Jeju - Min Yoongi +18

Summary

Tal vez aceptar el viaje a jeju no fue tan malo como pensó.

Genre
Erotica
Author
Kiki
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Jeju

El sol de Jeju caía a plomo esa tarde de verano, pero bajo la sombrilla grande de rayas blancas y azules, Min Yoongi sentía que el calor no era tan insoportable. O quizás era que ya se había rendido a la idea de estar ahí.


Hoseok y Jimin corrían como niños hacia las olas, gritándose retos absurdos sobre quién llegaba primero a la boya lejana. Namjoon intentaba (y fallaba estrepitosamente) hacer un castillo de arena que no se derrumbara con la primera ráfaga de viento. Jungkook, por supuesto, ya estaba en el agua haciendo volteretas y atrayendo miradas de medio grupo de chicas que jugaban voleibol unos metros más allá. Taehyung… bueno, Taehyung simplemente flotaba boca arriba con los auriculares puestos, como si estuviera en una piscina privada en vez de en el mar abierto.


Yoongi los observaba todo con esa media sonrisa perezosa que usaba cuando no quería admitir que, en el fondo, se estaba divirtiendo. Había dicho que no unas quince veces a la idea de la playa. “Demasiado sol”, “arena en todas partes”, “gente”, “ruido”. Pero al final cedió porque los seis pares de ojos de cachorrito eran demasiado injustos, incluso para él.


Y ahora estaba ahí, con las piernas estiradas sobre la toalla, gafas de sol oscuras cubriéndole los ojos, una lata de soda helada sudando en su mano derecha… y de repente, algo cambió.


Fue un movimiento sutil al principio.


Entre el mar de cuerpos bronceados, bikinis coloridos y gritos alegres, apareció ella.


Bajita. Mucho más baja que el promedio de las chicas que solían llamar su atención. El cabello negro, lacio y larguísimo le llegaba casi hasta la cintura, moviéndose como una cortina de seda cada vez que giraba la cabeza. Llevaba un bikini sencillo, negro con detalles mínimos de color coral en los tirantes. Nada ostentoso. Y sin embargo…


Los pechos llenos, el abdomen plano y firme que se curvaba con naturalidad hacia unas caderas suaves. Y en el centro de ese vientre pálido, casi traslúcido bajo el sol, brillaba un piercing plateado en forma que atrapaba la luz cada vez que ella daba un paso.


Caminaba junto a tres amigas más, riendo por algo que una de ellas acababa de decir. Las otras tres eran más altas, más ruidosas, más… típicas de una tarde en Jeju. Pero ella parecía moverse en otro ritmo. Más calmada. Como si el mundo fuera un poco más lento a su alrededor.


Entonces pasó.


Sus ojos se encontraron.


No fue una de esas miradas fugaces que se disipan en dos segundos. Fue lenta. Intencional. Ella ladeó apenas la cabeza, como si también hubiera sentido el tirón invisible, y por un instante el ruido de la playa entera se apagó. Ni las olas, ni los gritos de Jungkook, ni la música lejana de algún altavoz portátil. Solo existían dos pares de ojos midiéndose a distancia.


Yoongi sintió que el aire se le quedaba un segundo atrapado en el pecho.


Ella no sonrió de inmediato. Primero fue curiosidad pura. Luego, una pequeña curva en la comisura de sus labios, casi imperceptible, como si estuviera decidiendo si valía la pena devolverle la atención o seguir caminando.


Al final, sonrió.


Pequeña. Traviesa. Suficiente para que a Yoongi se le escapara el aliento que estaba conteniendo.


Bajó la mirada un segundo, se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y siguió caminando con sus amigas hacia las tumbonas que estaban a unos quince metros de la sombrilla de los chicos. Pero antes de sentarse, giró la cabeza una última vez.


Y ahí estaba otra vez. Esa mirada. Directa. Descarada. Como diciendo: *te vi. Y tú también me viste.*


Yoongi se recostó lentamente contra la silla inflable, dejando que la lata fría de soda descansara sobre su abdomen. Exhaló largo, lento, casi como si acabara de terminar una canción particularmente intensa en el estudio.


De reojo vio que Jimin se acercaba corriendo, empapado y con arena pegada en las piernas.


