La gracia de argonauta

All Rights Reserved ©

Summary

el dios hermes ha vuelto a hacer una de sus travesuras, pero está vez se paso de la raya, acompañame en esta historia

Genre
Erotica
Author
Alejandro
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Chapter 1:el despertar

El silencio en la **Mansión Chimenea** era absoluto, roto únicamente por el suave coro de respiraciones profundas que llenaba el gran salón. Las primeras luces del alba comenzaron a filtrarse a través de los ventanales, proyectando un rayo de sol dorado que impactó directamente en el rostro de **Bell Cranel**. El joven albino soltó un suspiro perezoso y se removió, intentando evitar la claridad para hundirse más en su descanso. Se acomodó contra lo que sentía como una almohada increíblemente cómoda, de una suavidad casi celestial, que desprendía un embriagador aroma a flores silvestres y papel antiguo.

Sin embargo, a medida que la consciencia regresaba a él, una extraña sensación de calidez y humedad comenzó a registrarse en su cerebro.

-Espera un momento... -murmuró Bell con la voz ronca por el sueño-. ¿Desde cuándo mi almohada huele a flores?... ¿Y por qué siento que mi pene está dentro de algo?

Abrió los ojos con pesadez, parpadeando varias veces para acostumbrarse a la luz, y lo que vio lo dejó en un estado de shock absoluto. Primero, se dio cuenta de que no estaba en su habitación; se encontraba en el centro de la sala principal. Segundo, no estaba solo. El salón se había convertido en un mar de cuerpos femeninos que descansaban en un caos de almohadones y mantas improvisadas sobre el suelo.

El pánico empezó a apoderarse de él cuando notó que todas estaban completamente desnudas. Varias de ellas dormían con las piernas relajadas y abiertas, revelando de forma explícita que de sus intimidades aún brotaba el rastro blanco y espeso de su semen, brillando bajo la luz matutina como un recordatorio mudo de la intensidad de la noche anterior.

Pero el tercer descubrimiento fue el que terminó de paralizarlo: Bell no estaba simplemente acostado, estaba profundamente enterrado dentro de su asesora, **Eina Tulle**. La semi-elfa dormía plácidamente sobre él, con su cabeza descansando en el pecho del chico, mientras Bell tenía el rostro rojo de la vergüenza. Al intentar moverse, sintió cómo los músculos internos de Eina lo apretaban por instinto, confirmando que seguía unido a ella en una unión carnal perfecta.

Bell permanecía completamente petrificado, con el corazón martilleando contra sus costillas con tanta fuerza que temía que el sonido despertara a todas las presentes. Sus ojos, abiertos de par en par, escaneaban el salón en un intento desesperado por encontrar lógica en aquella escena de absoluta decadencia y placer.

La primera realidad que lo golpeó fue la más inmediata: **Eina Tulle**, su siempre profesional y serena asesora del Gremio, estaba tendida directamente sobre él. La piel de la semi-elfa se sentía ardiente contra la suya y, con cada respiración profunda que ella daba, Bell podía sentir la pulsación de su propio miembro, el cual seguía perfectamente conectado al de ella, atrapado en una calidez húmeda que lo mantenía anclado al sofá.

Pero al desplazar la mirada más allá de los hombros de Eina, el panorama se volvía aún más surrealista. Cerca de ellos, sobre una alfombra de pieles, yacía la imponente **Aisha Belka**. La amazona descansaba con una expresión de triunfo, con sus brazos extendidos y su pecho expuesto como un altar de fertilidad. A sus costados, Bell divisó a sus compañeras de familia: **Mikoto**, con el rostro relajado y entregado, estaba aferrada a uno de los grandes y oscuros pechos de la amazona, succionando con una devoción dormida. Al otro lado, la pequeña **Haruhime** compartía el festín, con sus labios rodeando el otro pezón de Aisha en un gesto de pura búsqueda de consuelo y placer.

Lo que realmente dejó a Bell en shock fue el rastro de un líquido blanco y denso que escapaba de las comisuras de los labios de ambas chicas. Era claramente leche materna que goteaba sobre la piel bronceada de la amazona y las sábanas. Bell parpadeó, incrédulo; no tenía idea de que el cuerpo de Aisha fuera capaz de producir leche.

Bell continuó recorriendo el salón con la mirada, sintiendo que cada nuevo detalle era más surrealista que el anterior. Sus ojos se posaron cerca de un sofá que había sido volcado durante el fragor de la noche, y allí encontró a **Tiona Hiryute**. La amazona roncaba con una despreocupación absoluta, con sus extremidades estiradas en una pose caótica que desbordaba energía incluso en el sueño. Con una de sus manos se rascaba perezosamente la vulva, donde los restos de semen seco brillaban bajo la luz del sol como un trofeo de su vigorosa participación, sin que la falta de ropa o la situación parecieran perturbar su descanso.

