La Quiero Para Mi by Ayelen at Inkitt
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LA QUIERO PARA MI

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Summary

Dos mujeres poderosas Una empresaria y una mafiosa Lo que empez贸 como una curiosidad se convirti贸 en una gran obsesi贸n. Una historia de amor, poder... y obsesi贸n. 馃敟 Historia Gip

Genre
Erotica/Lgbtq
Author
Ayelen
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cap铆tulo 1: Cuando no me miraste

POV DIANA HARTWELL

Me llamo Diana Hartwell.

Tengo veintinueve a帽os, una fortuna que no s茅 contar sin aburrirme y un apellido que abre puertas incluso cuando no quiero que se abran.

Crec铆 rodeada de poder. Aprend铆 pronto que el dinero no compra todo, pero s铆 compra silencio, lealtades temporales y la ilusi贸n de control. Soy heredera de una de las familias m谩s influyentes de Nueva York, empresaria por vocaci贸n y por herencia - due帽a de clubes, hoteles, casinos y medio mapa nocturno de esta ciudad que nunca duerme... porque no puede permit铆rselo.

Me gusta ser el centro.

No lo disimulo. No lo niego.

Me gusta que me miren, que me deseen, que intenten descifrarme. Dicen que soy vanidosa, engre铆da, peligrosa para los corazones ajenos. Rompecorazones, me llaman. Yo prefiero pensar que soy honesta: no prometo nada que no voy a cumplir. No me comprometo. No me ato. Mi libertad es lo 煤nico que no negocio.

La noche es mi terreno. Las copas, las risas f谩ciles, las aventuras que duran lo que tiene que durar. Una noche. A veces dos. Nunca m谩s.

Eso era suficiente.

Hasta hoy.

El evento es una gala empresarial m谩s. Trajes de seda que cuestan m谩s que un coche, vestidos con cristales que brillan como estrellas muertas, sonrisas ensayadas y conversaciones que huelen a ambici贸n fermentada.

Entro al sal贸n con un vestido negro simple - demasiado simple para lo que esperan de m铆... y justamente por eso funciona. Se ajusta donde tiene que ajustarse, deja a la imaginaci贸n hacer su trabajo. El perfume de jazm铆n y 谩mbar que uso desde que tengo veinte a帽os se propaga a mi paso, dejando una estela que hace que la gente gire la cabeza.

Siento las miradas antes de verlas. Siempre es as铆.

-Diana, querida -dice Marcus Reynolds, uno de esos hombres que creen que el poder se hereda por 贸smosis, con la voz cargada de una reverencia que me hace sonre铆r-. Est谩s deslumbrante.

-Lo s茅 -respondo, extendiendo la mano para que la bese, sintiendo c贸mo su pulgar tiembla contra mi piel-. Pero gracias por confirmarlo.

脡l r铆e con una voz hueca. Yo tomo una copa de champagne fr铆o, sintiendo el cristal helado contra mis dedos pintados de rojo oscuro. Todo normal. Todo bajo control. La gala sigue su curso, la m煤sica de piano se pierde en el aire cargado de dinero y hipocres铆a.

Hasta que todo cambia.

Algo entra al sal贸n y el aire mismo se dobla a su voluntad.

La veo.

Alta. Traje negro impecable, tejido como si estuviera hecho de sombras y acero. Guantes negros de cuero que cubren sus manos hasta los codos. El cabello oscuro cay茅ndole lacio por la espalda como una advertencia escrita en silencio. No sonr铆e. No busca atenci贸n. No necesita hacerlo. Su sola presencia impone una distancia invisible, un c铆rculo de respeto... o de miedo.

Hay mujeres hermosas. Hay mujeres que intimidan. Ella es ambas a la vez.

Intento analizarla con la misma frialdad con la que estudio un contrato o eval煤o una amenaza. Pero algo no encaja. Porque cuando mis ojos se cruzan con los suyos - azules como el hielo 谩rtico, vac铆os de cualquier cosa que se parezca a la calidez - no siento curiosidad.

Siento rechazo... y un deseo tan profundo que me hace estremecer hasta los huesos.

Y entonces pasa lo imperdonable.

Me ignora.

No de forma torpe. No con desd茅n evidente. Simplemente... no me registra. Como si yo fuera una planta m谩s en la esquina. Como si mi presencia, mi nombre, mi fortuna no merecieran ni medio segundo de su atenci贸n.

Eso me atraviesa el orgullo como un cuchillo afilado y lento. Siento c贸mo la sangre hierve en mis venas, c贸mo mi mand铆bula se tensa hasta sentir dolor.

-驴Qui茅n es ella? -pregunto sin apartar la mirada, notando c贸mo mi voz suena m谩s 谩spera de lo normal.

-驴Ella? -dice Lena Moretti, socia y amiga, siguiendo la direcci贸n de mis ojos con una expresi贸n de preocupaci贸n-. No lo s茅. Reci茅n lleg贸. Empresaria, creo. Europea. Se dice que tiene bancos en medio de Europa.

