Capitulo 1
En el gran salón del palacio de Eldrathar, bajo candelabros de cristal que flotaban por magia antigua, se celebraba el banquete anual de la victoria. Las mesas rebosaban de carnes asadas, vinos especiados y frutas exóticas traídas de tierras conquistadas. Entre los nobles humanos, los mercaderes ricos y los generales condecorados, se movía con gracia felina Lirael Vaeloria, una elfa de cabello plateado como la luna llena.
Lirael había aprendido el idioma humano con la misma precisión con que un cazador afila su daga. Su pueblo, los altos elfos de las antiguas arboledas, había sido doblegado generaciones atrás; ahora eran ciudadanos de segunda, sirvientes, cortesanas o soldados prescindibles. Pero ella no aceptaba ese destino. Su belleza era un arma: pechos generosos que desafiaban la gravedad, caderas anchas que ondulaban con cada paso, piel pálida casi luminosa y aquellos ojos violeta que parecían contener tormentas. Sobre su costado izquierdo descendía un tatuaje élfico negro, un glifo de protección y deseo entrelazados, que serpenteaba desde la curva de su seno hasta perderse en la ingle.
Su objetivo era claro: el rey. Convertirse en consorte real significaría salir de las calles frías, de los burdeles disfrazados de tabernas, de la constante humillación. Se había vestido —o mejor dicho, desvestido— para la ocasión: una tela translúcida de seda plateada que apenas cubría sus pezones endurecidos y dejaba al descubierto la mayor parte de su cuerpo, el tatuaje perfectamente visible como una promesa obscena.
Sin embargo, no fue el rey quien la vio primero.
El príncipe Kael Draven, general de las legiones invictas, acababa de entrar al salón. Su cabello rojo sangre caía en mechones salvajes sobre los hombros cubiertos por una capa carmesí manchada de batallas recientes. Sus ojos, del color exacto de la sangre fresca, recorrieron la sala con desdén hasta que se detuvieron en ella. Los rumores corrían como veneno: decían que su madre había sido una diosa de la guerra encarnada, que por eso la sangre no se secaba nunca en sus manos, que en el fragor de la batalla reía mientras partía cráneos. Nadie lo confirmaba, pero nadie se atrevía a negarlo cuando lo veían luchar.
Kael cruzó el salón sin prisa, ignorando las reverencias y los susurros. Se detuvo frente a Lirael, tan cerca que ella pudo oler el cuero, el acero y el leve aroma metálico de sangre seca que siempre lo acompañaba.
—Bailarás para mí esta noche —dijo con voz grave, sin pedir permiso—. En mis aposentos. Privado.
No era una invitación. Era una orden envuelta en deseo.
Lirael sintió un escalofrío recorrerle la columna, pero sonrió con lentitud, dejando que sus labios carnosos se curvaran.
—Como ordene mi príncipe.
Lo siguió por pasillos iluminados por antorchas azules, el sonido de sus pasos descalzos contrastando con las botas pesadas de él. Al entrar en la recámara real, las puertas se cerraron con un golpe sordo. Velas flotantes se encendieron solas, bañando todo en luz dorada. Una enorme cama con dosel dominaba el centro, cubierta de pieles negras.
—Baila —ordenó Kael, sentándose en un sillón tallado como un trono, las piernas abiertas, la mirada fija en sus caderas.
Lirael comenzó a moverse. Primero lento, dejando que la tela fina se deslizara por sus hombros, revelando por completo sus pechos plenos, los pezones rosados ya duros por la anticipación y el frío. Giró, arqueando la espalda, haciendo que su cabello plateado ondeara como un río de mercurio. Sus caderas trazaron círculos amplios, sensuales, el tatuaje negro moviéndose con cada ondulación como si estuviera vivo.
Kael no apartaba la vista. Sus manos se cerraron en los reposabrazos, los nudillos blancos.
—Acércate —gruñó.
Ella obedeció, deteniéndose a un paso de él. Kael extendió una mano y trazó con los dedos el contorno del tatuaje, desde el seno hasta la cadera, bajando peligrosamente cerca de su sexo ya húmedo. Lirael jadeó cuando él apretó, posesivo.
—Quítate eso —dijo, señalando la última tela que cubría su intimidad.
Ella dejó caer la seda al suelo, quedando completamente desnuda ante él. Kael se levantó como un depredador, la tomó por la cintura y la empujó contra la pared de piedra fría. Sus bocas chocaron en un beso feroz, dientes y lengua, mientras sus manos grandes amasaban sus pechos, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir.
La giró de cara a la pared, le separó las piernas con la rodilla. Lirael apoyó las palmas en la piedra, arqueando la espalda, ofreciéndose. Sintió cómo él se desabrochaba el cinturón con urgencia, el sonido del metal y el cuero cayendo al suelo. Luego, la punta caliente y gruesa de su miembro rozó su entrada, resbaladiza de deseo.
—Dime que lo quieres —exigió Kael, su aliento ardiente contra su oreja puntiaguda.
—Te quiero dentro… por favor… —susurró ella, temblando.
Él empujó de una sola embestida profunda, llenándola hasta el fondo. Lirael gritó de placer y sorpresa, sus paredes internas apretándose alrededor de su grosor. Kael no esperó: comenzó a moverse con fuerza, cada golpe sacudiéndola contra la pared, sus caderas chocando contra las de ella con un ritmo brutal y perfecto.
Sus manos subieron a sus pechos, apretándolos mientras la follaba sin piedad. Bajó una mano para frotar su clítoris hinchado en círculos rápidos, arrancándole gemidos cada vez más altos. El tatuaje parecía arder bajo sus dedos.
—Eres mía esta noche —gruñó contra su cuello, mordiendo la piel sensible—. Y mañana… y todas las noches que yo quiera.
Lirael solo pudo asentir, perdida en las sensaciones: el grosor que la abría, el roce constante en su punto más sensible, el calor de su cuerpo contra su espalda. El orgasmo la alcanzó como una ola, sus piernas temblaron, su sexo se contrajo alrededor de él en espasmos violentos. Kael rugió, embistiendo más profundo, más rápido, hasta que se derramó dentro de ella con un gemido gutural, llenándola de calor pulsante.
Se quedaron así unos segundos, jadeantes, pegados contra la pared. Luego él la levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó a la cama, arrojándola sobre las pieles.
—Aún no hemos terminado, elfa —dijo con una sonrisa peligrosa, sus ojos rojos brillando—. Quiero ver cómo te corres en mi boca… y luego otra vez sobre mi polla.
Lirael, exhausta y todavía temblando de placer, sonrió con picardía.
—Entonces tómame, príncipe de sangre… hasta que no pueda caminar.
Y él lo hizo. Toda la noche.








