Saber Quedarse by Uswaldo at Inkitt
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Saber quedarse

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Summary

Lara siempre ha sido la estudiante modelo. La que no molesta. La que cumple. La que nunca pide más. Pero hay silencios que pesan más que las palabras, y ausencias que se quedan a vivir dentro del cuerpo. Entre recuerdos de una infancia marcada por el abandono, pensamientos que no se van y una lucha constante por seguir, Lara intenta sobrevivir a sí misma. Hasta que aparecen pequeñas esperanzas: una amiga de años, un choque inesperado en un pasillo, y la mínima posibilidad de que no todo tenga que doler para siempre.

Genre
Drama
Author
Uswaldo
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
13+

Chapter 1

Hay casas que aprenden a convivir con el silencio. Y la mía no es precisamente una de ellas. No porque falten palabras, sino porque hay cosas que simplemente no se dicen. Están ahí, ocupando espacio, pero nadie se atreve a afrontarlo por ese miedo irracional de saber cuáles serán las consecuencias. Sé que es cobarde, pero lastimosamente es la salida más rápida.

Gran parte del tiempo solo observo y me quedo callada. No porque sea tímida, sino porque mirar me da ventaja. Cuando lo haces, entiendes antes y eso ayuda. Como ver la rutina repetirse: los mismos horarios, los mismos gestos, las mismas bromas.

Si me preguntan cómo me defino, en una palabra, diría que normal. Y no porque lo sea, sino porque es la respuesta más fácil, ya que evitas un montón de preguntas incomodas acerca de tus cualidades o cómo te va en la vida. Sé que sonará deprimente, pero ni yo misma me encuentro habilidades o esas cosas únicas de las que tanto hablan las personas.

Tengo un humor raro. Lo sé. A veces sarcástico, a veces demasiado oscuro para alguien de mi edad, según mis amigas, que a cada rato se paran quejando de mis hermosas “bromas”. Pero en el fondo sé que a ellas les gusta, por eso no le tomo importancia.

Algo que tienen que saber de mí es que no soy una persona triste. O al menos no todo el tiempo. Hay días en los que siento que nada ni nadie me podrá parar, como si pudiera con todo lo que se me ponga enfrente. Y hay otros en los que simplemente existo. No lloro, no grito, no me quejo. Solo estoy. He aprendido que eso también cuenta como sobrevivir en este mundo donde no puedes parar, porque el tiempo y las personas no lo harán por ti.

Me exijo demasiado.

No lo digo yo, lo dicen los que me rodean. Las notas, las responsabilidades, las expectativas… esas que otros esperan de ti y esas peores, las que tú misma te impones para no sentirte una decepción.

No sé si a todos les pasa, pero cuando saco solo un aprobado —sin felicitaciones, sin destacado— siento que no di lo suficiente. Y mi cerebro, que nunca descansa, se encarga de recordármelo durante horas.

Actualmente vivo con dos personas que quiero un montón, aunque a veces no sepamos cómo decirlo, y en algunas ocasiones parecemos alérgicos a el cariño. Pero un punto a nuestro favor es que nos entendemos perfectamente, así sea con gestos pequeños o miradas. Porque somos más de estar. Y quedarse. Que no es poco.

Esa tarde estaba en mi habitación, doblando ropa limpia sobre la cama.

Mi cuarto no tiene nada especial, como casi nada en esta casa. Las paredes claras, una ventana que da a la calle y deja pasar una luz suave por las tardes, y un aire fresco que se cuela incluso cuando está cerrada. Es una habitación pequeña, de esas que se sienten más viejas de lo que realmente son, pero acogedoras. Hay días en los que está ordenada y otros en los que parece que alguien revolvió todo sin terminar el trabajo.

Pero esa tarde era uno de esos puntos intermedios donde nada está fuera de lugar, pero tampoco del todo en orden.

Estaba apurada, porque había una voz —cariñosa y escalofriante a la vez— que tenía el don especial de aparecer cuando decidía tomarme un descanso.

Y justo cuándo doblaba la última prenda, una voz vino desde el pasillo:

—Lara, cariño, ven rápido por favor —dijo sin más explicaciones de para qué me quería.

