3. Solo Un Poco Enfermizo | Markhyuck by . at Inkitt
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3. Solo un poco enfermizo | MARKHYUCK

Summary

Cuando la línea entre la necesidad y el deseo se torna confusa... Lee Donghyuck, futbolista estrella en ascenso. Mark Lee, médico del equipo. Para el resto del mundo, ellos solo son buenos amigos. Pero lo cierto es que Donghyuck no está completamente seguro de que son el uno para el otro. Hay quienes llaman a su relación enfermiza. Hay quienes la llaman codependiente. Donghyuck la llama confusa. Él sabe que Mark lo quiere más que como un amigo. Pero él no desea a Mark. Él es heterosexual, tiene una novia, y la ama. Pero Mark es... Mark es más. Mark es suyo. Él lo necesita, su toque y su fuerza. ¿Pero es eso suficiente para Mark?

Genre
Lgbtq
Author
.
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo: Pájaro robando pan

PRIMERA PARTE: RUPTURA

Contar ovejas no funcionó.

Donghyuck se volvió sobre su espalda con un suspiro. Escuchó la respiración de Karina, tratando de dejar que lo amodorrara hasta dormirse.

Eso no funcionó, tampoco. Su novia podría estar durmiendo a su lado, pero la persona que ocupaba su mente estaba abajo, emborrachándose. Mark. Su mejor amigo.

Suspirando de nuevo, Donghyuck se sentó y enterró sus dedos en su pelo.

Retuvo el aliento y forzó su audición. La casa estaba completamente silenciosa. Habían pasado horas; a lo mejor Mark había finalmente ido a acostarse.

Y a lo mejor todavía estaba bebiendo frente a la chimenea.

Apretando la mandíbula, Donghyuck miró hacia la puerta.

Él no debería. No debería ir abajo. Eso no cambiaría nada. No había nada que pudiera hacer por Mark.

Después de todo, él era la razón por la que Mark estaba bebiendo.

¿No ves lo cruel que es esto? ¿No te importa? Lo estás rompiendo.—La voz del primo de Mark resonó en su mente, una y otra y otra vez, cada palabra como un puñetazo en el plexo solar.

Donghyuck cerró los ojos, tratando de bloquearlo. Él no tenía intención de revelarle a Taeyong que sabía acerca de los sentimientos de Mark por él. No se suponía que lo supiera nadie. No se suponía que Mark debiera saber que Donghyuck lo sabía. Ahora, Donghyuck no podría dejar de preocuparse.

Taeyong había prometido no decirle nada a Mark, pero Donghyuck no estaba seguro de poder confiar en el tipo —se había visto lo bastante enfadado horas atrás.

—Él no es tu padre. Él no es tu hermano mayor. Él no es un monje. Él es un hombre saludable en su mejor momento. Si lo amas tanto como afirmas, dejarás de ser una pequeña mierda egoísta y lo dejarás ir.

Taeyong tenía razón, por supuesto: Donghyuck era heterosexual, tenía una novia que amaba y no podía darle a Mark lo que quería. Lo correcto sería decirle a Mark, que sabía sobre sus sentimientos por él y que cualquier cosa entre ellos era imposible. Hubiera sido más amable permitir a Mark dejarlo y encontrar a alguien más para amar.

Excepto que Mark no podía dejarlo. Incluso pensar en ello hacía que su estómago se retorciera en un nudo doloroso y una oleada de pánico le atravesara todo su cuerpo. Dios, esto estaba tan jodido. Le había dicho a Taeyong la verdad: realmente se alegraba de no ser gay. Si él era así de necesitado y dependiente cuando no quería a Mark de ese modo, no podía imaginar la pegajosa ruina que habría sido si él realmente quisiera a Mark de esa manera. Era lo suficientemente malo ya.

Por el amor de Dios. Él era una estrella del fútbol en ascenso y millonario. No se suponía que se sintiera de esa manera aún. Ya no era un adolescente. Ya no estaba paralítico. No se suponía que todavía sintiera como que Mark fuera su ancla.

Tenía dieciséis años cuando se dañó la columna vertebral durante algún partido amistoso sin importancia, aquí en Canadá. El club lo había colocado en el centro de rehabilitación donde Mark estaba haciendo su residencia, y Mark había sido asignado como su fisioterapeuta.

Durante diecisiete largos meses, Mark había sido su mundo: él había sostenido la mano de Donghyuck mientras trataba de mover sus extremidades, limpiado el sudor de su frente, lo había animado y elogiado cada pequeño logro suyo. Todo el mundo había pensado que la carrera de Donghyuck había terminado antes de que incluso hubiera comenzado adecuadamente —los médicos no eran optimistas sobre sus posibilidades de caminar de nuevo, mucho menos de regresar al fútbol—, pero Mark le hizo creer que podía hacerlo. Y lo hizo. El día en que dio sus primeros pasos sin caerse, Mark lo abrazó con fuerza y le susurró, con voz llena de orgullo:

—Este es mi niño.

