🍒┆ 𝐔𝐍𝐎
❝ 𝐊𝐎𝐎𝐊𝐕 ; 𝐏𝐎𝐑 𝐇𝐎𝐘 ❞
──────── ୨୧ ────────
Donde Jeon Jungkook se aleja de su mejor amigo por miedo a "contagiarse" de su homosexualidad. Y ahora, en el sofá de una casa ajena, se da cuenta que siempre estuvo enfermo por completo.
──➤ 𝐬𝐦𝐮𝐭
──➤ 𝐚𝐧𝐠𝐬𝐭
──➤ 𝐡𝐨𝐦𝐨𝐟𝐨𝐛𝐢𝐚
──➤ 𝐥𝐞𝐧𝐠𝐮𝐚𝐣𝐞 𝐯𝐮𝐥𝐠𝐚𝐫
──➤ 𝐄𝐬𝐭𝐞𝐫𝐞𝐨𝐭𝐢𝐩𝐨𝐬 𝐦𝐚𝐫𝐜𝐚𝐝𝐨𝐬
23 años | 21 años
—Eres un maldito traidor, Min. Me prometiste que esos tortolitos no vendrían, ¿y ahora me dices que compartiremos habitación? ¿Cómo me puedes hacer algo así?
Yoongi esbozó un gesto de aburrimiento mientras humedecía los bordes del vaso con una rodaja de limón para coronarlo con sal y merkén. Había hecho un intento por ignorar los jodidos reclamos de su amigo desde hacía un par de minutos, pero incluso con el fuerte retumbar de la música sacudiendo las palmeras de la playa, Jungkook se las había ingeniado para colar su voz entre la multitud, aturdiendo su euforia y agotando su inexistente paciencia.
—Jungkook, ¿trajiste tu moto? —preguntó sin mirarlo, sirviendo finalmente la cerveza en la jarra de litro.
—Sí, ¿pero qué tiene que ver?
—Pues si tanto te jode dormir con ellos, siempre tienes la opción de largarte.
Jungkook entreabrió la boca en una mueca de asombro puro. Indignado, le arrebató el trago recién hecho y lo estampó contra sus labios, bebiendo hasta que su garganta se raspó por el nivel de alcohol. El picante del borde ardió contra las pequeñas heridas bucales y sus pulmones rogaron por aire, pero no se detuvo hasta saborear la última gota. Irse no era opción; no cuando quince kilómetros de carretera lo separaban de su departamento y el licor recorría peligrosamente por sus venas.
—En serio no puedo creer que tu maravillosa solución sea mandarme al carajo —masculló, limpiando la comisura con la manga de su chaqueta.
—Jungkook, te lo diré por última vez porque ya me cansé de repetírtelo —Yoongi recostó el hombro sobre la barra y dejó caer la frente en la palma de su mano, midiendo sus palabras—. Dormir con otros hombres no te hace homosexual. ¿Entiendes? Que te asuste la idea de hacerlo, probablemente eso sí.
Jungkook soltó una carcajada incrédula y negó con la cabeza. ¿Desde cuando el desagrado era sinónimo de miedo? Min no estaba entendiendo.
—Hermano, no me asusta, me incomoda. No es lo mismo dormir contigo o con Eunwoo que con ellos. ¿Y si empiezan a follar en medio de la madrugada? Si al menos uno de los dos tuviera pechos gordos sería distinto, pero... ¡Dios!—rechinó los dientes, cruzándose de hombros—. No pienso estar en medio, por favor, cámbiame de habitación.
—Imposible —sentenció Yoongi de inmediato, los recuerdos de la última vez llegando a su mente de manera fugaz—. Ustedes tres son los únicos solterones de esta fiesta. Los demás estarán con sus novias y, créeme, ninguno dejará que un Casanova como tú duerma cerca de ellas después de lo que pasó con la prometida de Jaehyun.
El azabache soltó un suspiro pesado y se desplomó contra el respaldo de la silla, clavando la mirada en la pista de baile en la que, momentos atrás, había dejado escapar todo el estrés acumulado en semanas. Sabía que su actitud era algo fastidiosa e infantil, que probablemente estaba arruinando el ambiente cuando la situación no era tan terrible como él la señalaba. Pero es que cuando llegó, nunca imaginó que terminaría compartiendo cuatro paredes con el dúo que tanto había despreciado solo por ser "distintos a él".
Y no es que intentara justificar su comportamiento, pero tenía sus razones —no homófobas según su lógica— para actuar así
Kim Taehyung, antes del gran diluvio, había sido su mejor amigo. Sus madres eran prácticamente hermanas. Pasaban horas sentados frente a la consola o simplemente hablando de trivialidades; incluso, desde la más pura inocencia, habían compartido duchas y cama con la naturalidad de una pulcra hermandad. Sin embargo, aquella complicidad, como si nunca hubiese sido larga ni genuina, se esfumó en un imperceptible parpadeo cuando Taehyung le confesó ser gay durante una de sus últimas pijamadas.
Desde entonces, nada volvió a ser igual. Los abrazos que antes se sentían cálidos y acogedores, ahora no solo le estrujaban la espalda, sino también el corazón, erizándole la piel de una asfixiante incomodidad que con el tiempo le resultó imposible disimular. Porque, si a Taehyung le gustaban los hombres, la posibilidad de que se enamorase de su mejor amigo era igual de peligrosa como probable, ¿no es así? Si se detenía a analizar el pasado, su relación era tan melosa que nadie los hubiera cuestionado si algún día anunciaban ser novios o algo por el estilo.
No obstante, Jungkook se rehusó a verlo con esos ojos. Tan solo la idea de aquello le causó un terror de gran magnitud que, finalmente, optó por reemplazar las tardes de videojuegos por mensajes de texto; al inicio abundantes, hasta que, sin remedio se volvieron escasos. Y un día, simplemente no volvieron a dirigirse la mirada a pesar de que, desgraciadamente, asistían a la misma universidad.
Aunque, priorizando la honestidad, la razón definitiva de su distanciamiento no fue solo la confesión, ni la incomodad que siguió de esta, sino la aparición de ese chico castroso que terminó de ocupar su lugar antes de que decidiera huir por completo.
Park Jimin.
Allí estaba, en medio del bulto de personas que movían las caderas al ritmo de la música, alzando una copa por encima de su cabellera mientras restregaba descaradamente el cuerpo contra el de un moreno que, a simple vista, le sacaba dos cabezas. Jungkook se preguntó si no sentía vergüenza del espectáculo que montaba tras cada grito y roce; al parecer, la palabra 'moralidad' carecía de definición en su diccionario personal, o de plano, no existía.
Llegó a la conclusión de que, si de la noche a la mañana la comunidad LGBT decidiera fundar su propio país, ese rubio risueño sería sin duda el candidato perfecto para el trono. El "Rey de los Gays", o algo así de ridículo. Y no lo decía por su apariencia —la cual se negaba a admitir que era atractiva—, sino por esa actitud de creerse el último refresco del desierto, de querer estar al mando de todo y, por supuesto, por esa arrogancia contagiosa que había corrompido la timidez de su dulce ex mejor amigo.
Park Jimin había moldeado a Taehyung a imagen y semejanza de una maldita abeja reina desde su intromisión, y recordarlo todavía le provocaba una molestia que no le dejaba dormir
—Te lo dije —alegó el azabache, apuntando con la barbilla al de cabello dorado—. No voy a poder cerrar los ojos esta noche —gruñó, abultando la lengua en la mejilla interna—. Te juro Yoon, que quedaré traumado, y será tu culpa.
Yoongi dejó escapar una risa que se perdió en la melodía del fondo. Dejó el trapo con el que estaba secando la barra sobre su hombro antes de mirarlo y responder.
