ARCO DE ÍTACA - I
Me dijeron que el mar susurra leyendas olvidadas, que el Olimpo nos observa constantemente, y que los dioses son implacables, no dudando en castigar a quien osa tejer su propia historia.
A aquellos que están fuera de lo escrito en piedra.
¿Será verdad?...
Corrí a través de los pasillos del gran castillo. Argos iba delante mío, ambos abriéndonos paso entre sirvientes y guardias que trataban de detenerme.
Salté por encima de algunos, esquivé a otros, choqué con sirvientas y vino se esparció por todas partes.
Un guardia grito.
— ¡Otra vez la princesa!, ¡no dejen que salga!
Muchos otros se lanzaron y levantaban o bajaban sus lanzas, tratando de atraparme.
Mas pude evadirlos.
Uno de ellos, Mentor, me bloqueó el camino y casi logró atraparme al hacerme tropezar en cuanto lanzó un escudo.
Argos regresó por mí y logré subir a su lomo. Ambos escapando ahora.
Mentor gritó.
— "¡Tellius, si dan solo un paso más-..!" —
Argos saltó al último guardia y logramos salir.
Mentor gritó mi nombre detrás de nosotros, enojado como siempre.
Habían informado a toda la isla sobre el avistamiento de un barco cerca de nuestras costas, un barco viejo y desgastado.
Y por supuesto que yo tenía que ir a ver. No siempre llegaban barcos aquí, al menos no últimamente.
Atravesamos calles de telas ondeantes, comerciantes y el olor de pan recién horneado. El reino tan vivo como siempre.
Un agradable bullicio.
"¡Argos mira, ahí!" — apunté dirección a los muelles. Bajé de su lomo para empezar una carrera con el sabueso.
El viejo pulgoso ladró animadamente. acelerando el paso.
Tropecé con alguna personas, a uno... por accidente lo hice tirar su canasta de manzanas.
— "¡Oye, mira por dónde vas!"
Apenas volteé.
— "¡Lo siento!" — grité.
Al llegar, ví que no era la única ansiosa por ver a los tripulantes.
No era la única esperando un familiar.
Pero, solo resultaron ser unos pobres viajeros de Corinto, inexpertos, jóvenes y azotados por los mares.
Algunos se acercaron a ayudar a los que estaban heridos. Parecía que casi naufragaron. Su capitán debería ser un tonto si los trajo en esas condiciones.
— "Si el gran Egeo no los mató, dudo que sobrevivan mucho aquí." — habló el viejo perro mientras se daba la vuelta y se alejaba de la multitud.
Me quedé observando a los viajeros unos instantes más, quería ver la cara del lider de aquel grupito de viajeros. Mas, Argos me llamó.
— "Tellius, vamonos." — habló volteando su cabeza para mirarme.
— "¡Ya voy!" — me apresuré inmediatamente a alcanzarlo y caminar a su lado mientras abandonamos el muelle.
— "Tienes muy poca fé en esos viajeros, ¿no?" — dije.
— "Solo soy realista, niña." — murmuró con un suspiro.
— "Su barco apenas se mantiene a flote... y su dominio del mar es aún más frágil" — agregó con ese tono cansado de siempre.
— "Tal vez, al mar no le importa si uno es buen navegante o no, pero el que los guió hasta acá, seguro los quería hacer naufragar." — caminé.
Argos se burló.
— "Tú ni sabes navegar." — ríe enseñando un poco los colmillos.
Grité irritada.
— "¡Cállate, podría navegar mejor que todos!"
Paseando rato por las calles, vi puestos de comerciantes.
Hasta el aire se sentía diferente fuera del palacio.
Niños reían mientras jugaban, adultos conversaban animadamente y jovenes dejaban florecer sus emociones sin preocupaciones.
Me hice a un lado para dejar pasar a un grupo de pequeños rebeldes y los observé correr con sus pequeñas espadas de madera.
Algunos saludaron a Argos.
Pasé por un puesto de fruta y saludé al comerciante.
— "Buen día, Pócleo." — sonreí y baje la capucha de mi capa ligeramente.
