I
Mi madre solía decirme que el mar susurra secretos, que el Olimpo nos observa con ojos divinos, y que los dioses son implacables, no dudando en castigar a quien osa tejer su propia historia. A aquellos que intentan zafarse de lo escrito en piedra.
¿Seré yo una excepción?...
Corrí a través de los pasillos del gran castillo, Argos, el antiguo compañero de aventuras de mi padre, su fiel perro, iba delante mío abriéndome el paso entre sirvientes y guardias. No era un perro cualquiera, pero eso no importa. Yo estaba emocionada por algo.Escuche la mención del avistamiento de un barco cerca de nuestras costas, un barco viejo y desgastado, ¿y por que estaba emocionada?, bueno, se los contaré.
Hace años una guerra estalló, un conflicto que involucró a múltiples reinos, y junto con ellos a sus lideres, SUS REYES.
Todo por una manzana dorada, todo por el rapto de una doncella; tanto su esposo como otros viejos aliados partieron con sus hombres a aquella guerra y aunque lograron vencer, algunos no regresaron. Se suponía que debían volver sin problemas, pero mi padre no lo hizo. Sí, el infame Odiseo de Ítaca, protegido de la diosa Atenea y brillante guerrero. El y su flota de seiscientos hombres no han regresado hasta hoy.
Debido a eso y desde que se fue, hombres de todos los reinos y edades han invadido nuestro palacio, todos ellos cantando a altavoz la supuesta muerte de mi padre. Todos ellos deseosos de clavar sus garras en la corona del viejo rey, de reclamar el polvoriento trono abandonado.Pero yo sé que mi padre esta vivo, lo puedo sentir, y aunque hayan pasado 15 años desde aquello, no perderé la esperanza. Pues tal vez solo necesita que alguien lo ayude a... Volver.
- “¡Argos mira, ahí!” - grite mientras corríamos por las calles del reino con dirección a los muelles. El viejo can ladró animadamente. Me ajuste la capucha de mi capa y ambos aceleramos el paso.
Choqué con algunos aldeanos en el camino y me disculpe apresurada y torpemente. Al llegar, miré a los hombres, con cada uno que salía, todos perdimos nuestra emoción. Ninguno era nuestro rey, ninguno era de la tripulación perdida.Eran unos pobres viajeros de Corinto, inexpertos, jovenes y azotados por el despiadado mar Egeo.
- “Si el gran Egeo no los mató, dudo que sobrevivan mucho aquí.” - habló el viejo perro mientras se daba la vuelta y se alejaba de la multitud.
Me quedé observando a los viajeros unos instantes más hasta que la voz de Argos me sacó de mis pensamientos.
- “Tellius, vamonos.” - habló volteando su cabeza para mirarme.
- “¿Ah?, ¡ah, si!, ¡voy!” - me apresuré inmediatamente a alcanzar a Argos y caminar a su lado mientras abandonábamos el muelle. - “Tienes muy poca fé en esos viajeros, ¿huh?” - Dije mientras lo miraba de reojo.
- “Solo soy realista, niña.” - murmuró con un suspiro - “Su barco apenas se mantiene a flote... y su dominio del mar es aún más frágil” - agregó con ese tono cansado de siempre.
- “No todos tenemos siglos de conocimiento como tu, Argos” - dije de forma burlona y rodando los ojos.
Caminamos un rato por las calles, observando los puestos de comerciantes. Era agradable salir del palacio, no habían hombres desconocidos insultandome, miradas acusadoras, ni personas intentando envenenarme cada dos por tres.
Niños reían mientras jugaban, adultos conversaban animadamente y jovenes dejaban florecer sus emociones sin el peso de un reino sobre sus hombros. Todo mientras el sol brillaba alto y una fresca brisa acariciaba el lugar.
Me hice a un lado para dejar pasar a un grupo de pequeños rebeldes y los observe correr con sus pequeñas espadas de madera.
No pasó mucho tiempo para que escucharamos voces demasiado familiares. Eran los guardias. Sin duda enviados por mi madre para buscarme.
- “Su alteza, la reina ordena que vuelva al palacio lo antes posible.” - habló uno de ellos.
Suspiré algo molesta y simplemente permití que nos escoltaran de vuelta al palacio.
Supongo que ya intuirán quien es mi madre. Sí. ella es la Reina Penélope, hija de un príncipe Espartano y una náyade, Peribea.
Y aunque me gustaría contarles más, digamos que no he tenido una buena relación con mi madre. Ni siquiera yo, siendo su hija, sé mucho sobre ella. Simplemente no ha existido ningún lazo entre madre e hija, desde que tengo memoria.
Llegamos al palacio y lamentablemente tuvimos que atravesar el salón. Aquel lugar antes glorioso ahora era habitado por monstruos. Hombres que bebían, comían y dormían cuanto querían. Se acababan nuestro vino, acosaban a las sirvientas, y, aún así, nunca parecía ser suficiente.
Mi cuerpo se tensó cuando uno de ellos se levantó de una de todas esas mesas con una copa en la mano.
Antinoo. El peor de todos.
- “¡Salud, muchachos!” - exclamó.
Alzó la copa hacia la balaustrada, en dirección a mí. El resto de esos bastardos dirigieron sus miradas hacia mí.
