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El castillo ambulante | JAEYONG

Summary

En el país de Ingary, donde las botas de siete leguas y las capas de invisibilidad existen de verdad, Lee Taeyong ha atraído la desagradable atención de la Bruja del Páramo, quién lo hechiza con un maleficio que lo convierte en un anciano. Con la determinación de hacer lo adecuado, Taeyong viaja al único lugar en el que cree que podrá encontrar ayuda, el castillo ambulante que merodea por las colinas cercanas. Pero el castillo pertenece al temible Mago Jaehyun, que se alimenta, según dicen, de los corazones de jóvenes desprevenidos.

Genre
Fantasy
Author
.
Status
Complete
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
13+

En el que Taeyong le habla a los sombreros

EN EL REINO DE INGARY, donde existen cosas como las botas de siete leguas y las capas de invisibilidad, ser el mayor de tres hermanos es una desgracia. Todo el mundo sabe que el mayor es el que fracasa primero, sobre todo si los tres salen a buscar fortuna.

Lee Taeyong era el mayor de tres hermanos. Ni siquiera era hijo de un leñador pobre, lo que podría haberle dado alguna oportunidad de triunfar, sino que sus padres tenían una sombrerería en la próspera ciudad de Market Chipping, donde vivían desahogadamente. Eso sí, su madre murió cuando Taeyong tenía dos años y su hermano Jaemin uno, y su padre se había casado con la ayudante de la tienda, una joven guapa y morena llamada Taeyeon. Al poco tiempo Taeyeon dio a luz al tercer hermano, Donghyuck. Según eso, Taeyong y Jaemin deberían haberse convertido en los hermanos feos, pero lo cierto es que los tres niños crecieron muy guapos, aunque todo el mundo decía que el que más era Jaemin. Taeyeon los trataba a los tres con el mismo cariño y no favorecía a Donghyuck en absoluto.

El señor Lee se sentía orgulloso de sus tres hijos y los envió al mejor colegio de la ciudad. Taeyong era el más estudioso. Leía mucho y muy pronto se dio cuenta de las pocas probabilidades que tenía de que el futuro le deparase una vida interesante. Se llevó una desilusión pero siguió viviendo feliz, cuidando de sus hermanos y preparando a Donghyuck para que buscara su fortuna cuando llegara el momento. Como Taeyeon estaba siempre ocupado en la tienda, Taeyong era el encargado de cuidar a los otros dos. Los pequeños no dejaban de pelearse y tirarse de los pelos. Jaemin de ninguna manera se resignaba a ser el que, después de Taeyong, tendría menos éxito.

—¡No es justo! —gritaba Jaemin—. ¿Por qué tiene que llevarse Donghyuck lo mejor solo por ser el pequeño? ¡Pues yo me pienso casar con un príncipe, hala!

A lo que Donghyuck siempre replicaba que él iba a ser riquísimo sin necesidad de casarse con nadie. Entonces tenía que venir Taeyong a separarlos y arreglarles los desgarrones de la ropa. Era muy habilidoso con la aguja. Incluso llegó a hacerles trajes a sus hermanos. Antes de que esta historia comenzara de verdad, a Jaemin le cosió un traje de un rosa intenso para celebrar la fiesta de mayo, que en opinión de Taeyeon parecía salido de la tienda más cara de Kingsbury.

Por aquella época, todo el mundo había vuelto a hablar de la Bruja del Páramo. Se decía que había amenazado de muerte a la hija del Rey, y que este había enviado al Páramo a su mago personal, el mago Lee Jeno, para que se encargara de ella. Y, al parecer, el mago Lee no solo había sido incapaz de cumplir el encargo, sino que la bruja había acabado con él.

Así pues, cuando unos meses más tarde apareció de repente un castillo alto y negro sobre las colinas de Market Chipping, despidiendo columnas de humo sucio por sus cuatro torres, todos estuvieron convencidos de que la bruja había vuelto a salir del Páramo y estaba dispuesta a aterrorizar al país como lo hizo cincuenta años atrás. La gente estaba muy asustada. Nadie salía solo, especialmente de noche. Y lo más terrorífico era que el castillo no siempre estaba en el mismo sitio. A veces, el castillo se veía como una mancha alta y negra en los terrenos yermos al noroeste, otras sobresalía sobre las rocas al este, y en algunas ocasiones se acercaba a la ladera y se colocaba sobre los brezos, al norte, un poco más allá de la última granja. De vez en cuando se movía, echando bocanadas de humo gris y sucio por sus torres. Al principio todo el mundo creía que muy pronto el castillo llegaría a plantarse en el medio del valle, y el alcalde habló de pedir ayuda al Rey.

