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⊰⊹ฺEl cielo gris se abría sobre la autopista como una maldita advertencia. Checo se abrazaba el vientre mientras maldecía cada segundo de esa idea idiota. Todo gracias al imbécil de Lando y sus retos estúpidos: sortear quién se ponía ese juguete remoto de placer extremo y luego lo abandonaban en medio de la nada. Para colmo, el muy cabrón seguía activándolo a distancia.
—Hijo de la chingada… —murmuró Checo, apretando los muslos mientras una nueva oleada de vibraciones lo doblaba por la mitad—. ¡Ahh… pinche Lando!
Iba apenas cubierta con una blusa demasiado corta y un mini short que apenas cubría lo necesario —y solo cuando estaba de pie. No traía sostén. Ni dignidad. Lo peor era que cada paso que daba se sentía como si esa mierda dentro de ella quisiera hacerla gritar.
Extendió el pulgar con desesperación. Si alguien no se detenía pronto, se iba a venir ahí mismo.
Un rugido de motor le dio esperanzas. Un tráiler se acercaba y, milagrosamente, frenó justo a su lado. El conductor bajó el vidrio.
Era alto, rubio, de mandíbula marcada y unos ojos azul hielo que la recorrieron sin pudor.
—¿A dónde vas? —preguntó con voz grave, aún sin disimular el escaneo descarado que le daba a Checo.
—A la ciudad… dos horas de aquí —tragó saliva, temblando ligeramente por dentro. Esa cosa no dejaba de zumbar.
—Súbete.
Checo no se lo pensó. Abrió la puerta y trepó con torpeza, con las piernas aún temblándole. Max la observaba de reojo mientras volvía a acelerar.
—¿Siempre haces autostop vestido así? —preguntó con media sonrisa, la voz áspera y densa.
—No es como si hubiera planeado esto… —gruñó Checo, entre dientes, apretando el asiento con ambas manos.
—¿Y qué traes puesto… ahí dentro?
Checo lo miró, enojado, pero con las mejillas rojas. No podía negar lo obvio. Max lo supo enseguida.
—Esa carita… ¿estás…?
Una vibración más fuerte hizo que Checo soltara un gemido, breve pero real. Max se rió, bajo y perverso.
—No mames… estás goteando.
Checo apretó los dientes.
—Tú maneja y cállate.
Max le lanzó una mirada que casi lo desnudó.
—No prometo nada. Con ese atuendo, con ese sonidito húmedo cada vez que te mueves… no voy a hacerme el pendejo.
Checo giró la cara hacia la ventana. No podía más. No con esa cosa torturándolo por dentro y este cabrón mirándolo como si fuera su cena.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Max, con tono más bajo.
—Checo.
—Bonito nombre,soy max. Bonito cuerpo. Muy poca ropa. ¿Llevas eso en serio hasta la ciudad?
Silencio. Solo el zumbido de la maldita cosa, el rugido del motor, y el ritmo irregular de su respiración.
Max bajó un poco la velocidad.
—Puedo ayudarte a sacarte eso… si quieres. Pero vas a tener que pedírmelo.
Checo lo miró, entre rabia y desesperación.
—¿Y si no quiero?
—Entonces disfruta tu paseo, nena. Porque no pienso apagar el motor… y tú no vas a aguantar dos horas con eso adentro.
El silencio volvió, más espeso que nunca. Checo tragó saliva, maldiciéndose otra vez.
—...Hijo de puta…
⊰⊹ฺ⊰⊹ฺ
El mundo se volvió blanco. Un fogonazo detrás de los ojos, una explosión de placer tan repentina que Checo gritó como si le hubieran arrancado el alma.
—¡Ahhh cabrón…!
Y ahí fue. La cosa maldita vibró con una violencia infernal y terminó saliendo disparada de su cuerpo por la gran abertura del short , salió caliente, brillante de lubricante, cayendo en algún rincón del tráiler. El temblor en sus piernas lo dejó semiencorvado, jadeando, con la blusa pegada al pecho sudado y la entrepierna empapada.
Max soltó una carcajada profunda y ronca, con esa voz suya que sonaba como grava mojada.