Empresaria. Claro.

La observo moverse por el sal贸n con una calma peligrosa. Habla poco, apenas abre la boca, pero cuando lo hace los hombres que la rodean se inclinan hacia ella como plantas buscando la luz. Controla el espacio sin tocar nada. Uno de ellos se pasa la mano por el cuello cada vez que ella habla, como si temiera que en cualquier momento alguien le apretara la garganta.

Y yo, que siempre tengo el control de todo a mi alrededor, me descubro pensando en una desconocida, una mujer misteriosa que ni siquiera sabe que existo.

Me digo que es solo ego herido.

Mentira.

Es obsesi贸n naciendo en mi interior como un fuego que no puedo apagar.

Por primera vez, alguien no me quiere.

Y por alguna raz贸n retorcida... eso hace que la quiera con una fuerza que me asusta a m铆 misma.

No s茅 su nombre.

No s茅 qui茅n es realmente.

Pero lo s茅 todo al mismo tiempo.

Esta mujer va a cambiar mi vida.

Y no tengo intenci贸n de dejar que eso pase sin pelear.

Porque a m铆 nadie me ignora.

Y nadie se va de mi mundo sin que yo lo permita.

POV NATASHA VOLKOVA

Nueva York siempre pretende impresionarme.

Luces que ciegan, rascacielos que se creen dioses, exceso en cada puta esquina. Como si el ruido pudiera tapar lo que realmente importa: qui茅n manda y qui茅n obedece. Aqu铆 todos creen que son due帽os del mundo... hasta que alguien les recuerda que el poder se toma con las manos sucias.

Entro a la gala con el mismo traje negro que uso para reuniones donde se firman acuerdos y se deciden muertes. Guantes negros de cuero que cubren mis manos hasta los codos - mi padre me ense帽贸 esto cuando descubrieron que nac铆 diferente. "As铆 nadie tocar谩 lo que te hace especial, Natasha. As铆 nadie sabr谩 si eres hombre o mujer cuando te agarren de la mano". Corte impecable. Nada fuera de lugar. La imagen perfecta de la empresaria que todos creen conocer.

Si supieran que este cuerpo que ven - alto, con hombros anchos y caderas que dejan perplejos a los tontos - es el mismo que mi padre quer铆a "corregir" cuando era ni帽a. "Eres intersexual, hija. Eso te hace d茅bil si no aprendes a usarlo como arma". Me golpeaba hasta que entendiera que mi diferencia no era un defecto, era una forma de confundir a los enemigos. De hacerlos dudar antes de atacar.

No hablo mucho. No lo necesito. Escucho, observo, memorizo cada palabra que se dice en voz baja. Este tipo de eventos son 煤tiles, aunque los odio con toda mi alma. Los egos se inflan como globos llenos de mierda, las lenguas se aflojan con el alcohol y los idiotas dejan caer secretos como ni帽os dejan caer juguetes. Mi padre dec铆a que los hombres poderosos hablan demasiado cuando creen que est谩n a salvo. Y ten铆a raz贸n. Por eso ahora est谩 enterrado en un cementerio de Mosc煤, con la cabeza destrozada por un bate de b茅isbol. Y por eso yo estoy ac谩 - para encontrar a los que lo hicieron y hacerles pagar con sangre y dolor.

Siento una mirada antes de verla.

No es la t铆pica mirada de mujer que quiere besarme hasta olvidarse de su nombre. No es la de hombre que se pregunta si puede "dominarme".

Es segura. Decidida. Como si supiera exactamente lo que quiere y cree que puede tomarlo.

Eso me molesta hasta los huesos.

Levanto la vista apenas, lo justo para no perder el control. Rubia. Vestido negro que le queda como piel, sin adornos - sabe que su cuerpo ya es suficiente para hacer perder la cabeza a cualquiera. Confianza que no se aprende en escuelas de negocios, se hereda o se roba con fuerza bruta. Parece que est谩 acostumbrada a que la miren, a que el mundo se doble a sus pies cuando entra a una habitaci贸n.

Una reina en su territorio.

Interesante...

pero irrelevante.

Vuelvo a lo m铆o. A Alessandro Conti, banquero italiano con manos que tiemblan cada vez que menciono los n煤meros de lavar dinero y una sonrisa falsa que se desvanece cuando miro directamente a sus ojos.

-Nueva York le sienta bien, Volkova -dice, moviendo su copa como si el cristal pudiera detener mis pu帽os-. Se rumorea que piensa quedarse.

-Los rumores existen para entretener a los que no tienen los cojones de preguntar lo que realmente les preocupa -respondo, mi voz baja y rasposa, como si llevara a帽os sin usarla para nada m谩s que dar 贸rdenes.

Sonr铆e inc贸modo, pas谩ndose la mano por la corbata como si le estuviera apretando la garganta. Anoto mentalmente: d茅bil. F谩cil de romper.

