Prólogo
Me tenía tan harto soportar las tonterías de mi novio. Esteban, ese día, en ese mismo momento y sin saberlo, estaba a punto de cruzar el límite de mi paciencia.
Los últimos dos años, se había controvertido en un constante tire y jala. Esteban era más y más celoso cada vez. Todo lo convertía en un problema, de la nada se imaginaba cosas y eso era todo lo que necesitaba, para usar lo que mejor se le daba, los reclamos.
y esa noche se podía sentir que estábamos a nada de alcanzar un punto de no retorno.
Un mes antes de las vacaciones de verano de 1989. Mi flamante novio me llevó a un bar que solíamos frecuentar. Esta vez, sin embargo, había una ocasión especial para celebrar: mi cumpleaños.
Esteban había insistido durante meses en organizar una reunión, prometiendo que sería una noche i-nol-vi-da-ble.
“Ya vas a ver el farrón que armo, la vamos a pasar bomba”, me decía entusiasmado.
Aunque al principio no me convencía del todo, mientras más se acercaba el momento, más emocionado estaba yo. Era la primera vez que alguien, además de mi familia, hacía algo así por mí y, por supuesto, flotaba entre algodones.
La noche ya estaba bien oscura y movida. Ni bien bajamos del taxi, la música retumbaba con energía. Dentro del bar tuvieron el bonito detalle de recibirme con la canción de “Feliz cumpleaños” a todo volumen, tanto que casi ni se distinguía la voz de mis 15 amigos que coreaban a la par.
Esteban y yo íbamos agarrados de la mano, hasta el reservado cerca del balcón, decorado con globos plateados nada discretos que anunciaban ‘18’. Sobre la mesa, una torta pequeña, con servilletas y vasos
Mi amigo Damián fue de los primeros en acercarse. Sus brazos me rodearon por la espalda, levantándome ligeramente del suelo todo brusco como solo él sabe ser. Me dio una vuelta rápida, y luego me dejó caer de nuevo sobre mis pies, sonreía ampliamente porque él siempre hacía alarde de que aunque yo soy más alto, él era mas fuerte.
—¡Eh, Martín! ¡Feliz cumpleaños, compadrito! ¿Y ahora qué vamos a hacer con el gran señor? —dijo, arrastrándome un poco hacia él.
Después de una rápida conversación nada fructuosa sobre cómo mi abuela me daría las cuentas de la casa, ya que al fin era adulto, en cuanto vio una falda cortita se olvidó de mí por completo.
Lo conocía desde la escuela y siempre era el mismo cuento. Aunque es tres meses menor que yo, se comporta como si me llevara décadas de ventaja.
A medida que la noche avanzaba, fui entrando en calor, me movía por el bar, saludando y dejándome llevar por el ambiente. La música vibraba, haciendo que mi cuerpo se moviera sin pensarlo. En medio de esa euforia, levanté mi vaso sobre la multitud y grité: “¡Por nosotros!“. Para mi sorpresa, todos me siguieron, chocando sus vasos. Y me di cuenta de lo bien que me sentía en ese instante, tan liberador.
Agarré a mi novio por la muñeca, arrastrándolo junto a mí. Con sus manos en mi cintura, y las mías en sus hombros. Empezamos a bailar despacio, aunque la música iba rápido.
—¿Estás disfrutando? —preguntó Esteban, inclinándose para que su voz fluyera sobre la música.
—¿Bromeas? —respondí, sonriendo de oreja a oreja—. Es la mejor fiesta de cumpleaños que he tenido nunca.
Su rostro se iluminó orgulloso y me atrajo mas hacia él apoyando mi frente contra la suya.
—Gracias por esto, amor —dije, mi voz apenas un susurro, pero sabía que me escuchaba.
—No tienes que agradecerme. Es tu día, corazón —contestó.
Y movido por toda esa emoción busqué su boca y lo besé despacio, reconociendo la suavidad de sus labios que se sintió como en nuestros tiempos de gloria. Desgraciadamente me había olvidado cuanto me gustaba esa sensación.
Nos abandonamos ahí mismo al deleite de nuestro mundo personal. Sin embargo, el vibrato de una risa familiar me sacó de nuestro aislamiento. Y antes de darme cuenta, Andrés apareció, llegando tarde como de costumbre. Mi amigo me saludó agarrándome fuerte y palmeando mi espalda. Reí, dejándome llevar y, sin pensarlo demasiado, solté a Esteban.
—¡Tardón! Casi casi vienes mañana, hombre —exclamé contento, mientras le daba un fuerte abrazo.