El hombre sonrió y me dió algo de uvas e higos.
— "Buenos días, su alteza." — me lanzó la bolsa de tela — "¿Otra vez de escapa?" — sonrió.
Asentí riendo y le lancé dos monedas, continuando con mi camino.
— "Así es, vine por lo del barco, pero resultó ser una perdida de tiempo."
Me despedí con la mano.
En pocos minutos llegamos al corazón de Ítaca. El gran centro del reino. La zona más recurrida.
Y en el centro, se mantenía en pie y de forma imponente, la estatua de mi padre, aquella prueba viviente de que Ítaca una vez tuvo un rey.
Me detuve a observarla.
Su espada levantada hacia el puerto, el rostro serio y firme.
Vi unas plantas, me acerqué.
Tome una flor de uno de los arbustos y lo dejé a los pies de la imagen de mármol algo agrietada. Quité algunas hojas secas y lo observé unos instantes.
La contemplé un rato más, notando que algo estaba raro.
Fruncí el entrecejo. Una piedra parecía no encajar bien en la base.
Rocé los dedos por aquella pequeña pieza cuadrada y la presioné, tratando de que encajara bien.
Hice fuerza y escuché un pequeño 'CLIC'. Me asusté. La piedra salió sin más.
Pero dentro del pequeño agujero que quedó, había algo extraño.
Comprobé que nadie me estuviera viendo.
Luego lo tomé en una mano y quite la vieja y desgastada tela azul que cubría el objeto. Una caja diminuta de madera.
Traté de abrirla, no pude.
Esperé unos segundos antes de volver a intentarlo.
Cuando al fin lo logré, vi que en su interior no había nada más que un pedazo de papel con líneas extrañas.
Lo guardé en mi bolso y puse en su lugar la pieza de piedra. Quedó desigual otra vez.
No fui capaz de apartar la vista de la estatua de mi padre.
Pasé los dedos por las sandalias talladas.
El ruido de la ciudad desapareciendo unos instantes.
La imagen del rey siempre estaba fría.
Finalmente sonreí y saludé a la estatua.
— "Buenos días, papá." — murmuré.
Argos se acostó a los pies del monumento, mientras yo me sentaba a su lado y sacaba mi aulós para tocar pequeñas melodías suaves.
Las personas pasaban cerca, ajetreados como siempre.
Vi una bolsa de dinero caer al suelo y recorrí la plaza con la mirada antes de tomarla.
Sacudí la bolsa, había una cantidad considerable.
La levanté alto y pregunté a los que acababan de pasar.
— "¡Oigan!, ¿esto es de alguien?"
Nadie volteó.
Grité de nuevo.
— "¡Escúchen, a alguien se le cayó una bolsa de monedas!, ¿de quién es?"
Un hombre de barba y aspecto descuidado se acercó.
Apestaba a alcohol.
— "¡Es mí dinero!" — dijo y me arrebató la bolsa.
Pensó un momento y me miró, luego tomó una de mis muñecas.
— "Pero creo que me falta dinero, ¡ladrona!" — trató de llevarme con él.
Acababa de acusarme.
— "¡¿Ladrona?!, ¡no robé nada!, ¡suélteme!" — forcejeé con el tipo.
Argos se levantó gruñendo mientras bajaba de la base de la estatua del rey y se acercaba con las orejas bajas.
El hombre lo observó y al ver el símbolo en su collar, soltó mi muñeca inmediatamente.
Me miró aterrado.
— "¿Eres la...?" — se interrumpió.
Cuándo, no pasó mucho para que se oyera el golpear de lanzas contra las piedras. Eran los guardias. Sin duda enviados por mi madre.
Se abrieron paso entre algunas personas y llegaron hasta a nosotros, haciendo una leve reverencia.
El tipo retrocedió y se escapó. Aunque Argos quiso ir tran él, lo miré y negué con la cabeza.
— "Déjalo." — agregué — "Dudo que ese dinero ajeno le dure mucho."
— "Princesa Tellius, la reina ordena que vuelva al palacio, sabe las reglas. Nada de salir sin autorización, o alguien quien la proteja.."