—En lugar de verbalizar tus pensamientos intrusivos deberías ir a ocupar la habitación antes que ellos. Si entran y te ven con esa cara de querer degollarlos ten por seguro que se irán por donde entraron.
Y quizá si Jungkook hubiera dejado atrás el orgullo y hecho caso al consejo de su amigo, las cosas ahora serían distintas y no estaría con el cuerpo rígido intentando ignorar la presencia de Taehyung al otro costado del sofá.
Estaba con la mejilla aplastada contra la palma de su mano y la mirada perdida en la pantalla a pesar de que no estaba procesando ni un solo fotograma. Su pierna derecha rebotaba rítmicamente contra el suelo, delatando lo angustioso que le resultaba esta realidad. Según sus cálculos, Taehyung debería estar encerrado con Jimin y aquel acaramelado de la fiesta haciendo Dios sabe qué cosas que prefería no imaginar. Pero estaba acá, siendo parte una vez más del destino que al parecer tenía como fetiche escupirle mierda en toda la cara.
Quería que la tierra se abriera, se lo tragase y lo soltara al otro lado del mundo.
Una risa baja, casi inaudible, lo sacó de su trance con un respingo. Giró la cabeza y frunció el ceño; Taehyung estaba hecho un ovillo, con las rodillas contra el pecho y los pies descalzos sobre el tapiz, tenía el dedo índice entre los dientes, atrapado en un gesto de concentración infantil que a Jungkook le pareció dolorosamente familiar.
—¿Puedes subirle el volumen, Jeon? —preguntó Taehyung, sin apartar la vista de la pantalla.
Jungkook apretó la mandíbula hasta que las sienes se pronunciaron. El uso de su apellido provocó un revoltijo en el vacío de su estómago; eran las primeras palabras que cruzaban en meses, quizá en algunos años, pero se sentían iguales de allegadas. En otra vida, Jungkook habría tomado el control remoto sin rechistar y habría terminado con la cabeza apoyada en los muslos de Taehyung mientras compartían el silencio. Una basura de recuerdo.
Con un movimiento brusco, tomó el mando y subió cinco niveles de volumen. La televisión escupía un programa de comediantes mediocres que basan su humor en anécdotas estúpidas y chistes de doble sentido. A Jungkook nunca le habían gustado. A Taehyung tampoco. Entonces, ¿por qué lo miraba con tanto interés?
Buscando una vía de escape para su ansiedad, Jungkook sacó el cigarrillo electrónico de su bolsillo, deslizando el seguro y dando una calada profunda, permitiendo que el vapor inundara sus pulmones antes de dejarlo escapar lentamente por la nariz. Repitió la acción un par de veces más, hasta que una densa y dulce nube con olor a frutilla invadió el espacio personal de ambos.
Taehyung arrugó la nariz, rompiendo finalmente su fascinación por el televisor para clavar sus ojos felinos en él.
—Jeon.
Jungkook cerró los ojos un segundo, preguntándose por qué no podía simplemente cerrar el zíper invisible que todos tienen en estas circunstancias.
—¿Mhn? —se limitó a soltar, manteniendo la vista al frente.
—Podrías tener al menos la decencia de preguntar: "oye, ¿te molesta si fumo un poco?". Las ventanas no están cerradas y por si no te has dado cuenta, no estás solo aquí.
Jungkook volvió a girar la cabeza, esta vez con lentitud, encontrándose con esa mirada cargada de una superioridad que lo irritaba y lo hipnotizaba al mismo tiempo. Rodó los ojos con fastidio, dió una última calada y guardó el dispositivo en el bolsillo de su chaqueta.
—¿Es que te irrita el vapor? —soltó con la voz ronca por la nicotina.
—No me gusta —respondió con sequedad, bajando los pies al suelo y enderezando la espalda, la distancia entre ellos acortándose aún más.
—A mí tampoco me gusta que me interrumpan — Jungkook se acomodó, girando el torso por completo para encararlo—. Y aquí estamos, aguantando cosas que no nos gustan, ¿no?
—A ti no te gusta nada —replicó Taehyung, rompiendo el contacto visual.
Imitó su postura, dejando caer el peso de su mejilla sobre la palma de su mano, pero en él, el gesto no reflejaba cansancio, sino un relajo tan descarado que le hizo soltar una risita seca, un sonido incrédulo que apenas fue un siseo entre sus dientes, pero que fue suficiente para tensar el aire entre los dos. Increíble, la primera interacción real en años y ya se estaban lanzando cuchillas al aire.
—No es mi culpa que a ti de la nada te guste todo —escupió Jungkook, el doble sentido flotando en el aire como el humo de su cigarrillo.
Pero el arrepentimiento lo atropelló de inmediato cuando, en lugar de recibir un insulto o una reacción airada, Taehyung simplemente se mofó, pasando la lengua por sus encías en un gesto de pura diversión. Dirigió su mano libre hacia su cuello, sus dedos acariciando un fino collar de plata que se perdía bajo la tela transparente de su ropa con movimientos lentos y rítmicos, respondiendo a la provocación con esa voz melosa que le erizaba la piel en lugares que ni él conocía.
—Vida solo hay una —respondió, girando la cabeza apenas unos centímetros para mirarlo de reojo—. Prefiero gozarla estando claro de mis gustos que vivir encerrado en mi propia miseria, fingiendo que no soy lo que todos ven.
Jungkook se removió en su sitio, aclarando su garganta, incómodo.
—Nadie está fingiendo nada —masculló, aunque su pierna, que no había dejado de rebotar, decía lo contrario—. Simplemente hay cosas que me parecen estúpidas. Como esto, estar aquí perdiendo el tiempo contigo mientras tu noviecito se revuelca con otro en el cuarto.
Taehyung se tronchó de una risa escandalosa que no tenía nada de burla, imaginando que, para que Jungkook creyera que Jimin fuera su pareja, tenía que estar muy al pendiente de su vida.
—¿Te refieres a Jimin? ¿Park Jimin? Por Dios, ni que fuera tú —Taehyung se acercó apenas un palmo, pero Jungkook sintió que lo tenía encima—. Jimin no es mi novio, es mi mejor amigo. Algo que tú y yo solíamos ser antes de que te diera miedo que te pegara lo marica.
—No me daba miedo —mintió—. Me daba asco.
Taehyung no reaccionó al comentario degradante. En su lugar, humedeció los labios con parsimonia, clavando sus perlas oscuras en los ojos de Jungkook con una intensidad que lo hizo querer salir huyendo de la casa.
—Asco... Sí claro. Te la pasaste mirando mi piercing en la cocina antes de que huyeras para acá. ¿Eso también fue por asco o es que intentabas entender cómo se sentiría tenerlo contra la lengua?
Jungkook se quedó sin aire, la brutal honestidad de Taehyung desarmándolo pieza por pieza mientras la palabra hetero se extinguía de su vocabulario. ¿Desde cuándo era tan directo? Un pinchanzo de pánico le trepó por el pecho y le abrió la herida que creyó haber cicatrizado posterior a la ruptura.
—No sé de qué hablas —soltó finalmente, pero su voz salió más baja de lo que pretendía.
—Lo sabes perfectamente. —Taehyung dejó de acariciar el collar, posando su mano sobre el sofá justo en el espacio que los separaba—. Sé que te molesta que esté con Jimin porque te hace recordar que él ocupa el lugar que tú dejaste vacío por miedoso.
—No dejé nada vacío, simplemente crecí —alegó, notando cómo el sudor frío le perlaba la nuca y le empapaba los calcetines—. Las personas cambian, Taehyung. Yo cambié, tú cambiaste. Dejamos de ser niños y deberías entender eso.