—Mierda… no pensé que de verdad fueras a… ¡puta madre, qué vista!
Le echó una mirada rápida mientras mantenía el volante firme. Sus pupilas estaban dilatadas, la mandíbula apretada. Algo en su interior ya había cruzado un límite.
Extendió la mano y lo jaló sin esfuerzo, atrayéndolo hacia él con una fuerza controlada, pero firme.
—Mírame, —ordenó Max—. Mira lo que hiciste.
Checo, todavía entre estremecimientos, bajo la vista. Un bulto enorme crecía bajo el pantalón de Max, marcándose descaradamente por la mezclilla gruesa.
—Tú me pusiste así. Tú, con ese gritito, con esa carita mientras te venías. —Su mano libre fue al cabello de Checo, lo tomó desde la coronilla y lo obligó a bajar. Lentamente. Dominante—. Así que vas a ayudarme. Al menos con la boca.
—¿Estás loco? ¡Vas manejando, hijo de puta! —Checo intentó resistirse, pero el calor entre sus propias piernas le traicionaba. Esa mano grande apretando su cabeza no daba opción.
—Puedo hacer las dos cosas, preciosa. Y tú puedes ayudarme a no perder el control, ¿no?
La cabeza de Checo descendió más. El rostro apenas rozando el cierre de Max, que latía fuerte debajo de la tela. El olor a cuero, sudor y deseo lo envolvió.
Max bajó la mano y acarició la entrepierna mojada del short diminuto con los dedos. La tela ya no ocultaba nada.
—Estás empapada —dijo con voz baja, como si lo disfrutara demasiado—. No mientas. Te gusta. Te calienta que te usen así.
Checo gimió al sentir esos dedos presionando justo donde más dolía, frotando sin piedad.
—Ahh… ¡No… Max…!
—Shhh. Sé buena. Usa la boca, nena. Yo manejo. Tú pagas este aventón.
El tráiler seguía rugiendo, comiéndose la carretera, mientras el interior ardía como un infierno en movimiento. Y Checo, con el orgullo destrozado, temblando de deseo y rabia, abría los labios frente al cierre que comenzaba a bajar, sabiendo que ya no había vuelta atrás.
⊰⊹ฺ⊰⊹ฺ
El cierre bajó con un sonido metálico que le heló la sangre a Checo, aunque su cuerpo ardía como si tuviera fiebre. El miembro de Max salió como un castigo, duro, grueso, pulsando con cada latido de ese pecho enorme que subía y bajaba al ritmo del motor.
—Ábrela —ordenó Max con la voz ronca, cargada de deseo y poder.
Checo temblaba, con las manos sobre sus muslos, el rostro encendido, tragando saliva como si fuera veneno. Pero lo hizo. Separó los labios lentamente, sintiendo cómo la vergüenza le carcomía la espalda… y al mismo tiempo, una necesidad bestial lo empujaba.
Tomó la punta con la lengua, húmeda, salada, caliente. Max soltó un gruñido grave, y su mano volvió a enredarse en el cabello ajeno, presionando, guiando.
—Eso… buena chica… más profundo.
El tráiler avanzaba a velocidad constante, las líneas blancas del asfalto pasaban zumbando por los espejos, pero todo dentro de la cabina era estático, denso, cargado de un placer sucio que se pegaba a la piel.
Checo se movía lento, luego más rápido, bajando, subiendo, mientras Max maldecía entre dientes.
—No pares… no te atrevas a parar…
Cada vez que Checo respiraba, los restos de sus propios fluidos en la tela mojada le recordaban que no estaba ganando nada. Que seguía siendo usada. Y su cuerpo lo adoraba.
La mano de Max que antes se aferraba al volante, bajó. Sin dejar de conducir, sin dejar de dominarlo con la otra, ahora lo acariciaba entre las piernas, frotando por encima del short. El roce era húmedo, descarado, preciso.
—Sigues chorreando. ¿Te estás viniendo solo por chuparme? —se burló Max—. Qué puta más fácil me salió.
Checo quiso protestar, pero la lengua no le daba más. Su boca estaba llena, la respiración entrecortada, la mente a punto de quebrarse.
