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Isidriano: Sangre y Honor

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Summary

En las tierras de Columbus, donde el sol quema la piel y la traición se hereda como un apellido, dos familias rivales mantienen una paz frágil, los Duarte, tozudos y humildes como toros, y los Cartagena, ricos y orgullosos como reyes sin corona. Telmo Duarte y Marlon Cartagena crecieron juntos con espadas de madera en patios polvorientos, risas bajo el sol, promesas de ser caballeros isidrianos algún día. Pero cuando un golpe accidental abre la ceja de Telmo, la vieja herida entre sus familias se infecta de nuevo. Markus Cartagena planea un asesinato bajo la luna llena. Lady Luz Elena, con lobos a su servicio, jura proteger a su esposo aunque tenga que bañar sus tierras en sangre. William Duarte, atrapado entre el honor y el amor por su hijo, debe elegir entre matar al padre del mejor amigo de Telmo... o perderlo todo. En medio del torbellino, los niños son arrastrados al centro del tablero. Cuando un mercenario del Flamenco Negro intenta envenenar a Luz, el destino de un hombre queda en manos de Telmo y Marlon. Bajo las antorchas y la mirada de cientos, dos voces infantiles dictarán si vive o muere. Y mientras tanto, en las sombras, los isidrianos caballeros de armadura blanca, verde y oro recuerdan el juramento que los creó... y el precio que pagaron por romperlo.

Genre
Fantasy
Author
Telmo
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1: El Golpe

Las grandes montañas de las tierras de los Duarte se erguían como guardianes silenciosos, envueltas en una vegetación espesa y salvaje que trepaba por las laderas en capas de verde profundo, salpicadas aquí y allá por el amarillo de flores silvestres que se mecían con la brisa tibia. El aire llevaba el aroma terroso de la lluvia reciente, mezclado con el dulzor de la savia que rezumaba de los troncos agrietados. En el corazón de ese tapiz natural se alzaba el castillo de Matanza, una fortaleza de piedra grisácea que parecía haber brotado del suelo mismo, sus muros marcados por vetas de musgo y las cicatrices de vientos antiguos. Torres achaparradas flanqueaban la entrada principal, donde las puertas de roble reforzado con hierro crujían levemente al abrirse, dejando escapar ecos de vida cotidiana: el relincho distante de un caballo, el chirrido de una polea en algún pozo oculto.


El patio central, un cuadrado de tierra compacta salpicada de parches de hierba reseca, vibraba bajo el sol del mediodía. El calor se acumulaba en el aire quieto, haciendo que el polvo se levantara en nubes finas con cada paso, adhiriéndose a la piel como una segunda capa. Olía a sudor rancio y a madera astillada, con un toque subyacente de estiércol de los establos cercanos, donde los caballos pateaban el suelo con impaciencia. El silencio del lugar, roto solo por el zumbido ocasional de insectos, se interrumpía ahora por el choque seco de espadas de entrenamiento. Cada impacto resonaba como un latido irregular, madera contra madera, enviando vibraciones que se sentían en los huesos.


Los golpes eran rápidos, insistentes, un ritmo que aceleraba el pulso. Telmo, con el cabello pegado a la frente por el sudor, retrocedía un paso tras otro, su espada de roble crudo temblando en las manos. Marlon, más ágil, giraba el torso para bloquear, su aliento saliendo en jadeos cortos que levantaban polvo de sus labios agrietados. Uno de los golpes terminó mal: la espada de Telmo salió despedida, girando en el aire antes de caer al suelo con un sonido apagado, como un hueso seco rompiéndose bajo una bota.


Marlon se enderezó, limpiándose el sudor de la sien con el dorso de la mano, dejando una raya de tierra en la piel. Sus ojos brillaban con esa mezcla de triunfo y burla que solo los niños de doce años saben conjurar.


—Eres demasiado lento, Telmo. Ya esta es la quinta vez que te tumbo la espada —dijo, la voz entrecortada por la risa, pero con un filo que hacía eco de viejas disputas.


