CAPÍTULO 0 — LA RUTINA

Seattle es una ciudad gris.
Edificios altos, calles húmedas y rostros cansados que caminaban rápido sin mirarse. La gente vivía atrapada entre horarios, semáforos y pantallas, repitiendo la misma rutina día tras día. Trabajar, volver a casa, dormir. Nada más.
El cielo permanecía casi siempre cubierto, como si la ciudad jamás terminara de despertar. El clima era frío, húmedo y pesado. Una constante sin esperanza.
En esa ciudad vivía Oden.
Tenía veintinueve años.
Era un joven delgado, de estatura promedio. Su rostro era común, fácil de olvidar, como el de tantas personas que pasan desapercibidas entre la multitud. Tenía la mirada cansada de alguien que dormía poco y una postura ligeramente encorvada, como si llevara años cargando algo invisible que nadie más podía ver.
Oden llegó a su apartamento después de otro día de trabajo. Abrió la puerta. Paredes agrietadas y despintadas, sin una sola foto ni adorno. Una mesa con una sola silla. Un sofá viejo hundido en el medio. Cerró la puerta y el silencio lo envolvió — tan profundo que solo se oía su propia respiración.
Hasta que los gritos de la chica de al lado llegaron desde el pasillo. Como cada noche.
Oden apretó los ojos, dejó la mochila en el suelo y no se movió durante unos segundos. Después caminó hasta la cocina como si no hubiera escuchado nada.
Trabajaba en una tienda de videojuegos. Cada mañana, al cruzar la puerta, lo recibían las mismas estanterías llenas de mundos que otros habían creado. Mundos que él solo podía tocar desde afuera.
Esa mañana, mientras organizaba los estantes, sostuvo una caja y la giró. En la parte trasera, en letra pequeña, estaban los créditos del estudio. Nombres de personas que habían construido ese mundo. Gente que había convertido sus ideas en algo real.
Su mente viajó sin permiso — una figura borrosa, como la de una mujer, y un niño corriendo hacia ella.
«¡Mamá, mamá! ¡Algún día crearé un videojuego!»
Aún sentía el calor de la mano de su madre acariciándole el cabello. Después de tantos años, ese recuerdo seguía siendo lo más cálido que tenía.
—¡Oden! ¿Qué haces ahí parado como un idiota? ¡Esos juegos no se van a ordenar solos! —la voz de su jefe le estalló en el oído y lo arrancó del recuerdo de golpe.
Oden parpadeó. Dejó la caja en el estante y volvió al trabajo sin decir nada. Como siempre.
El dueño de la tienda era un hombre amargado que había convertido humillar a Oden en la mejor parte de su día. Le gritaba, lo menospreciaba, lo trataba como si ocupara espacio que no le correspondía.
Un cliente se acercó al mostrador.
—Hola, ¿puedes ayudarme? ¿En qué orden debo empezar a jugar Aethelgard?
Oden se puso nervioso. Tragó saliva, tomó una bocanada de aire y abrió la boca.
—Hola, buenos días. Tienes que empezar por Aethelgard y el Bosque Oscuro, es el tercer juego en salir —las palabras le salían una detrás de otra, rápidas, seguras, como si alguien hubiera abierto una compuerta— pero si seguimos la historia cronológicamente, sería el primero. Después de ese vas con...
El jefe lo vio desde el otro lado de la tienda. Se acercó con esa sonrisa que ponía cuando había público.
Oden al verlo agachó la cabeza. La compuerta se cerró de golpe.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarlo? Disculpe al chico, no tiene mucho conocimiento del tema —dijo el jefe con una risa que parecía sacada de una caja de herramientas.
El cliente miró al jefe, luego miró a Oden, y volvió al jefe.
—No, el chico me respondió perfectamente. Muchas gracias, hasta luego.
Se fue sin comprar nada.
—No hay de qué, que tenga un buen día —respondió el jefe a la puerta que ya se cerraba. Después se giró hacia Oden. La sonrisa había desaparecido. Lo que quedaba debajo era peor.
Un rato después, Oden se puso a reorganizar los juegos de Aethelgard por sagas, pensando que así los clientes los encontrarían más fácil. Tenía sentido. Cualquiera que jugara sabría que por sagas era mejor.
—Vaya, vaya —la voz del jefe le llegó desde atrás, acercándose despacio como quien disfruta cada paso antes de llegar—. ¿Ahora eres el experto en merchandising?
Oden no respondió.
—Te pregunté algo.
—No, señor.
