa algo, solo hazle una seña. Ese hombre tiene un instinto de superhéroe que no puede resistir. —Pone los ojos en blanco con tanta fuerza que parece que se le van a salir.
Marcie suelta una risita, pero yo me quedo callada.
August siempre fue bueno con mi hermana. Simplemente no encajaban, punto. Él tiene ese lado protector, sí, pero ¿qué tiene de malo querer cuidar a las personas que quieres?
Para mí, eso suena romántico. Mucho mejor que mis ex, que parecían alérgicos a la decencia básica.
Creo que fue eso lo que los separó. Él quería protegerla; ella sentía que la asfixiaba. Amanda canaliza ese mismo instinto en su trabajo: proteger vidas, ayudar a la gente.
August… él no tenía otro lugar donde ponerlo más que en ella.
—No necesito que August me salve —digo, y lo digo en serio.
Por fuera, soy la maestra de primaria con vestidos florales y trenzas de princesa que vuelven locas a mis alumnas. Pero esa no es toda mi historia. No necesito que ningún hombre me proteja.
—Estaré bien —insisto—. Solo quiero sentarme aquí, tomar mi trago y relajarme. Ha sido una semana de locos con el fin de curso.
No sé si Amanda no me escucha por el ruido del bar o si está demasiado ocupada lanzando miradas nerviosas hacia August, pero solo gruñe algo y se endereza.
—Carajo, ya me vio. Marcie, si quieres el aventón, vámonos ya. Nos vemos, Em.
Marcie me lanza una última mirada, como diciendo: Llevas cuatro años suspirando por él. Está solo en ese bar. ¡Haz algo!
Las dos se abren paso entre la multitud, esquivando codos y risas hasta llegar a la puerta. Las veo a través de los ventanales, caminando hacia el estacionamiento.
Amanda dice algo, Marcie echa la cabeza hacia atrás riendo, y luego desaparecen en el auto de mi hermana. Los faros se encienden, y el auto se pierde en la noche.
Jugueteo con la pajilla, evitando mirar hacia la barra… lo que, por supuesto, logra exactamente lo contrario.
August ya no está donde estaba.
Mi corazón da un salto absurdo, infantil. Recorro el lugar con la mirada, y entonces una mano se posa en mi hombro.
—¿Emma? —dice una voz grave y familiar.
Mi corazón da un salto. Trago saliva, intentando mantener la calma, y respondo:
—Qué tal, August.
—¿Tu hermana me está evitando, verdad?
¿Su voz siempre fue tan profunda? Resuena como si vibrara en mi columna.
Respiro hondo y alzo la vista poco a poco, como si estuviera escalando una pared.
Su rostro sigue siendo tan atractivo que duele, pero ahora hay una sombra de barba que marca su mandíbula. Amanda siempre lo quiso impecable, bien afeitado. Se ve mejor así.
Sus ojos, en cambio, son una mezcla entre verde y azul. Fríos, intensos, casi intimidantes.
Con los tatuajes asomando por su cuello y la chaqueta de cuero que se ajusta a sus hombros, parece gritar peligro. El típico chico malo que debería hacerte correr en dirección contraria.
Y, aun así, aquí estoy, clavada en el sitio.
No soy la única que lo nota. En el bar, las miradas furtivas de otras mujeres, y algunos hombres, lo confirman. August es magnético, como un relámpago que atrae la tormenta.
Forzo una sonrisa tímida.
—Podría mentir y decirte que Amanda está agobiada con el trabajo, pero… sí, te está evitando.
Él suelta un suspiro, con un dejo de frustración en la voz.
—No hacía falta tanto drama. Podría haberme ido yo. No quiero que las cosas se pongan raras.
—Lo sé —respondo, suave, aunque la tensión entre nosotros vibra como un cable eléctrico.
Por un segundo, sus ojos recorren mi rostro: mi cabello suelto, mis mejillas, mis labios. La intensidad de su mirada me roba el aliento.
¿Eso fue un destello de algo en esos ojos fríos? ¿Deseo?
Intento encontrar una respuesta ingeniosa, algo coqueto, pero mi cerebro se queda en blanco. Solo logro mirarlo como un venado frente a un auto, con la boca entreabierta.
Nada sexy, más bien patética.
Entonces August sonríe, una curva amable en los labios, como si de repente recordara que soy la hermanita de su ex.
—Ha pasado mucho tiempo, ¿no? Te ves bien.
A mis veintisiete años, no soy ninguna niña, pero esa sonrisa amistosa despierta algo profundo y prohibido en mí. Algo que no debería sentir por el ex de mi hermana.
Esto es un error. Gigantesco. Nunca debí quedarme aquí sola. Pero él parece tan tranquilo, como si no sintiera la misma corriente que yo juro que está ahí
—Supongo que volveré al partido. —Señala con el pulgar hacia su mesa—. Me dio gusto verte, Emma.
Agarro mi chaqueta, doblándola sobre mi brazo mientras intento recuperar el control.
—Tranquilo, ya me iba. Que tengas buena noche.