Telmo permaneció de pie, el pecho subiendo y bajando como un fuelle herrero. Bajó la mirada hacia el suelo, donde la espada yacía en el polvo, y apretó los labios hasta que se blanquearon. Se agachó despacio, los dedos hundiéndose en la tierra caliente al recoger el arma, y cuando se incorporó, frunció el rostro, los músculos de la mandíbula tensándose como cuerdas de arco.


—Solo me estoy dejando ganar, Marlon. Ahora sí voy a ir en serio —replicó, curvando los labios en una sonrisa juguetona que no llegaba del todo a sus ojos.


Marlon bufó, ajustando el agarre en su propia espada, el madera áspera rozando sus palmas callosas.


—Eso crees. Ya te he ganado varias veces. La sexta será igual, nunca luchas en serio —dijo, la voz subiendo un tono, como si el desafío le picara bajo la piel.


—Veamos a ver si eres tan grande —contraatacó Telmo, esta vez serio, plantando los pies con más firmeza en el suelo polvoriento—. ¿Qué tal si apostamos?


Marlon alzó una ceja, el sol reflejándose en las gotas de sudor que perlaban su frente, y sonrió con esa confianza que olía a victoria anticipada.


—¿Y qué quieres apostar? Ya no valen tus juguetes, esos te los quité la última vez.


Telmo ladeó la cabeza, los ojos entrecerrados contra la luz cegadora.


—¿Qué tal dos florideños? Yo los tengo... o tu familia no tiene para darte dinero —dijo con arrogancia, mirándolo de forma juguetona, pero con un matiz que hacía alusión a algo más profundo, como un eco de rencores adultos filtrándose en su juego.


Marlon se irguió, los hombros cuadrándose, y soltó una risa corta que sonó como un ladrido.


—¿Dos florideños? Claro que lo haré. Igual te gano fácilmente —respondió, confiado, aunque sus dedos se apretaron más en la empuñadura—. Solo no te pongas a llorar cuando te gane ese dinero.


Se colocó en posición de combate, separando los pies hasta que el polvo se arremolinó alrededor de sus botas desgastadas, y levantó la espada con seguridad, el brazo temblando ligeramente por el esfuerzo previo. Telmo lo imitó, ajustando el agarre con ambas manos, las palmas resbaladizas por el sudor que goteaba de sus muñecas.


—Eso quiero ver. Esta vez sí ganaré.


Tomó aire profundo, el pecho inflándose con el olor a tierra caliente, y alzó la espada de madera. Sus ojos se clavaron en Marlon, midiendo cada movimiento, cada parpadeo.


—A la cuenta de uno... dos... ¡ya! —gritó de forma muy energética, la voz rompiendo el aire como un látigo.


Las espadas chocaron con fuerza, el sonido seco de la madera resonando por el patio como un trueno lejano, una y otra vez. Telmo atacaba con golpes rápidos y directos, usando ambas manos para imprimir potencia, el impacto reverberando en sus hombros hasta hacerlos doler. Buscaba abrir la defensa de su rival, cada swing dejando un rastro de polvo en el aire. Marlon, en cambio, se movía con mayor soltura: giraba sobre sus talones, el suelo crujiendo bajo sus pies, retrocedía un paso, esquivaba por poco, obligando a Telmo a girar tras él, el sol quemando sus espaldas expuestas.


El calor se intensificaba, un peso invisible que ralentizaba los músculos, haciendo que el sudor corriera en riachuelos por sus cuellos, empapando las túnicas de lino burdo. Telmo sentía el ardor en los ojos, parpadeando para aclarar la vista borrosa, mientras sus pulmones ardían con cada inhalación de aire polvoriento.


—¡Oye! Eso no es justo —jadeó Telmo, el pecho agitado, los brazos pesados como plomo—. Siempre que ataco te la pasas escapando... solo corres.


Marlon sonrió, respirando agitado, el sudor corriéndole por la sien y dejando surcos en la suciedad de su rostro. Se limpió la boca con el hombro, el tejido áspero rozando su piel.


—¡Ja, Telmo! Los Duarte siempre atacando de frente, como toros en la plaza. Por eso mi familia Cartagena les ha ganado tantas veces. ¡Yo soy más vivo y ágil, mijo! —respondió, intentando sonar calmado, aunque el cansancio ya se notaba en el temblor de su voz, en cómo sus pies resbalaban ligeramente en el polvo.