—¡Hyung! ¿Por qué esa cara? ¿Te dio un calambre o qué? —preguntó entre risas, sacudiéndose el agua como perro mojado.


Yoongi solo levantó una ceja, sin moverse.


—Nada… solo estoy pensando.


—¿En qué? —Jimin se dejó caer a su lado, todavía jadeando.


Yoongi tardó unos segundos en responder. Sus ojos volvieron, disimulados tras las gafas negras, hacia la chica de cabello largo que ahora se sentaba de espaldas a él, pero que de vez en cuando giraba la cabeza como si supiera exactamente dónde estaba mirando.


Finalmente, una sonrisa lenta y genuina se le dibujó en la cara. De esas que muy poca gente le había visto.


—Estoy pensando… —murmuró, más para sí mismo que para Jimin— que tal vez no fue tan mala idea venir a Jeju después de todo.


Jimin lo miró confundido un segundo. Luego siguió la dirección de la mirada de Yoongi y soltó un silbido bajito cuando entendió.


—Ahhhhh… ya veo. Ya veo, hyung.


Yoongi no respondió. Solo tomó otro sorbo de soda, se acomodó mejor en la silla y decidió que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna prisa por irse a ningún lado.


El sol seguía cayendo, el mar seguía rugiendo y, a unos metros de distancia, una chica de piercing en forma de estrella acababa de convertir unas vacaciones forzadas en algo que empezaba a parecerse peligrosamente a destino.


La noche en el hotel de Jeju había caído con esa humedad pegajosa que hace que todo parezca más lento, más denso. El bar del lobby, al que todos habían terminado yendo casi por inercia, era un caos controlado de luces LED que cambiaban de color al ritmo de la música electrónica: azul eléctrico, fucsia intenso, violeta profundo. El bajo retumbaba en el pecho y hacía vibrar las copas sobre la barra.


Hoseok y Taehyung ya se habían pedido unos cócteles ridículamente decorados con sombrillitas y frutas pinchadas, y ahora discutían animadamente sobre si el DJ estaba sampleando una vieja canción de BigBang o no. Namjoon, fiel a su estilo, se había quedado en la mesa con una cerveza en la mano, mirando todo con esa expresión de “estoy analizando la sociología de este lugar”. Jimin y Jungkook, en cambio, habían desaparecido entre la multitud apenas llegaron. Jungkook con esa energía de cachorro hiperactivo que atraía miradas como imán.


Yoongi se había sentado en una de las banquetas altas de la barra, con un whisky con hielo que apenas había tocado. Estaba escuchando a medias la conversación de Namjoon y Hoseok, asintiendo de vez en cuando, cuando algo —o más bien alguien— le robó el resto de su atención.


Allí estaba ella.


En medio de la pista, bajo los destellos intermitentes de las luces, bailaba con una naturalidad que parecía no necesitar permiso de nadie. Llevaba una falda blanca pomposa, de esas que se mueven con cada giro y parecen flotar, y un top blanco ajustado de tirantes finos que dejaba al descubierto casi toda su espalda. La tela se adhería a su piel por el calor y el movimiento, marcando cada línea de su columna, cada músculo sutil que se contraía y relajaba al ritmo. Su cabello largo y lacio se mecía como una cascada negra cada vez que giraba la cabeza o levantaba los brazos.


Yoongi sintió que el hielo en su vaso se derretía más rápido de lo normal.


Las tres amigas de la playa estaban con ella, riendo, saltando, gritando el coro de la canción que sonaba. Pero entonces Jungkook —por supuesto que era Jungkook— apareció como surgido de la nada. Se acercó a una de ellas, la de cabello corto y piercing en la nariz, con esa sonrisa suya que desarmaba defensas en segundos. Le dijo algo al oído, ella soltó una carcajada y en menos de un minuto ya estaban bailando juntos, alejándose un poco hacia el borde de la pista.


Las otras dos amigas se quedaron un rato más, pero poco después una de ellas también fue interceptada por un chico alto con camiseta negra que parecía haber estado esperando su momento. Quedaron solo ella y la última amiga.


