PRÓLOGO LA ILUSIÓN DEL ORO

Dicen que todo lo que brilla es oro. Qué mentira tan estúpida, tan infantil. Es el tipo de frase que le dicen a los niños para que duerman tranquilos, para que crean que el mundo tiene un orden brillante y justo. Pero yo dejé de ser una niña el día que aprendí que el brillo más intenso suele venir de las llamas que consumen tu hogar.
He visto medallas brillar en el pecho de hombres que no son más que basura humana, cobardes con placa que se esconden tras un juramento que violan cada noche. He visto esos uniformes de gala, rígidos, cubiertos de hilos de oro que cuestan más que la vida de diez informantes, cubriendo corazones tan podridos que el hedor debería traspasar la tela. El oro no vale nada si la mano que lo sostiene está manchada de una sangre que la ley ha decidido ignorar por conveniencia.
Bienvenidos a mi historia... o a los escombros que quedaron de ella. Si han venido buscando un relato de redención, de héroes que llegan en el último segundo para salvar el día entre aplausos, se equivocaron de dirección. Aquí, en las calles de Italia que no salen en las postales, la justicia no se pide de rodillas ante un juez corrupto. Aquí, la justicia se toma con guantes de seda y manos de hierro. La justicia soy yo.
La medianoche en la Residencia de la Dinastía Valenti no es silenciosa; tiene un sonido propio. Es el crujir del mármol frío, el susurro del viento que baja de las montañas de Roma y el eco de los secretos que se guardan tras las puertas reforzadas.
Yo estaba allí, sentada tras mi escritorio de caoba, una pieza de madera tan antigua que parecía haber absorbido los pecados de todos los que se sentaron antes que yo. La única luz en la habitación era la de una vieja lámpara de banquero, que proyectaba una luz amarillenta y enfermiza sobre los documentos que tenía extendidos. Eran mi tablero de ajedrez.
Mis dedos, fríos y firmes, rozaron la superficie de una fotografía granulada. En ella, Emiliano Moretti reía. Estaba en una terraza en la costa, con una copa de vino en la mano y el brazo rodeando la cintura de una mujer joven, de cabello oscuro, que definitivamente no era la madre de su hija. Lo miré con un desprecio que me quemaba la garganta.
La traición es una enfermedad, y Emiliano era un paciente terminal. Había empezado engañando en su propia cama, rompiendo el único lazo que debería ser sagrado. Y yo sabía, por experiencia propia, que quien es capaz de traicionar el hogar que lo vio nacer, es capaz de vender el mundo entero por un puñado de monedas de plata. No era una suposición; era una certeza técnica. Los papeles de mi investigación privada no mentían: cuentas bancarias ocultas, llamadas a horas prohibidas y ese rastro de perfume barato que dejaba en cada mentira.
Un golpe seco, rítmico, retumbó en la puerta de madera pesada. No esperé a dar el permiso; sabía quién era por la intensidad del impacto.
Mercurio entró. Su presencia siempre era como una descarga eléctrica, una energía inquieta que llenaba el espacio. Pero esta vez, sus ojos no tenían su brillo habitual de burla; estaban afilados. Sujetaba por el cuello de la chaqueta a un hombre que vestía el uniforme de la policía nacional italiana. El oficial estaba pálido, con el sudor pegándole el cabello a la frente y las manos temblándole tanto que el ruido de sus anillos chocando era audible en el silencio de la sala.
Era uno de nuestros mejores infiltrados en la central, un hombre que vendía los secretos del Estado para pagar sus deudas de juego. Y si estaba aquí, a esta hora, era porque el cielo estaba a punto de caerse.
—Jefa, este idiota tiene algo que no podía esperar a la reunión de la mañana —soltó Mercurio, empujando al oficial hacia el centro de la alfombra persa.
El policía cayó de rodillas, evitando mi mirada. —L-la ruta central, Minerva... —su voz era un hilo quebradizo—. Los federales... tienen el manifiesto completo. Emiliano se reunió con el Comisionado en un hotel de paso esta tarde. Les entregó las coordenadas GPS, los horarios de los relevos y la lista de conductores del cargamento de mañana.
Sentí un frío metálico recorrerme la columna. La ruta central era el corazón de nuestra operación en el norte. Perderla no solo significaba millones en pérdidas; significaba que la policía tendría sus botas sobre nuestro cuello.
—Inmunidad —continuó el oficial, tragando saliva con dificultad—. Le ofrecieron protección total para él y su familia, y una cuenta con fondos reservados en las Islas Caimán. Ya tienen el equipo táctico en posición. Van a interceptar el camión en el túnel de la montaña al amanecer.
Cerré la carpeta de la investigación privada con un chasquido que sonó como un disparo en la habitación. Las fotos de su infidelidad quedaron ocultas, pero el asco seguía ahí, flotando en el aire.
Emiliano había cometido el error de creer que podía jugar en ambos bandos. Había pensado que el oro de la policía brillaba más que mi lealtad. Pobre estúpido.
Me puse en pie, rodeando el escritorio lentamente. El oficial en el suelo se encogió, como si mi sombra pudiera quemarlo. Me detuve frente a Mercurio, que esperaba con los músculos tensos, listo para la acción. Sus ojos buscaban los míos, esperando la chispa que iniciara el incendio.
—Ya lo oíste, Mercurio —dije, y mi voz salió tan gélida que el aire pareció cristalizarse—. Ve por ese hijo de su madre. No quiero que llegue al amanecer en su cama. Tráelo aquí, al sótano de la villa. Quiero que esa basura me diga la verdad, palabra por palabra, antes de que lo mande al infierno donde pertenecen los de su clase.
Mercurio ensanchó su sonrisa, una expresión depredadora que mostraba los dientes. —Con gusto, Chefin. Me encargaré de que el viaje sea... inolvidable.
—Asegúrate de que no se resista demasiado —añadí, volviéndome hacia el ventanal para observar las luces de Roma—. Aún necesito que su lengua funcione cuando lo tengamos colgado. Quiero que sienta el peso de cada una de sus traiciones.
Mercurio asintió y salió de la habitación arrastrando al oficial infiltrado, dejando tras de sí un silencio pesado. Me quedé sola, mirando el reflejo de mis propios ojos ámbar en el cristal de la ventana. El juego había comenzado. La policía creía que tenía a su informante estrella, pero lo que no sabían es que yo siempre he preferido quemar el tablero antes que perder una partida.
Mañana, el mundo conocería a Minerva. Pero esta noche... Esta noche Emiliano conocería el verdadero significado del dolor.