Pero el castillo se quedó rondando por las colinas y se supo que no pertenecía a la bruja, sino al mago Jaehyun. El mago Jaehyun tampoco era un santo. Aunque al parecer no quería abandonar las colinas, se rumoreaba que le divertía atrapar a jovencitos y quitarles el alma. Otros aseguraban que se comía sus corazones. Era un mago absolutamente frío y sin escrúpulos y ningún joven estaría seguro si él andaba cerca. Taeyong, Jaemin y Donghyuck, igual que los demás muchachos de Market Chipping, tenían prohibido salir solos, lo que resultaba muy pesado. Se preguntaban para qué querría el mago Jaehyun todas aquellas almas que coleccionaba.

Pero al poco tiempo tuvieron otras cosas en qué pensar, porque el señor Lee murió de repente justo cuando Taeyong era lo bastante mayor para dejar el colegio. Y entonces se descubrió que el orgullo que sentía por sus hijos había sido excesivo: para pagar la matrícula del colegio había contraído pesadas deudas. Después del funeral, Taeyeon se sentó con los niños en la casa que tenían junto a la tienda y les explicó la situación.

—Me temo que los tres tenéis que abandonar el colegio —dijo—. He estado haciendo todo tipo de cuentas y la única forma de mantener el negocio y cuidaros a los tres es que os coloquéis como aprendices en algún sitio. No es práctico que os quedéis todos en la tienda. No puedo permitírmelo. Así que esto es lo que he decidido. Primero Jaemin...

Jaemin levantó la vista, con un aspecto de radiante salud y belleza que ni siquiera la pena y el luto podían ocultar.

—Yo quiero seguir aprendiendo —dijo.

—Y así será, cariño —replicó Taeyeon—. He dispuesto que entres como aprendiz en casa de Choi, el pastelero de la Plaza del Mercado. Tienen la reputación de tratar a sus aprendices como a reyes, y serás muy feliz allí, además de aprender un oficio útil. La señora Choi es una buena clienta y amiga, y ha accedido a colocarte en su casa como un favor personal.

Jaemin soltó una carcajada que dejaba ver que no estaba contento en absoluto.

—Vaya, muchas gracias —dijo—. Menos mal que me gusta cocinar.

Taeyeon parecía aliviada. A veces Jaemin podía ponerse muy cabezota.

—Y ahora Donghyuck —dijo—. Ya sé que eres demasiado pequeño para trabajar, así que se me ha ocurrido algo que te proporcionará un aprendizaje largo y tranquilo que te será útil para cualquier cosa que decidas hacer después. ¿Conoces a mi amiga del colegio, Tiffany Young?

Donghyuck, que era delgado y castaño, clavó sus grandes ojos marrones en Taeyeon casi con la misma determinación que Jaemin.

—¿Esa que habla tanto? —preguntó—. ¿No es bruja?

—Sí, lo es, y tiene una bonita casa con muchos clientes de todo el valle de Folding —dijo Taeyeon entusiasmada—. Es una buena mujer. Te enseñará todo lo que sabe y seguramente te presentará a mucha gente importante de Kingsbury. Cuando termine contigo estarás bien preparado para la vida.

—Es simpática —admitió Donghyuck—. De acuerdo.

A Taeyong le pareció que Taeyeon lo había hecho muy bien. Jaemin, al ser el mediano, seguramente nunca llegaría muy lejos, así que Taeyeon lo había colocado donde tendría oportunidades de conocer a una aprendiz joven y guapa y vivir feliz para siempre. Donghyuck, que estaba destinado a labrarse su fortuna, contaría para ello con la ayuda de la brujería y de amigos ricos. Y en cuanto a sí mismo, no tenía la menor duda de qué le esperaba. No le sorprendió lo más mínimo cuando Taeyeon dijo:

—Y ahora, Taeyong, cariño, me parece lo más justo que heredes esta tienda cuando yo me retire, ya que eres el mayor. Así que he decidido tomarte como aprendiz para darte la oportunidad de conocer el negocio. ¿Qué te parece?

Taeyong no podía admitir que se sentía resignado por heredar el negocio de los sombreros. Le dio las gracias.