—Ay, por favor, tu cuerpo creció pero tu cerebro se achicó —Taehyung ladeó la cabeza, observándolo con una mezcla de lástima y curiosidad—. Sigues usando ese maldito vaper para calmarte cada que te pongo nervioso a pesar de que te dije que te hacía mal. También sigues mordiéndote los cachetes y moviendo la pierna como cuando teníamos quince años y te humillaba jugando. Lo único que cambio es que ahora te mueres por tocarme y te castigas por eso.
El único refugio que Jungkook encontró fiable fue haber ocultado el rostro detrás de una de sus palmas mientras se ahogaba en carcajadas que por lógica carecían de cualquier pizca de gracia. Sus mejillas se tornaron rojas; probablemente porque estaba al límite, o por ese efecto detestable que únicamente Taehyung lograba causar en él.
—¿Te mueres por tocarme? —repitió, arrastrando las palabras—. Estás muy enamorado de ti mismo, ¿no crees, Regina George?
Taehyung esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos, deslizándose un poco más por el sofá hasta reducir la distancia que sus muslos mantenían. El contacto entre ellos apenas existió, una caricia a través de la tela de los pantalones que ridiculizaba la tensión del ambiente, pero para él se sintió peor que eso. Fue como si le hubieran pegado un cable de alta tensión al nervio particularmente expuesto.
—Pruébame que me equivoco, entonces —desafió Taehyung en un susurro. Sus ojos bajando un segundo a los labios del contrario para luego volver a subir, cargados de una invitación que no tenía nada de inocente—. Mírame a la cara, Jeon, y dime que no has pensado en mí ni una sola vez en todo este tiempo. Que no me has extrañado y que no te estás volviendo loco ahora mismo porque estamos solos en esta sala y lo único que nos separa es tu miedo a dejar de ser lo que te obligas a ser.
Sin titubear, Taehyung se arrastró, lento y perezoso, en busca de la calidez de Jungkook. Apenas sus dedos rozaron el dorso de su mano —la que aún seguía cubriendo su cara—, la reacción fue inmediata. Jungkook, quien no esperaba el movimiento, actuó por puro reflejo; la atrapó entre la suya, sus dedos cerrándose alrededor de la muñeca con la firmeza justa para apartarla, para marcar el límite que siempre impuso. Pero su cuerpo, como si poseyera su propia conciencia, no obedeció a su cabeza.
El impulso de empujarlo se esfumó a la mitad del camino cuando a través del tacto pudo sentir el pulso acelerado de Taehyung, cómo las paredes parecían reducirse únicamente a ellos, cómo su propio pecho traicionero empezaba a contraerse y calentarse de una forma asquerosamente prohibida. Y entonces, cuya mirada no había querido alzar, terminó posándose en sus labios.
Eran labios aconchados, carnosos, que brillaban bajo la luz tenue de la sala porque acababa de humectarlos con la lengua. Se veían suaves, peligrosamente acogedores. Y dentro de ese microsegundo de debilidad, Jungkook recordó una noche de invierno, años atrás, antes de que todo se fuera al carajo, en la que se quedó observándolo dormir y se preguntó, solo por un instante fugaz, a qué sabrían.
¿A fresa? ¿Chocolate? ¿Sal? ¿O a hombre? Sí, quizá a eso.
De cualquier modo, ya no importaba. Había enterrado esa duda bajo toneladas de negaciones y comentarios homófobos, pero ahí estaba de nuevo, brotando como una flor que nunca pudo arrancar de raíz. El olor a frutilla del vaper seguía en el aire, pero Jungkook solo podía oler el dulce aroma de su perfume caro. El silencio de la sala se volvió tan pesado que podía escuchar el roce de sus propias respiraciones chocando. Y Taehyung sonrió al entender que, Jungkook, inconscientemente, había admitido, sin decir una palabra, que su resistencia estaba caducando
—¿Te vas a quedar ahí mirando? —le volvió a susurrar. El movimiento de sus labios siendo la gota definitiva que derramó el vaso de autocontrol que le quedaba.
Jungkook soltó un aire caliente por la nariz, una exhalación que fue más un gruñido que un suspiro, y con una simpleza que rozaba la agresividad, soltó su muñeca solo para subirla con rapidez hacia su nuca, enterrando los dedos en el cabello oscuro y tirando de él hacia adelante con una urgencia que hizo que sus dientes chocaran en el primer impacto.
La dulzura de sus años de infancia no tuvo lugar en la colisión de sus bocas, no había nada más que el sabor amargo de la nicotina, el alcohol picante de hace unas horas y el resentimiento agobiante que Jungkook llevaba demasiado tiempo madurando. El azabache lo besó con desesperación, como si quisiera reclamar cada centímetro de él, como si a través del contacto pudiera borrar el hecho de haberlo ignorando cuando todo este tiempo lo había anhelado.
Taehyung le permitió ser; soltó un gemido ahogado contra sus labios, un sonido que anunciaba la victoria de esa longeva batalla de masculinidad, mientras sus manos subían para aferrarse a los hombros de Jungkook, arrugando la tela de su chaqueta con impaciencia. Jungkook se separó apenas un milímetro, lo justo para rodar sus labios con los de él, uniendo sus frentes humedecidas por el sudor del calor que los volvía locos, y llevó su mano libre hasta su cintura, apretando con una fuerza que no era capaz de aligerar.
—No digas nada... —susurró contra su piel, aunque Taehyung no decía nada—. Solo no digas nada, por favor.
Taehyung fue quien se lanzó esta vez sobre él, pero la profundidad con la que lo hizo opacó por completo el roce de hace unos segundos. Las manos de Jungkook temblaban, aún sin comprender del todo la razón de sus actos ni la desobediencia a su juicio, pero por más que intentó hacerlo, la insistencia de sus bocas devorándose con hambre no daba tregua para ello. El sofá se sintió más pequeño cuando Jungkook empezó a empujarlo hacia atrás, obligándolo a estirarse sobre el tapiz mientras se posicionaba entre sus piernas. El roce de sus cuerpos y la fricción de la mezclilla contra la suavidad de la ropa de Taehyung mandó una corriente eléctrica que los hizo jadear al unísono.
Sintió el corazón de Taehyung martilleando contra su propio pecho, una frecuencia caótica que le confirmó que, a pesar de toda su fachada de abeja reina, Taehyung también lo deseaba. Jungkook comprendió entonces que el erotismo no venia de lo que hacía, sino con quién lo hacía; no era igual a las veces que se enredaba con chicas en sus departamentos, yéndose antes del amanecer. Esta vez era Taehyung, Kim Taehyung, un chico, el que había sido su mejor amigo, el que había estado ahí cuando más lo necesitaba, y el que había aceptado su abandono en silencio cuando más urgía que se quedara.
Jungkook se terminó de encajar entre sus muslos, anulando cualquier rastro de distancia. Ciego de aquella necesidad que no lograba racionalizar, coló sus manos por debajo del borde de la camisa, subiendo sus dedos hasta hundirse en la planicie de su abdomen. No fue una caricia tierna; sus manos se volvieron garras, enterrándolas en la piel que parecía una obra de porcelana. Taehyung soltó un quejido ante la presión ejercida y el frío de los anillos, una melodía que vibró por todo su cuerpo hasta punzar como una daga en la carne aprisionada entre la tela de su pantalón.
—Mierda... —gruñó entre dientes, rompiendo el beso solo para volver a hundirse en él con más violencia.