Y Donghyuck no quiso soltarlo jamás. Mark era suyo. No sabía lo que habría hecho sin él.

Aún no lo hacía. Podría tener veinte ahora, él podría ser capaz de caminar de nuevo, podría ser un jugador estrella en un club coreano de los mejores, pero nada había cambiado sobre la forma en que se sentía por Mark. Se sentía verdaderamente en paz solo cuando Mark estaba con él. Si pasaba unos pocos días sin ver a Mark, comenzaba a sentirse fuera de balance y malhumorado —lo que era enfermizo en tantos niveles que Donghyuck no podía incluso admitírselo a los psicólogos del club. Pensarían que estaba loco, y tendrían razón.

Diablos, él pensó que estaba loco por autoinvitarse cuando Mark decidió pasar sus vacaciones con su familia en Canadá.

Afortunadamente —o desafortunadamente— coincidió con que Donghyuck se estaba todavía recuperando de una pequeña lesión en el tobillo, o no habría sido capaz de dejar Corea del Sur durante el apogeo de la temporada de fútbol.

No había querido traer a su novia consigo, pero no pudo decirle a Karina por qué exactamente no quería que viniera. Karina no sabía acerca de los sentimientos de Mark; ella no sabía que su presencia sería dolorosa para Mark.

Donghyuck se pellizcó el puente de la nariz. Joder, ¿por qué todo tenía que ser tan complicado?

Si tan sólo Mark no hubiera desarrollado algo por él...

Excepto...

Excepto que a él tipo que...

A él no le molestaba realmente.

La embarazosa y vergonzosa verdad hizo que las mejillas de Donghyuck se calentaran. Sabía que era terriblemente egoísta. Él no podía estar complacido de que Mark tuviera sentimientos no correspondidos por él, y ciertamente no lo estaba. Mark era la persona más agradable que conocía. No había nadie en el mundo que mereciera más la felicidad que él.

Pero Donghyuck no podía negar que a una parte suya le gustaba que Mark no estuviera enamorado de alguien más. Si fuera honesto consigo mismo, antes de que hubiera descubierto que Mark tenía sentimientos por él, había estado asustado de que Mark se enamoraría de algún idiota que no lo mereciera y que ese idiota se lo llevara lejos de él. Ahora nadie podría.

Donghyuck sacudió la cabeza con una mueca. A veces, estos pensamientos egoístas lo enfermaban incluso a él. Tal vez los medios tenían razón: tal vez él realmente era un imbécil egoísta.

Un perro aullaba fuera.

El aullido siguió y siguió, y Donghyuck sintió un escalofrío de inquietud bajando por su columna vertebral. Le hizo acordarse del viejo orfanato, y de noches frías pasadas acurrucado bajo una manta delgada, deseando algo que pudiera llamar suyo. Hasta Mark, nunca había tenido nada que fuera realmente suyo. Bueno, por unos breves tres años, sus padres adoptivos, los Lee, fueron suyos —o algo así. Fueron gente lo suficientemente agradable, pero no muy buenos padres: siempre demasiado ocupados viajando por todo el mundo como voluntarios para prestar demasiada atención a sus hijos adoptivos. Donghyuck nunca llegó a amarlos. Se preguntó qué decía eso sobre él, que lo único que había sentido cuando se enteró de la muerte de sus padres adoptivos fue indiferencia. Solía preguntarse si algo estaba básicamente mal en él, si era incapaz de amar a alguien. Pero ya no lo hacía. Podía amar a la gente. Amaba a Karina. Y a Mark.

Amaba a Mark un poco demasiado para su gusto.

El perro aullaba fuera de nuevo, un aullido lastimero. El sentimiento de soledad creció dentro de él, como un amigo perdido hace mucho tiempo. Soledad y algo peor: miedo.

Con cuidado de no despertar a Karina, Donghyuck salió de la cama y dejó el dormitorio.

El segundo piso de la pequeña casa estaba completamente a oscuras.

Donghyuck bajó las escaleras, temblando un poco mientras sus pies descalzos tocaban el suelo frío.

El fuego estaba muriendo en la chimenea y las brasas apenas iluminaban la sala de estar. Mark estaba dormido en el sofá junto a la chimenea, una botella medio vacía aún agarrada en su mano.

Donghyuck se acercó. Sus ojos recorrieron las familiares facciones y el rastrojo oscuro en la angulosa mandíbula. El rostro de Mark era pacífico, libre de líneas duras o preocupaciones, pero incluso dormido, parecía un poco triste y abatido.

La garganta de Donghyuck se cerró.

El viento aullaba; la tormenta de nieve aún estaba en su apogeo afuera.