—¡Entonces todo arreglado! —dijo Taeyeon.

Al día siguiente Taeyong ayudó a Donghyuck a guardar su ropa en una caja y al otro lo vieron marcharse montado en una carreta, pequeño, erguido y nervioso. El camino hacia Upper Bolding, donde vivía la señora Young, atravesaba las colinas y pasaba junto al castillo del mago Jaehyun. Era comprensible que Donghyuck tuviera miedo.

—No le pasará nada —dijo Jaemin.

Jaemin se había negado a ayudar con el equipaje. Cuando la carreta desapareció en el horizonte, Jaemin metió todas sus pertenencias en una funda de almohada y le pagó al criado del vecino una moneda de seis peniques para que lo ayudara a llevarla en una carretilla a casa de Choi en la Plaza del Mercado.

Jaemin marchaba detrás de la carretilla con un aspecto mucho más animado de lo que Taeyong había supuesto. La verdad es que daba la impresión de que se había quitado de encima la sombrerería.

El chico de los recados regresó con una nota de Jaemin que decía que había colocado sus cosas en el dormitorio de los chicos y que la casa de Choi le parecía un sitio muy divertido. Una semana más tarde el carretero trajo una carta de Donghyuck diciendo que había llegado bien y que la señora Young era encantadora y que le ponía miel a todo, porque tenía colmenas. Y aquello fue lo único que supo Taeyong de sus hermanos durante algún tiempo, porque él también empezó su aprendizaje el mismo día que Donghyuck y Jaemin se marcharon.

Como es natural, Taeyong ya conocía el negocio de los sombreros bastante bien. Desde muy pequeño había jugado en el taller al otro lado del patio donde se mojaban los sombreros, se moldeaban sobre hormas de madera y se fabricaban flores, frutas y otros ornamentos de cera y seda para adornarlos. Conocía a todos los trabajadores. La mayoría ya estaba allí cuando su padre era niño. Conocía a Seohyun, la única ayudante de la tienda que quedaba. Conocía a los clientes que compraban los sombreros y al hombre que conducía el carro que traía los sombreros de paja natural del campo para que les dieran forma en el taller. Conocía a los demás proveedores y sabía cómo se hacía el fieltro para los modelos de invierno. En realidad no había mucho que Taeyeon pudiera enseñarle, excepto tal vez cuál era la mejor manera de conseguir que un cliente comprara un sombrero.

—Tienes que conducirlos poco a poco hacia el más apropiado, cariño —le explicó Taeyeon—. Primero les enseñas los que no les quedarán bien del todo, para que noten la diferencia en cuanto se pongan el adecuado.

La verdad es que Taeyong no se dedicaba mucho a vender sombreros. Después de pasar un día observando en el taller y otro día visitando con Taeyeon los mercaderes de paños y sedas, su madrastra lo puso a rematar sombreros. Taeyong se sentaba en una pequeña alcoba en la trastienda, cosiendo rosas en las pamelas y velos en los bonetes, forrándolos todos con seda y adornándolos con frutas de cera y lazos de colores. Se le daba muy bien. Y le gustaba. Pero se sentía aislado y un poco aburrido. Los trabajadores del taller eran demasiado mayores para ser entretenidos y, además, no lo trataban como a uno de ellos sino como a alguien que algún día heredaría el negocio. Seohyun lo trataba igual. Y de todas formas sobre lo único que hablaba era sobre el granjero con el que iba a casarse la semana siguiente a la fiesta de mayo. Taeyong tenía celos de Taeyeon, que podía salir a regatear con el mercader de sedas siempre que quería.

Lo más interesante eran las conversaciones de los clientes. Es imposible comprar un sombrero sin cotillear. Taeyong se sentaba en su alcoba y mientras daba puntadas se enteraba de que el alcalde no comía jamás verdura y de que el castillo del mago Jaehyun había vuelto a los acantilados, hay que ver cómo es, y bla, bla, bla... Siempre bajaban la voz cuando empezaban a hablar del mago Jaehyun, pero Taeyong se enteró de que el mes pasado había atrapado a un chico en el valle. «¡Barba azul!», decían los murmullos, que volvían a elevarse para afirmar que Yuta Nakamoto era un auténtico desastre a la hora de arreglarse el pelo. Ese desde luego no conseguiría atraer ni siquiera al mago Jaehyun, y mucho menos a una mujer respetable. Y entonces se oía un breve y temeroso susurro sobre la Bruja del Páramo. Taeyong empezó a pensar que el mago Jaehyun y la Bruja del Páramo deberían emparejarse.