Telmo entrecerró los ojos, el sol reflejándose en las gotas que caían de su barbilla, y tomó aire, el pecho expandiéndose con el olor a madera astillada y sudor salado.


—Eso veremos —murmuró, avanzando con un nuevo impulso, los músculos protestando.


La lucha se intensificó, los golpes yendo y viniendo cada vez más rápido, un torbellino de madera y movimiento. Telmo intentaba cerrarle los flancos, obligándolo a retroceder contra las sombras alargadas de los muros, pero Marlon seguía esquivando y contraatacando, forzándolo a reaccionar sin descanso, el impacto de cada bloqueo enviando ondas de dolor por sus brazos. El patio parecía encogerse bajo el sol implacable, el calor ondulando el aire como un velo distorsionado.


Entonces, Telmo cambió el ritmo. Fingió un ataque frontal, el brazo extendiéndose con deliberada lentitud, y giró en el último instante, buscando un punto ciego. Marlon logró evitar el golpe por muy poco, retrocediendo con dificultad, el talón resbalando en un charco de sudor y polvo que se había formado bajo sus pies.


El sol caía con fuerza sobre el patio, un disco ardiente que convertía el aire en un horno. El calor pesaba sobre sus cuerpos, haciendo que las túnicas se pegaran a la piel húmeda, y el sudor les corría por los rostros, entrando en los ojos y enturbiando la vista con un escozor salado. Sus movimientos se volvieron más lentos, más torpes, los pies arrastrándose en lugar de danzar, el aliento saliendo en ráfagas irregulares que levantaban nubecillas de tierra.


Mientras tanto, dentro del castillo de Matanza, un caballero avanzaba con paso tranquilo hacia el exterior, sus botas de cuero resonando suavemente contra el suelo de piedra fría. En el lado derecho de su pecho llevaba el símbolo de un sol amarillo, bordado en hilo que captaba la luz filtrada por las estrechas ventanas; en el izquierdo, un escudo verde con blanco y amarillo, emblemas que hablaban de alianzas antiguas. Su armadura de plata, con detalles dorados en las hombreras, brillaba bajo la luz del sol que se colaba por las rendijas, pero no era una armadura completa: solo placas sobre una túnica de lana, suficiente para el día a día. Observaba con atención mientras se acercaba al patio, los ojos escaneando el polvo arremolinado, las figuras borrosas de los muchachos.


Al llegar al umbral, donde la sombra del arco daba paso al calor cegador, alzó la voz, firme pero no áspera.


—¡Telmo! ¡Marlon!


La pelea se detuvo de forma abrupta, los cuerpos congelándose en medio del movimiento, pero uno de los golpes ya estaba en marcha, la espada de Marlon trazando un arco inevitable. La madera alcanzó a Telmo en el rostro con fuerza, un impacto sordo que resonó como un tambor roto, lanzándolo al suelo en una nube de polvo.


—¡Au! —gritó Telmo, la voz cruda, el cuerpo acurrucándose instintivamente.


Una herida se abrió en su ceja derecha, un tajo irregular del que brotaba sangre roja y espesa, mezclándose con el sudor y goteando por su mejilla. Cuando llevó la mano al rostro, temblorosa, y vio la sangre en sus dedos, el cuerpo se sacudió, y rompió a llorar con fuerza, sollozos que salían en oleadas, el pecho convulsionándose.


—Oh no... —murmuró el caballero, los ojos ensanchándose un instante antes de correr hacia él, las botas levantando polvo.


—Perdón... perdón... yo no quería... per...dón —la voz de Marlon se quebró, las lágrimas trazando surcos limpios en su rostro sucio—. No era mi intención, Telmo, perdóname... —dijo entre lágrimas, sincero y arrepentido, las manos soltando la espada que cayó al suelo con un thud sordo.


El caballero se agachó junto a Telmo, la armadura crujiendo levemente, y extendió una mano para tocar el hombro del muchacho.


—Tranquilo, tranquilo, Marlon. Es normal... estas cosas pasan —dijo intentando calmarlo, la voz baja y medida—. Por favor, cálmense los dos.