Invadió su boca de con la lengua, dando inicio una guerra de saliva tibia y desesperada que se desbordaba por las comisuras de sus labios. La fricción ruda logró apagar los pensamientos que seguían gritando en su cabeza. "Solo esta vez", se repetía Jungkook como robot dañado, un escudo de palabras que protegía inútilmente el orgullo herido que ahora se hacía trizas. "Solo por hoy, solo porque el alcohol me tiene jodido, solo porque él me provocó".
Sin embargo, su cuerpo, que no caía en sus propias mentiras, sufrió la reacción física y dolorosa punteando la pelvis de Taehyung. El choque de sus cuerpos nubló su visión como si estuviera perdido entre la bruma en un laberinto infernal. Y sin pensarlo dos veces, empezó a frotarse contra él con movimientos lentos y circulares, pretendiendo encontrar el alivio que solo la piel de Taehyung parecía ofrecerle.
Taehyung arqueó la espalda, echando la cabeza hacia atrás mientras unos cuantos sofocos comenzaban a escaparse de su garganta, agudos y rotos, resonando en los oídos de Jungkook como un cántico prohibido. Cada vez que Jeon apretaba más fuerte, cada vez que sus cuerpos chocaban con más fuerza, Taehyung se aferraba a sus hombros, clavando sus propias uñas en la chaqueta de cuero, rogándole desde la mudez que no se detuviera.
Jungkook se encontró perdido. Su masculinidad, esa de la que tanto defendía a escudo y espada, se estaba desintegrando en el calor que propagaban, reemplazada por el deseo primario que no entendía ni una mierda de géneros, solo la urgencia de devorar al chico que tenía debajo.
—¿Aún me odias? —resolló de placer contra sus labios, sus ojos empañados y una sonrisa de triunfo que Jungkook quiso desintegrar a besos—. Pensé que te daba asco...
No respondió, no pudo.
Seguían en medio de la sala, en un sofá ajeno que estaba siendo testigo de su deplorable ironía, y aquello, en lugar de traerlo de vuelta, se convirtió en el combustible que Jungkook no sabía que necesitaba. Al diablo los restantes de la fiesta, los que ahora estaban en sus habitaciones intentando dormir o los que podrían bajar a la cocina por un vaso de agua. La llamarada que lo calcinaba bajo su piel no se apagaría por sí sola de modo que, sin importarle el mundo exterior, bajó a su cuello, dejando besos húmedos que más bien eran marcas posesivas, mientras sus dedos, torpes y ansiosos, peleaban con los botones de la camisa hawaiana de Taehyung.
Cuando la tela finalmente cedió y se abrió, Jungkook se separó apenas unos centímetros para contemplarlo.
El aire se le escapó de los pulmones.
No era su amigo de hace años; la imagen del chico con el que creció se desvaneció ante la realidad de un hombre hecho y derecho. Ya no estaba esa pequeña pancita donde Jungkook solía esconder el rostro para hacerlo reír con pedorretas hasta que ambos quedaban sin aire, ahora había un abdomen plano, marcado, una superficie de piel bronceada que irradiaba un calor jodidamente tentador. Y más arriba, en uno de sus pectorales carentes del exceso de grasa al que estaba acostumbrado, ese maldito piercing de plata que lo había atraído como un canto de sirena en el primer instante que lo notó.
No se resistió. Inclinó la cabeza y dejó que la templada humedad de su lengua rodeara el metal.
Jungkook sintió el sabor metálico estallar en su paladar y juró que la sensación del cosquilleo de la corrida lo saludó ahí mismo cuando un suspiro caliente escapó de los labios de Taehyung, disipándose con el aire. Su mano desatendida se desplazó hacia el otro pezón, buscando desesperadamente más puntos de contacto, pero Taehyung, cansado de los juegos previos, con un movimiento decidido, atrapó la mano de Jungkook y la guió hacia abajo, chocando sus dedos con la firmeza de su hombría.
La dureza que encontró allí, el líquido viscoso que ya traspasa la delgada tela de los pantalones, hizo que a Jungkook se le cortara la respiración como si le hubieran puesto una soga al cuello. Por un segundo, la verdad cayó sobre él como un balde de agua escarchada; era un hombre. Estaba entre las piernas de un sujeto al que le colgaban huevos, que era igual a él en fuerza y anatomía. Maldición, protestó desde sus adentros. Sin embargo, antes de que el desagradado lograra alcanzar la cima de su garganta, sus ojos se envolvieron con los de Taehyung.
Maldito sea el día en que decidió alejarse de esas perlas oscuras que tanto idolatró en secreto. Taehyung estaba deshecho debajo de él con las mejillas encendidas de un rojo que le llegaba hasta la nariz. El delineado negro en la línea de agua —el que se había mantenido intacto durante toda la noche— ahora era un desastre de manchas oscuras que se perdían entre los hilos de sudor que descendían desde su frente hasta escabullirse por la línea de su mandíbula. Y sus labios, esos malditos labios jugosos que lo ponían de una manera, yacían entreabiertos mientras inhalaba y exhalaba bocados de aire que insinuaban por más.
—¿Jungkook...? —siseó con desconcierto, su aliento quemando su piel—. ¿Pasa algo?
Y el cómo pronunció su nombre después de tanto tiempo fue el fósforo que terminó por prender el reguero de combustible.
Jungkook se incorporó lo justo para quitarse la chaqueta, seguido de la polera, dejándolas caer en algún lugar olvidado del suelo. Con los dedos temblorosos, peleó con su cinturón, y el tintineo metálico de la hebilla al soltarse anunció el fin de cualquier pretensión de cordura. Taehyung se mordió el labio, bajando la mirada hacia la erección que a Jungkook ya le resultaba humillantemente imposible de disimular, y en lo que pareció un parpadeo, observó cómo se deshizo de sus últimas telas, dejándolas caer hasta la altura de sus rodillas.
Con vaivenes lentos y tortuosos empezó a masajearse, buscando humedecer su propio falo con el preseminal que había decidido traicionarlo desde el inicio. Una imagen cruda, cargada de una lujuria que lo hacía sentir expuesto, inferior y, al mismo tiempo, más vivo que cualquier vez en la que estuvo con alguna mujer.
Taehyung sonrió, una sonrisa que Jungkook sintió como un latigazo que marcó todo su cuerpo. Ver al macho inquebrantable bombeándose con la necesidad de un drogadicto en abstinencia, la respiración rota y los ojos empañados por la excitación, era la victoria impecable. Sin perder el ritmo, Taehyung desabrochó el botón de su pantalón corto y lo deslizó hacia abajo junto a los bóxers; el miembro liberado rebotó contra la mano en movimiento de Jungkook, un contacto de la piel con piel que le robó el aliento y le hizo temblar las piernas.
Jungkook no podía luchar más con su instinto animal. Le rogaba, le gritaba que debía estar dentro de él ya mismo, que necesitaba romper ese recipiente de porcelana con una fuerza que nunca se había atrevido a usar con alguien más, azotarlo contra el respaldo, castigarlo por cada noche de insomnio, por el reemplazo de Jimin, por haberle permitido escapar como el cobarde fue y seguía siendo.
Sin embargo, cuando Jungkook, con un desplazamiento brusco sujetó las piernas de Taehyung y las cargó sobre sus hombros, preparado para embestir con toda la rabia rebosada, Taehyung reaccionó rápido; estrelló las palmas de sus manos contra su pecho desnudo y agitado, frenando su avance con la firmeza inesperada de quien toma el control sin pedir permiso.
—Estás... olvidando algo muy importante —avisó con la voz entrecortada.
Jungkook gruñó. La sangre le rugía en los oídos y el juicio se le escapaba entre los dedos.
—No traje condones, no venía con la cabeza de abajo planeando esto —soltó con terquedad, intentando remover las manos ajenas y forcejeando por inclinarse más—. Pero no te preocupes, no tengo nada, estoy limp-
—Jungkook, no estás entendiendo —interrumpió, con la voz hecha un hilo, cortando el discurso de una vez.