—Parecen hechos el uno para el otro. Alguien debería organizarles una cita —le dijo al sombrero que estaba adornando en ese momento.

Pero a finales de mes, todos los chismes de la tienda se centraron de repente en Jaemin. Al parecer, Choi estaba lleno de personas de la mañana a la noche, todas comprando grandes cantidades de pasteles y exigiendo ser atendidos por Jaemin. Ya había recibido diez propuestas de matrimonio, que iban, en orden de importancia, desde el hijo del alcalde hasta el barrendero, y las había rechazado todas alegando que todavía era demasiado joven para decidirse.

—Me parece algo muy sensato por su parte —le comentó Taeyong a un bonete que estaba forrando con seda.

A Taeyeon la alegraron aquellas noticias.

—¡Sabía que le iría bien! —dijo contenta. A Taeyong se le ocurrió que a Taeyeon le alegraba no tener a Jaemin cerca.

—Jaemin es terrible para el negocio —le dijo al bonete, frunciendo la seda color champiñón—. Él conseguiría que incluso, viejo y desaliñado, parecieras elegante. Pero los demás miran a Jaemin y se desesperan.

Taeyong hablaba cada vez más con los sombreros a medida que pasaban las semanas. No tenía a nadie más con quién hablar. Taeyeon se pasaba casi todo el día fuera, haciendo negocios o intentando conseguir más clientes y Seohyun estaba ocupada atendiendo y contándole a todo el mundo sus planes de boda. Taeyong tomó por costumbre colocar los sombreros en sus hormas de madera cuando los terminaba, donde quedaban como una cabeza de verdad, y siempre hacía una pausa para decirle a cada uno cómo sería el cuerpo que le correspondería. Solía halagar al sombrero un poco, porque a los clientes hay que engatusarlos.

—Posees un atractivo misterioso —le dijo a uno cubierto con un velo de brillos ocultos. A una pamela ancha de color crema con rosas bajo el ala le dijo—: ¡Vas a tener que casarte con un rico! —y a otro sombrero de paja de color verde manzana con una pluma verde y rizada le dijo—: Eres tan joven como una hoja de primavera.

A los bonetes rosas les decía que eran dulces y encantadores y a los sombreros elegantes adornados con terciopelo que eran ingeniosos. Y al bonete color champiñón le dijo:

—Tienes un corazón de oro y alguno de buena posición lo verá y se enamorará de ti —aquello lo dijo porque sentía lástima de aquel bonete en particular. Parecía tan remilgado y tan soso.

Al día siguiente llegó a la tienda Yuta Nakamoto y lo compró. Era cierto que tenía el pelo un poco raro, pensó Taeyong observándolo desde su alcoba, como si se lo hubiera enrollado en unas tenazas. Era una pena que Yuta hubiera escogido aquel bonete. Para entonces todo el mundo venía a la tienda a comprar. Tal vez fuera la promoción de Taeyeon o tal vez que se acercaba la primavera, pero era evidente que el negocio de los sombreros iba en aumento. Taeyeon empezó a decir, con tono un poco culpable:

—Creo que no debería haberme dado tanta prisa en colocar a Donghyuck y a Jaemin. Podríamos habernos arreglado.

Cuando abril se iba acercando a la fiesta de mayo, había tantos clientes que Taeyong tuvo que ponerse un modesto traje gris y ayudar en la tienda también. Pero la demanda era tanta que entre cliente y cliente se dedicaba a adornar sombreros y todas las tardes se los llevaba a casa, en la puerta de al lado, donde trabajaba a la luz de un quinqué hasta bien entrada la noche para tener sombreros que vender al día siguiente. Los sombreros verdes como el de la esposa del alcalde estaban muy solicitados, al igual que los bonetes rosas. Y entonces, la semana antes de la fiesta, alguien entró pidiendo el de color champiñón con fruncidos, como el que llevaba Yuta Nakamoto cuando se fugó con la condesa de Catterack.

Aquella noche, mientras cosía, Taeyong tuvo que admitir que su vida era bastante insulsa. En lugar de hablar con los sombreros, se los fue probando todos al terminarlos, mirándose en el espejo. Aquello fue un error. Aquel severo traje gris no le sentaba bien, especialmente con los ojos enrojecidos de tanto coser. Y como tenía el pelo de color paja rojiza, ni el verde ni el rosa le quedaban bien. Y el de los fruncidos color champiñón le daba un aspecto sencillamente horroroso.