Luego se giró hacia Telmo, hablándole con voz firme pero amable, los dedos presionando suavemente para evaluar la herida.


—Tranquilo, Telmo... no pasa nada. Estos son gajes del oficio de un guerrero.


Lo tomó con cuidado, los brazos fuertes envolviéndolo, y lo ayudó a levantarse, el peso del muchacho apoyándose en él.


—Marlon, puedes irte a tu casa. Yo me encargaré de él.


—Sí... sí... —respondió Marlon, asintiendo con la cabeza baja, aún asustado, antes de girarse y alejarse a trote, las pisadas irregulares en el polvo.


Telmo no dejaba de llorar, los sollozos entrecortados por hipos, mientras el caballero lo cargaba en brazos, avanzando despacio hacia el interior del castillo, el fresco de las sombras envolviéndolos como un bálsamo.


—Señor... señor Adrián... —dijo Telmo entre sollozos, la mano aferrándose a la túnica del caballero.


—Calma, calma, Telmo. Ya estamos por llegar. Van a sanarte esa herida —respondió Adrián con tranquilidad, sus pasos medidos, el eco rebotando en los muros de piedra fría.


Adrián caminaba con cuidado, sosteniéndolo con firmeza, el olor a sangre fresca mezclándose con el de la piedra húmeda, mientras el llanto del muchacho se perdía entre los pasillos laberínticos.


—Ya, ya, Telmo... es solo un golpe. Es una herida fea, sí, pero te dejará una cicatriz muy buena —dijo Adrián, intentando sonar lo más tranquilo posible, aunque sus ojos escaneaban el rostro del chico, midiendo el flujo de sangre.


Telmo sorbió la nariz, el cuerpo aún temblando, las lágrimas calientes rodando por sus mejillas.


—Snif... snif... ¿es en serio? ¿Tendré una cicatriz? —preguntó entre sollozos, la voz ahogada.


—Sí, la tendrás. Una cicatriz muy buena. Todos los caballeros isidrianos tenemos muchas cicatrices —respondió Adrián con calma, dejando asomar un leve orgullo en la voz, su mirada desviándose un instante hacia el emblema en su pecho, como si recordara marcas propias.


Continuaron avanzando, los pasillos estrechos oliendo a antorchas apagadas y a pan horneado de alguna cocina lejana, hasta llegar a la casa de la curandera, una construcción baja de madera y piedra adosada al muro interior, impregnada del olor a hierbas secas, a salvia y menta machacada que se filtraba por las rendijas de la puerta.


Adrián golpeó la puerta con los nudillos, un toque firme que hizo crujir la madera vieja. Cuando la mujer abrió, una figura menuda con el cabello recogido en un moño desordenado y las manos manchadas de tierra, se quedó paralizada al ver a Telmo en brazos del caballero, los ojos ensanchándose.


—¿Qué le pasó a Telmo, señor Adrián? —dijo alarmada, la voz subiendo un octava—. ¡Ay, tu ceja! Te la abriste...


—Estaba practicando con espadas de madera con Marlon —explicó Adrián con serenidad, entrando sin esperar invitación, depositando al chico en un banco de madera—. Por mi grito lo distraje, bajó la guardia y ocurrió el accidente.


—Ay, señor Adrián... ojalá no le pase nada malo —respondió la curandera, aún más preocupada, las manos revoloteando hacia un estante de frascos—. El mayor peligro es que se infecte... y darle explicaciones a su padre es... muy difícil.


Sin perder tiempo, la curandera tomó varios cuencos de arcilla, machacando hojas secas con un mortero de piedra, el sonido rítmico mezclándose con los sollozos menguantes de Telmo. El aire se llenó de un aroma punzante, astringente, como corteza amarga y miel cruda. Cuando preparó una pasta espesa, verde y viscosa, la untó sobre la herida con dedos hábiles, Telmo se retorció de dolor, el cuerpo arqueándose, mordiéndose el labio hasta que un hilo de sangre fresca brotó. Adrián lo sostuvo con firmeza, los brazos inmóviles como raíces, mientras el chico apretaba los puños, ahogando los gemidos en la garganta, el sudor fresco perlando su frente de nuevo.