Y entonces Max frenó. Sin aviso. Un chillido de llantas y el rugido del motor bajó en seco.
Antes de que Checo pudiera entender qué pasaba, Max lo alzó como si no pesara nada. Lo cargó en sus brazos, colocándolo sobre su regazo, girándolo para que quedara de frente a él. El volante detrás, el asiento bajo, su cuerpo gigantesco encerrándolo como una trampa.
—Ahora sí. Vamos a hacer esto como se debe.
Las manos grandes se colaron bajo el short empapado, lo bajaron sin cuidado, dejando expuesto todo. Checo jadeaba, las mejillas húmedas, los muslos temblando.
—Estás tan jodidamente abierta… —dijo Max, mirando fijamente entre sus piernas—. Tan lista.
Sin darle tiempo, lo montó. Lo bajó de golpe sobre su verga dura, caliente, llenándolo hasta el fondo.
—¡AHHH…! ¡M-max…!
Checo se arqueó, la cabeza cayendo hacia atrás, los dedos clavados en los hombros del otro.
—Eso. Así. Me vas a montar como si tu vida dependiera de ello.
Y lo hizo. Entre gritos, suspiros, gemidos rotos. El tráiler estaba apagado, pero la cabina temblaba. Cada embestida era un latigazo. Max mordía su cuello, sus hombros, mientras sus manos lo levantaban y bajaban, una y otra vez.
No había escape.
No había vergüenza.
Solo el ritmo brutal de dos cuerpos perdidos en la mitad de la carretera.
⊰⊹ฺ⊰⊹ฺ
Checo ya no sabía en qué momento había perdido la blusa. Solo recordaba el sonido de la tela rasgándose, la risa baja y cruel de Max diciéndole:
—Con esto no necesitas ropa, perra.
Los pezones al aire, duros por el viento y el calor entre sus piernas, el cuerpo temblando encima del hombre que lo hacía moverse como un juguete, como si fuera suyo desde siempre.
—Muévete, chingada madre. Te quiero sudando, temblando, con la cara llena de lágrimas. —Max lo llamaba como quería: “puta”, “zorra bonita”, “nena desesperada”. Y Checo, jadeando, ya no se resistía.
—¡Aaahh…! ¡Más… no pares!
Las ventanas se empañaban. Pero Max no tenía intenciones de mantenerlo oculto.
—Párate. Agárrate del volante.
Checo obedeció, sin pensar. Ya no podía pensar. Max lo giró bruscamente, haciéndolo apoyar los codos sobre la puerta del conductor. Una mano de Max bajó la ventanilla eléctrica.
—¿Qué estás…? ¡No, espera…!
Demasiado tarde. Max ya lo había tomado por la cintura y lo embestía con fuerza desde atrás, haciéndolo chocar contra el borde de la puerta. Checo gritó, arqueándose, mientras el viento de la carretera lo golpeaba de lleno.
Medio cuerpo asomado fuera del tráiler, pecho desnudo, caderas expuestas, y entre sus piernas, el vaivén brutal del hombre que no paraba.
—¡Max… está… gente… nos ven…!
—Que miren. Que graben. Que vean lo puta que eres.
Pasaban autos. Bocinas. Gritos desde otros vehículos. Algunos reían, otros aplaudían, otros le gritaban cosas a Checo:
—¡ MIRA ESOS PECHOS!
—¡QUE RICA!
—¡YA ERES FAMOSA, ZORRA!
Flashazos de cámaras. Celulares apuntando. Y Max adentro de él, tan hondo que Checo no podía respirar.
—¡Grítales! —le dijo Max, dándole una palmada seca en una nalga, fuerte, sonora—. Grita quién te está cogiendo.
—¡Ahhh…! ¡MAX!
—Más alto, puta.
—¡ME VOY A CORRER!
Lo hizo. A vista de todos. Temblando, con los nudillos blancos de agarrarse al borde de la puerta, con el cabello volando y el cuerpo sacudiéndose sin control.
Max gimió tras él, profundo, animal. Lo sujetó con ambas manos mientras se venía también, adentro, apretando los dientes contra su nuca.