—¡Nah! Tenía que hacer mi gran entrada, Martín. Lo bueno se hace esperar —respondió Andrés, guiñándome el ojo—. Feliz cumpleaños... ¿Y qué tal la fiesta, hermano? ¿Mucha hembrita, o qué?
Le rodé los ojos, contemplando cómo Andrés volteaba a su alrededor, fingiendo buscar como tigre a su presa.
—Pues, por si no te has enterado, soy gay —le respondí, haciendo énfasis cómplice en “gay”—, aunque... seguro te encuentras prospectos por ahí, o al menos a Damián que anda buscando también. —Hice un gesto despreocupado con la mano, mientras íbamos para la barra
— Aquí tienes, hermano —me entregó una cerveza. Y fue entonces cuando un chico alto de cabello oscuro se acercó un poco tímido a él.
—Ay, él es Marco, mi primo, llegó ayer de la sierra, a pasar las vacaciones conmigo. No te molesta que haya venido, ¿verdad?
—Hola. No, claro que no... Soy Martín —le extendí la mano y, burlón, agregué—: Con este payaso, seguro vas a tener mucho para hacer en las vacaciones.
Marco se veía bastante pálido, y eso es mucho decir porque yo mismo soy bastante descolorido, pero él parecía hasta un poco gris, además de distraído y bueno ser el nuevo en un grupo tan compacto, supongo que tampoco ayudaba...
—¿Quieres? —Andres, levantó un cigarro en su mano con una cara de pícaro travieso que reconocí. Tan bien lo conocía yo que sabía que eso no era un cigarro cualquiera. Y aunque no tenía intención de fumarlo, de todos modos me planté con ellos en la terraza a fumar.
Mientas más efecto le hacía la marihuana, Andrés se ponía más chistosito
—Ay, Martincito —dijo, mientras fingía secarse el llanto—. Ya eres todo un hombre. hasta cuatro pelos en la barba tienes —. Se echó a reír a carcajadas, el muy descarado. Y, para rematar, me pellizcó la mejilla, como si fuera un niño.
El primo Marco, que empezó apartado y silencioso, no dejaba de disfrutar las tonterías del grupo y, afortunadamente, poco a poco se volvió más natural y suelto. En un momento, de tanta risa, empecé a ahogarme porque la cerveza se me fue por la nariz y Marco puso su mano en mi hombro, dándome palmaditas.
Pero esa sencilla acción me erizó, y no del buen modo. Busqué entre la multitud y, para mi desgracia, Esteban, sentado en nuestro reservado, me examinaba con una expresión de muy pocas pulgas. Su rostro estaba rígido y sus manos se cerraban, apretando el mentón. Sin decir una palabra, sus ojos me hablaron y de un tirón me enderecé.
—Carajo…—. Me tildó el apuro detrás de las orejas; yo conocía bien los impulsos de mi querido Esteban. Sin decir mucho, caminé dentro del bar, intentando evitar que la situación se saliera de control, como otras veces.
Pero Andrés, con un gesto exagerado, me bloqueó el paso extendiendo los brazos.
—¿Adónde, tan rápido, Martincito? ¿Qué pasa, me vas a abandonar ahora? —soltó Andrés juguetón.
Lo miré un segundo, entendiendo lo que había detrás de su afán en detenerme.
—No, tranquilo, ya vuelvo —respondí.
—¡Vamos, hombre! Una cervecita y ya —insistió Andrés, sujetándome por los hombros. Pero me quité su mano con suavidad.
—Te prometo que regreso —le susurré, y sin mirar atrás, seguí hacia la mesa donde Esteban me esperaba.
Respiré hondo, tratando de convencerme de que tal vez exageraba, que no estaba pasando nada, aunque mientras más me acercaba, más seguro estaba de que Esteban no estaba ni poquito feliz. cuando estuve junto a él, le sonreí tiernamente y rodeé su cuello con los brazos, intentando leer alguna señal de tranquilidad.
Pero mi instinto gritaba en silencio, advirtiéndome.
Esteban, por supuesto, intentó disimular, pero su rostro lo delató. Desvió la mirada y apretó los labios en una línea dura, mordiéndose la mejilla. Su silencio decía más que cualquier palabra.
—¿Estás bien? —Pregunté, poniendo mi mejor cara de inocente.
—Sí, claro —respondió Esteban rápidamente, pero luego añadió—. ¿Te divertiste con tu nuevo mejor amigo?
Lanzó la pregunta como quien lanza un anzuelo, mientras se servía otro trago. Yo fruncí el ceño, sorprendido, la claridad de los celos ya se me hacían agua de rio. De pronto sentí un picor en mi nuca y punzada de culpa no muy clara me incomodó.