Taehyung estiró el brazo fuera del sofá, tanteando con desesperación en su bolso hasta que sus dedos dieron con el objeto que buscaba. Jungkook esperó ver un paquete de látex, el pensamiento fugaz de algún juguete raro incluso cruzó su mente como una broma absurda de mal gusto que prefirió descartar, pero lo que apareció frente a sus ojos lo petrificó de una manera cómica que le replanteó seriamente si necesitaba parar ahora.
—¿Creíste que sería como con tus mujercitas? —parloteó Taehyung, ladino, sosteniendo entre sus delgados dedos una pequeña barrita de lo que parecía ser mentas—. Te recuerdo que yo no lubrico, Jung... koo... kie.
Ah, claro.
La parte poco romántica del asunto le reventó los huesos con la fuerza de un camión sin frenos. No había preparación, ni lubricación natural. No había nada más que las ganas crudas y el rehúso de Taehyung a que su primera vez con Jungkook, quien por fin había caído, terminara en un recuerdo desastroso del cual pudiera arrepentirse.
Sacó una de las pastillitas y se la llevó a la boca, jugueteando con ella mientras el fuerte sabor a mentol inundaba su interior. Después, con una lentitud fogosa, extendió su lengua larga y puntiaguda, ofreciendo la pequeña pastilla en una invitación que era una cucharada de veneno sin dosificar. Sus ojos desafiaron a Jungkook a acercarse, a robarle la menta y, de paso, a usar la única herramienta que tenían a mano para suavizar lo que venía. Su propia saliva mentolada.
Las ventanas de su alma no pudieron ocultar la turbación que se asomó a saludar. La seguridad, la mantra que se repetía sin control y todo el teatro que se había armado para justificar sus impetuosas intenciones, se vino abajo como una casa hecha de cartas, arrastrando consigo lo único que todavía podía catalogar como heterosexual. Había tenido orales con chicas, sí. Pero jamás lo había hecho por otra vía. Y ahora que estaba a punto de derribar el último muro, se convenció a sí mismo de que tal vez, solo tal vez, podría la estrechez no ser tan terrible como su orgullo insistía.
Jungkook, aunque dudó, terminó inclinándose sobre Taehyung con una voracidad renovada, capturando su lengua en un beso que fue más una succión absorbente que un gesto de afecto. Robó la pastilla de menta, sintiendo cómo el frío químico abrazaba su paladar, barriendo de un tirón el rastro empalagoso de la frutilla y el pequeño rastro de merkén.
Se separó apenas lo suficiente para procesar lo que venía. Sus manos grandes, decoradas con la tinta oscura de sus tatuajes, se cerraron con firmeza alrededor de los muslos de Taehyung, elevándolos y abriéndolos con una autoridad fingida. Cuando la entrada de Tae quedó finalmente expuesta ante sus ojos, Jungkook sintió que algo en su cerebro terminaba de romperse. Ni el asco, ni la duda, ni el rechazo que su lógica le había prometido por todos estos años, se apareció. Lo que sus ojos asimilaron fue la jodida cereza del pastel, un territorio nuevo y prohibido que ahora, al cabo, le pertenecía.
Con la urgencia de un carnívoro en ayunas, Jungkook acomodó la menta contra su mejilla interna, escondiéndola entre las encías para dejar libre su lengua, y sin más preámbulos, estampó su boca directamente contra la tibia zona. El contacto de la saliva mentolada contra la piel sensible hizo que Taehyung estallara en un jadeo que fue casi un grito despojado de toda vergüenza.
—Ah... jungkook...—soltó como un ruego, mientras su miembro palpitaba con fuerza, respondiendo a la estimulación.
Jungkook no se detuvo. Empezó a trazar movimientos circulares, lentos y profundos, empapando la zona con su saliva cargada de mentol. El efecto del frío sobre el tejido caliente provocaba una cadena de espasmos en las piernas de Taehyung, haciéndolas temblar como gelatina sobre sus hombros. Tras unos segundos de preparación sensorial, donde el placer se fundía, Jungkook hundió la lengua, ingresando con una impaciencia que dejó a Taehyung sin aire.
Arqueó la espalda violentamente, enterrando las uñas en el tapiz del sofá con los ojos en blanco mientras sentía cómo Jungkook lo reclamaba de la forma más cruda y húmeda posible, castigando su entrada con la lengua, dejando un rastro brillante de saliva que hacía que se retorciera como si en cualquier momento se desmayaría.
Jungkook, por su parte, sentía su propia hombría golpear contra su abdomen en cada movimiento, gemido, suspiro, hasta sentir un dolor dulce y punzante pidiéndole a gritos que se detuviera para brindarle atención, negándose a hacerlo hasta que estuvo seguro de que la zona estaba lo suficientemente preparada.
Cuando finalmente se retiró, el vacío dejó a Taehyung soltando un gemido roto, y un descanso que duró poco. Jungkook hundió dos dedos de golpe, abriéndolos en un movimiento de tijera que buscaba ganar espacio, estirando la piel con una brusquedad que hizo que Tae se mordiera el labio inferior hasta casi hacerse sangre.
Y entonces, Jungkook se deshizo de las últimas cadenas que lo anclaban, haciendo lo que su yo del pasado jamás hubiera permitido.
Bajó la cabeza, y capturó el glande de Taehyung entre sus vacilantes labios. La succión, aunque inexperta y carente de técnica, fue inmediata, ruda, intencionada a arrebatarle los últimos vestigios de sensatez. Pese a la patosidad, Taehyung se deshizo por completo; sus manos se hicieron puños y su espalda se arqueó tanto que parecía que iba a romperse. Era un mar de gemidos, un desorden de palabras insonoras que se perdían en el aire bañado en olor a sexo, mientras sus caderas, de forma inconsciente, se elevaban, ansiando enterrarse más en la cavidad de Jungkook, quien no se hizo de rogar.
Recuperó la menta escondida entre sus encías y la estampó directamente contra las venas palpitantes del grosor de Taehyung, y lo hundió por completo en su garganta. Un vaivén pegajoso que maltrató la virginidad de su gaznate, trayendo consigo choques accidentales de dientes que terminaron en quejidos de dolor, disculpas sofocadas y una tos áspera que cristalizaba sus ojos en lágrimas, obligándolo a por momentos separarse y tranquilizar la respiración.
Aún así, Taehyung no aguantó más de doce movimientos. La sensación del calor de Jungkook rodeando su vulnerabilidad, mezclado con el glacial del mentol mientras los largos dedos seguían acariciando y expandiendo su interior, le hizo sentir una explosión interna de juegos artificiales que le calcinó todo el organismo. Sus manos empuñaron el cabello largo de Jungkook, los dedos de los pies se encorvaron y, con un grito ahogado que quedó atrapado entre ambos, sus fluidos salieron disparados, chocando con fuerza contra el paladar del azabache.
Jungkook se apartó de inmediato. Volteó hacia un lado la cabeza y tras el pensamiento abrumador de haberse tragado su "dignidad" —y algo más que no quería reconocer— escupió al piso la pastilla y el fluido viscoso que ahora se escurría en cuerdas delgadas desde su barbilla. ¿Qué carajos había sido eso? Jungkook se incorporó lentamente, limpiándose la comisura de los labios con el dorso intentando nuevamente justificar sus propias decisiones.