Media hora después, la ceja estaba vendada con tiras de lino limpio, empapadas en el remedio, y el llanto, por fin, comenzaba a apagarse, dejando solo hipos esporádicos que sacudían su pecho.


Dos días después, en las tierras de Guayabito, dominio de los Duarte, el sol se filtraba a través de un dosel de hojas anchas, proyectando sombras moteadas sobre el sendero de tierra rojiza. William Duarte caminaba entre sus hombres, el paso pesado y deliberado, la espada al cinto rozando su muslo con cada zancada. El aire olía a humo de fogatas lejanas y a caballos sudados, con el rumor de armaduras y voces bajas llenando el espacio. Su marcha se interrumpió cuando uno de ellos llegó corriendo, casi sin aliento, las botas patinando en la grava suelta.


—¡Señor William! ¡Señor William! —gritaba con urgencia, el pecho agitado, el sudor empapando su túnica.


William se detuvo y levantó la mano, ordenando silencio, los dedos callosos extendiéndose como una barrera.


—Déjenlo pasar, es amigo mío. Ojalá traigas buenas noticias... Freddy ya iba a atacar a las tropas de—


—Es su hijo mayor —interrumpió el mensajero, jadeando, doblándose para recuperar el aliento—. Según el caballero Adrián, sufrió una herida en la ceja.


William quedó rígido, el cuerpo inmóvil como una estatua de piedra, los ojos fijos en el mensajero. Apretó los dientes, el músculo de la mandíbula saltando visiblemente.


—¿Cómo?


La palabra salió como un gruñido bajo, las manos cerrándose en puños a los lados.


—¿Dónde está mi capitán?


—Aquí estoy, jefe —respondió un hombre que llegó corriendo, el aliento entrecortado, la armadura ligera tintineando.


—Capitán Gelson, encárguese de mis tropas. Vayan al oriente, cerca del Pino Dulce, y esperen a los enemigos. Confío en usted. Yo debo regresar —ordenó con voz firme y militar, aunque un temblor sutil se colaba en las sílabas finales.


—Como ordene, mi señor. ¡Vamos! —gritó Gelson, haciendo señas a los soldados, la voz cortando el aire.


—Vamos, Freddy. Quiero llegar lo antes posible —dijo William mientras montaba su caballo, el cuero de la silla crujiendo bajo su peso, las riendas apretadas en las manos.


—Sí, señor —respondió Freddy, siguiéndolo de inmediato, subiendo a su montura con un salto fluido.


Los caballos partieron al galope, los cascos golpeando la tierra con fuerza, levantando nubes de polvo rojo que se arremolinaban en su estela. William avanzaba con el rostro tenso, la mirada fija al frente, el viento azotando su cabello y secando el sudor que brotaba en su frente. En su mente se formaban escenarios cada vez peores, imágenes de sangre y fiebre que hacía que sus nudillos blanquearan en las riendas. No decía una palabra, el silencio roto solo por el trueno de los cascos y el jadeo de los animales.


A lo lejos, Gelson marchaba con más de tres mil hombres, subiendo una de las montañas más altas para alcanzar la posición del Pino Dulce, el camino serpenteando entre rocas y raíces expuestas. El sol quemaba sus espaldas, el aire thinning con la altitud.


—Mi señor Gelson —preguntó uno de los soldados mientras caminaban, la voz baja entre el rumor de pasos—, ¿por qué se fue así de repente nuestro líder William?


—Se le presentó un problema con el hijo, con Telmo —respondió Gelson, serio, ajustando la correa de su espada—. No sé bien qué pasó, pero ojalá no sea grave. Ya bastante lío tenemos... y si resulta que fue vaina de los Cartagena, del pelao ese Marlon... nos toca otra guerra, se los juro.


Los soldados comenzaron a murmurar entre ellos, voces bajas como el viento entre las hojas, mientras seguían avanzando, las armaduras chasqueando con cada paso.