Argos interrumpió con su voz grave.
— "¿Y no me creen capaz de protegerla?" — mostró mucho más los colmillos.
Silencio.
Me monté en el lomo del enorme can, mientras el grupo de hombres trataban de responder sin enojar al viejo sabueso.
Solte una risita.
Argos habló.
El perro empezó a avanzar a paso lento. Miré de reojo y una última vez a la estatua de mi padre.
Los guardias caminaron a nuestros costados.
Mientras avanzamos, el camino cambiaba. Ahora más lleno de vegetación y dejando atrás el centro de la ciudad. Algunas personas pasaban a nuestro costado, llevando sus animales o canastas de frutas frescas y verduras. Pocas casas se veían.
Llegamos a las dos grandes columnas de Mármol que marcaba el camino directo hacia el castillo y un guardia habló.
— "Mentor ordenó hablar con usted al regresar, su alteza..."
Me quejé dramatizando.
— "¡UGH!, claro, ahora dará otro de sus sermones de 3 horas."
Argos murmuró.
— "Nadie te obligó a hacer una persecución para salir del palacio."
Luego agregó sin darme tiempo de responder.
— "Penélope debería tomar mejores medidas y encerrarte de una vez."
Me indigné.
— "¡Pulgoso traidor, tu estabas de acuerdo en esto!, ¡también querías ver el barco!" - le jalé una oreja.
El perro ladró y discutimos gran parte del camino.
De seguro mi madre estaba furiosa por escaparme... o tal vez no.
No sé mucho de ella, de la reina. Solo sé, que aún espera a papá.
Euríclea suele decir que tengo sus ojos y su sonrisa...
¿Es algo bueno eso?
Llegamos al palacio, bajé del lomo de Argos y me lamenté, teníamos que atravesar el gran salón.
Aquel lugar antes era glorioso, pero ahora era habitado por monstruos. Hombres que beben, comen y toman lo que no les pertenece. Se acaban nuestro vino, acosan a las sirvientas, causan disturbios y aún así nunca parece ser suficiente.
¿Y el trono de mi padre?
Pues lleno de dagas de esos bastardos.
De un momento a otro escuché el tintinear de un cubierto contra el metal de una copa. Y todas las miradas de volvieron hacia mí, mientras pasaba.
Uno de ellos se levantó de una de todas esas mesas con su copa en la mano.
Antinoo. El peor de todos.
— "¡Salud, muchachos!" — exclamó.
Alzó la copa hacia la balaustrada, en dirección a mí.
El resto de esos bastardos siguieron su gesto
— "Larga vida a la reina Penélope..." — sonrió de forma inquietante mientras bebía sin apartar los ojos de los míos. Luego se relamió el labio inferior.
El resto de pretendientes de mi madre le siguió el juego y sus voces resonaron aún más. En cambio yo, solo puse una mueca de desagrado.
Me vi tentada a responder, pero Argos mordió mi capa y me jaló.
Aparté la vista y continue con mi camino junto a los guardias.
Su ruido continúo a nuestras espaldas.
— "Debería tener cuidado." — habló el guardia mas viejo de los dos que nos escoltaban.
— "¿Disculpa?" — solo giré un poco el rostro.
— "Solo digo que debería dejar de escapar del palacio." — cauteloso.
— "¡Pff!, si es por Antinoo, dudo mucho que me toque un solo pelo." — crucé los brazos.
— "Lo haría." — intervino Argos con desdén — "Sería capaz de hacerlo si estuvieras completamente sola."
Hubo un momento de silencio. Entonces, Argos agregó con mas seriedad.
— "Los hombres impunes son los mas peligrosos. Cuando no cae castigo por algo, empiezan a cazar cada vez más."
Me confundí un poco ante el comentario de Argos. Sabia que los pretendientes eran peligrosos hasta cierto punto pero, últimamente había más precaución con ellos.
Estaba apunto de decir algo mas, pero Argos se adelantó mirándome apenas.
Y para colmo, llegamos a la puerta de mi pieza.
"Sé obediente y mantente alejada, mocosa." - hablo con su voz gruesa y cansada habitual.
