El Cazador by maria dolores at Inkitt
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El Cazador

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Un cazador explora y se encuentra con lo que él consideraba un mito pero ahora él ve que es muy real

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Capitulo 1

La tarde caía abrasadora sobre las ruinas antiguas del desierto, donde el viento arrastraba arena entre columnas derruidas y estatuas olvidadas. El cazador, un hombre curtido llamado Elías, avanzaba con su arco al hombro y la mirada fija en las huellas extrañas que había seguido durante días. Huellas que no pertenecían a ningún animal conocido: cascos anchos, profundos, mezclados con marcas humanas. Había oído leyendas toda su vida sobre las centauras, criaturas míticas mitad mujer, mitad yegua, guardianas feroces de lugares perdidos. Pero siempre pensó que eran cuentos para asustar a los niños o excitar a los borrachos en las tabernas.

Hasta ese momento.

Al coronar una duna, las vio.

Un grupo de ellas descansaba en un claro rodeado de palmeras secas y muros semienterrados. Eran magníficas. Sus cuerpos superiores eran de mujeres perfectas, de piel bronceada y brillante por el sudor del calor, pechos generosos apenas contenidos por telas mínimas de lino oscuro o transparencias que dejaban poco a la imaginación. Cabellos largos: negro azabache en una, rubio platino en otra, castaño miel en la tercera, cayendo en cascadas sobre hombros fuertes. Sus cuerpos inferiores eran de yeguas poderosas, músculos definidos bajo pelajes oscuros y brillantes —negro azabache, bayo intenso, castaño profundo—, cuartos traseros redondeados y potentes que se movían con una gracia animal hipnótica.

Eran cinco, pero tres destacaban más cerca: la de cabello negro azabache con ojos fieros y pechos que desbordaban la tela negra, la rubia de melena platino con una sonrisa traviesa y curvas que parecían esculpidas por algún dios lujurioso, y la castaña de mirada más dulce pero cuerpo igual de exuberante.

Elías se quedó paralizado. El corazón le martilleaba tan fuerte que temió que lo escucharan. Intentó retroceder, pero una piedra suelta rodó bajo su bota.

Todas giraron al unísono. Los ojos de las tres principales se clavaron en él.

—No corras, humano —dijo la de cabello negro con voz ronca y profunda—. Ya te olemos desde hace rato.

Elías tragó saliva. No tenía escapatoria. Bajó lentamente el arco al suelo, mostrando las manos vacías.

—No vengo a cazar… solo seguía unas huellas. Pensé que eran un mito.

La rubia platino soltó una risa baja y sensual, dando un paso adelante. Sus pechos se balancearon con el movimiento.

—Muchos hombres piensan que somos un mito… hasta que nos sienten dentro de ellos.

La castaña se acercó más despacio, olfateando el aire.

—Huele a deseo… y a miedo. Me gusta la mezcla.

Antes de que Elías pudiera responder, la de negro —la que parecía liderar— se acercó hasta que su torso humano quedó a la altura perfecta frente a él. Extendió una mano y le tomó la barbilla, obligándolo a mirarla.

—Te llamas Elías, ¿verdad? Te hemos oído hablar solo en el desierto muchas noches. Hablas de nosotras… de lo que harías si alguna vez nos encontraras.

Él se sonrojó violentamente. Había murmurado fantasías en la soledad, sí. Palabras sucias, hambrientas.

—No… no era en serio…

—Mentirosos —susurró la rubia acercándose por el flanco, su cola larga barriendo la arena—. Todos los hombres mienten… hasta que les mostramos lo que realmente quieren.

La castaña se colocó detrás de él, su cuerpo equino enorme envolviéndolo casi por completo. Sintió el calor irradiando de su piel, el roce sedoso de su pelaje contra sus piernas.

—No te vamos a comer… —dijo la líder de negro, deslizando los dedos por su pecho hasta llegar al cinturón—. Al menos… no de la forma que temes.