—Exacto. No lo eres. —El hombre se acercó hasta que Oden pudo olerle el aliento a café rancio y tabaco—. Así que cuando yo te digo que los ordenes cronológicamente, los ordenas cronológicamente. ¿Entendido?
Oden fijó la vista en una mancha de grasa en la alfombra. La miraba cada vez que su jefe le hablaba.
—Entendido.
—Perfecto. Ahora vuélvelos a poner como estaban. Y hazlo bien esta vez.
Oden los volvió a poner. Sabía que por sagas era mejor. Pero eso no importaba.
Cuando por fin terminó su turno, ya era de noche.
Al salir de la tienda, la lluvia comenzaba a caer. No era una tormenta, sino esa llovizna constante y fría de Seattle que parecía no terminar nunca, como si la ciudad misma estuviera sudando. Oden caminó bajo ella sin apurarse, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo.
Las luces de la calle se reflejaban en el asfalto mojado, estirándose como manchas de color ahogándose en la oscuridad.
Al llegar a la entrada del edificio, escuchó una voz.
—¡Suéltame! ¡Ayuda!
Era la misma chica de siempre. La que noche tras noche era golpeada por su marido. Los vecinos ya ni se asomaban.
—¿Qué miras, chico? —gruñó el hombre desde el pasillo. Con ese tono de borracho repulsivo que lo caracterizaba—. Sigue tu camino. Esto no te incumbe.
Oden no dijo nada.
Bajó la mirada, abrió la puerta y entró a su apartamento.
Esa noche, mientras cerraba la puerta con los gritos de la mujer aún resonando en el pasillo, Oden apoyó la frente contra la madera fría. Cerró los ojos. Se odiaba. Se odiaba por ser el tipo de persona que prefería mirar hacia otro lado por miedo antes de hacer lo correcto. Se odiaba porque sabía exactamente qué tipo de persona era, y no hacía nada para cambiarlo.
Empapado por la lluvia, dejó la chaqueta a un lado y se dio una ducha caliente. El agua caía sobre su cuerpo como si intentara borrar el día entero.
Después se preparó un sándwich sencillo — pan, jamón, queso, nada más — y se sentó frente a su ordenador. Encendió la pantalla e inició sesión en Aethelgard.
Aethelgard era el MMORPG más jugado del mundo. Millones de personas conectadas en un universo de magia, reinos y batallas épicas. Para la mayoría era un pasatiempo. Para Oden no era solo un juego.
Su personaje apareció en pantalla.
Clase: Necromante
Nivel: 93
Su postura encorvada se enderezó ligeramente, como si el peso sobre sus hombros se hubiera aligerado. Una mueca — casi una sonrisa — se dibujó en su rostro.
En ese mundo, no era invisible. Tenía poder. Tenía nombre.
El Oden que en la tienda temblaba al entregar el cambio, aquí sostenía un báculo que emanaba un poder gélido y absoluto. Sus túnicas de seda negra ondeaban con un viento que casi podía sentir en la piel. Aquel era el único momento de paz que tenía cada día. El instante en el que el mundo real dejaba de existir y él podía ser alguien diferente. Alguien que importaba.
Jugó casi toda la noche.
A la mañana siguiente, la alarma sonó.
De nuevo a trabajar.
Ese ciclo se repitió una y otra vez. Sin esperanza de que algo cambiara.
Una noche, al subir las escaleras, la vio sentada en un escalón fumando. Tenía el pelo suelto tapándole media cara. Oden pasó a su lado y la miró de reojo. La chica se llevó la mano a la mejilla para taparse los golpes, como si le diera vergüenza que alguien los viera.
Oden siguió caminando.
Hasta que otra noche, mientras subía las escaleras de su edificio, algo fue diferente.
—¡Ayúdame, por favor!
La chica apareció corriendo hacia él. Estaba llena de moretones, con sangre en el rostro y la ropa rota. Descalza. Detrás de ella venía su marido, un hombre grande y robusto que ocupaba todo el ancho del pasillo, caminaba segado por la ira. Se podía oler el alcohol en él a kilómetros de distancia.
—Sal del medio, niño —gruñó—. Esto no te incumbe.
—P-por favor... cálmese, señor —dijo Oden con voz temblorosa. Las palabras le salieron como si estuviera pidiendo permiso para decirlas.
El hombre lo empujó. Oden cayó de espaldas contra la pared. El aire le escapó de los pulmones de golpe. Antes de que pudiera levantarse, el gigante agarró a la chica del cabello y la arrastró por el pasillo.