Y entonces la última amiga miró hacia un lado, vio algo —o a alguien— y con una sonrisa pícara le susurró algo al oído a la chica del piercing en el ombligo. Un segundo después, se alejó también, dejándola sola en medio de la pista.


Sola.


Bailando todavía, pero ahora con un espacio alrededor que parecía gritar “ven”.


Yoongi se quedó mirando el vaso un momento. El líquido ámbar reflejaba las luces. Tomó aire profundo, como si fuera a entrar a un escenario en vez de a una pista de baile. Se bajó de la banqueta. Dejó el whisky a medio terminar.


Caminó hacia ella.


No era su estilo. Nunca lo había sido. Pero esa noche algo dentro de él decidió que las reglas podían esperar.


Cuando llegó a su altura, simplemente se paró frente a ella, sin invadir su espacio, solo lo suficiente para que ella lo notara. Ella seguía moviéndose, pero sus ojos se levantaron hacia los de él casi de inmediato. Como si lo hubiera estado esperando.


La música seguía sonando, fuerte, pero entre ellos se formó una especie de burbuja.


Él levantó una mano en un saludo pequeño, casi tímido.


—Hola —dijo, alzando la voz lo justo para que lo escuchara.


Ella dejó de bailar por completo. Se quedó quieta un segundo, mirándolo de arriba abajo con esa misma curiosidad lenta que le había dedicado en la playa. Luego sonrió. Pequeña. Peligrosa.


—Hola —respondió, ladeando la cabeza—. El chico de la sombrilla.


Él soltó una risa corta, sorprendido de que lo hubiera reconocido tan rápido.


—Buena memoria.


—Difícil de olvidar —dijo ella, y por primera vez en toda la noche sonó completamente honesta.


Se quedaron mirándose un segundo más. La música cambió a algo más lento, con un beat profundo que invitaba a acercarse.


—¿Quieres bailar? —preguntó ella, sin rodeos.


Yoongi nunca bailaba en lugares así. Nunca. Pero esa noche…


—Solo si tú me enseñas —respondió, encogiéndose de hombros con esa media sonrisa suya.


Ella rio bajito, extendió la mano y tiró suavemente de su muñeca hasta llevarlo al centro de su pequeño espacio en la pista.


—No soy profesora —dijo mientras empezaba a moverse otra vez, más cerca ahora—. Solo sígueme el ritmo.


Y él lo hizo.


No era perfecto. Sus movimientos eran más contenidos, más cuidadosos, pero ella no parecía importarle. Lo guiaba con pequeños toques: una mano en su brazo, un giro que lo obligaba a seguirla, una mirada que decía “relájate”. Poco a poco, el cuerpo de Yoongi se fue soltando. No porque la música lo obligara, sino porque ella estaba ahí, mirándolo como si realmente quisiera que él estuviera.


—¿Cómo te llamas? —preguntó él, acercándose a su oído para que lo escuchara mejor.


—Soojin —respondió ella, girando la cabeza para hablarle al oído también. Su aliento le rozó la piel—. ¿Y tú?


—Min Yoongi.


Ella levantó las cejas, divertida.


—¿El Min Yoongi?


Él se encogió de hombros otra vez, como quitándole importancia.


—El mismo.


Soojin sonrió más amplio.


—Vacaciones, supongo.


—Algo así. ¿Y tú?


—También. Vine con mis amigas a desconectar… aunque parece que ellas están desconectando muy bien sin mí —dijo, mirando hacia donde las tres ya bailaban con sus respectivos acompañantes.


Yoongi siguió su mirada y soltó una risa baja.


—Parece que mi maknae también está haciendo de las suyas.


Se miraron y se rieron al mismo tiempo. Algo en el aire cambió. Se volvió más ligero. Más fácil.


Siguieron bailando un rato más. Conversando entre canción y canción. Sobre Jeju, sobre lo que los había traído ahí, sobre lo raro que era encontrarse dos veces en un lugar tan grande. Sobre nada y sobre todo.


En un momento, la música se volvió aún más lenta. Las luces bajaron de intensidad, tiñéndose de un violeta suave. Soojin se acercó un poco más, solo un poco. Sus manos descansaban ahora en los hombros de él, las de Yoongi en su cintura con una delicadeza casi excesiva.


