CAPÍTULO 1: CARGA PESADA
La lluvia en el Sector 4 no limpiaba nada; solo se limitaba a mover la grasa de un lado a otro. Caía densa, tibia y con ese sabor metálico que te dejaba un picor químico en la garganta si eras lo suficientemente estúpido como para respirar por la boca.
Vargo ajustó los cierres de sus guantes de polímero y miró hacia arriba. A cincuenta metros sobre su cabeza, las luces de neón rosa y cian de las Agujas Corporativas parpadeaban, intocables, separadas de la mugre del suelo por capas de escudos climáticos y dinero viejo. Allí arriba vivían los Elfos, bebiendo vino que costaba más que un riñón humano. Aquí abajo, en los muelles de carga, el aire olía a ozono quemado, sudor de Orco y aceite hidráulico barato.
—¡Mueve ese culo, humano! —bramó el capataz, un semi-ogro con un ojo cibernético de baja calidad que zumbaba cada vez que enfocaba.
Vargo no respondió. Ni siquiera aceleró el paso. A los cuarenta años, había aprendido que correr en un suelo manchado de lubricante industrial era la forma más rápida de romperse el cuello, no de ser eficiente. Caminó hacia el contenedor 409 con la calma de un glaciar.
Su trabajo oficial era “Técnico de Estiba de Nivel 3”. En la práctica, significaba que era el encargado de asegurar que las cajas que los drones mágicos dejaban caer no aplastaran a nadie. Era un trabajo para gente joven o para Orcos con exoesqueletos, pero Vargo llevaba allí seis meses y nadie tenía una queja. No hablaba, no bebía en el turno y, curiosamente, las cargas pesadas parecían volverse más ligeras cuando él estaba cerca.
Se acercó a la carga. Era un contenedor de transporte blindado, marcado con el sello de Aether-Gen: un árbol plateado entrelazado con una hélice de ADN. “Suministros médicos”, decía la etiqueta. Vargo sabía leer las marcas de peso en el acero: cinco toneladas. Probablemente precursores alquímicos inestables.
Junto a él, un chico nuevo, apenas un adolescente humano con acné y un brazo mecánico de segunda mano, luchaba con las cadenas de sujeción.
—Se… se ha atascado el perno, señor Vargo —dijo el chico, jadeando. El pistón de su brazo chirriaba, al límite de su potencia.
Vargo lo miró. Vio el problema al instante: el chico estaba intentando forzar la física en lugar de entenderla.
—No tires —dijo Vargo. Su voz era grave, como grava rodando por una tubería seca—. Es un cierre de tensión magnética. Si tiras, se endurece. Empuja hacia adentro, gira a la izquierda, luego suelta.
El chico parpadeó, confundido, pero obedeció. Empujó, giró y el perno se soltó con un suspiro hidráulico suave.
—Wow. Gracias. ¿Cómo sabía eso?
—Leo manuales en el baño —mintió Vargo.
No leía manuales. Simplemente entendía cómo funcionaban las cosas. La tensión, la resistencia de materiales, el punto de quiebre. Veía el mundo como una ecuación de fuerzas. Y en ese momento, mientras el chico sonreía aliviado, la ecuación del muelle cambió drásticamente.
Arriba, la grúa principal soltó un gemido. No era el sonido del metal; era el sonido de un cristal de levitación rompiéndose. La magia que sostenía el contenedor sobre sus cabezas parpadeó, pasando de un azul estable a un rojo furioso.
Vargo lo sintió antes de oírlo. Una vibración en el suelo, un cambio en la presión del aire. Su cerebro, modificado y curtido por décadas de supervivencia, procesó la catástrofe en microsegundos.
Fallo en el núcleo de levitación. Altura: seis metros. Masa: cinco toneladas. Vector de caída: vertical con desviación de cinco grados al norte. Objetivo del impacto: El chico.
El chico miró hacia arriba, paralizado por el brillo rojo. Era la reacción natural: el miedo congelante.
Vargo no tenía miedo. El miedo era un gasto calórico innecesario.
Se movió.
No fue un movimiento espectacular. No hubo un grito de guerra. Fue una explosión controlada de energía cinética. Vargo dio dos pasos largos, sus botas industriales destrozando un charco de aceite, y se interpuso entre el chico y la sombra que caía.
—¡Muévete! —gruñó, y empujó al chico hacia un lado. El muchacho salió despedido como un muñeco de trapo, rodando por el hormigón mojado.
Entonces, el cielo se les cayó encima.
El contenedor de cinco toneladas se desplomó. Vargo no intentó atraparlo; eso habría sido estúpido. Atrapar cinco toneladas te clava en el suelo o te rompe la columna. En lugar de eso, Vargo se convirtió en una cuña.
Plantó los pies, separándolos para bajar su centro de gravedad. Flexionó las rodillas. Alzó los brazos, no para sostener, sino para desviar.