Justo al lado de ella, dándole la espalda a Bell, descansaba su hermana mayor, **Tione Hiryute**. La amazona de cabellos negros estaba acostada de lado, revelando la curva prominente de su trasero firme y atlético. Bell sintió que la cara le ardía aún más al notar que las nalgas de Tione estaban cubiertas de marcas rojas vibrantes; eran huellas perfectas de palmas humanas que delataban la fuerza con la que le habían dado nalgadas. En medio del sueño, Tione se rascó una de esas marcas con un gemido sordo, removiéndose sobre la alfombra mientras el recuerdo táctil de la disciplina que había recibido la noche anterior parecía arrancarle una pequeña y satisfecha sonrisa dormida.

El aire en la **Mansión Chimenea** se volvió denso, casi irrespirable para Bell. Justo cuando intentaba procesar el caos a su alrededor, **Eina** tuvo un espasmo leve en sueños; sus músculos internos se contrajeron con una fuerza rítmica y posesiva alrededor del miembro de Bell, succionándolo más profundamente. El joven tuvo que morderse la lengua y apretar los puños contra el sofá, ahogando un gemido que amenazaba con escapar de su garganta ante esa calidez eléctrica que lo envolvía.

Sin embargo, el placer físico fue reemplazado instantáneamente por un terror gélido.

Al desplazar la mirada hacia un rincón inundado de cojines de seda, sus ojos se toparon con una visión que desafiaba toda lógica: un par de nalgas pálidas y perfectamente esculpidas sobresalían de entre una montaña de almohadas, coronadas por una melena de un verde esmeralda profundo que brillaba como una joya bajo el sol.

A Bell se le detuvo el corazón. El sudor frío comenzó a bajar por su nuca mientras susurraba para sus adentros una negativa desesperada. Solo existía una mujer en todo Orario con ese color de cabello y esa presencia imponente, incluso en la desnudez total.

Su peor temor se confirmó cuando la figura soltó un suspiro elegante y se dio la vuelta lentamente, revelando su rostro. Era **Riveria Ljos Alf**.

La alta elfa, la princesa de la corona del bosque real y la mujer más respetada y severa del mundo, yacía allí, en medio de la "decadencia" de la Familia Hestia. Su rostro, usualmente una máscara de serenidad estoica, estaba relajado; sus labios finos estaban ligeramente entreabiertos y un mechón de su cabello esmeralda descansaba sobre su pecho, el cual subía y bajaba con una parsimonia real. Ver a la figura materna de la Familia Loki, el epítome de la pureza y el decoro elfo, durmiendo desnuda a pocos metros de él -mientras él seguía enterrado dentro de otra elfa-, hizo que Bell sintiera que el mundo se desmoronaba.

Ya no era solo una falta de respeto profesional con Eina; era un sacrilegio contra la realeza de los elfos. Si Riveria abría los ojos en ese instante y lo encontraba conectado a su asesora mientras la observaba a ella, Bell sabía que ni siquiera su habilidad de **Deseo de Héroe** podría salvarlo de las consecuencias.

A pesar del pánico que lo consumía, una curiosidad morbosa y el instinto de supervivencia obligaron a Bell a seguir escaneando el salón; en su mente, se repetía que las cosas no podían ponerse peor. Pero el destino en Orario suele ser cruel con los ingenuos.

De repente, sintió una presión firme y cálida rodeando su tobillo. El contacto lo hizo saltar internamente, pero el peso de **Eina** sobre él y la unión que aún los mantenía anclados al sofá le impidieron alejarse. Con el cuello rígido por la tensión, bajó la mirada hacia el suelo, justo al borde del sofá.

Su sangre se congeló.

Allí, tumbada sobre la alfombra con la gracia descuidada de un ángel caído, se encontraba **Aiz Wallenstein**. La "Princesa de la Espada", la mujer que era el norte de su brújula, estaba completamente desnuda a sus pies. Sus largos cabellos dorados se esparcían como hilos de seda por el suelo, enmarcándole un rostro que, por primera vez, no mostraba esa expresión vacía y letal, sino un cansancio profundo y satisfecho.

Aiz dormía con una mano aferrada posesivamente a la pierna de Bell, como si incluso en sueños se negara a dejarlo ir. Ver a su ídolo en ese estado de vulnerabilidad absoluta -con la piel marcada por el rastro de la pasión de la noche anterior y su impecable figura expuesta a la luz del alba- fue un golpe devastador para su cordura.