—¡Como un viejo solterón! —dijo Taeyong.

No es que quisiera fugarse con una condesa, como Yuta Nakamoto, ni siquiera quería que la mitad del pueblo le pidiera matrimonio, como a Jaemin. Pero quería hacer algo, no estaba seguro de qué, algo que fuera un poco más interesante que adornar sombreros. Pensó que al día siguiente sacaría tiempo para ir a hablar con Jaemin.

Pero no fue. O le faltaba tiempo o fuerzas, o le parecía que la Plaza del Mercado estaba muy lejos, o recordaba que si iba solo estaría en peligro a causa del mago Jaehyun. Fuera lo que fuese, cada día le parecía más difícil ir a ver a su hermano. Era muy extraño. Taeyong siempre se había considerado tan decidido como Jaemin. Pero ahora se daba cuenta de que había cosas que solo era capaz de hacer cuando ya no le quedaba ninguna excusa.

—¡Esto es absurdo! —dijo Taeyong—. La Plaza de Mercado está a dos calles de aquí. Si voy corriendo...

Y se prometió que al día siguiente se acercaría a Choi cuando la sombrerería estuviera cerrada por ser la fiesta de mayo.

Entretanto, a la tienda llegó un nuevo rumor. Se decía que el Rey se había peleado con su propio hermano, el príncipe Dongyoung, y que el príncipe se había marchado al exilio. Nadie sabía a ciencia cierta cuáles habían sido las razones de la pelea, pero el príncipe había pasado por Market Chipping de incógnito hacía dos meses y nadie lo había reconocido. El Rey había enviado a la condesa de Catterack a buscarlo y, en vez de eso, se encontró con Yuta Nakamoto. Taeyong se puso triste al escucharlo. En el mundo ocurrían cosas interesantes, pero siempre a los demás. De todas formas, sería agradable ver a Jaemin.

Llegó la fiesta de mayo. Desde el amanecer, las calles se llenaron de júbilo. Taeyeon salió temprano, pero Taeyong tenía que terminar primero un par de sombreros. Cantaba mientras trabajaba. Al fin y al cabo, Jaemin también estaba trabajando. Los días de fiesta, Choi abría hasta la media noche.

—Voy a comprarme un pastelillo de crema —decidió Taeyong—. Hace siglos que no los pruebo.

Vio cómo la gente se arremolinaba al otro lado del escaparate, con ropas de vivos colores. Había vendedores de recuerdos y saltimbanquis caminando sobre zancos. Taeyong los contempló entusiasmado.

Pero cuando por fin se echó un chal gris sobre el traje gris y salió a la calle, su entusiasmo se desvaneció. Se sintió abrumado. Había demasiada gente corriendo a su alrededor, riéndose y gritando, demasiado ruido y ajetreo. Taeyong se sintió como si los meses que había pasado sentado cosiendo lo hubieran transformado en un vieja o lo hubieran dejado medio inválido. Se envolvió bien en el chal y avanzó pegado a las casas, intentando evitar que los zapatos de domingo de la multitud lo pisaran o que le clavaran uno de aquellos codos cubiertos por larguísimas mangas de seda. Cuando de repente se oyó una lluvia de explosiones en el aire, Taeyong pensó que se iba a desmayar. Levantó la vista y vio el castillo del mago Jaehyun justo sobre la ladera de la colina a las afueras de la ciudad, tan cerca que parecía apoyado sobre las chimeneas. De las cuatro torres del castillo salían llamas azules despidiendo bolas de fuego azul que explotaban en el cielo con un estruendo horrible. El mago Jaehyun parecía estar molesto por la fiesta. O tal vez estaba intentando participar, a su manera. Taeyong estaba tan aterrorizado que no le interesaba saber cuál era el motivo. Se habría marchado a casa, pero para entonces ya estaba a mitad de camino hacia Choi. Echó a correr.

—¿Cómo se me ocurrió desear que mi vida fuese interesante? —se preguntó mientras corría—. Me daría demasiado miedo. Eso me pasa por ser el mayor de tres hermanos.

