Capítulo 1
Varelope irrumpió en el apartamento de Leyla justo cuando el reloj marcaba las diez de la noche, con la lluvia golpeando las ventanas como si el cielo estuviera furioso. Llevaba una maleta improvisada, empapada, y su cara reflejaba el caos de una pelea con su familia que había escalado demasiado rápido.
—No puedo volver ahí —soltó sin preámbulos, dejando caer la maleta en el suelo.
Leyla, que estaba sentada en el sofá con un libro a medio leer, se levantó de un salto, sus ojos oscuros llenos de preocupación mezclada con algo más profundo, algo que habían evitado nombrar durante meses.
Leyla la abrazó sin decir nada al principio, solo envolviéndola en sus brazos, sintiendo cómo Varelope temblaba.
Eran amigas desde el colegio, pero… las miradas se habían prolongado, los roces accidentales se sentían intencionales.
—Quédate aquí todo el tiempo que quieras —murmuró Leyla, guiándola hacia el sofá.
La puerta se cerró de un golpe detrás de Varelope. El sonido rebotó en el pasillo estrecho del apartamento de Leyla.
—Joder, no puedo creer que me haya echado —dijo Varelope, todavía con la chaqueta chorreando agua de la tormenta.
Leyla apareció desde la cocina con una taza humeante en la mano, el pelo recogido en un moño desordenado.
—¿Otra vez tu padre?
Varelope asintió, quitándose los zapatos de un puntapié.
—Dijo que si sigo trabajando en ese antro de mierda no quiere saber nada de mí. Que soy una vergüenza. Que mejor me vaya a vivir con “esas amigas mías raras”.
Leyla dejó la taza en la mesita y se acercó despacio.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que se metiera su opinión por donde le cupiera. Y me largué.
Silencio un segundo. Leyla la miró de arriba abajo, la ropa pegada al cuerpo por la lluvia.
—Quítate eso antes de que te enfermes.
Varelope se sacó la chaqueta y la camiseta en un movimiento rápido, quedando solo en sujetador negro y vaqueros mojados. Leyla tragó saliva sin disimularlo.
—No me mires así —murmuró Varelope, pero dio un paso hacia ella.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras comerme.
Leyla sonrió de lado, nerviosa y valiente a la vez.
—Quizá sí quiera.
Varelope soltó una risa corta, casi incrédula.
Se fue hacia la cocina y Varelope la siguió detrás, casi por instinto. La empujó con suavidad contra la pared del pasillo. Sus cuerpos chocaron. Leyla levantó las manos y las puso en las mejillas mojadas de Varelope.
—¿Estás segura? —preguntó Leyla bajito.
Varelope no contestó con palabras. La besó con fuerza, abriendo la boca de inmediato, lengua buscando lengua. Leyla gimió contra sus labios y le clavó los dedos en la cintura.
Se separaron solo para respirar.
—Llevo meses imaginando esto —confesó Leyla, voz ronca.
—Pues deja de imaginar y hazlo.
Varelope le quitó la sudadera por la cabeza de un tirón. Leyla no llevaba sujetador debajo. Los pezones ya estaban duros. Varelope bajó la boca directo a uno, chupando fuerte mientras pellizcaba el otro con los dedos. Leyla arqueó la espalda contra la pared.
—Joder… sí…
Varelope bajó la mano dentro del pantalón de chándal de Leyla sin pedir permiso. Los dedos resbalaron por la humedad que ya había ahí.
—Estás empapada —susurró contra su pecho.
—Porque tú estás aquí —respondió Leyla jadeando.
Varelope metió dos dedos de golpe, curvándolos hacia arriba. Leyla soltó un grito ahogado y se agarró a los hombros de Varelope para no caerse. Varelope empezó a bombear rápido, el pulgar frotando el clítoris en círculos duros.
—Más… por favor… —suplicó Leyla.
Varelope obedeció, acelerando, mordiendo el cuello de Leyla mientras sus dedos entraban y salían sin piedad. Leyla se tensó entera, las piernas temblando.