Se sentó en el sofá junto a Mark y apoyó su cabeza en su hombro. Aspiró, dejando que el olor familiar de Mark lo impregnara. Generalmente era suficiente para calmarlo, pero esta vez, el miedo en la boca de su estómago solo empeoró.

Perdería a Mark. Tarde o temprano, Mark decidiría que no podía hacerlo más. Él lo abandonaría.

Donghyuck se hundió más profundo contra el lado de Mark, envolviendo su brazo alrededor de su cintura.

Mark se agitó en su sueño.

—¿Hyuck? —Su voz era un murmullo ronco.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—No podía dormir —dijo Donghyuck—. Sabes que odio las tormentas de nieve. Y esta casa es fría. Me estaba congelando.

—Todas las mejores razones para quedarte en una cama caliente —dijo Mark.

No sonaba borracho. ¿Cuánto tiempo había dormido?

Donghyuck simplemente murmuró algo evasivo y se acurrucó más cerca. Mark olía bien. Siempre olía bien.

—Puta mimosa —Mark dijo con una sonrisa.

—Cállate. Estoy congelado.

Mark escabulló un brazo alrededor de su torso, tirando de él prácticamente sobre su regazo.

Donghyuck dejó escapar un ruidito contento. Ahora estaba cálido.

—Mmm, mucho mejor —dijo en el cuello de Mark.

—Vivo para servir —dijo Mark secamente.

Donghyuck se preguntó cómo Mark podía hacer esto. ¿Cómo podía fingir todo el tiempo? ¿Cómo podía ser tan agradable con Karina? Tenía que ser duro. Y agotador. No podía seguir por siempre. Mark era la persona más fuerte que conocía, pero todo el mundo tenía un punto de quiebre.

Todos.

Donghyuck se quedó mirando las brillantes brasas rojas de un fuego moribundo. Últimamente, Karina había estado tratando sacar el tema del matrimonio y los bebés. Él había estado evitando el tema tanto como podía, pero no podría hacerlo por siempre sin lastimarla. No era que él no amara a Karina; lo hacía. No era que él no quisiera tener niños; lo hacía.

Tener una familia propia siempre fue algo que él anheló. Pero ellos eran demasiado jóvenes. ¿Cuál era la prisa?

Y si él cedía a sus deseos, Mark... ¿Se quedaría Mark? ¿Podría hacerle eso a Mark?

Déjalo ir.

Era la voz de Taeyong, dura y enfadada.

Si realmente lo amas, dejarás de ser una pequeña mierda egoísta y lo dejarás ir.

Donghyuck se retorció, apretando su brazo alrededor de Mark.

Una mano cálida y fuerte se instaló en su nuca.

—¿Donghyuck? —la voz de Mark era seria ahora. Preocupada.

Donghyuck se obligó a no apoyarse demasiado en el toque.

—Ellos tienen razón, sabes: realmente soy un hijo de puta.

Mark se quedó inmóvil.

Fuera, la tormenta azotó nieve contra la ventana.

—Está bien, ¿qué pasa? —dijo Mark despacito.

Donghyuck negó con la cabeza.

—Olvídalo. Solo... ¿me prometes algo?

—¿Qué? —los dedos de Mark empezaron a recorrer su pelo.

No me dejes.

No lo dijo. No podía decirlo sin despertar las sospechas de Mark.

No podía decirlo sin sonar como un niño necesitado.

—¿Te arrepientes de mudarte a Corea? —preguntó en cambio. Ellos nunca habían hablado realmente sobre ello. Sí, fue gente del club de fútbol de Donghyuck quienes, impresionados por la poco probable recuperación de Donghyuck, le habían ofrecido a Mark un empleo. Pero sabía que él fue la razón principal por la que Mark se había mudado a Corea después de terminar su residencia.

Habían pasado ya dos años. Dos años de vivir cada uno en el bolsillo del otro y Donghyuck nunca había preguntado. Había tenido miedo de preguntar.

Y ahora, el silencio de Mark le daba miedo. ¿Se arrepentía? Se había mudado a otro país por él y apenas había visto a su familia en el último par de años.

—No —dijo Mark por fin, con la voz un poco entrecortada—. No me arrepiento.

—¿Y nunca lo harás?

—Hablar de nunca y siempre es ingenuo —dijo Mark en voz baja—. Tú no eres ingenuo.

Donghyuck se mordió el interior de la mejilla, sintiendo un dolor físico en sus entrañas. De pronto se volvió muy consciente del sonido de tic-tac del reloj.

Tiempo, yéndose.

No sabía qué hacer.

Así que hizo lo que siempre hacía cuando se sentía perdido, o enfadado, o molesto: cerró los ojos, se empujó más cerca del costado de Mark y fingió que los problemas no existían.

Él era bueno en eso —mientras que tuviera a Mark.

Mientras que tuviera a Mark.

El reloj siguió con su tic-tac.

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