Un auto tocó el claxon. Otro gritó:
—¡ESO FUE LO MÁS JODIDAMENTE CALIENTE QUE HE VISTO!
Checo solo podía gemir, temblando, las piernas a punto de colapsar. Max lo sostuvo, sin sacarlo , besándole el cuello con brutalidad.
—No vas a olvidar esto jamás, ¿entendiste? —le susurró—. Ahora todos saben quién te hace gritar así.
⊰⊹ฺ⊰⊹ฺ
El tráiler estaba otra vez en marcha, pero esta vez más lento. Max conducía con una sola mano en el volante, la otra descansaba sobre el muslo desnudo de Checo, que seguía jadeando en el asiento del copiloto, el cuerpo cubierto apenas por los restos del short subido a medias y el sudor brillándole en cada rincón.
—No te lo subas —le gruñó Max, apartando su intento de cubrirse—. ¿Para qué? Si todos ya te vieron. Si ya te conocen.
Checo tragó saliva, con la garganta seca y los labios inflamados de tanto gemir, de tanto gritar como si el alma se le hubiera ido entre las piernas. Y en cierto modo, así era.
Max lo miró de reojo, una sonrisa ladeada en la comisura de los labios.
—¿Sabes qué pienso? Que te encantó. Que estás más mojada ahora que cuando empezamos.
Metió los dedos por la entrepierna, sin pedir permiso. Solo hundió dos de golpe.
Checo se arqueó, soltando un quejido, los ojos bien abiertos.
—¡Ahhh joder… Max…!
—Eso pensé —murmuró él, girando el volante con la otra mano mientras dentro de Checo lo torturaba con movimientos lentos, profundos, haciendo un sonido húmedo, obsceno.
Checo intentó cerrar las piernas. Max gruñó.
—No cierres nada. Te abriste para todo el mundo, no te hagas el inocente ahora.
El dedo pulgar encontró el punto exacto entre los pliegues, ya inflamado, palpitando. Checo jadeó como si lo estrangularan.
Max se echó una carcajada.
—Estás tan jodidamente lista otra vez… No entiendo cómo nadie te ha cogido antes. O sí lo han hecho, pero no así.
Volvió a frenar. Bajó del asiento y abrió la puerta del copiloto, se movió como un animal grande, decidido, y antes de que Checo reaccionara, ya lo tenía otra vez cargado, con las piernas rodeándole la cintura fuera del trailer .
—¿Aquí? ¿A la mitad del campo?
—Aquí. Y luego en la parte trasera. Y después en la cabina de carga.
Lo empujó contra el capó caliente del tráiler, con el cielo gris cargado sobre ellos, el viento azotando fuerte.
Checo apoyó la espalda, con el pecho hacia el cielo y la cadera sostenida por las manos de Max. Su miembro duro ya estaba empujando otra vez en la entrada sensible, inflamada, aún llena de su última vez.
—Te voy a llenar hasta que no puedas caminar.
Y lo hizo. De nuevo. Cada embestida sacudía el cuerpo entero. El cuerpo de Checo temblaba como una hoja, con los pezones rosados rebotando al ritmo brutal.
Max le tomaba la garganta mientras lo follaba, no para ahorcarlo, sino para que lo mirara.
—Mírame. Mírame mientras te hago mía otra vez.
El cielo tronó. La primera gota de lluvia cayó sobre la piel ardiente. Y después de eso, solo hubo gritos ahogados, jadeos, y el golpe seco de cadera contra cadera, sin misericordia.
Max estaba cumpliendo su promesa:
Lo iba a romper…
(⊰⊹ฺ⊰⊹ฺ
La ciudad apareció al fondo, gris, sucia, bulliciosa como una jaula abierta.
Pero Checo no la miraba.
Iba con la cabeza recargada en el hombro de Max, las piernas flojas, la boca abierta apenas para respirar. En su cuerpo no quedaba una sola parte seca. Ni limpia.
Max lo había dejado hecho mierda. Literalmente.