Cuando seguí su mirada que estaba fija en Marco, sentí un escalofrío recorrerme.
—¿Marco? Es el primo de Andrés, solo pasábamos el rato —expresé, intentando mantener la calma en mi voz, aunque por dentro mi corazón latía desbocado. Fijé la mirada en el hielo que giraba en su vaso, como si el sonido pudiera distraerme y hacer que nada pasara.
—Parecía muy interesado en ti —soltó Esteban, con esa sonrisa torcida que siempre usaba cuando disfrazaba su veneno de broma.
Ahí estaba el reproche, tan familiar que ni siquiera dolía por la sorpresa, solo por lo repetido. Un zumbido pasó por mis oídos, y su comentario se quedó flotando en un tenso aire.
—Solo lo digo porque parecía que te estabas divirtiendo mucho con él... más que conmigo, al menos. — y así nada más la alegría de la noche se me atascó en la garganta, junto con la comprensión de lo que pasaba por su cabeza.
Suspiré, atrapado entre la sensación de haber hecho algo mal y la rabia muda de no entender bien qué, pero solo pude encoger los hombros, tragándome la incomodidad que Esteban estaba creando.
Decidido a no fastidiarle la noche a nadie, forcé mi mejor sonrisa tierna, esa que normalmente abría cualquier puerta. Tomé su mano con calma, jugando con sus dedos, y lo miré a los ojos, tratando de tranquilizar al animal que sabía que ya estaba despierto dentro.
—Esteban, estoy aquí contigo… Es mi cumpleaños y estoy feliz porque lo estamos compartiendo juntos. No tienes que preocuparte por nadie más.
Le acaricié el rostro que, aunque seguía tenso, me dio la impresión de estar procesando mis palabras. Y justo cuando pensaba que tal vez la tormenta no llegaría, el destino decidió intervenir. Marco apareció en mi campo de visión, cruzó una mirada conmigo y sonrió sin preocupaciones mientras conversaba con alguien. Fue todo lo que Esteban necesitó para desatarse.
Su mano se soltó de la mía con brusquedad, y antes de poder hacer nada, ya había cruzado la distancia hacia Marcos. Ni tiempo tuve de gritar su nombre cuando vi cómo alzó el puño y le dio un golpe al chico.
—¡¿Qué haces?! —exclamé con horror, mi voz ahogada por la música y los murmullos sorprendidos que nos rodeaban.
Salí corriendo a darle alcance, pero ya era tarde. Esteban lanzaba puñetazos uno tras otro, mientras Marco, con las manos levantadas, trataba de esquivar cada golpe como podía.
La música se detuvo de golpe, haciendo que el silencio fuera aún más pesado. En cuestión de nada todo un caos total, yo trataba de apartarlo jalando por la camisa, pero él estaba ciego de ira. La gente comenzó a apartarse, levantándose de las mesas con nerviosismo, claramente esperando que no les cayera un golpe por casualidad.
—¡Suficiente! ¿Qué carajos te pasa? —grité, empujándolo para intentar separarlo de Marco, que yacía en el suelo, cubriéndose el rostro.
Todos los ojos y oídos se centraron en nosotros; los murmullos a nuestro alrededor se mezclaban con el sonido de vasos rompiéndose.
—¡¿Qué me pasa?! ¡¿En serio lo dices?! ¡Este cabrón te está coqueteando! ¡En mis putas narices! —me enfrentó, furioso.
—¿Qué? ¡Eso no es cierto! —traté de razonar, pero yo solo tenía ganas de darle un buen golpe, a ver si se le quitaba la pendejada.
Nuestros amigos, voltearon hacia nosotros y Andrés corrió hacia su primo protegiéndolo. No fue hasta que llegó el guarda de la puerta, que medía como dos metros, que logró mantenerlo quieto...
—¡No hice nada, te lo juro! No sé qué pasa… —habló el pobre Marco con sangre corriéndole por la orilla de la boca, pálido por la impresión de que mi maravilloso novio estuviera agarrándolo a puños.
—¡¿No sabes?! ¡¿Me tomas por pendejo?! ¡Vi cómo lo mirabas, hijo de puta! —le gritó a Marco.
—¡Te vas a la mierda! ¡No toques a mi primo! —ordenó Andrés, empuñando las manos.
Fue entonces que verlo tan fuera de control, me forzó a enfrentar una verdad que había estado evitando por mucho tiempo. La rabia, sin previo aviso, se apoderó de mí; algo hizo clic y me detuve. Hablé con la voz más tranquila y firme que encontré:
—¡Esto se acabó, Esteban!