Cuando llegó a la Plaza del Mercado, fue todavía peor. Allí estaban la mayoría de las posadas. Había grupos de jóvenes que se tambaleaban ebrios de un lado a otro, arrastrando los faldones de las chaquetas y las mangas y dando zapatazos con las botas con hebillas que nunca hubieran soñado con ponerse en un día de trabajo, lanzando exclamaciones y atosigando a las jovencitas. Ellas paseaban elegantes de dos en dos, listas para dejarse atosigar. Era una fiesta de mayo perfectamente normal, pero a Taeyong también le daba miedo todo aquello. Y cuando un joven con un fantástico traje azul y plateado lo vio y decidió abordarlo también a él, Taeyong se escabulló en el portal de una tienda e intentó esconderse.

El joven lo miró sorprendido.

—No pasa nada, ratoncito gris —le dijo, con una sonrisa como compadeciéndose—. Solo quiero invitarte a tomar algo. No pongas esa cara de miedo.

Su mirada de lástima hizo que Taeyong se sintiera totalmente avergonzado. Era un hombre elegante, con un rostro huesudo y refinado, bastante mayor, bien entrada la veintena, y con el pelo rubio cuidadosamente peinado. Las mangas de su chaqueta colgaban más que ninguna, con bordes de volantes y remates plateados.

—Oh, no, gracias, por favor, señor —tartamudeó Taeyong—. Yo iba, iba a ver a mi hermano.

—Entonces vete a verlo, por supuesto —sonrió aquel joven maduro—. ¿Quién soy yo para impedir que un caballerito vea a su hermano? ¿Quieres que te acompañe, ya que pareces tan asustado?

Lo dijo con amabilidad, lo que hizo que Taeyong sintiera más vergüenza que nunca.

—No. ¡No, gracias, señor! —jadeó y salió corriendo dejándolo atrás. También llevaba perfume. El olor a jacintos lo siguió mientras se alejaba.

«¡Qué hombre tan elegante!», pensó Taeyong mientras se abría paso entre las mesitas a la entrada de Choi.

Las mesas estaban abarrotadas. Dentro había tanta gente y tanto ruido como en la plaza. Taeyong localizó a Jaemin entre la fila de ayudantes que servían tras el mostrador gracias al grupo de hijos de granjeros que apoyaban los codos en él gritándole cosas. Jaemin, más guapo que nunca y tal vez un poco más delgado, metía pastelillos en las bolsas tan aprisa como podía, cerrando cada bolsa con una hábil rosca y mirando por debajo del codo con una sonrisa y una respuesta por cada bolsa que cerraba. Se oían muchas risas. Taeyong tuvo que abrirse paso hacia el mostrador.

Jaemin lo vio. Por un momento pareció quedarse pasmado. Luego sus ojos y su sonrisa brillaron al gritar:

—¡Taeyong!

—¿Puedo hablar contigo? —gritó Taeyong—. En algún sitio —gritó un poco perdido cuando un codo grande y bien vestido lo apartó del mostrador de un empujón.

—¡Un momento! —le contestó Jaemin también a gritos. Dio un paso atrás, se volvió hacia la chica que estaba junto a él y le susurró algo. La chica asintió, sonrió y ocupó el lugar de Jaemin.

—Tendréis que conformaros conmigo —le dijo a la multitud—. ¿Quién es el siguiente?

—¡Pero yo quiero hablar contigo, Jaemin! —gritó uno de los granjeros.

—Habla con Mina —respondió Jaemin—. Yo quiero hablar con mi hermano.

A nadie pareció importarle. Empujaron a Taeyong hacia el final del mostrador, donde Jaemin lo llamaba y mantenía abierta una trampilla para él, y le dijeron que no tuviera a Jaemin ocupado todo el día. Cuando pasó por la trampilla, Jaemin lo cogió por la muñeca y lo llevó hacia el fondo de la tienda, hasta una habitación llena de rejillas de madera, todas ellas repletas de filas de pasteles. Jaemin sacó dos taburetes.

—Siéntate —le dijo. Miró al estante más cercano, de forma distraída, y le pasó a Taeyong un pastelillo de crema—. Puede que te haga falta.

Taeyong se dejó caer en el taburete y aspiró el rico aroma del pastelillo, sintiéndose un poco lloroso.

—¡Ay, Jaemin! —exclamó—. ¡Me alegro tanto de verte!

—Sí, y yo me alegro de que estés sentado —respondió Jaemin—. Porque no soy Jaemin. Soy Donghyuck.

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