—¿Sabes? —murmuró ella, mirándolo a los ojos—. Pensé que no vendrías a hablarme.


Él inclinó la cabeza.


—¿Por qué?


—Porque en la playa parecías de los que observan… pero no se mueven.


Yoongi sonrió de lado.


—Normalmente no lo hago.


—¿Y hoy?


—Hoy… —hizo una pausa, como si buscara las palabras exactas— hoy decidí que valía la pena romper la regla.


Soojin lo miró un segundo más. Luego, sin decir nada, apoyó la frente contra el pecho de él por un instante. Solo un instante. Pero fue suficiente.


La canción terminó.


Otra empezó.


Y ellos siguieron bailando.


Como si el resto del bar, los chicos, las amigas, Jeju entero, simplemente hubieran dejado de existir.


La química entre ellos era tan densa que casi se podía tocar. El alcohol que habían tomado —él un par de whiskies, ella algunos cócteles afrutados— les había soltado los frenos, pero no los había borrado. Estaban lúcidos. Demasiado lúcidos. Cada mirada, cada roce accidental de dedos, cada roce de cadera al bailar, había sido una promesa acumulada.


En un momento en que la música bajó de volumen por unos segundos, Yoongi simplemente no pudo más.


La tomó de la nuca con una mano firme, la acercó y la besó.


No fue un beso tímido ni tentativo. Fue desesperado, hambriento, como si hubiera estado esperando ese momento desde la playa. Sus labios se encontraron con fuerza, dientes chocando ligeramente antes de encontrar el ritmo. Soojin no se quedó atrás: abrió la boca, le enredó la lengua, profundizó el beso hasta que ambos jadearon contra la boca del otro. Sus manos subieron por la espalda desnuda de ella, sintiendo cada vértebra, cada centímetro de piel caliente y ligeramente sudorosa.


Cuando se separaron, solo por el oxígeno necesario, ella pegó los labios a su oreja.


—¿Quieres ir a otro lado? —susurró, voz ronca, aliento caliente.


Yoongi ni siquiera contestó con palabras. Solo asintió una vez, tomó su mano con fuerza y la arrastró entre la multitud del bar. Salieron al pasillo del hotel, el aire acondicionado golpeándolos como un balde de agua fría que no hizo más que avivar el fuego. Subieron en el ascensor en silencio, mirándose fijamente, respiraciones aceleradas. Cuando las puertas se abrieron en el piso de Yoongi, él prácticamente la llevó a rastras hasta la puerta de la suite.


Apenas cerró la puerta con el talón, volvieron a besarse. Esta vez sin público, sin música, sin excusas.


Las manos de Yoongi bajaron por la espalda de Soojin, encontraron los tirantes finos del top blanco y los deslizaron hacia abajo con una lentitud deliberada. La tela cayó hasta la cintura, revelando exactamente lo que él había imaginado —y más—: pechos grandes, redondos, de piel pálida y pezones rosados que ya estaban duros por la anticipación. Y sí: piercings plateados diminutos atravesando ambos, brillando bajo la luz tenue de la habitación.


—Joder… —murmuró él, casi con reverencia.


Bajó la cabeza y tomó uno en la boca. Lo lamió primero, rodeando el piercing con la lengua, luego succionó con fuerza. Soojin soltó un gemido alto, arqueando la espalda, enredando los dedos en el cabello negro de él. Yoongi alternó entre uno y otro, mordisqueando suavemente los piercings, tirando con los dientes lo justo para hacerla temblar. Ella jadeaba sin control, el cuerpo ondulando contra él.


Soojin intentó quitarle el polo, tirando de la tela con impaciencia, pero Yoongi la detuvo con una mano en la muñeca.


—Espera.


Se separó lo justo para quitárselo él mismo, en un solo movimiento. El torso de Min Yoongi quedó a la vista: delgado pero definido, músculos marcados por años de baile y gimnasio discreto, abdomen plano con líneas que se perdían bajo la cintura del pantalón. Ella lo miró como si fuera un postre.


Subió las manos por su pecho, trazando cada relieve con las yemas, luego se inclinó y empezó a besar. Primero el esternón, después bajó por el abdomen, dejando besos húmedos y abiertos. Cuando llegó a la pelvis, se arrodilló lentamente, mirándolo desde abajo con ojos oscuros y brillantes.