Bell sintió que el mundo daba vueltas. Estaba físicamente atrapado dentro de **Eina**, bajo la mirada dormida de la realeza elfa (**Riveria**) y literalmente encadenado por el toque de **Aiz**. El joven albino cerró los ojos con fuerza, mientras el calor de la vergüenza competía con la respuesta involuntaria de su cuerpo ante la cercanía de las tres mujeres que más respetaba en el mundo. Ya no era solo un desastre; era la ruina total de su imagen de héroe puro.

Bell comprendió que el tiempo se agotaba. Si **Eina** despertaba y se descubría a sí misma en esa posición -completamente ensartada por su pupilo en medio del salón principal-, el grito que soltaría despertaría incluso a los dioses en el Tenkai.

Con movimientos milimétricos y el corazón martilleando en sus oídos, Bell comenzó la peligrosa maniobra de retirada. Para no dejarla caer bruscamente, se vio obligado a hundir sus manos en la carne firme y generosa del trasero de la semi-elfa. El contacto directo con la piel de Eina, tan suave y cálida, envió una descarga eléctrica por su columna; sintió una punzada de culpa inmediata al notar lo perfectamente que sus manos encajaban en esas curvas, pero el pánico era más fuerte que el deseo.

Comenzó a elevarla con una lentitud agónica. A medida que su miembro abandonaba la calidez húmeda de Eina, la fricción arrancó de los labios de la chica un suspiro entrecortado, un pequeño gemido de pérdida que hizo que Bell se congelara en el sitio, rogando al cielo que nadie más lo hubiera oído.

Finalmente, el último rastro de él salió de ella. Sin embargo, la gravedad fue implacable. En el instante en que se separaron, la gravedad hizo su trabajo: Bell observó con absoluto horror cómo una pequeña cantidad del semen que había quedado depositado profundamente dentro de la asesora comenzaba a desbordarse. El hilo blanco y denso goteó lentamente, trazando una línea por el muslo de Eina hasta caer, con una precisión catastrófica, directamente sobre la mejilla de **Aiz Wallenstein**.

Bell se quedó petrificado, sosteniendo aún el peso de Eina en sus brazos, mientras veía cómo el rastro de su propia lujuria brillaba sobre el rostro inmaculado de la Princesa de la Espada. En ese momento, Bell Cranel deseó que la tierra se tragara la Mansión Chimenea por completo.

Una vez que logró depositar a **Eina** con una delicadeza extrema sobre el sofá, la cubrió rápidamente con una de las mantas dispersas para ocultar su desnudez. El siguiente reto fue liberar su pierna del agarre de **Aiz**. Con movimientos de cirujano, logró zafarse, aunque el corazón le dio un vuelco al ver las gotas de su propio semen brillando sobre la mejilla de la joven dorada. No se atrevió a limpiarla; el riesgo de despertarla era demasiado alto, así que, con un nudo en la garganta, la cubrió también a ella, dejando aquel rastro mudo como un secreto peligroso.

Bell se puso en pie, tambaleándose por la falta de equilibrio y el agotamiento. Al girarse para evaluar el resto del salón, la magnitud del desastre terminó por aplastarlo.

Detrás de un sillón, divisó a **Asfi Al Andromeda**, la siempre calculadora capitana de la Familia Hermes, despojada de su seriedad y de su ropa. Cerca de ella, ocupando un sofá de tres plazas, **Airmid Teusanare** -la sanadora más pura de Orario- roncaba plácidamente mientras abrazaba una botella de vino vacía como si fuera un tesoro. Pero lo que más lo hizo palidecer fue una chica desconocida tendida boca abajo en el suelo; desde su ángulo, la vista de su trasero era total, y el sonrojo de Bell alcanzó niveles febriles al notar que, entre sus nalgas, asomaba un frasco de poción vacío.

El salón era un catálogo de leyendas de Orario reducidas a la vulnerabilidad total: **Ryuu Lion** y **Syr Flover** descansaban entrelazadas en una esquina; en la opuesta, la joven **Lefiya Viridis** dormía con una expresión de agotamiento absoluto; y cerca de la ventana, bañada por la luz del alba, **Cassandra** parecía tener un sueño inquieto.

Bell se agarró la cabeza con ambas manos, cerrando los ojos con fuerza mientras intentaba arrancar un solo recuerdo de su memoria. Sin embargo, solo obtuvo punzadas de dolor. La realidad era ineludible: una mansión llena de las mujeres más poderosas e influyentes de la ciudad, una orgía de proporciones épicas y él, Bell Cranel, como el único hombre presente.

Ahora, el objetivo ya no era solo sobrevivir a la vergüenza. Tenía que encontrar respuestas antes de que el salón despertara, porque sabía que, cuando esas mujeres abrieran los ojos y procesaran la escena, su vida como aventurero -y posiblemente su propia existencia- pendería de un hilo.

**Continuará...**

Next Chapter