—¡No, por favor! ¡Ayúdame! ¡Me va a matar!
Sus ojos se encontraron con los de Oden. Y en esos ojos había algo que Oden no pudo soportar: no era desesperación. Era que ya no esperaba que nadie la ayudara. Lo miraba como si él ya no existiera.
Oden se quedó en el suelo. Paralizado.
El hombre la arrastraba por el pasillo. Ella ya no gritaba. Solo lloraba.
Levántate.
Haz algo.
Por una vez en tu miserable vida, haz algo.
Las manos le temblaban. El corazón le martilleaba en el pecho tan fuerte que lo sentía en la garganta. Pero esta vez, por primera vez en veintinueve años de existencia, Oden se puso de pie.
—¡Déjela! —su voz salió más fuerte de lo que esperaba. Más fuerte de lo que le salió nunca nada en la vida.
El gigante se detuvo. Se giró lentamente. Una sonrisa cruel le cruzó la cara, la clase de sonrisa sádica de alguien que iba a disfrutar lo venía.
—¿Qué dijiste, pequeña mierda?
—Dije que la deje.
—Ya veo. —El hombre soltó a la chica y caminó hacia Oden con calma —. Así que quieres jugar al héroe.
Oden levantó los puños. No sabía pelear. Nunca había golpeado a nadie en su vida. Le temblaban los brazos, le temblaban las piernas. Pero los mantuvo arriba de todos modos.
El gigante se rio. Una risa corta, sin gracia. Luego lo agarró del cuello con una sola mano.
Oden pataleó en el aire. No podía respirar. El mundo comenzaba a oscurecerse en los bordes. Los dedos del hombre eran como una prensa de acero alrededor de su garganta.
—Ya verás, pequeño pedazo de mierda.
El hombre lo llevó hasta el borde de las escaleras.
Séptimo piso.
Oden miró hacia abajo. Las escaleras se perdían en la oscuridad como un pozo sin fondo.
—Espero que vueles.
Lo lanzó.
Durante una fracción de segundo, Oden no entendió qué estaba pasando.
El aire le golpeó el rostro mientras su cuerpo giraba sin control. Las luces de los pisos pasaban a su lado como destellos borrosos. Escuchó el crujido de su propia respiración. Después nada. Solo el viento y la caída.
La caída pareció eterna.
Cerró los ojos mientras el suelo se acercaba.
Y lo vio. A un niño pequeño sentado delante de un ordenador, con un brillo resplandeciente en los ojos. Un brillo que se había apagado hace mucho tiempo sin que nadie se diera cuenta.
Al final no pudiste cumplir tu sueño. Pero ya no importa. Tendremos paz. Tal vez en otra vida tengamos más suerte.
Oden despierta en un espacio en blanco. El intenso brillo lo deslumbra. Siente una paz inmensa, como si el peso que cargaba hubiera desaparecido. No le duele nada. No le pesa nada. Es la primera vez en mucho tiempo que su cuerpo se siente ligero y su mente está en paz.
De pronto escucha una voz. Lejana al principio. Después más cerca. Una voz que no debería ser posible.
—Oden... Oden...
Se ve una figura de una mujer entre el brillo. Borrosa al principio, como un recuerdo que no termina de formarse. Pero Oden la reconoce. La reconocería entre un millón de figuras borrosas.
Oden vuelve a ser un niño. No sabe cómo pasó. Solo sabe que tiene cinco años y que su madre está ahí.
—Mamá.
Corre hacia ella. Ella abre los brazos.
Se abrazan con fuerza. Oden siente un calor que ya no recordaba. Un calor que había buscado en duchas calientes, en pantallas encendidas. Y aquí estaba.
—Mi niño.
—Te extrañé, mamá.
De pronto algo lo toma y lo jala con fuerza, separándolo de ella. Oden intenta aferrarse pero sus brazos de niño no tienen fuerza suficiente. La oscuridad lo traga, lo arrastra, lo devora.
—¡Mamaaá!
Su madre se aleja. O él se aleja de ella. Ya no puede distinguir la diferencia. Solo ve su figura haciéndose cada vez más pequeña en un mar de blanco que se convierte en negro.
En medio de toda esa oscuridad, una voz suena. No es la de su madre. Es algo oscuro, antiguo. Más profundo. Algo antinatural.
—Bienvenido.
¡Bienvenido a La Voluntad de un Dios Caído!
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Nos vemos en el próximo capítulo.
— Oden Colto