—Llegamos, preciosa —le murmuró con esa voz rasposa, mientras le subía la cremallera de la chamarra que ahora cubría su pecho desnudo. Esa prenda enorme que olía a tabaco, sudor y sexo reciente.
Checo apenas pudo asentir. Cada bache del camino le recordaba que seguía lleno. Que entre los muslos le chorreaban restos tibios, espesos, y que no había short ni pudor que pudiera detener eso.
—No me mires así. Agradece que no te dejé marcada la cara —soltó Max con una sonrisa, dándole una nalgada que sonó en todo el asiento.
El tráiler se detuvo frente al estacionamiento de una gasolinera. Ahí estaba Lando, recargado en su coche, comiéndose unas papas y esperando como si fuera un día cualquiera.
Cuando vio a Checo bajar tambaleándose, envuelto en esa chamarra de hombre, con las piernas desnudas, el maquillaje corrido y una expresión entre euforia y derrota, se le escapó una carcajada salvaje.
—¡No mames…! ¡No mames, Checo! ¡¿Eso es semen?!
Checo intentó decir algo. Pero la maldita gota que le bajó por el muslo interior, blanca y lenta, fue más elocuente que cualquier excusa.
Lando se dobló de la risa.
—¡Eres una leyenda, cabron! ¡Una pinche leyenda viviente!
Max ni se inmutó. Solo bajó del tráiler, se acercó, tomó el rostro de Checo con una mano y le plantó un beso brutal, largo, posesivo, justo frente a Lando. Luego le mordió el labio.
—fuiste un buen contenedor de semen.
Y sin más, subió al camión y se largó, dejando el rugido del motor como única despedida.
Checo se quedó ahí, con las piernas temblando, la boca abierta y las mejillas en llamas.
Lando lo miraba fascinado, entre risa y respeto.
—Te pasaste de verga… —le dijo—. ¿Te puedo pedir un favor?
—¿Qué? —murmuró Checo, casi sin voz.
—¡No te bañes aún! ¡Tengo que mostrarle esto a los demás!
Checo le lanzó una maldición, pero no lo negó. Porque en el fondo…
sabía que sí.
Que nunca iba a olvidarlo.
⊰⊹ฺ⊰⊹ฺ
El trayecto a casa fue un silencio incómodo con Lando echándole miradas de reojo, con esa sonrisita pegada a la cara. Pero Checo no decía nada. No podía. Todo su cuerpo dolía de formas que no sabía que existían. Cada vez que el coche pasaba por una curva o un bache, sentía el eco de Max dentro de él.
Y eso no lo dejaba respirar.
Al llegar, ni se despidió. Corrió. Literalmente. Con la chamarra aún puesta y los muslos pegajosos, temblorosos, manchados. Subió las escaleras como si lo persiguiera algo. Cerró la puerta de su cuarto de un portazo y se dejó caer contra ella, jadeando.
Bajó la vista.
Seguía igual. Jodido. Derramándose. La piel enrojecida, marcada. El interior punzante como si aún lo tuviera adentro.
—¡Jódete, Max…! —susurró. Pero no sonaba a enojo.
Se arrancó la chamarra y cayó de rodillas frente a la cama. El espejo de cuerpo entero frente a él fue lo peor. Se vio. Vio su propio reflejo: la boca hinchada, el pecho a la vista, el coño palpitando , sin pensarlo, llevó una mano abajo.
Desesperado.
Como un adicto.
—No… no puedo… —murmuraba, con los ojos cerrados y los dedos entrando con torpeza, buscando repetir algo que no se puede . Algo que Max había dejado tatuado entre carne y deseo.
Se movía solo, con rabia. Con frustración. Con esa mezcla de vergüenza y ansia que lo hacía llorar de coraje.
—¿Por qué no te pedí el número…? ¡Idiota! ¡Pinche idiota…!
Y ahí, con los dedos embarrados, la respiración rota y el cuerpo vencido otra vez sobre la alfombra, Checo comprendió que había cometido un error.
Uno que no iba a dejarlo dormir.
Porque ya era tarde.
Max se había ido.
Y él, se había quedado ardiendo.⊰⊹ฺ
¡Gracias por leer!
S.k.☆