Tras cuarenta y cinco minutos de galope furioso, los caballos cubiertos de espuma blanca, William llegó a las puertas del castillo de Matanza, el polvo asentándose a su alrededor. Allí lo esperaba el líder de la casa de los Cartagena, de pie con los brazos cruzados, el emblema de su familia bordado en el pecho.


—Señor William, me orgulle—


No alcanzó a terminar. William ya lo tenía sujeto del cuello, levantándolo con una sola mano, los dedos hundiéndose en la carne, el rostro de Cartagena enrojeciendo.


—¡Dime qué fue lo que pasó esta vez, Cartagena! —bramó, la voz resonando contra los muros—. ¡Dime ya mismo que mi hijo está bien! Porque si esa herida se le infecta y le pasa algo... usted sabe lo que le espera!


Apretó con más fuerza, el aliento caliente contra el rostro del otro, los ojos inyectados en sangre.


—A... a... —logró balbucear Cartagena, casi sin aire, las manos arañando el brazo de William.


—¡Señor, por favor! —intervino Freddy, sujetando el brazo de William, los músculos tensos—. Debe calmarse. No puede hacer esto. El señor Cartagena es parte de la guardia isidriana.


William respiró con fuerza durante unos segundos, el pecho subiendo y bajando, los ojos clavados en Cartagena. Finalmente, lo soltó, el hombre cayendo al suelo con un jadeo.


Sin decir una palabra, entró bruscamente al castillo y corrió por los pasillos, las botas resonando como truenos, las antorchas parpadeando a su paso. Detrás quedó Cartagena, doblado, intentando recuperar el aliento, la mano masajeando el cuello amoratado.


—Como siempre... la casa de los Duarte... como un toro al rojo vivo —murmuró con odio, escupiendo al suelo.


Dentro del castillo, los pasillos se llenaron de tensión, sirvientes apartándose contra las paredes al oír los pasos apresurados, las puertas abriéndose de golpe con un estruendo. Cuando por fin llegó a la enfermería, una sala pequeña con estantes de frascos y el olor persistente a hierbas, se detuvo en seco.


Telmo estaba allí, sentado en una cama de paja, una gran venda cubriendo su ceja, empapada de hierbas y remedios que teñían el lino de verde oscuro. William no dijo nada. Solo se acercó, los pasos ahora lentos, y abrazó a su hijo con fuerza, los brazos envolviéndolo como un escudo, el cuerpo temblando levemente contra el del chico, como si temiera que se desvaneciera.


Afuera, Cartagena se sobaba el cuello mientras se preparaba para montar su caballo, el animal piafando impaciente, el cuero de la silla crujiendo. En ese momento llegó su hijo, Johan, cabalgando despacio, deteniéndose a su lado.


—Creo que no pudiste hablar con el señor William —dijo Johan Cartagena, la voz suave, los ojos escaneando el rostro de su padre.


—Mmm... —gruñó Cartagena con molestia, subiendo a la montura con un movimiento rígido—. Esta es la última que me como de los Duarte. Siempre con sus impulsos de loco. Por eso han perdido tantas peleas: no piensan, solo embisten. Si no fuera porque cuentan con el apoyo de muchos caballeros isidrianos, ya habrían sido destruidos.


—¿Y entonces, padre? —preguntó Johan, con una calma calculadora, ajustando las riendas de su propio caballo—. ¿Qué haremos con los Duarte? Además, están ligados a la familia Araque...


Cartagena sonrió con desprecio. Una sonrisa lenta, cargada de intención, los ojos entrecerrados contra el sol poniente.


—Es fácil cuando conoces las debilidades de tus enemigos. Cuando llegue la próxima luna llena, vamos a ver quién manda de verdad en estas tierras de Columbo, mijito.


Johan asintió en silencio, los labios curvándose ligeramente.


Lo que ninguno de los dos sabía era que, oculto entre las columnas del castillo, el caballero Adrián había escuchado cada palabra, su mano descansando en la empuñadura de la espada, los ojos fijos en las figuras que se alejaban, un conflicto silencioso cruzando su mirada.



Gracias por leer el primer golpe. Si te dolió la ceja de Telmo... prepárate, porque esto apenas empieza. ¿Qué harías tú en su lugar? Comenta. ❤️


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