En cuanto a Taehyung, este dejó caer su cabeza contra el respaldo del sofá, con la mirada perdida y el cuerpo temblando mientras el aire le quemaba los pulmones y el eco de su propia liberación aún le zumbaba en los oídos, haciéndole creer que todo —el rencuentro, la intimidad y la "reconciliación"— había terminado aquí y ahora, que Jungkook volvería a mirarlo por encima del hombro con ese asco del que ya estaba acostumbrado a tolerar y que a partir de este momento no cabría una oportunidad genuina a un arreglo entre los dos.
Sin embargo, cuando logró reunir fuerzas para apoyar su peso sobre los codos y alzar la vista, se encontró con una imagen que le devolvió la calentura al cuerpo. Jungkook estaba sentado sobre los talones frente a él, con las piernas ligeramente separadas y la espalda tensa como un acordeón comprimido hasta crujir. Se bombeaba a sí mismo con una desesperación obscena, la mandíbula apretada, el labio inferior capturado entre sus colmillos, los ojos inyectados de lujuria fijos en él y sus propia esperma ya endurecida alrededor de su boca.
—Tae... —soltó Jungkook, y su voz no fue una orden, sino una súplica que lo hizo derretirse como acero fundido.
Taehyung no lo pensó.
Gateó por el espacio del sillón con el cuerpo temblando por el esfuerzo, hasta sentarse a horcajadas sobre los muslos de Jungkook. Estando allí, sintió la dureza del azabache presionando contra su entrada estimulada, una presencia cálida y amenazante que, incluso antes de empezar, lo hizo enterrar con fuerza las uñas en los anchos hombros del contrario.
Jungkook sentía que expulsaría sus emociones por todos los poros de su piel. La presión en su entrepierna resultaba en un dolor punzante que no podía soportar más. Sin previo aviso, sujetó con una mano las caderas de Taehyung con una vehemencia que dejaría momentáneamente las marcas de sus gruesos anillos, y con la otra, alineó su miembro en la apertura que aún chorreaba hilos largos de su propia saliva. Taehyung arqueó la espalda, cerrando los ojos mientras intentaba bajar con lentitud, queriendo acostumbrarse a la anchura que lo estiraba.
Pero la compasión de Jungkook se había desvanecido junto a su lucidez. Por sus venas no solo corrían el alcohol y la nicotina de hacía un rato, sino el resentimiento de haber sufrido las consecuencias de sus propios errores, y de ese deseo tóxico que había intentado enterrar bajo la fachada de su falsa homofobia.
Jungkook impulsó sus caderas hacia arriba en una estocada repentina y profunda que le ardió a Taehyung como acetona, un golpe seco que fue una invasión total ocasionando que su cuerpo vibrara de pies a cabeza. Taehyung soltó un grito ahogado contra el cuello de Jungkook, aferrándose a sus trapecios mientras sentía cómo el azabache empezaba a moverse de inmediato, sin darle espacio a que se amoldara.
Jungkook se movía con un ritmo desmedidamente violento, cada embestida cargada de un reclamo enmudecido, un castigo resignado y una confesión finalmente desatada; un compuesto nocivo de amor y odio del mismo nivel. El sonido chapoteante de sus carnes sudorosas golpeándose constantemente se mezclaba con los jadeos roncos de Jungkook y los gemidos rotos de Taehyung, llenando la sala de una melodía inmoral que terminó por erradicar cualquier rastro del exterior que quisiera colarse en su pequeña burbuja.
—Mgh... Jungkook... más despacio... —suplicó Taehyung entre jadeos, la cabeza echada hacia atrás y el cuello completamente a su merced.
Jungkook ya no escuchaba, o quizá no quiso hacerlo. Cada vez que sentía como las paredes de Taehyung se contraían a su alrededor, cada que lo sentía temblar, cada que dejaba escapar aquellos gemidos húmedos que se intensificaban cuando, sin entenderlo completamente, alcanzaba ese punto dulce en su interior, todo lo demás se volvía un cero a la izquierda. Enterró el rostro en el hueco del hombro de Taehyung, lamiendo el sudor salado y el alcohol del perfume caro a la vez sus estocadas se volvían más cortas y rápidas; la saliva, mezclada con preseminal, había creado el lubricarte perfecto para la entrada que, aunque más angosta de lo que acostumbraba, cedía deliciosamente ante la bruteza del azabache.
—¿Te gusta así, hyung? —gruñó Jungkook, con la voz tan ronca que apenas era reconocible—. Dime que te gusta.
Pero Taehyung no podía articular ninguna palabra, solo gemía su nombre como si fuera un rezo, con los ojos en blanco y el cuerpo sacudiéndose en espasmos. Jungkook, sin embargo, no estaba satisfecho con solo tenerlo encima, quería verlo desde otro ángulo, quería que la posición fuera tan depravada como placentera. Con un movimiento brusco Jungkook se puso de pie, obligando a Taehyung a sostenerse de su cuello mientras lo cargaba apenas unos segundos para girarlo.
Lo estampó contra el respaldo del sofá, obligándolo a ponerse de rodillas sobre el cojín con el pecho aplastado contra el cuero y el trasero elevado, expuesto. Jungkook se posicionó detrás de él, sujetando sus caderas con una fuerza que hizo que Taehyung soltara un quejido. Y sin espera, volvió a entrar de una sola estocada, esta vez con un ángulo mucho más profundo que hizo que Taehyung se fuera hacia adelante, enterrando el rostro en el respaldo para ahogar un grito de puro éxtasis.
Desde esa postura, Jungkook tenía la vista completa de la espalda arqueada de Taehyung y de cómo su propia piel tatuada se perdía entre la ahora rojiza del rubio. Se sentía obsceno, vulgar y malditamente correcto. Jungkook llevó una mano hacia adelante, enredándola de nuevo en el cabello negro de Taehyung para tirar de su cabeza hacia atrás, forzándolo a mirar por encima del hombro mientras seguía embistiéndolo con saña.
—¿Feliz, Taehyungie? —espetó entre dientes, golpeando con fuerza su interior—. Me infectaste de tu mierda. ¿Estás feliz ya?
Taehyung solo pudo soltar un llanto ronco de placer, con la mirada desenfocada y la boca entreabierta, escuchando el sonido de la carne colisionando y el olor a fluidos inundando sus sentidos en una marea de la que ninguno quería salvarse. Sus dedos, temblorosos y húmedos, buscaron su propia erección, acariciándose con la presteza que solo le sirvió para aumentar el eco de sus gritos agudos.
Jungkook se inclinó sobre él, pegando su pecho sudado contra la espalda arqueada de Taehyung, y le pegó los labios a la oreja, dejando que su aliento caliente le calentara la zona.
—¿Esto es lo que te gusta? —le susurró con una voz cargada de burla y deseo—. ¿Que te trate como a una cualquiera en un sofá ajeno mientras tu noviecito duerme allá arriba creyendo que me odias?
La ofensa, nuevamente, no llegó a su mente. Muy al contrario, esas palabras hirientes, crudas y cargadas de esa hipocresía infantil que definía muy bien a Jungkook, solo ocasionaron que Taehyung asintiera frenéticamente, continuando su ahogo en el llanto de placer mientras empujaba su trasero hacia atrás, con el propósito de hacer la fricción más profunda, más dolorosa, que obligara al azabache a entrar hasta que no quedara nada de su falo afuera.
—Ahg... Jungkook, por favor... —jadeó, entregándose por completo a la humillación del momento, al mismo tiempo que su mano seguía trabajando en sí mismo.
Jungkook, al escucharlo, se dejó llevar junto a la corriente que abrazó su alma. Enredó con más fuerza los dedos en el cabello de Taehyung, y volvió a tirar de su cabeza hacia atrás, torciendo su cuello hasta hacer patente la manzana de Adán, y conduciendo a mirarlo con los ojos en blanco, totalmente desorbitados por el éxtasis. Jungkook apretó entonces los dientes, y con su último aliento, se hundió en él hasta no poder más.