Desabrochó el pantalón, bajó la cremallera con dedos temblorosos de excitación. Cuando liberó la erección de Yoongi, dura y pesada, soltó un pequeño “oh” de sorpresa y deleite. Lo tomó con una mano, lo acarició un par de veces y luego se lo llevó a la boca.


Yoongi dejó escapar un gemido grave, profundo, cuando sintió el calor húmedo envolviéndolo. Ella jugaba: lamía la punta, rodeaba con la lengua, bajaba hasta la base y volvía a subir, succionando con fuerza. Lo miró todo el tiempo, ojos grandes y vidriosos, disfrutando de cada reacción que provocaba en él.


No tardó mucho.


La tensión acumulada, la anticipación de todo el día, el baile, las miradas… todo explotó. Yoongi gruñó su nombre, la cabeza echada hacia atrás, y se vino con fuerza dentro de su boca. Soojin no se apartó: tragó la mayor parte, pero dejó que un chorro caliente se derramara sobre sus pechos, resbalando por la curva de ellos, goteando por los piercings.


Él rio, una risa baja y ronca, todavía jadeando. Con la mano libre tomó su erección aún sensible y soltó los últimos restos sobre la piel pálida, pintándola. Luego, con ambas manos, le dio un par de cachetadas suaves pero firmes a los pechos, viendo cómo se movían y cómo ella gemía de placer mezclado con sorpresa.


Soojin se puso de pie, se quitó la falda pomposa blanca en un movimiento rápido y dejó caer la braguita rosada al suelo. Desnuda por completo, se giró y se puso en cuatro sobre la cama, apoyando los codos y levantando las caderas.


La visión fue devastadora.


Trasero redondo, piel blanca como porcelana, ya con algunas marcas rosadas de los cacheteos anteriores. Entre las nalgas, su intimidad expuesta:  brillante de humedad, perfectamente depilada. Yoongi sintió que se le secaba la boca.


Se acercó, se arrodilló detrás de ella y separó sus nalgas con ambas manos. Bajó la cabeza y la devoró.


Lengua plana primero, lamiendo de abajo hacia arriba. Luego se concentró en el clítoris, girando círculos rápidos, succionando suavemente. Soojin se retorcía, gemía alto, empujaba las caderas hacia atrás buscando más. Él alternaba: lamidas largas, penetraciones cortas con la lengua, dedos que se colaban para abrirla más. Cuando la sintió temblar al borde, le dio una nalgada fuerte. El sonido resonó en la habitación. La piel se puso roja al instante.


—Otra —pidió ella con voz quebrada.


Él obedeció. Otra, y otra, y otra, hasta que las nalgas quedaron encendidas, marcadas con la forma de sus manos.


Cuando ya no pudo más, Yoongi se alineó detrás de ella. La tomó de las caderas y entró de un solo empujón profundo.


Los dos gritaron al mismo tiempo.


Él empezó a moverse: lento al principio, sintiendo cada centímetro de ella apretándolo. Luego más rápido, más fuerte. La agarró del cabello largo con una mano, tirando hacia atrás para arquearla más, mientras con la otra seguía azotando sus nalgas en ritmo con las embestidas. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con los gemidos de ella y los gruñidos bajos de él.


Soojin se deshacía. El orgasmo la atravesó como una corriente eléctrica: cuerpo temblando, paredes internas contrayéndose alrededor de él, nombre de Yoongi saliendo entre jadeos y sollozos de placer.


Él no tardó en seguirla.


Se hundió hasta el fondo una última vez, gruñendo contra su espalda, y se derramó dentro de ella, pulsando con fuerza, llenándola.


Se quedaron así un rato, respiraciones agitadas, cuerpos sudados pegados. Yoongi salió con cuidado, la giró con suavidad y la besó en los labios, lento, profundo, casi tierno ahora que la urgencia había pasado.


Ella sonrió contra su boca, todavía temblando un poco.


—¿Te quedas hasta mañana? —preguntó él, voz ronca.


Soojin solo asintió, enredando las piernas alrededor de su cintura.


—Ni loca te dejo ir ahora.