Y entonces pasa algo que no deber铆a pasar.

Sigo sintiendo esa mirada en mi piel. Como una quemadura de cigarrillo que no se va.

No es curiosidad. No es admiraci贸n.

Es expectativa. Como si estuviera esperando que yo le d茅 el lugar que cree merecer. Como si pensara que puede ganarme en este juego.

Eso s铆 logra que vuelva a mirarla. Esta vez de frente, sin disimular nada. Ojos verdes como el bosque despu茅s de la lluvia, pero con un brillo oscuro que revela que no es tan tonta como las dem谩s. No baja la mirada cuando la sostengo. Tampoco sonr铆e para ganarme. Me eval煤a. Mide mi altura, mi postura, mi forma de moverme - como si pudiera adivinar que bajo este traje llevo cicatrices de cuando mi padre me entren贸 a pelear, a resistir el dolor, a no llorar aunque me rompiera un hueso.

Ah铆 est谩 el error.

No me gusta que me midan. Menos a煤n cuando creen que pueden entender lo que soy. Mi padre me ense帽贸 que mi cuerpo es una fortaleza, no una puerta. Que mi intersexualidad es una forma de tener ventaja - puedo ser lo que necesito ser en cada momento. Hombre cuando hay que mandar con fuerza. Mujer cuando hay que enga帽ar con dulzura. Ninguna de las dos cuando hay que matar.

Decido ignorarla. A prop贸sito. No como un juego. Como una advertencia. Nada distrae mis objetivos. Nadie. Mi padre muri贸 porque se dej贸 distraer por una mujer que le hizo creer que pod铆a ser feliz. Yo no repetir茅 ese error. He matado a mujeres que me han querido, a hombres que me han temido - nadie se interpone en mi camino.

Pero mi cuerpo registra lo que mi mente rechaza con todas sus fuerzas.

Su postura erguida. Su seguridad absoluta en su propio poder. Su evidente molestia al no ser el centro de mi mundo - algo que probablemente nunca le haya pasado. Me acuerdo de cuando era ni帽a y me miraban con l谩stima o con miedo. Nadie me miraba as铆 - como si fuera un desaf铆o en lugar de una aberraci贸n.

Hay mujeres que desean ser vistas. Otras desean ser elegidas.

Ella quiere ambas cosas. Y cree que las va a conseguir.

-驴La conoces? -pregunta Irina, a mi lado, sin disimular su inter茅s. Sab铆a que me gustan las mujeres, pero no sabe que solo las uso para olvidarme de lo que soy.

-No -respondo, volvi茅ndome a Alessandro como si nada hubiera pasado-. Y no importa.

Mentira.

Importa porque no me mira como las dem谩s. No ve un monstruo disfrazado de empresaria. No ve una rareza que hay que mirar desde lejos. Hay desaf铆o en esos ojos verdes. Y algo m谩s peligroso: un inter茅s que no pide permiso, que no se intimida con mi mirada fr铆a.

Reconozco ese fuego. Es el mismo que yo ten铆a cuando era joven, antes de que mi padre me rompiera el coraz贸n para que nunca m谩s pudiera dolerme. Me dijo que el amor era la peor de las debilidades. Que mi cuerpo, mi diferencia, me har铆a presa f谩cil si no aprend铆a a dominar mis deseos antes de sentirlos. Me ense帽贸 a tomar lo que quer铆a, a usar a quien fuera necesario, a desechar a los que ya no serv铆an. Y funcion贸. No necesito a nadie. No quiero a nadie.

Las mujeres pasan por mi vida como herramientas. Las tomo cuando las necesito - algunas me buscan por mi poder, otras por mi cuerpo, todas se van cuando descubren lo que hay dentro de m铆. Nunca prometo nada. Nunca me quedo m谩s de lo necesario.

Pero esta rubia...

no quiere ser tomada.

Quiere cazar.

Eso me arranca una sonrisa m铆nima, interna. Fr铆a como el hielo del lago donde mi padre me met铆a hasta el cuello para ense帽arme a soportar el dolor.

No me acerco. No hoy. Dejo que su frustraci贸n crezca como una planta venenosa. Que se pregunte qui茅n soy. Que le moleste no saber si soy hombre o mujer cuando me miro de perfil. La curiosidad es una forma exquisita de tortura - la mejor arma para dominar a alguien.

Cuando me giro para irme, siento su atenci贸n clavada en mi espalda como una bala lista para dispararse.

No la miro. No le doy ese premio. A煤n.

Esta noche no la quiero. No la necesito. Mi 煤nico objetivo es encontrar a los responsables de la muerte de mi padre y hacerles pagar con la misma moneda que usaron con 茅l.

Pero algo es seguro.

Si vuelve a cruzarse en mi camino...

no va a ser ella la que decida c贸mo termina esto.

Yo soy la que manda. Siempre. Y si tiene que aprenderlo con las manos de mi padre - duras, crueles, justas - entonces que aprenda bien.


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