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Para Park Jimin, la perfección no era un concepto abstracto; era su rutina diaria. A sus veintitrés años, sentía que finalmente había tomado las riendas de su propio destino. Su apartamento en el corazón de Seúl era su lugar seguro, un espacio minimalista de techos altos, inundado por la luz del atardecer que se filtraba a través de los ventanales, siempre con el aroma persistente a trementina y café recién hecho.
Haberse mudado desde Busan fue el primer paso hacia su libertad. Sus padres, aunque protectores, habían aceptado su necesidad de independencia, confiando en su disciplina y en su talento innato para el arte.
En la universidad, Jimin era el estudiante modelo; sus trazos eran precisos, sus colores vibrantes y su futuro parecía tan brillante como las luces de la ciudad que observaba cada noche antes de dormir.
Todo en su vida estaba en orden. Cada pincel en su lugar, cada hora del día calculada, cada sonrisa en el espejo perfectamente ensayada.
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El despertador de Jimin no gritaba; emitía un suave sonido de piano que aumentaba de volumen gradualmente, justo a las 7:00 AM. Ni un minuto más, ni un minuto menos.
Jimin abrió los ojos y se quedó un momento mirando el techo blanco de su habitación. Se sentó con la elegancia que lo caracterizaba y estiró sus brazos, sintiendo la calidez del sol de Seúl comenzando a bañar su cama.
Todo estaba donde debía estar: sus libros de historia del arte alineados por color, su cuaderno de bocetos sobre el escritorio y su ropa, elegida desde la noche anterior, colgada impecablemente.
Se levantó y caminó descalzo hacia el baño. El reflejo en el espejo le devolvió la imagen de un joven de 23 años que parecía tenerlo todo bajo control.
Se lavó la cara con meticulosidad, aplicó su rutina de cuidado de la piel y peinó su cabello rubio hasta que cada mechón quedó en su lugar.
-Hoy será un buen día.
Se dijo a sí mismo en un susurro, con una pequeña sonrisa.
En la cocina, el ritual continuó. Preparó un café americano y una tostada mientras revisaba su agenda. Tenía clase de técnica de óleo a las 9:00 y después se encontraría con Jin para ir a esa nueva exposición en el museo. Se puso sus pantalones negros de corte recto y una camisa de seda color crema que le daba un aire etéreo, muy acorde a un estudiante de artes.
Antes de salir, Jimin echó un último vistazo a su apartamento. Estaba tan limpio, tan silencioso... tan "perfecto". Agarró su maletín, se puso sus zapatos y cerró la puerta con llave, sin sospechar que esa sería la última mañana en la que despertaría realmente solo.
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Aquí con una pequeña historia, si ven el nombre no será un romance rosa, recuerden que los personajes no tienen nada que ver con el artista, por favor separar la realidad de la ficción.
Sin más espero que les guste.