Por dentro, algo protesta, como un gato hambriento arañando mi pecho. El rubor me sube por el cuello.
¿Es solo decepción o algo más… intenso? Dios, necesito salir de aquí antes de que el alcohol me haga pensar en cosas demasiado explícitas.
Hay formas más fáciles, y menos peligrosas, de calmar esa necesidad. August es terreno prohibido.
Él entrecierra los ojos, mirando hacia los ventanales del bar. El estacionamiento está oscuro, apenas iluminado por faroles que parpadean en la niebla. Luego me mira de nuevo.
—¿Sigues con ese Toyota viejo? —pregunta, como si realmente le importara.
Por supuesto que lo recuerda. Esa es la cosa con August: parece todo cuero y rebeldía, pero presta atención a los detalles.
—Sip, todavía lo tengo —admito con una sonrisa—. Pero no lo traje. Marcie y yo quisimos una noche de chicas de verdad, así que vinimos caminando desde mi casa.
Frunce el ceño, preocupado.
—¿Entonces vas a volver sola a pie?
Ahí está, esa vena protectora que Amanda siempre mencionaba, esa que lleva grabada en el ADN a pesar de su pinta de chico malo.
—No es lejos —le aseguro, encogiéndome de hombros.
No parece convencido.
—Déjame acompañarte.
Suelto una risa nerviosa, demasiado aguda.
—No, en serio, no hace falta. Vas a perderte el partido.
Pero él sacude la cabeza, firme.
—No voy a estar tranquilo aquí pensando si llegaste bien. Además, el partido está aburridísimo. —Levanto una ceja, lista para protestar, pero él me corta con voz calma—. Emma, déjame hacer esto.
Y con eso, me desarma. No es arrogante ni insistente, solo… sincero.
August no es solo el tipo rudo con tatuajes y chaqueta de cuero. Es el que se detendría a ayudar a un niño con un cordón desatado o a un anciano a cruzar la calle. Es las dos cosas, y eso me vuelve loca.
Mi corazón late tan fuerte que lo siento en la garganta. Me muerdo el labio y asiento antes de que pueda arrepentirme.
—Está bien. Gracias.
Y así, sin más, voy a caminar a casa con August. Solo dos viejos conocidos charlando. Nada fuera de lo normal.
Excepto que llevo años colada por él. Excepto que todas las demás personas en este bar parecen notar lo ridículamente atractivo que es. Excepto que, en otra vida, tal vez las cosas entre nosotros habrían sido diferentes.
Salimos juntos, caminando lado a lado. Mi mano roza la suya por accidente, un toque tan leve que apenas cuenta, pero siento una corriente que me recorre el brazo. Chispas reales.
Él no reacciona. O no lo siente, o es mucho mejor que yo para disimular.
Afuera, el aire fresco me golpea, y pongo un poco de distancia entre nosotros, respirando hondo como si eso pudiera apagar el incendio en mi pecho. La calle está silenciosa, solo se oyen grillos y el murmullo lejano de un auto.
August no pregunta hacia dónde vamos. No necesita direcciones. Ha estado en mi apartamento tantas veces que podría llegar con los ojos cerrados.
Él camina con calma, las manos en los bolsillos, como si no estuviera causando un huracán en mi cabeza. Sus jeans cuelgan bajos, y si su chaqueta se mueve un poco, juro que la luz captará un destello de piel que no debería estar mirando.
Fijo la vista en el pavimento, como si las grietas fueran lo más interesante del mundo.
Él rompe el silencio primero.
—Entonces, viernes por la noche. ¿Cómo estuvo tu semana?
La pregunta suena simple, pero pesa. Nadie suele preguntarme por mis días. Entre Marcie con su bebé y Amanda con su drama policial, mis historias sobre planes de clase y peleas en el recreo siempre quedan en segundo plano.
Aun así, él espera, así que le doy algo.
—Pura rutina de maestra. Mantener a los niños en orden, lidiar con padres, sortear la política escolar. Ya sabes.
Me arrepiento al segundo. ¿Por qué dije “ya sabes”? August no da clases ni tiene hijos. Mis mejillas arden por lo estúpido que sonó.
—¿Y tú? —pregunto rápido, para salvarme
Giramos hacia mi edificio, y veo que el auto de Amanda no está. Suspiro aliviada. No estoy haciendo nada malo, solo camino a casa con un amigo.
Claro, Emma. Sigue diciéndote eso.
Él suelta un bufido.
—Nada emocionante. Trabajo en jardines para gente con mucho dinero y poco agradecimiento. —Me lanza una mirada de reojo—. Sin ofender.
Le doy un codazo suave.
—¿Me estás llamando niña rica? Porque, noticia de última hora, vivo de un sueldo de maestra en un apartamento de dos habitaciones con mi hermana. No exactamente champán y caviar.
Sonríe, y esa sonrisa suya, tan fácil y brillante, casi me hace tropezar.
Llega a la puerta del edificio y marca el código del vestíbulo sin dudar. El teclado pita, la cerradura cede, y él sostiene la puerta abierta para mí.