—Voy a correrme… Vare…
—Hazlo. Córrete en mi mano.
Leyla explotó con un gemido largo, apretando los muslos alrededor de la muñeca de Varelope, el cuerpo convulsionando contra la pared. Varelope no sacó los dedos hasta que los espasmos cesaron.
Se quedaron quietas un momento, respirando agitadas.
Leyla apoyó la frente en el hombro de Varelope.
—No me sueltes todavía —pidió bajito.
—No pienso soltarte —respondió Varelope, besándole la sien.
Después de unos minutos Leyla levantó la cabeza y la miró a los ojos.
—Esto no fue solo por el calentón, ¿verdad?
Varelope negó con la cabeza despacio.
—No. Llevo queriendo tocarte desde hace tiempo. Solo que… tenía miedo de cagarla.
Leyla sonrió, todavía con las mejillas rojas.
—Pues ya la cagaste. Porque ahora no pienso dejarte ir.
Varelope se rió suave.
—Bien. Porque no tengo adónde ir esta noche.
Leyla le tomó la mano y tiró de ella hacia el salón.
—Ven. Vamos a secarte como se debe… y luego me cuentas todo lo que pasó con tu padre. Pero despacio. Tenemos tiempo.
Se sentaron en el sofá, Varelope todavía medio desnuda, Leyla abrazándola por detrás. El ruido de la lluvia seguía golpeando los cristales.
—Gracias por abrirme la puerta —dijo Varelope en voz baja.
Leyla le besó el cuello despacio.
—Siempre voy a abrirte la puerta, tonta.
Y ahí, entre el olor a lluvia y a sexo reciente, empezaron a hablar de verdad. De familias que no entienden. De trabajos de mierda. De miedos que se habían callado demasiado tiempo.
—Cuéntame lo que pasó de verdad con tu padre. No la versión corta que me diste en la puerta.
Varelope suspiró largo, mirando la taza vacía que había dejado en la mesita.
—Fue por el curro, ya sabes. Llevo seis meses en el bar ese, el que está en la calle del mercado. No es el Ritz, pero pago el alquiler y me sobra algo para comer. Hoy llegó a casa con cara de funeral, se sentó en la mesa y me soltó: “¿Hasta cuándo vas a seguir sirviendo copas a borrachos? ¿No te da vergüenza?”.
Leyla frunció el ceño.
—¿Y tú?
—Le dije que vergüenza es depender de él a los veintisiete. Que prefiero ganarme la vida limpiando mesas que quedarme en su casa fingiendo que estoy estudiando algo que no quiero. Se puso rojo, empezó a gritar que soy una desagradecida, que él me pagó la carrera que abandoné, que si sigo así voy a acabar como “esas chicas que se juntan contigo”. Y ahí nombró tu nombre, claro.
Leyla soltó una risa amarga.
—Qué sorpresa.
—Le dije que no meta a mis amigas en esto. Que tú no tienes nada que ver con mis decisiones. Pero él siguió: “Esas amistades raras te van a joder la vida”. Y yo… perdí los nervios. Le grité que si tanto le molesta mi vida, que me deje vivirla lejos de él. Que no vuelva a llamarme nunca si no puede aceptarme como soy.
Leyla puso una mano en la rodilla de Varelope, suave.
—¿Y él?
—Se quedó callado un segundo. Luego dijo: “Pues vete. Y no vuelvas hasta que recapacites”. Abrí la puerta, cogí lo primero que pillé y me fui. Lloviendo como si el mundo se acabara.
Leyla se quedó mirando el suelo un rato.
—Mi madre también me dijo algo parecido una vez. No tan directo, pero igual. Cuando le conté que había dejado al novio de tres años porque “no sentía nada”. Me miró y dijo: “A veces hay que conformarse, Leyla. La vida no es una película”. Yo le contesté que prefería estar sola que fingir el resto de mi vida. Desde entonces hablamos poco. Solo lo justo.