—Ya voy— atiné a decir, porque si no lo hacía inmediatamente, de seguro sacaba su chancla voladora y Lara ya no existía.

Dejé la camiseta sobre la cama y salí.

Mientras bajaba los escalones, la encontré en el armario del fondo, ese que casi nunca se abre. Estaba sacando cosas viejas, moviéndolas con la misma alegría que te podría dar el comer sopa en pleno calor.

—Ayúdame con esto —dijo, sin mirarme

Me subí a una silla para alcanzar el estante más alto. Había polvo, cajas sin nombre, recuerdos que no me pertenecían.

Entonces la vi. Una caja

No era grande ni llamativa. Pero, a diferencia de todo lo demás, no tenía polvo encima. Estaba cerrada con cuidado, como si alguien se hubiera tomado el tiempo de dejarla ahí a propósito.

No sé por qué me detuve. Tampoco por qué sentí ese impulso tan fuerte de abrirla. Pero la curiosidad me invadió.

Estiré la mano.

—Eso no —dijo mi abuela con una voz demasiado suave y un poco pálida y nerviosa. Por eso me intrigué más. Mi abuela pocas veces reacciona de esa manera, y cuándo lo hace es porque a algo le teme.

Bajé la mano despacio para no alterarla más de lo que ya estaba. Y fingí no notar su actitud.

—Luego seguimos —añadió—. Ya es tarde

Asentí. No pregunté nada. Porque en esta casa, cuando algo se corta así, se corta de verdad.

Bajé de la silla y la ayudé a cerrar el armario. El golpe seco de la puerta resonó más de lo normal, o al menos así lo sentí yo.

Caminamos hacia la cocina sin decir una palabra. Ella siguió con su rutina como si nada hubiera pasado, como si no acabara de prohibirme algo sin explicación. Yo la imité.

Durante la cena, fue ella quien rompió el silencio:

—¿Y cómo te va en la escuela? —preguntó, con ese tono peculiar, intentando sonar casual, pero que nunca lo es.

Entonces lo sentí.

Esa presión en el pecho que aparece cada vez que hablan de notas, exámenes o resultados. Que, para mí, siempre termina significando lo mismo: perfección.

—Bien —respondí, porque es la palabra más corta y que evita dar explicaciones.

—¿A qué te refieres con “bien”? —insistió

Moví el tenedor sin ganas. No era una mala pregunta. No lo es. Pero aun así siempre me incomodaba y hacía todo lo posible por evitarla.

—Normal —añadí—. Nada fuera de lo común.

Asintió, aunque su mirada dejaba en claro que la respuesta no la convencía del todo. Se quedó un segundo más de la cuenta observando mi expresión, como si en ello pudiese hallar la respuesta correcta.

Bajé la vista. Porque cuando hablan de la escuela, siempre siento que esperan más. Más esfuerzo. Más resultados. Más de mí.

Y no es que me vaya mal. No me va mal. Pero a veces, ni siquiera eso parece suficiente.

Inundada en mis pensamientos, sobre la escuela, mi vida…, la puerta se abrió. Esta vez no me sobresalté.

Reconocí el sonido antes incluso de verlo.

—Hola, mis tesoros —dijo desde el pasillo.

Mi abuela sonrió apenas. Yo levanté la vista.

—Hola, papi.

Se acercó a la cocina, dejó las cosas sobre la mesa y se sentó frente a mí. No preguntó nada al principio. Solo estuvo ahí. Y eso, para mí, bastaba.

—¿Día largo? —dijo, mirándome.

Asentí.

—Mañana será más corto —respondió—. Siempre lo es, mi reina.

No explicó cómo ni por qué. Nunca lo hacía. Pero con mi papá, las frases simples funcionaban. Como si con solo decirlas, aquello se haría posible.

Continuó comiendo, hablando de cosas pequeñas: que el tráfico estaba imposible, que el perro del vecino Omar volvió a escaparse, que mañana podía acompañarme temprano si quería.

Nada exigente. Nada pesado.

Y por primera vez en toda la noche, la presión en el pecho aflojó un poco.

Esa noche, cuando volví a mi habitación, me senté un momento en la cama sin encender la luz.

Y entonces volvió ese recuerdo.

La caja.

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