—Igual eres dueña del lugar —dice, como si eso lo explicara todo—. Código postal de Norte Halloway, aunque sea la periferia. Yo sigo atrapado en un cuchitril en los barrios bajos. Ningún banco me dará una hipoteca.
Paso junto a él, frunciendo el ceño. No porque insista en entrar, sino porque ese código no ha cambiado en años. Cuatro, para ser exactos.
Mis ojos se desvían a la cámara de seguridad en la esquina, que apunta inútilmente a una alfombra gastada y una planta medio muerta.
Menuda protección.
—Para que conste, no soy ninguna presumida —murmuro mientras entramos al vestíbulo.
—Te doy esa —responde, con una sonrisa que me desarma.
Quiero decir algo más, pero mi cerebro se tropieza con esa sonrisa. Cambio de tema.
—Espera, ¿todavía eres jardinero? —pregunto, arqueando una ceja.
Él pulsa el botón del ascensor, y la luz parpadea.
—¿Qué más iba a hacer? —dice, como si fuera obvio.
Inclino la cabeza hacia atrás para observarlo.
—No sé… ¿trabajar en la cocina de un restaurante de moda? Siempre te imaginé creando menús, impresionando a críticos. Todavía pienso en esa lasagna que hiciste a mano, con esa salsa que era puro arte.
—Exageras —dice, pero hay un brillo en sus ojos.
—No, en serio. Fue la mejor comida de mi vida. Me dijiste esa noche que querías tener tu propio restaurante.
El ascensor suena, y las puertas se abren. Los dos alcanzamos a sostenerlas al mismo tiempo, pero ninguno entra. El momento se siente pesado, cargado.
Él se muerde el labio, pensativo.
—Olvidé que te conté eso —admite, más bajo—. Eres la única que lo sabe. Ni siquiera Amanda lo supo.
—¿En serio? —Mi mente retrocede a esa noche: Amanda durmiendo, nosotros limpiando la cocina. Ella no estaba cuando me lo contó, y al parecer nunca se enteró.
Por alguna razón, saber que compartió algo tan personal conmigo, y no con ella, me hace sentir… especial. Peligrosamente especial.
Él sacude la cabeza, mirando el suelo.
—Era una versión de mí que hablaba demasiado cuando tomaba. Mejor guárdate esa historia para cuando esté más borracho que ahora.
Hay algo frágil en su expresión, como si hubiera tocado un nervio que no quería exponer. Como si ese sueño fuera una herida que aún le duele.
Intento aligerar el ambiente.
—Oye, si hace falta alcohol para sacarte el resto de la historia, tengo tequila arriba.
August suelta una risa baja, relajada, pero con un borde que me acelera el pulso.
—¿Qué? ¿Quieres emborracharme hasta que suelte todos mis secretos?
Más bien hasta que olvides la ropa, piensa mi mente traicionera.Dios, necesito un exorcismo.
Entro al ascensor, enderezando los hombros como si eso pudiera calmar mi corazón desbocado.
—Eres un tipo grande —respondo, fingiendo confianza—. Seguro aguantas el tequila sin problema. Tus secretos están a salvo. Aunque, si necesitas referencias de mi discreción, mis alumnos pueden confirmar. Todavía no he revelado que Teddy tomó la mano de Bailey en el recreo y no se lo dijo a su novia Kat. —Muevo las cejas para rematar.
Él suelta una carcajada, cálida y genuina, y entra al ascensor. Las puertas se cierran, y de repente estamos solos en este espacio diminuto. Sin nadie mirando, sin distracciones. Solo nosotros.
Mi respiración se atora. Es ridículo: él solo está ahí, existiendo, pero su presencia llena todo el aire.
Si quisiera, podría pulsar el botón de emergencia. Un toque, y quedaríamos atrapados aquí, suspendidos. ¿Me miraría como en el bar, antes de retroceder a la friendzone?
Pulso el botón de mi piso, ignorando la tentación del botón rojo. Los números suben, brillando como si se burlaran de mí.
—Escándalos de primaria —dice él, con una sonrisa—. Todo un culebrón.
—No te imaginas —respondo, forzando un tono ligero—. Los niños de ocho años tienen más drama que una telenovela.
—Seguro —dice, con un brillo divertido en los ojos.
El ascensor suena, y las puertas se abren. Busco mis llaves, agradecida por tener algo que hacer con las manos.
Pero August no se aparta. Se apoya en el marco de la puerta, relajado, pero tan cerca que su calor me envuelve.
Su aroma —algo limpio, fresco, con un toque cálido— me golpea. Es tan bueno que debería estar prohibido. Todo en él me empuja a cerrar la distancia, a inclinarme, a probar si sabe tan bien como huele.
Estos no son pensamientos de una chica sobria. Lo sé, pero mi imaginación corre adelante, arrastrando mi autocontrol como un carrito vacío.
Y Dios me ayude, mi cuerpo parece demasiado dispuesto a seguirla.