El clímax arribó con la potencia de una bomba. Los músculos de Jungkook se tensaron, y con la mirada clavada en el techo mientras cerraba los párpados con violencia, se vació por completo en la estrechez de Taehyung con unas últimas mini estocadas. Taehyung aceptó la invasión líquida que le escocía por dentro, soltando un gemido largo que murió contra el respaldo del sofá cuando sintió no solo el chorro constante de Jungkook llenándolo, sino el suyo propio manchándole la mano que aún seguía cerrada alrededor de su miembro.
Jungkook se quedó allí mismo, jadeando contra su espalda, manteniendo la unión mientras la adrenalina empezaba a descender lentamente. Cuando finalmente se retiró con un sonido húmedo, el vacío le resultó casi doloroso a Taehyung, quien se quedó desplomado sobre el sofá, aún temblando, disfrutando en silencio cómo el exceso de la liberación de Jungkook empezaba a escurrirse lentamente por sus muslos en una huella viscosa y caliente que marcaba el final de su maldita guerra oriental y el inicio de algo mucho más arriesgado.
Con los dedos temblorosos, Jungkook se dobló para tomar los pantalones que descansaban desordenadamente en sus tobillos, y con movimientos torpes, se los subió, ajustándolos con la hebilla tras un clic metálico que resonó por toda la estancia. Taehyung se enderezó en el sillón, su respiración entrecortada aún alzando su pecho de arriba abajo. Miró a Jungkook, y una sonrisa, sospechosamente genuina, se dibujó en su rostro. Mas cuando quiso abrir la boca para soltar algo, simplemente se quedó como un bloque de hielo cuando notó al azabache salir por el pasillo sin mirar atrás.
¿Jungkook lo estaba jodiendo?
Se sintió ingenuo. Pequeño y ridículamente ingenuo, con la culpa tocando la puerta de su corazón y la humillación subiéndole como ácido por la garganta. Soltó una carcajada seca. Por una parte, entendía que había sido él quien tiró de la cuerda a su favor, quien jaló los hilos más débiles de Jungkook para hacerlo caer en su red. Y sin embargo, Taehyung había creído, por un instante, que había sido él, y no la rabia reprimida de Jungkook, quien tenía el control. Ahora, el pensamiento se desplomaba, haciéndose polvo como si nunca hubiese tenido pilares que lo sustentaran.
Se quedó en su sitio, con las piernas aún temblorosas y la piel ardiendo por el frío de la sala golpeando su humedad. Jimin tenía razón, pensó. Él siempre le advirtió la clase de persona, u hombre, que era Jungkook. El "típico gay de clóset que experimenta y te deshecha", el "homófobo que lo niega aunque lo tenga en su cabeza", o el amigo heterosexual que te abandona por miedo a que su día a día se convirtiera en una constante crítica. Y aunque sabía que lo último era netamente verdad, sintió como su corazón se hacía añicos ante la idea de que las otras dos cosas resultaran ser igual de ciertas.
Se mordió el labio inferior, lejos de cualquier gesto sensual, y se acomodó su propia ropa. ¿De verdad Jungkook, su Jungkook, había sido capaz de hacer tal cosa? ¿Tan poco significaba su vieja amistad para desquitarse e irse como si nada? Las lagrimas, esas que lo traicionaban cuando se trataban únicamente de él, se acumularon hasta rebosar sus cansados ojos, la nariz picándole de la nada y un calor ajeno al del momento posándose en su pecho.
Sus pensamientos inundaron su mente como una marea alta y agresiva. Y cuando se sintió listo para irse, para dejar atrás el "error" que, desde toda su necedad, había cometido, lo escuchó.
—Dios, quita esa cara. Te jodí el culo, no el hocico —soltó Jungkook, observando el rostro desencajado de Taehyung después de haber deteniendo su avance.
Fue patético, indigno y muy de migajero; pero la felicidad que sintió Taehyung fue indescriptible. Jungkook había regresado. No se había ido de la casa. Apareció por el mismo umbral por el que se había desaparecido, exhibiendo su torso tatuado todavía brillante por la irregular transpiración mientras cargaba sobre su antebrazo una sábana limpia, y en el otro, lo que parecía ser una toalla que desprendía un vapor bastante ligero.
Taehyung, aún con la camisa desabotonada y el cabello revuelto como si hubiera atravesado una maratón, se incorporó en el sillón. Acomodó sus piernas como indio y, finalmente, le regaló una sonrisa de oreja a oreja.
—Jungkookie —soltó con melosidad, recuperando esa personalidad que a Jungkook, incómodamente, le gustaba—. Volviste.
Jungkook soltó apenas un "ajá" muy bajo y caminó hacia el sofá, tirando la sábana limpia a un lado para que Taehyung pudiera cubrirse, y le extendió el puñado de toallas húmedas con un gesto torpe. Prefirió no mirarlo directamente a los ojos; para él, concentrarse en el desorden de la sala que en el desastre emocional que tenía enfrente era mucho mejor que el escenario que sus sentimientos estaban a punto de armar.
—Límpiate antes de que se seque y sea más difícil —ordenó, sin embargo, su voz traicionó la rudeza, sonando más suave, más protectora.
Pero no recibió repuesta.
Al girarse, se le desplomó el diafragma y, se llamara como se llamara aquella sensación que lo desestabilizó, le revolvió las entrañas como licuado. Taehyung seguía allí, sin moverse, pequeño sobre el sofá. Tenía el rostro encendido y los ojos relucientes por unas lágrimas que no lograba comprender su origen, escrutándolo con una expresión que lo juzgaba y absolvía al mismo tiempo. El fulgor tenue de la luna, que se filtraba por los ventanales que directamente a la playa, plateaba el ambiente con una serenidad que hacía mucho tiempo no vivía.
Dios, se veía tan perfecto, hermoso y malditamente antinatural.
Jungkook, sintiendo un dolor profundo de culpabilidad que llegaba casi a lo físico, se preguntó si el impulso de arrodillarse ante él y besarle incontable veces las manos era acaso más homosexual que lo que acababan de hacer.
—¿Ya te pusiste los pantalones? ¿No esperaste a limpiarte? —inquirió, intentando recuperar su típica arrogancia.
—No pensé que volverías —susurró Taehyung en una respuesta sincera, y la sencillez de la frase resonó en la cabeza de Jungkook más fuerte que cualquier reclamo.
Jungkook soltó un bufido, dejando caer los hombros en señal de rendición, sentándose a su lado lo suficientemente cerca para que sus pieles volvieran a rozarse. Sin decir nada, tomó la toalla húmeda, la colgó sobre su hombro y, con las manos que aún se reían de su firmeza agujereada, llevó los dedos hacia el botón del pantalón de Taehyung.
—¿Qué miras? —gruñó sin levantar la vista, sintiendo la mirada atónita quemándole la nuca—. ¿No vas a ayudarme?
—¿Qué... a qué?
Jungkook se detuvo solo para dedicarle una mirada de incredulidad.
—A limpiarte, duh. Al parecer sigues esperando a que resuelva todo por ti.
La crudeza de sus palabras, esas que al unirse apenabas sostenían un frágil y falso blindaje de juégate, resultaba insuficiente frente a los pequeños actos que delataban la fisura por la que Taehyung podía confirmar que, a pesar de todo, Jungkook aún conservaba parte de aquel niño preocupado de su infancia, incapaz de soltarlo del todo. Sus labios, hinchados por la brusquedad del asunto, se elevaron en una sonora sonrisa al detallar la delicadeza con la que el azabache comenzó a deshacer el desastre que había dejado en su piel una vez la prenda se deslizó por sus muslos. La toalla humeante, contra su piel aún cálida, lo azotó con una ola de tibio estremecimiento.