Varelope giró la cabeza para mirarla.
—¿Te arrepientes?
Leyla negó despacio.
—No. Pero duele igual. Porque una parte de mí sigue queriendo que me quiera sin condiciones. Como si yo fuera suficiente tal cual.
Varelope asintió, los ojos brillantes.
—A mí también me pasa. Mi padre siempre fue el que me llevaba a entrenar cuando era pequeña, el que me compraba helados después de los partidos. Y ahora… parece que solo ve lo que no le gusta. Como si el resto hubiera desaparecido.
Leyla se acercó un poco más, hombro contra hombro.
—¿Sabes qué? A mí me da igual lo que piensen. Tú eres la misma que se quedaba hasta las tantas ayudándome con los trabajos de la uni, la que me llevaba sopa cuando estaba mala, la que se reía de mis chistes malos aunque fueran penosos. Eso no lo borra una discusión.
Varelope sonrió un poco, la primera sonrisa real en horas.
—Tú también. Siempre has estado ahí. Incluso cuando yo desaparecía semanas porque estaba agobiada.
Leyla le apretó la mano.
—Pues ahora no vas a desaparecer. Te quedas aquí el tiempo que necesites. Y si tu padre recapacita, genial. Si no… pues que se joda. Tú no tienes que cambiar para que él te quiera.
Varelope apoyó la cabeza en el hombro de Leyla.
—Gracias. De verdad.
—No me des las gracias. Solo prométeme una cosa.
—¿Qué?
—Que cuando te levantes mañana no vas a ir a disculparte por existir. Vas a ir a trabajar, a cobrar tu sueldo y a seguir siendo tú.
Varelope soltó una risa suave.
—Prometido.
Se quedaron así un rato, en silencio cómodo, escuchando la lluvia. Ninguna tenía prisa por moverse.
Al final Leyla habló bajito.
—¿Quieres dormir ya? O podemos quedarnos hablando hasta que se nos cierren los ojos.
Varelope levantó la cabeza.
—Hablemos un rato más. No quiero que la noche acabe todavía.
Leyla sonrió.
—Pues entonces cuéntame algo bueno. Algo que te haya pasado esta semana y que no tenga que ver con tu padre.
Varelope pensó un segundo.
—El jueves un cliente me dejó cincuenta euros de propina porque le gustó cómo canté “Boilerías” borracha detrás de la barra. Dijo que le recordaba a su abuela.
Leyla se rió.
—¿Cantaste boilerías borracha?
—Mal, pero con sentimiento.
—Quiero verte algún día.
—Cuando quieras. Pero trae tapones para los oídos.
La manta las cubría a las dos ahora. Leyla había encendido una lámpara pequeña de pie, luz ámbar que hacía que todo pareciera más cálido. Varelope tenía la cabeza apoyada en el regazo de Leyla, que le pasaba los dedos despacio por el pelo, desenredando mechones húmedos que todavía olían a lluvia.
Leyla fue la primera en hablar, voz baja como si tuviera miedo de romper algo.
—¿Sabes qué me ronda desde que nos besamos en el pasillo?
Varelope levantó la vista, sin moverse mucho.
—¿Qué?
—Que… ¿esto qué somos ahora? ¿Somos novias? ¿O solo… pasó y ya?
Varelope se incorporó un poco, sentándose de lado para mirarla de frente.
—No sé. ¿Tú qué quieres que seamos?
Leyla se mordió el labio un segundo.
—Quiero que seamos algo. Algo de verdad. Pero no quiero ponerte presión si tú solo necesitabas desahogarte esta noche.
Varelope negó con la cabeza rápido.
—No fue solo desahogarme. Llevo meses sintiendo mariposas cada vez que me escribes “¿vienes a casa luego?” o cuando me miras como si yo fuera lo único interesante en la habitación. Solo que… tenía miedo de decirlo y cagarla. Porque si te perdía como amiga, no sé qué haría.
Leyla sonrió suave, los ojos brillantes.