Cuando el acero impactó contra sus palmas, el sonido fue ensordecedor, como un disparo de cañón junto al oído.
CRACK.
El suelo de hormigón reforzado bajo las botas de Vargo estalló. Se formó una telaraña de grietas y sus pies se hundieron diez centímetros en el cemento sólido.
El peso era absurdo. Cinco mil kilos de gravedad y aceleración querían aplastarlo hasta convertirlo en una mancha roja. Los músculos de su espalda se tensaron, duros como cables de acero trenzado bajo su chaqueta de trabajo. Sus huesos, veinte veces más densos que los de un humano normal, crujieron pero no cedieron. El suero Alfa en su sangre despertó, inundando su sistema con un cóctel de adrenalina sintética que hizo que el tiempo pareciera detenerse.
Durante un segundo eterno, Vargo sostuvo el edificio de metal. No tembló. Su respiración era un siseo controlado entre los dientes apretados.
Calculó el ángulo. Giró la cintura y usó el impulso de la caída.
Con un rugido gutural, empujó hacia la derecha.
El contenedor, desviado de su trayectoria mortal, chocó contra el suelo a un metro de donde Vargo estaba parado. El impacto sacudió todo el muelle, haciendo saltar las alarmas de los coches aparcados a tres manzanas de distancia. El metal gimió y se deformó, abriéndose en una esquina.
Silencio.
Solo se oía la lluvia golpeando el metal caliente y el zumbido de la grúa rota arriba.
Vargo exhaló. Una nube de vapor salió de su boca. Se miró las manos. Los guantes de polímero de alta resistencia se habían desintegrado, dejando ver sus nudillos. Estaban rojos, pero no rotos. Se sacudió el polvo de hormigón de los pantalones y sacó los pies de los agujeros que había dejado en el suelo.
El chico estaba en el suelo, con los ojos tan abiertos que parecía que se le iban a caer de la cara. El capataz ogro corría hacia ellos, gritando algo ininteligible en su idioma.
Vargo se agachó junto al chico, que temblaba incontrolablemente.
—¿Estás entero? —preguntó Vargo. Su pulso ya estaba bajando a sus habituales cuarenta y cinco latidos por minuto.
—Tú... tú... —balbuceó el chico, señalando el contenedor y luego a Vargo—. Te cayó encima. Lo vi. Te cayó encima y tú... lo empujaste.
Vargo se puso de pie, ocultando sus manos magulladas en los bolsillos de la chaqueta.
—Rebotó —dijo Vargo, con una calma absoluta—. Cayó mal, golpeó primero la esquina de aquella viga y rebotó hacia allá. Tuvimos suerte, por poco y pasa lo que dices.
—Pero el suelo... mira el suelo... —insistió el chico, señalando las huellas hundidas en el cemento.
Vargo miró las huellas. Maldijo internamente. Había usado demasiada fuerza. Había dejado evidencia.
—Hormigón podrido —dijo Vargo, encogiéndose de hombros—. Esta infraestructura es una porquería, igual que la grúa. Deberías ir a la enfermería muchacho. Te sangra la nariz.
El capataz llegó, resoplando, con su ojo cibernético girando locamente.
—¡¿Qué diablos ha pasado?! ¡Ese contenedor vale más que sus vidas miserables! —gritó, ignorando el hecho de que casi mueren.
Vargo lo miró. Por un segundo, solo por un segundo, imaginó lo fácil que sería. Un golpe rápido en la rodilla para bajarlo de altura, y luego uno en la sien. Eficiencia. Silencio.
Pero no. Esos días habían terminado.
—Fallo mecánico en la grúa, jefe —dijo Vargo, adoptando su tono de obrero sumiso y cansado—. El chico casi se mata. El contenedor está abollado, pero el sello parece intacto.
El ogro miró el contenedor, luego a Vargo, que parecía aburrido, mojado y completamente normal.
—Largo de aquí. Los dos. Que vengan los de mantenimiento —escupió el capataz—. Y Vargo, te descuento el tiempo muerto.
Vargo asintió y se dio la vuelta.
Mientras caminaba hacia los vestuarios, sintió un pinchazo agudo en el hombro derecho. Se había desgarrado un deltoides. Probablemente un micro-desgarro. Le dolería mañana, cuando la química de su sangre dejara de compensar el daño.
Se metió las manos más profundo en los bolsillos. Necesitaba hielo. Necesitaba una cerveza. Y necesitaba guantes nuevos.
Al salir del muelle, bajo la lluvia incesante, vio algo que le hizo detenerse. De la esquina rota del contenedor de Aether-Gen, goteaba un líquido. No era medicina. Era espeso, luminiscente y de un color violeta enfermizo. Caía sobre un charco y siseaba.
Vargo se quedó mirando la gota. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío recorrió su columna vertebral, justo donde se alojaba el viejo dolor de su inyección de hace quince años.
Conocía ese color.
—Maldición — bufó susurrando a la lluvia.
La rutina se había acabado.