Con un movimiento rápido y preciso, le arrancó la camisa. Elías jadeó. Las tres lo rodeaban ahora, sus torsos humanos presionando contra él mientras sus cuerpos de yegua formaban una barrera imposible de cruzar.

La rubia platino se inclinó y lo besó con hambre, lengua invadiendo su boca mientras sus manos bajaban a desabrocharle los pantalones. La líder de negro le mordió el cuello, no con violencia, sino con una promesa clara de placer. La castaña, desde atrás, deslizó sus manos humanas por su cintura y más abajo, encontrando ya su erección dura como piedra.

—Está listo —ronroneó la castaña—. Muy listo.

Lo tumbaron con cuidado sobre una manta que habían extendido entre las ruinas. Elías se encontró acostado boca arriba, rodeado por tres cuerpos imposibles. La líder de negro se posicionó sobre él, sus pechos cayendo pesados sobre su rostro mientras se inclinaba para besarlo con fiereza. Al mismo tiempo, sintió la rubia platino arrodillarse —o más bien bajar su torso— entre sus piernas. Su boca caliente lo envolvió de golpe, profunda, sin preámbulos, succionando con una fuerza que lo hizo arquear la espalda y gemir contra los labios de la líder.

La castaña, mientras tanto, se colocó de lado, ofreciéndole uno de sus pechos enormes. Él lo tomó con avidez, chupando el pezón endurecido mientras sus manos recorrían la piel suave que unía lo humano con lo equino.

No pasó mucho antes de que la líder se enderezara. Se colocó a horcajadas sobre su cintura —sus patas delanteras apoyadas a ambos lados de su cabeza— y bajó lentamente, guiando su miembro hacia su entrada. Estaba caliente, húmeda, apretada de una forma que ningún ser humano podía igualar. Cuando lo sintió entrar por completo, soltó un relincho bajo y placentero que resonó en las ruinas.

—Así… —susurró, empezando a moverse con un vaivén poderoso, sus cuartos traseros flexionándose con cada embestida—. Así es como se monta a un hombre de verdad.

La rubia platino se subió entonces sobre su rostro, sentándose con cuidado para que su sexo quedara justo sobre su boca. Elías lamió sin dudar, saboreando su dulzor almizclado mientras ella se mecía contra su lengua, gimiendo alto.

La castaña se acercó más, frotando su propio sexo contra el muslo de Elías mientras sus manos seguían estimulando sus pezones y su pecho.

El ritmo se volvió frenético. La líder cabalgaba con fuerza, sus pechos rebotando, su respiración convirtiéndose en jadeos animales. La rubia se corrió primero, temblando sobre su boca, inundándolo con su placer. Eso lo empujó al borde. Intentó advertir, pero la líder lo apretó más fuerte con sus músculos internos.

—Dentro… —ordenó—. Todo dentro.

Elías se derramó con un grito ahogado, sintiendo cómo ella lo ordeñaba hasta la última gota, su propio orgasmo sacudiéndola violentamente.

No terminaron ahí.

Durante horas, las tres se turnaron. La rubia lo montó de espaldas, mostrándole la vista espectacular de su grupa moviéndose sobre él. La castaña lo tomó de pie, apoyando las manos en una columna mientras él la penetraba desde atrás, sintiendo el poder de sus cuartos traseros empujando contra su pelvis. La líder lo llevó al límite una y otra vez, hasta que su voz se quebró de tanto gemir.

Cuando finalmente el sol comenzó a salir, los cuatro yacían exhaustos sobre la arena. Elías, cubierto de sudor, mordidas suaves y besos, respiraba con dificultad entre los cuerpos cálidos de las tres centauras.

—No eras un mito… —murmuró él, casi sin voz.

La líder de cabello negro le acarició el rostro con ternura inesperada.

—Y tú no eras solo un cazador.

La rubia platino soltó una risa cansada.

—Volverás, ¿verdad?

Elías cerró los ojos, sonriendo por primera vez en mucho tiempo.

—Intenten detenerme.

Y en el silencio del amanecer, entre ruinas y arena caliente, se escuchó el sonido suave de tres colas moviéndose satisfechas

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