—¿De qué te ríes? —masculló Jungkook, concentrado en la tarea como si dependiera de ello.
—Es que no has cambiado nada, en serio —respondió Taehyung con suavidad, dejando colgar su cabeza hacia atrás para observar una lámpara en el techo—. Esto me recuerda a cuando nos agarrábamos a golpes y al final tu mamá te obligaba a que me pidieras perdón. Aunque tú lo hacías apapachándome. Solo que ahora me llenaste de...
—Ya —cortó antes que la oración le terminara por estallar la cabeza—. Ya, ya entendí, no hace falta que te pongas en ese plan.
Taehyung estalló en una risa escandalosa que le puso los pelos de punta a Jungkook, quien se limitó a rodar los ojos y ejecutar los últimos movimientos suaves contra las caras internas de sus muslos antes de abandonar su sitio y desdoblar la sábana que había traído. Taehyung finalmente se subió los pantalones, sin molestarse en abrochar el botón, dejando que la prenda guindara de sus caderas con un atrevimiento que gritaba a los cuatro vientos lo que había sucedido. Jungkook, evitando otra interacción no solo incómoda, sino innecesaria, se sentó en el extremo del sofá, extendiendo la sábana sobre sus piernas hasta cubrir el otro lado.
Taehyung aceptó la tela en silencio, pero su mirada había recuperado aquella chispa de primor que a Jungkook le resultaba tan insoportable porque le recordaba que Taehyung siempre sabía en qué recuerdos husmear para alterarlo. El cuero del sillón aún desprendía el calor, sudor y el olor del sexo, de manera que fuera imposible pasar la página del descontrol de ambos, siendo realmente a Jungkook a quien le afectaba.
Taehyung, sin dejarse intimidar por la tensión que emanaba cada fibra del cuerpo ajeno, se deslizó por el asiento y se acurrucó a su lado, dejando caer la mitad del rostro contra su hombro con una naturalidad indolente.
Jungkook se encogió tanto que parecía que iba a desaparecerse de la faz de la tierra. ¿Hacía cuánto que no sentía ese peso, esa familiaridad física que olía ser su refugio y que ahora se sentía como una reverenda emboscada? No lo apartó, pero tampoco lo rodeó con el brazo, se quedó inmóvil, tenso, con los dientes castigándose con fuerza y los ojos fijos en el programa que había avanzado mientras ellos se hundían en el placer. El televisor emitía luces parpadeantes sin sentido, y ni siquiera su leve bullicio podía mantener en pie la pared agrietada que Jungkook sentía que estaba a punto de caer.
—¿Qué haces? —preguntó Jungkook, aunque la respuesta ya estaba en su cabeza.
—Nada, tengo frío, nada más. ¿Te molesta que esté aquí?
Jungkook cerró los ojos y soltó un suspiro a ver si podía calmar el tambor en el que se había convertido su corazón. Sentía el peso de la mejilla de Taehyung tomándolo como un jodido soporte, y cómo el sudor de ambos comenzaba a secarse dejando una capa de rigidez en sus pieles.
—No... —respondió en un susurro que apenas él mismo pudo oír—. Pero solo por hoy. Fue la fiesta, el alcohol... y porque eres un maldito provocador. Pero no significa que algo haya cambiado.
Taehyung emitió un sonido grave con su garganta, parecido a una leve risita que Jungkook pudo sentir vibrar sobre su hombro. Guardó silencio por unos segundos, cerrando los ojos, sabiendo que el azabache estaba mintiendo, que el "solo por hoy" era lo último que le quedaba para no admitir que acababa de describir que su mayor odio era en realidad su mayor adicción. Jungkook, al final, optó por relajar el cuerpo, dejando que Taehyung se hundiera más en su espacio mientras el resplandor del exterior los envolvía en una mentira que ambos estaban dispuestos a creer hasta que saliera el sol.
Sin embargo, en el momento que los dedos de Taehyung se posaron en su clavícula, trazando una línea invisible sobre esta, Jungkook se endureció. De nuevo.
—Que yo sepa el alcohol no te hace usar los dedos como experto –soltó Taehyung, con una voz afilada y cargada de maldad—. Siéndote sincero, te encontré más vivo que nunca, así que no cumples a nadie más que a ti mismo. No seas tan cobarde. Me jode que seas tan cobarde.
Jungkook sintió palpitar una de sus venas cercanas al ojo, a punto de explotar. Quiso soltar una negativa, alguna excusa barata sobre la testosterona o el forzoso encierro que tuvieron que enfrentar, pero las palabras se le enredaron en la lengua cuando Taehyung, con una lentitud que parecía hecha a propósito para desquiciarlo, se sentó a horcajadas sobre sus muslos una vez más. Sus manos quedaron suspendidas en el aire por un segundo, torpes, sin saber si empujarlo, agarrarlo o simplemente esconderlas para no delatar su temblor. Pero, por primera vez en toda la noche, la idea de quitárselo de encima ni siquiera cruzó por su mente.
Taehyung llevó sus manos hacia su frente, apartando las hebras de cabello azabache, húmedas por el sudor, hacia los costados. Luego, bajó las palmas hasta acunar las mejillas de Jungkook. El contacto fue devastador. Jungkook sintió que el esqueleto de su masculinidad, ese que ya ni capas musculares tenía, empezaba a derretirse bajo el tacto, mientras sus pensamientos se volvían un caos incontrolable. Intentó concentrarse en cualquier otra cosa; en el ruido del televisor, en el olor a tabaco, incluso en el viento de afuera golpeteando los cristales.
Pero sus sentidos lo traicionaron, devolviéndole la imagen de las manos de Taehyung. Eran exageradamente duales. Manos de hombre, grandes y con las venas marcadas por el esfuerzo, sin embargo, la piel era suave, y podía sentir el cuidado de estas hundirse como si fueran telas de seda. Las joyas de plata y piedras que Taehyung llevaba —las mismas que Jungkook siempre había tachado de vulgares y excesivas— ahora brillaban bajo la luz azulada de la sala, adquiriendo un aura irreal que lo sumió tanto en el análisis de ese contraste que no vio venir el ataque.
Taehyung se inclinó, y capturó sus labios.
No fue como el beso de antes. Fue un beso suave, lento, uno que casi no se sentía. Taehyung cerró los ojos y movió sus labios con una paciencia que Jungkook encontró insoportablemente acogedora. Al principio, se quedó como una estatua, con los ojos abiertos y el corazón martilleando contra sus costillas, resistiendo el impulso de ceder. Pero la suavidad era demasiado que, sin más opción, lo hizo. Sus manos, antes perdidas, bajaron con lentitud hasta la cintura de Taehyung, donde las yemas de sus dedos empezaron a acariciar la piel con un sosiego que no sabía que tenía hasta ahora.
Finalmente, cerró los ojos, y correspondió. Se sumergió en el beso, dejando que la calma lo envolviera mientras su mente, en un último y desesperado intento de protegerse, seguía repitiéndose la misma mentira que ya ni él mismo se la creía.
"Solo por hoy, y mañana volveré a ser quien soy".
¡Gracias por leer!
Esto lo hago por cariño y diversión, por lo que cualquier sugerencia será tomada en cuenta; si quieres leer algo en específico, así sea cliché o atípico, escríbelo por aquí o en la bandejita de mi perfil.
¿Te gustó? Déjamelo saber con tu voto. 💗
También estoy en Wattpad como nenkoma.
𝜗ৎ ── ɴᴇɴᴋᴏᴍᴀ