Volvió su mirada a los pasillos y se fue.
Tan perezoso como siempre.
La puerta se cerró detrás de mí apenas crucé el umbral.
Un guardia se quedó fuera, cuidando mi puerta.
El resto del día fue horriblemente aburrido, tan monótono como siempre.
Pasé horas en la biblioteca con Mentor, aquel hombre que nos cuidaba a mí y a mi madre desde que papá se fue.
Y el que lamentablemente era mi tutor.
Practiqué hablar de forma.. ugh, diplomática.
Con las manos juntas y espalda recta hablaba con aburrimiento.
— "Amados reinos vecinos, vendidos seáis por Zeus.."
Mentor interrumpe caminando por la biblioteca y sacando algunos libros más.
— "¡Entona!, deben escucharte en cada rincón y alzar la cabeza apenas hables."
Hablé más alto y sin ganas.
— "¡Oh amados reinos vecinos, bendecidos seáis por Zeus!"
Mentor asiente y me pone algunos libros en la cabeza para luego darme un empujón leve.
Caminé tambaleante, tratando de no dejarlos caer.
— "Recuerda, tu postura y tu voz definen más de tí." — habla con sarcasmo — "Mucho más que las persecuciones y escapadas del palacio, Tellius."
Agregó.
— "Solo lucir la corona no sirve, debes saber imponer." — se alejó para buscar un reloj de agua.
Murmuré.
— "Esto no me sirve en absoluto."
Mentor, habló desde los estantes más alejados.
— "¡Te escuché!"
Los libros se me cayeron y me quejé exhausta y muriéndome de aburrimiento.
Miré una escultura diminuta de una lechuza con un símbolo en el pecho. Estaba sobre una columna blanca.
Luego Mentor se acercó dejándome en las manos una torre de libros y casi caí hacia adelante debido al peso.
¿Y mamá?
Pues mi madre permanecía escondida en su habitación. Aveces salía a los jardines a hablar con sirvientes o guardias.
Mentor era como su sombra.
Ah, y ella tejía. BASTANTE.
Al parecer el trabajo era muy lento, pues hace 15 años que empezó un sudario para mí abuelo Laertes.
Y hasta el día de hoy no lo termina.
Empiezo a pensar que debe ser del tamaño de todo el reino para que tarde tanto.
Esa misma noche, el sueño llegó muy rápido, incluso pesado. Como una de esas mareas que arrastran todo a su paso.
Frente a mí se presentaron ciudades en ruinas, monumentos y nombres susurrados como secretos.
Cómo algo que temían que los dioses escucharán.
Me vi entre conflictos, batallas.
A pesar del humo y sobre una muralla, vi unos ojos azules. Una capa ondeantes.
Extendió algo.
Lo lanzó sin dudar.
Por instinto traté de atrapar el bulto.
Escuché gritos, lamentos y armas golpeando.
Vi la estatua de mi padre múltiples veces.
En un pasillo incluso.
Corrí con el corazón saliéndome del pecho, todas las figuras de mármol me apuntaban con las espadas talladas.
Caí a un vacío.
Aguas oscuras.
Quizá caí al océano.
Unas manos frías me sujetaban y envolvían cada parte de mi cuerpo.
Me llevaban cada vez más lejos de la superficie.
Un barco pasaba sobre mi. Y relámpagos dejaban ver una tormenta fuera del agua.
El aire empezó a escaparse de mis pulmones.
Y cuando estaba a punto de quedar completamente ahogada, vi algo caer al agua. Algo envuelto en una tela azul.
Traté de nadar hasta aquel objeto extraño.
Por alguna razón lo quería desesperadamente.
Los lamentos se volvieron advertencias.
Cada vez más desesperadas. Logré safarme y subí a la superficie levantando en una mano el bulto de tela azul.
No tenía voz para gritar al barco que se alejaba
Otro relámpago sonó sobre mi cabeza.
El agua agitada trataba de hundirme de nuevo.
Vi una ola enorme elevarse.
Finalmente logré gritar antes de ser azotada por aquella ola gigante.
"¡ATHENA..!"