—¿Desde cuándo te gusto?
Varelope soltó el aire por la nariz, como riéndose de sí misma.
—Desde el segundo año de uni, creo. Recuerdo que estabas explicándome un poema de Morca en la biblioteca, con esa cara de concentración que pones, y pensé: “Joder, me muero por besarla”. Pero eras hetero, o eso creía, y yo estaba saliendo con esa chica que al final me dejó por otra. Así que lo guardé.
Leyla se rió bajito.
—¿Y tú crees que yo era hetero?
Varelope alzó una ceja.
—¿No lo eras?
—Ni de coña. Pero tenía novio porque era lo que tocaba. Mi madre me preguntaba todo el rato “¿cuándo me presentas a alguien formal?”. Y yo fingía que sí, que algún día. Hasta que un día me di cuenta de que cuando estaba contigo me sentía más yo que con cualquier tío. Pero tenía el mismo miedo que tú: si te lo decía y tú no sentías lo mismo, adiós amistad.
Varelope le tomó la mano, entrelazando dedos.
—Pues menos mal que hoy me echaron de casa. Si no, igual seguíamos en el “quizá algún día”.
Leyla apretó su mano.
—Pues ya está. Somos novias. Si tú quieres, claro.
Varelope se acercó y le dio un beso corto, suave, en los labios.
—Quiero. Mucho.
Se separaron sonriendo como tontas.
Pero luego Leyla se puso seria otra vez.
—¿Y qué van a decir nuestros padres cuando se enteren?
Varelope bufó.
—El mío ya me odia por ser lesbiana, por el curro y por “esas amistades raras”. Si le digo que ahora soy novia de una de esas “amigas raras”, le va a dar un infarto. O me va a desheredar del todo. Pero… ¿sabes qué? Me da igual. Si no puede quererme siendo yo, que no me quiera.
Leyla asintió despacio.
—Mi madre es peor en el silencio. No grita como tu padre. Solo pone cara de decepción eterna y dice cosas tipo “yo solo quiero que seas feliz… pero esto no es normal”. Y luego semanas sin llamarme. Pero ya me cansé de esconderme para que ella esté tranquila. Si le duele, que le duela. Yo no voy a dejar de quererte por eso.
Varelope la miró fijo.
—¿De verdad te da igual?
Leyla se encogió de hombros.
—Duele, claro que duele. Pero duele más fingir. Prefiero que me miren mal y estar contigo de verdad, que seguir callada y sentir que me falta el aire cuando estás cerca.
Varelope se inclinó y la abrazó fuerte, enterrando la cara en su cuello.
—Te quiero, Leyla. Y no pienso dejar que nadie nos robe esto.
Leyla le devolvió el abrazo, cerrando los ojos.
—Yo también te quiero. Y que se jodan los que no lo entiendan. Nosotras seguimos juntas. Punto.
Se quedaron así un rato largo, respirando al mismo ritmo. La lluvia ya casi había parado.
Al final Varelope murmuró contra su piel:
—¿Dormimos ya? O seguimos hablando hasta el amanecer.
Leyla se rió suave.
—Dormimos. Pero mañana te despierto con café y besos. Y luego vamos a comprar algo de ropa tuya, porque no puedes vivir con lo que trajiste en esa maleta minúscula.
Varelope sonrió contra su hombro.
—Trato hecho, novia —murmuró, casi con timidez.
Leyla le besó la frente con cuidado, despacio, como si quisiera memorizar ese instante.
—Trato hecho, novia.
—Suena bonito cuando lo dices tú.
—No, suena mejor si lo dices tú.
—Novia —dijeron al mismo tiempo, y ambas rieron bajito, abrazadas, dejando que la palabra se quedara entre ellas como algo frágil y precioso.
Apagaron la lámpara. Se fueron a la cama, cuerpos pegados bajo la manta. No hicieron nada más que abrazarse y respirar. Pero fue suficiente.
Por primera vez en mucho tiempo, las dos se sintieron en casa.