- “Larga vida a la princesa...” - sonrió de forma inquietante mientras bebía sin apartar los ojos de los míos. Luego se relamió el labio inferior.
El resto de pretendientes de mi madre le siguió el juego. En cambio a mí, un escalofrió me recorrió la espalda. Repulsión. Enojo.
Aparté la vista y continue con mi camino junto a los guardias.
Las voces estruendosas continuaron resonando a nuestras espaldas.
- “Solo intenta sacarle de quicio.” - habló el guardia mas viejo de los cuatro que nos escoltaban.
- “¿Eh?” - volteé apenas.
- “Solo digo que no debería hacerle caso a ese hombre, basta con mantenerse alejada.”
- “¡Pff!, nunca hago caso a sus tonterías.” - crucé los brazos.
- “Si, si lo haces.” - intervino Argos con desdén - “Eres demasiado receptiva a sus provocaciones.”
Hubo un momento de silencio. Entonces, Argos agregó con mas seriedad.
- “Los hombres son los mas peligrosos. Cuando nadie los detiene... es difícil prever sus movimientos, o mejor dicho, conviene estar preparados para lo que no se ve venir.”
Me confundí un poco ante el comentario de Argos. Sabia que los pretendientes eran peligrosos hasta cierto punto pero, últimamente había cautela flotando sobre algunos en el castillo.
Estaba apunto de decir algo mas, pero Argos se adelantó mirándome apenas.
- “Sé obediente y mantente alejada, mocosa.” - volvió su mirada a los pasillos y continuó caminando con su pereza habitual.
El resto del día fue horriblemente aburrido, tan monótono como siempre.
Mi madre permanecía escondida en su habitación, se dirigía a mí a través de sirvientes y guardias. Como les digo, mala relación con mamá. Y no la culpo.Quedó dolida y marcada por la partida de mi padre, a veces parece ver en mí una versión más joven del hombre que la abandonó.
Aquella noche el sueño llegó rápido, pesado, como una marea que arrastra todo a su paso.
Todo fue extraño, fugaz y nada sentido. Barcos, personas de las cuales no pude ver sus rostros, ciudades en ruinas, pasillos interminables, estatuas y finalmente parecía caer a las aguas oscuras del Egeo.Unas manos frías me sujetaban y envolvían cada parte de mi cuerpo. Justo cuando estaba a punto de quedar completamente cegada, vi algo brillante caer al agua. Frente a mí, una espada se hundía lentamente.
El aire empezó a escaparse de mis pulmones cuando escuché una voz.
“Oye, niña... ¡Tellius, Tellius!, ¡TELLIUS, DESPIERTA!”
Un símbolo fue lo último que apareció ante mí y me senté erguida tomando una gran bocanada de aire. Argos me había despertado.
El viejo sabueso me golpeo el brazo con una pata.
- “¡Auch!, ¡Argos que te...!” - me sobé el brazo mientras el perro me interrumpió.
- “Solo fue para ver si estabas completamente consciente ahora. Dejaste de respirar por unos instantes y parecías apunto de morirte.” - gruñó levantándose y yendo al balcón.
Me tomé mi tiempo para calmarme completamente y me levanté de la cama para sentarme junto a Argos en el balcón. Me recosté un poco contra él y miré el cielo estrellado. Un cómodo silencio nos inundó.
- “Y dime, niña. ¿Qué cosas te atormentaron hoy?” - dijo el viejo perro mientras bostezaba, acomodaba su cabeza sobre sus patas delanteras y cerraba sus ojos.
Suspiré y acaricié el costado de Argos.
- “Ni siquiera yo entiendo mis sueños.” - jugué con el pelaje del sabueso entre mis dedos.
Después de un rato más, pregunté.
- “¿Crees que... él siga vivo?” - lo miré y vi que el animal bajó sus orejas para emitir un gruñido.
- “Por milésima vez, princesita. Todos lo creen muerto, nadie irá a por un cadáver.” - sacudió un poco la cola y golpeó el suelo.
- “Pero no soy la única que aún tiene esperanza, ¿o si?.” - dije todavía mirándolo.
Argos levantó la cabeza y me miró, sus pupilas se suavizaron al ver el consuelo que necesitaba en ese instante.
- “Pues...” - suspiró pesadamente y su voz grave volvió a cortar el silencio - “No eres la única que aún espera. Pero sí eres la única despierta a estas horas en todo el palacio. Anda, volvamos a la cama.”
Se levantó con pesadez y entró a la habitación. Me levanté de igual manera pero me detuve a mirar el mar unos instantes. Las cortinas de tela ondeaban con la suave brisa marina y cerré los ojos un instante absorbiendo la tranquilidad de ese instante.
Regresé tranquilamente a mi cama no sin antes acariciarle detrás de una oreja al viejo can y acomodarme en paz entre las blancas sabanas.
No noté ni pude ver quien nos observaba fuera. Desde los arboles lejanos. Algo silencioso, de ojos brillantes y plumas sabias...
La criatura inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara lo que veía.Luego extendió sus alas y desapareció en el cielo estrellado.
“Zeus cree haber destruído el destino escrito.
Que curioso...
porque el destino nunca dependió de un solo mortal.”
- Hades



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