Me senté de golpe y tome aire.
Toqué mis oidos y me los cubrí. Podía sentir aún los llantos de mi pesadilla.
Al calmarme un poco más, busqué a Argos con la mirada.
Me acerqué más al borde de mi cama y pude verlo dormir plácidamente.
Me tomé mi tiempo para calmarme completamente y me levanté para ir al balcón.
Justo escuché un bostezo.
"¿Pesadillas?" - dijo Argos.
Se estiró perezosamente y se acercó, acostándose detrás de mí. Me recosté contra él, usándolo de almohada.
Volví a tocar suavemente mis oidos y hablé bajo.
— "Oigo voces sufrir..." — tragué saliva. — "Una clamó a una diosa".
— "Le das demasiadas vueltas a una simple pesadilla." — murmuró.
Después de un rato más, pregunté.
"¿Crees que... él siga vivo?" - lo miré.
El animal bajó sus orejas para emitir un gruñido.
El sabueso apoyo su cabeza entre sus patas y cerró los ojos.
— "Nadie vuelve vivo después de 15 años. Si vuelve, será muerto y con la marea." — sacudió un poco la cola y golpeó el suelo.
— "Pero hay una mínima posibilidad de que vuelva vivo. De que esté vivo, Argos." — dije todavía mirándolo.
Pregunté nuevamente.
— "¿Y si fue su barco el que vi?, y.. ¿por qué yo gritaría el nombre de Athena?"
Argos levantó la cabeza de golpe y y levantó las orejas.
Silencio.
El viento soplo, moviendo las cortinas blancas y me siento las hojas de los árboles cercanos.
Miré alrededor y luego a Argos.
— "¿Que pasó?"
El perro negó.
— "Nada. Creí sentir algo raro."
Me miró, regañándome.
— "Recuerda no mencionar a los dioses tan alto.."
Lo interrumpí, sabiendo el resto de la frase.
Rodando los ojos dije.
— "No te librarás de ellos después." — suspiré — "Mamá es muy paranoica."
Argos gruñe y vuelve a acomodar la cabeza entre las patas. Pero sus orejas seguían erguidas.
— "No cuestiones a tu madre. Hay cosas que son verdad."
Un silencio cómodo nos inundó.
Las cortinas de tela ondeaban con la suave brisa marina y cerré los ojos un instante absorbiendo la tranquilidad de ese instante.
El perro bostezó levantándose.
— "Volvamos a dormir."
Quise quejarme, pero el sabueso me gruñó, volteando a verme.
Me levanté sin ganas.
Argos se acostó nuevamente al lado de mi cama.
Aunque traté de conciliar el sueño. No lo logré.
Miré al techo y vi el tallado de siempre, un símbolo. Una lechuza, lo que vi toda la vida.
Pero ahora se sentía diferente, se veía.. raro. Me senté de forma lenta, uniendo piezas en mi mente.
Salí de la cama sin hacer mucho ruido y de puntillas. Tomé mi bolso de una mesa, saqué la caja envuelta en aquella tela azul.
La misma de la pesadilla.
Dudé unos instantes.
Fruncí el ceño y saque el pedazo de papel, mire las líneas y luego mire nuevamente el tallado de encima de mi cama.
Levanté el papel.
Encajaba.
Encajaba demaciado bien.
El viento sopló más fuerte y un trueno resonó lejos. Anunciando una próxima tormenta.
Miré unos instantes hacia el balcón, el clima cambió de forma repentina. Algo demaciado extraño. Decidí no darle importancia.
Volví a la cama guardando el pedazo de papel nuevamente en la caja de antes.
Me dormí rápido supongo. No recuerdo nada más.
No noté ni pude ver quien nos observaba fuera. Desde los arboles lejanos. Algo silencioso, de ojos brillantes y plumas divinas...
La criatura inclinó la cabeza, evaluando lo que veía.
Luego extendió sus alas y desapareció en el cielo estrellado.
"Zeus le teme a pocas cosas...
Entre ellas, los mortales que no dependen de un destino.
Los que nacieron en contra de lo escrito."
— Hades.
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